Mi madre nació en el amor de sus padres, cuando llevaban quince años casados sin tener hijos. Tenían terrenos y casas, y ella se educó en un colegio de monjas y aprendió a bordar primorosamente. A los dieciséis años conoció a mi padre. A mis abuelos no les agradó ese pretendiente, pues querían un príncipe para su princesa. Emigraron al Brasil y ella se reencontró con su novio, porque sus padres también habían emigrado. Se casaron y nació mi hermana Teresa.
Teresa tenía seis años cuando mis padres volvieron a España. Vivían con mi abuela Francisca, que por nada del mundo quería separarse de su única hija. Regresaron del Brasil también mi abuela paterna (mi abuelo falleció allí) con sus hijos, menos la hija mayor, que se había casado. Mis tíos son, por edad: Manuel, Antonio, Rafael, José. Y mis tías, Teresa y Manuela.
Mi padre se defendía bien con la escritura. Fue teniente pagador durante la República (pagaba a otros sus trabajos) y estaba afiliado a un partido republicano. Así me lo contaron en casa. Tuvieron dos hijos más: mis hermanos Francisca y Manolo. Cuando estalló la guerra, mi padre quedó en un bando y a los otros cuatro hermanos les mandaron al otro. Mi pobre abuela estaba mal económicamente, y además sufría pensando que sus hijos se podían matar entre hermanos.
Termina la guerra. Mis tíos José y Rafael trabajaban en el arsenal de Gibraltar, y Antonio y Manuel de albañiles y otras cosillas, en La Línea. Antonio sembraba de fresas el huerto de los abuelos, y la abuela llenaba dos canastos y las vendía en el mercado de Gibraltar, donde pagaban más. Las fresas menos buenas se vendían en la plaza de La Línea. Mi abuela materna sembraba un poquito de verdura en su terreno en Blanca de los Ríos, y mi madre bordaba para la calle.
Así estaban las cosas cuando yo nací, en 1942. A partir de mi nacimiento mi madre estaba delicada: había cogido endeblez y le dolía mucho la cabeza. Dicen mis hermanas que su única preocupación era darme de mamar. Le dio un ataque cerebral y con 32 años se fue. Allí se rompió todo.
A mi madre querida
Tenía siete meses
cuando Dios se llevó parte de mi vida; siete meses
Dependencia y Sustento en La Línea y Gibraltar
161 Siete meses
para contemplarla, siete meses
que fueron un suspiro. Cuántas veces le dije a Dios, “¿Señor, por qué te la llevaste?” Cuántas veces le he dicho a ella, “¿Por qué no me llevas contigo?”. Siete meses llenándome de ella, recibiendo sus besos y caricias, apurando los momentos, porque me iba a quedar sin ella. ¡Cuántas noches la he soñado y cuántos días la he añorado!
Una vecina amiga de la familia me amamantó unos pocos meses. Mi abuela no pudo soportar la pena y poco después se fue con su hija. Mi hermana Teresa tenía trece años, Francisca siete y Manolo cinco. Mi padre, cuando podía trabajaba de albañil. Teresa se encargaba de hacernos de comer y nos cuidaba, y mi tío Antonio nos echaba una miradita. Hubo que vender el terreno y nos quedamos con una habitación que daba a un sombrajo.
Tenía yo dos años cuando empezaron a buscar a mi padre para meterlo en la cárcel, por haber sido teniente republicano. A mi abuela nunca se lo quitó del pensamiento que le habían delatado unos vecinos falangistas. Se escondió en un boquete junto a una casita, entre los viñedos
de unos tíos suyos. Pero ellos temían comprometerse, y decidió trasladar su refugio al cementerio. Casi dos años estuvo escondido allí, y le llevaban la comida. La policía pegó a sus hermanos para que dijeran dónde estaba. También pegaron a Laura, la mujer de Antonio, y la apuntaron con la pistola. Viendo que no tenía otra salida, mi padre cruzó la frontera de Gibraltar con el pase de un cuñado. Un hermano suyo que también trabajaba en Gibraltar se quedó con este pase, para devolverlo a su dueño, y mi padre cogió un barco de Gibraltar a Tánger.
La vida siguió su curso. Yo me quedaba a dormir en casa de mi abuela paterna y por la mañana me iba con mi hermana Teresa; Francisca trabajaba sirviendo en una casa sólo para que dieran de comer a su hermano. A mi abuela jamás la vi reír ni llorar; había sufrido mucho y era una roca.
Mi cuñado también la pegaba
El marido de mi hermana Teresa, Francisco, era de Ubrique y conoció a mi hermana cuando hizo la mili en La Línea. Al acabar la mili se la llevó a su pueblo, porque mi padre la pegaba mucho. Pero a él le gustaba mucho salir y, si tenían una porfía por este motivo, también la pegaba. Cuando ella estaba embarazada de seis meses decidió volverse a La Línea. Él se vino detrás y al final se casaron y alquilaron una barraca en la calle Blanca de los Ríos.
Mi cuñado no era mala persona; la vida era mala70. Se iba a los pueblos
andando en busca de trabajo; venía con los pies hinchados y ella le ponía una palanganita para que los remojara. A veces le decía a Teresa, “arregla a los niños, que vamos al cine”. Tres pesetas, dos películas. Tantos cines, teatros y circos en La Línea, eran por la gente de Gibraltar; porque la mayoría no teníamos dinero
70 María subraya en varias ocasiones los condicionantes sociales de las actitudes personales. Al tomar conciencia de este vínculo, trata de no canalizar su odio y rabia hacia las perso- nas; sin dejar de reclamar lo injusto y doloroso de los hechos.
Mi padre, pensando en mi madre y en mi hermana Teresa. La foto de ella y mi madre será de 1929, cuando nació mi hermana. La de mi padre puede ser antes.
Dependencia y Sustento en La Línea y Gibraltar
163 para ir al teatro. Mientras estábamos en el cine, él se iba a un bar donde sólo había hombres. Antes avisaba, “cuando termine la película, pasa por delante del bar; ¡pero no se te ocurra entrar, ni mandar a nadie a por mí!”.
Francisco se metió a trabajar en Gibraltar, conoció a una mujer y dejó de venir a casa. Mi hermana, la pobre, se quejaba de que no la hacía caso. Un día llegó a casa una carta a nombre de la otra mujer, y ya él le explicó a la cara lo que sucedía. Mi hermana se quedó sin voz, nada más que de llorar. Para sacar adelante a sus tres niños tuvo que trabajar en una freiduría. Yo me iba a su casa cuando salía de mi trabajo, haciendo turnos con mi abuela para acompañarla.
Mi hermano Manolo, con 13 años vendía perejil en la plaza. Algunas veces, los policías le tiraban el canasto de perejil de una patada. Si no tenía qué vender, mi cuñado le llevaba con él a coger verduras en los huertos vecinos, para que le ayudase a saltar los muros y a burlar la vigilancia. En una ocasión le pillaron sacando verduras, lo amarraron a un árbol y lo tuvieron todo el día ahí, esperando a que dijera quién lo había ayudado. Yo tendría unos cinco años y lo vi asomada por el portón. Recuerdo que había un perro a su lado, ladrándole. Mi hermano no dijo nada, pues a mi cuñado le podían meter en la cárcel por eso71.