• No results found

3 6 Research Design by Phases

3.7 Quantitative Component of the Study

Hay agresiones y agresiones, pero las peores de todas, las que nos obligan a centrarnos en ellas en un capítulo aparte, son las que llamamos golpes bajos.

Nadie está exento de haber cometido un error en la vida: pasarse un semáforo en rojo, realizar trampa en un examen escolar, marcharse de un negocio sin pagar alguna tontería, botar un papel en la vía pública, emborracharse hasta perder la razón, meterse en un lugar sin haber sido invitado, seguir una ideología equivocada, haber sido compañero de alguien que terminó en líos con la justicia, apoyar a alguien a quien creíamos inocente, robarse una naranja del árbol de un vecino o haber intentado quitarle la novia a un amigo.

A cualquiera le puede suceder que en su familia haya un alcohólico, un delincuente, un drogadicto, un mentiroso, un ludópata o un ventajoso en los negocios. Uno mismo puede estar pasando o haber pasado por alguna de estas situaciones y, a toda costa, quisiera que nadie se enterara.

Por la razón que fuere podemos haber sido acusados de algún delito y haber respondido por él ante los tribunales, sin importar si éramos culpables o inocentes. En algún momento pudimos haber dicho o hecho algo imprudente y fue necesario

que rectificáramos, por imprudencia y sin desearlo pudimos haber provocado un accidente... En fin, nuestra hoja de vida podría tener alguna "mancha" que, grande o pequeña, justa o injusta, inocente o premeditada, vista en la distancia, resulta vergonzosa.

El gran peligro radica en que, en el momento menos pensado, alguien que quiere agredir de verdad saque a relucir uno de estos hechos como argumento para destrozarnos o como simple puñalada para coronar su ataque: "Qué más se podía esperar del hijo de un bandido", "A nadie le sorprenderá que esas cosas las diga un pobre alcohólico", "Si no ha podido manejar a su hijo drogadicto, cómo va a manejar una empresa", "Todo lo suyo es una trampa como las que hacía para ganar los exámenes escolares", "Por algo lo acusaron de robo", "A su hermano lo condenaron por negocios ilícitos y ese debe ser una mal de familia", etc.

Y no hablemos de los estigmas que deben llevar los alemanes por el nazismo, buena parte de los africanos por negros, los homosexuales por la ignorancia de algunos, los musulmanes por Osama Bin Laden, los católicos por la Inquisición, los israelitas por su lío con los palestinos, los estadounidenses por algunas de sus políticas internacionales o los rusos por los atropellos de la posguerra. Lógicamente habrá algún "sabio" que se despachará con frases como: "Ya sabemos la clase de asesinos que son los alemanes", "No ha podido definir si es hombre o mujer, cómo va a definir en esta situación", "Como buen negro sabrá cómo es eso de hacerse la víctima", "De los judíos solo se puede esperar que saquen ventaja de todo", "Lo harán a las malas, como todo lo de los estadounidenses", etc.

Estos son los que llamamos golpes bajos que, por lo general, se hacen en público para que duelan más y sean más efectivos. Nos atacan donde más nos duele: en nuestros defectos, familia, errores, cultura, religión, historia, secretos, profesión... poniendo a prueba todo nuestro ser.

Los golpes bajos hacen parte del oscuro mundo de muchos políticos en campaña, que convierten la agresión en un método estratégico, muy bien planeado, para desestabilizar al adversario y hacerlo perder puntos frente a sus electores. Sin embargo, se usa con más frecuencia de lo deseado en otros ámbitos y en otros escenarios, con el ánimo de quitarle piso a alguien a quien se le atribuye algún poder.

Con pocas excepciones, entre los que se dedican a los asuntos de la política los golpes bajos son prácticamente una regla, maniobrada y ejecutada a vista y paciencia de amigos que callan lo que saben y enemigos que hablan lo que no saben. Ambos, guiados por la cobardía y el miedo de convertirse en las próximas víctimas de esta terapia de muerte. Su afán es poder y notoriedad, conseguidos sobre el descrédito de terceros, con base en la fabricación y uso del prejuicio sin principios éticos. Se acusa sin opción a defensa, directamente se declara, se condena y se sentencia en contra del agredido, para así ejecutar el "asesinato psíquico" previsto.

Cualquier cosa que el agresor conozca o desconozca del agredido, le servirá para estigmatizarlo, humillarlo y doblegarlo.

No siempre el ataque tiene que hacerse con base en cosas ciertas. Bastará con sembrar en el aire alguna duda que, supuestamente, debe ser motivo de vergüenza para el agredido: "Habría que ver de dónde sacó el dinero para comprar el auto en el que anda", "Hay ciertos asuntos en su familia de los que es mejor no hablar", "Como abogado debe estar tejiendo alguna trampa", "Todos se llevarían muchas sorpresas si pudieran ver su declaración de impuestos".

Los golpes bajos no son otra cosa que una sucia herramienta que se usa contra una persona con la clara conciencia de quebrantarla moral y psicológicamente, para que en un instante se sienta acorralada, bloquear su autoestima y llenarla de malestar y desesperación.

La primera salida que se le ocurre al agredido es responder con alguna acusación similar, pero ya va a pérdidas gracias a aquel viejo principio de que "el que golpea primero, golpea dos veces". Los espectadores escucharán la respuesta como si la víctima tratara de poner una cortina de humo para cubrir la acusación que le han hecho.

La segunda puerta que se abre consiste en decir algo como: "No me haga hablar para no hacerlo quedar mal". Eso es tan tonto como el arrogante "usted no sabe quién soy yo" que suele repetir la gente vacía para darse un toque de importancia, y finalmente no sirve para nada.

La vergüenza

Los que aplican los golpes bajos a los adversarios atacan uno de los puntos más sensibles y complejos: la vergüenza.

¿Qué puede hacer una persona para librarse de los sentimientos de vergüenza, mezclados con la enorme rabia que causa un golpe bajo? ¿Cómo puede la víctima aliviar su sufrimiento y lograr cambiar el curso de la situación?

Una persona con fuertes sentimientos de vergüenza puede llegar a paralizarse, a no poder hacer nada. Desearía poder defenderse de sus agresores, pero ninguna palabra coherente le viene a la cabeza. Si pudiera movilizar su energía trataría de huir. Está bloqueada. Su parálisis intensifica su sentimiento de vergüenza y le da más rabia por no ser lo suficientemente fuerte para defenderse. Lo cierto es que la vergüenza bloquea nuestra energía, al mismo tiempo que disminuye nuestra autoestima y nos desmorona. Quisiéramos tener una máscara a la mano para cubrir nuestro ser verdadero.

Ante la vergüenza se nos olvida que somos seres humanos y quedamos atrapados en nuestra propia nada. Los seres humanos cometen errores, pero parecería que nosotros no nos pudiéramos dar ese lujo. La vergüenza nos priva temporalmente de nuestra humanidad, sentimos una tremenda

soledad en el mismo centro de nuestro ser, perdemos el sentido de comunión con los otros, como también nuestras conexiones con un Poder Superior y terminamos aislados de todas las posibles fuentes de consuelo. En suma, ante la vergüenza nos sentimos como vacíos.

Sin embargo, quien tiene el valor de enfrentarse a la vergüenza, se crece por encima de su incomodidad para llegar a una conciencia más rica y significativa de su ser. Los que le prestan atención cuidadosa sin dejarse intimidar por ella, descubrirán el enorme valor de ese estado temporal de desesperación.

Aunque parezca contradictorio, podemos sacar algunas cosas buenas de un sentimiento tan fastidioso y avasallador como la vergüenza. Para empezar, adquirimos una aguda conciencia de nuestra condición humana y de los límites entre nosotros y los demás. Sin la vergüenza no existirían la privacidad y la intimidad. Ella promueve la humanidad, la humildad, la autonomía y la competencia.

Algunos sentimientos de vergüenza al igual que otros sentimientos dolorosos como la ira, la tristeza y el miedo nos indican que algo muy malo sucede en nuestras vidas, por lo que nos motivan a cambiar. En efecto, la vergüenza es un magnífico indicador de que algo no está bien en nuestras vidas y nos invita a cambiar determinados pensamientos o acciones. La persona que puede escuchar lo que su vergüenza le dice y actuar en consecuencia, en vez de huir de ella, poco a poco se sentirá mejor consigo misma.

Frente a los demás

Sea cual fuere la agresión, siempre habrá una salida. No obstante, hay situaciones en las que la reacción es muy compleja, pues nuestra vergüenza y nuestro dolor nunca alcanzarán para detener el resentimiento general ni la indignación personal, como cuando por imprudencia,

negligencia, o bajo los efectos de la ira, las drogas o el alcohol, hemos causado daño físico temporal o permanente a alguien, o cuando por la razón que fuere hayamos provocado un mal a otra persona en estado de indefensión, esto es, a un niño, un limitado físico o mental o la agresión de un hombre contra una mujer, o cuando hayamos abusado de alguien física o sexualmente, cometido alguna acción ilegal que afecta a una comunidad vulnerable, como robar el dinero que estaba destinado a un hospital o a un acueducto.

De nada servirá ofrecer disculpas. Que alguien se sienta arrepentido, dolido, avergonzado y abrumado por un hecho, y lo exprese, y pida perdón, y diga que hará lo que esté a su alcance para reparar el daño causado, es muy poco para lo que espera la turba enardecida. Los seres humanos somos vengativos por naturaleza y quisiéramos ver pagar al otro con su propia sangre si fuere necesario. Bajo ese principio nacieron todos los códigos, las guillotinas, las sillas eléctricas y las inyecciones letales. Inclusive, hay muchas personas que asisten como público para disfrutar de algunos de esos espectáculos maravillosos.

Hemos cometido un grave error y nadie en esta Tierra nos va a perdonar. Suceda lo que suceda, nadie lo va a olvidar jamás. Podremos pasar años en la cárcel pagando por lo que hicimos, sometidos a trabajos forzados y a torturas, ser mutilados, martirizados y humillados, y nos seguirán señalando y acusando.

El único caso que tiene atenuantes es aquel en el que se le causa daño a alguien para defender la propia vida o la de otros, lo que tendrá que ser demostrado de todas las formas posibles.

Robarse una caja de chocolates en un supermercado es igualmente grave a malversar fondos públicos o quedarse con el dinero que estaba destinado a construir un hogar para ancianos, pero la gente perdonará lo primero con la disculpa de que los dueños de los supermercados o de los bancos ganan mucho, en cambio, en el segundo caso, los ancianos

desprotegidos, los niños huérfanos, las madres viudas, despiertan una enorme sensibilidad. Robin Hood era un bandido profesional, pero la historia lo presenta como un fascinante héroe al que vemos como un hombre ejemplar.

Son muchas las culturas en este planeta que no le dan gran importancia al hecho de que los policías, los miembros del ejército o los bomberos mueran en el cumplimiento de su deber. Es como si no fueran humanos, o no tuvieran hijos, ni esposas, ni madres, ni hermanos. Se les tiene como unos muñecos de uniforme con licencia para morir en cualquier instante. A fin de cuentas para eso les pagamos con nuestros impuestos: para que protejan nuestras vidas mientras arriesgan las suyas. Son conceptos muy deformados de la humanidad sobre los que, en verdad, nos da mucha pereza reflexionar.

No hace mucho un futbolista pateó una lechuza que se posó sobre un campo de juego en Barranquilla, Colombia. El mismo día murieron seis miembros del ejército en enfrentamientos con la guerrilla de las Farc. La noticia y la indignación sobre la historia del futbolista y la lechuza invadieron todos los medios durante casi dos semanas. La dolorosa información sobre los soldados muertos pasó desapercibida.

Todo esto para decir que el mundo, aunque diga lo contrario, vive pendiente del escándalo, le encanta ver sufrir al otro, disfruta verlo arrastrado por sus miserias y destrozado por la marea de sus propias culpas.

Entonces, ¿qué hacer si alguien aprovecha la oportunidad de darle el golpe bajo y recordar aquel hecho real y desafortunado con el que usted tiene alguna relación? La única salida es, sin mediar la más mínima palabra, bajar la mirada y cerrar los ojos en señal de vergüenza, dolor y arrepentimiento. Y como los otros esperan "algo más", habrá que insistir en eso mismo cuantas veces sea necesario y por el tiempo que exijan las circunstancias.

Quien ante una situación como estas decida mantenerse con los ojos abiertos y la cabeza erguida, como defendiendo cierta dignidad de "un error lo comete cualquiera", los titulares serán que actuó con una desafiante frialdad, una provocadora indiferencia y una aterradora insensibilidad en la que "demostró que nada le importaba".

Otra cosa muy distinta es cuando el responsable, así sea muy cercano, es otro diferente al que recibe el golpe bajo. Si el error lo cometió el hermano, el padre o el hijo, lo cometió el hermano, el padre o el hijo y, así nos avergüence mucho, o en el caso de los hijos menores de edad, en algunas legislaciones, se les asigne a los padres buena parte de la responsabilidad y culpa, siempre habrá posibilidades de responder con éxito al golpe bajo. Eso sí, la reacción nunca podrá ser desafiante ni altanera.

El chiste cruel

Partamos de la idea de que si no existieran los que nos ponen a prueba a cada instante, no tendríamos manera de saber cuál es nuestra verdadera dimensión.

¿Quién podría conocer los límites de la condición humana si nunca experimentara vergüenza? Podrá ser una sensación espantosa, y mucho más cuando nace de una agresión en la que se está poniendo en juego nuestra dignidad, pero resulta que la vergüenza se encarga de desinflar los egos antes de que se llenen de orgullo y arrogancia hasta el grado de perder el contacto con los demás. Esa desinflada es buena de vez en cuando.

Si podemos reírnos de nosotros mismos, podremos sacar ventaja de la vergüenza. Ya nos agredieron, ya nos pusieron entre la espada y la pared. ¿Y entonces qué? ¿Nos vamos a quedar así por el resto de nuestras vidas? De aquí en adelante lo más grave que pudiera suceder está en nuestras manos. No

seremos el más importante regalo de Dios a la humanidad, pero tampoco lo más bajo que se haya arrastrado sobre la Tierra.

Son muchos los que en momentos de gran peligro han experimentado aquello de ver pasar por su mente, en un instante, la película de su vida. En el momento de gran vergüenza e ira, vamos a pensar por un instante que el golpe bajo fue un chiste cruel del que nosotros somos protagonistas.

Imaginemos a un importante ejecutivo al que llaman de la universidad para que les dé una charla a los estudiantes. El hombre se viste con su mejor traje y se dirige al lugar de la conferencia. Cuando llega a las escaleras que conducen al salón de reunión, está muy seguro de su propia importancia. Lleno de orgullo, sube corriendo las escaleras esperando que mucha gente se fije en él y lo reconozca. Eleva la cabeza para reflejar su "importancia" y quizá, debido a ello, se tropieza y cae al suelo. Entonces lo primero que viene a su mente es que ojalá nadie lo haya visto. Un momento antes quería que todos lo vieran y, al siguiente, solo desea volverse transparente. Su repentina vergüenza lo hace sentir como el mayor tonto del planeta.

Y ¿qué hay de malo en que uno se caiga? Todo el mundo se ha caído alguna vez y muchas veces. Pudo haber sido un chiste cruel para su ego, pero ¿realmente ha sucedido algo que vaya a cambiar la historia de la humanidad o a transformar la vida de alguno de los que presenciaron el hecho?

Supongamos que un hermano nuestro, en estado de ebriedad, conducía un automóvil con el que atropelló mortalmente a alguien. Y yo, que no tengo nada que ver con el hecho, además de lamentarme por lo ocurrido y de acompañar a mi hermano, ¿qué más puedo hacer?, ¿me declaro culpable?, ¿le pido al juez que me mande a la cárcel con él?, ¿existe alguna legislación en la que mi hermano se vaya para su casa a cuidar de sus pequeños hijos y yo pague la condena por él?, ¿hasta qué grado de consanguinidad, unos tienen que pagar por las culpas de los otros? Ridículo, ¿verdad? No pasa de ser un chiste cruel.

En el caso del hermano, o el hijo, o el padre, que bajo los efectos del alcohol ha matado a alguien con su automóvil, o en cualquier caso similar, públicamente no nos podemos echar sobre nuestros hombros la culpa de lo sucedido. Habrá circunstancias, motivos o razones por las que privadamente asumamos alguna responsabilidad y eso pertenece a nuestro fuero íntimo. Lo demás, no pasa de ser la trama de chiste cruel en el que aparecemos como uno de los protagonistas.

Entonces, frente al agresor que nos manda ese golpe bajo, solo tendremos que ser asertivos y sin altanería decirle que aunque no entendemos a qué viene el comentario, lamentar el hecho que se sale de nuestras manos, y expresar nuestro acogimiento a la justicia. Si el otro insiste en lo suyo, volveremos a decir que seguimos sin entender a qué viene el comentario, que lamentamos el hecho que se sale de nuestras manos, y que esperamos que la justicia tome las decisiones que considere correctas. No importa si lo tenemos que repetir diez, o quinientas, o mil veces.

Los agresores llegan a este punto porque se les acabaron los argumentos y en vista de que no tienen nada más que decir, se vuelven obstinados, persistentes, locuaces y tercos.

Lo que el viento se lleva

Cuando alguien pone a rodar una bola de nieve, como un golpe bajo, nos enfrentamos a la demoledora fuerza de las palabras que algunos creen "se las lleva el viento".

Cuenta la historia que en cierta ocasión, un maestro se dirigía a un atento auditorio dando valiosas lecciones sobre el poder sagrado de la palabra y la influencia que ella ejerce en nuestra vida y la de los demás. De repente fue interrumpido por un hombre que le dijo airado:

—¡No engañe a la gente! El poder está en las ideas, no en las palabras. Todos sabemos que las palabras se las lleva el viento. Lo que usted dice no tiene ningún valor.

El maestro se molestó y le gritó con fuerza:

—¡Cállese, estúpido! ¡No tiene ni idea de lo que habla! Ante el asombro de la gente, el aludido se llenó de furia, soltó varias imprecaciones y, cuando ya estaba completamente fuera de sí, el maestro pareció tranquilizarse un poco y le dijo:

—Perdone, caballero, lo he ofendido y le pido que me disculpe. Acepte, por favor, mis sinceras excusas y sepa que respeto su opinión, aunque estemos en desacuerdo.

El hombre no tuvo más remedio que calmarse, y entonces le dijo al maestro:

—Lo entiendo. Yo también le presento mis excusas por mi