Question 8: What were their final comments?
8. THE PUPILS’ PERCEPTIONS AND EXPERIENCES OF ICT
8.1 Summary of Findings
8.2.3 Question 2 What are their experiences of using computers in school? a) What is their access and frequency of use?
En julio de 1896, tuvo lugar la primera exhibición del cinematógrafo en América Latina en Rio de Janeiro. Días más tarde, proyecciones similares se realizaron en Buenos Aires, Montevideo y México D.F. Desde la llegada de las primeras pantallas de cine, los países latinoamericanos han buscado el desarrollo de una industria marcada por las condiciones sociales y económicas de una región en constante cambio y bajo la sombra del cine estadounidense y europeo.
El crítico Octavio Getino comenta que, desde su nacimiento a finales del siglo XIX, la producción del cine latinoamericano se dividió en dos grandes tendencias: “la primera, la de la exhibición y comercialización con equipos y vistas estadounidenses; la segunda, la de la producción local” (Getino, 1996, p.138). La industria fílmica está compuesta por dos procedimientos distintos aunque complementarios: la producción y distribución de películas. En las primeras décadas, los aficionados fueron los primeros cineastas con esfuerzos independientes, en su mayoría marcados por una tendencia hacia la filmación de documentales. En Brasil, durante la llamada “belle époque”
(primera década del siglo XX), la producción de filmes era poco costosa y abundaron las recreaciones de crímenes, los melodramas populares y las comedias musicales, que atrajeron rápidamente a 4 millones de brasileños hacia las salas.
El caso más prominente de desarrollo fue el de la industria mexicana en la primera mitad del siglo. Tras la Segunda Guerra Mundial, los estudios estadounidenses vieron un aliado en México para abordar nuevos mercados. Gracias a su cercanía, Hollywood no solo invirtió en la creación de estudios permanentes de producción, pero también muchos técnicos y artistas mexicanos viajaron a California para capacitarse. Bajo los modelos de producción hollywoodenses y con cintas que apelaban a los valores nacionalistas, el melodrama y la comedia, se conoce a este período como “la época de oro del cine mexicano” (1935-1955). México llegó a producir hasta 150 cintas anuales y acaparó cerca del 50% del mercado cinematográfico en América Latina; Brasil tenía otro 40% y el otro 10% se lo disputaban entre Argentina, Colombia y Venezuela. Getino señala que esta concentración se debió a que los productores cinematográficos no buscaron alianzas con los medios televisivos y que las productoras estables (las que filmaban películas para generar ganancias) estaban concentradas en estos países, mientras que los demás eran productores circunstanciales e independientes (Getino, 1996).
Por otra parte, la segunda década del siglo XX vio la expansión del circuito de distribución. Un fenómeno fue la concentración de los primeros teatros en las áreas urbanas; en Ecuador por ejemplo, hasta los años noventa, Quito y Guayaquil concentraban el 80% del mercado. El target estaba dirigido a un público de clases media y alta quienes representaban el 96% de la audiencia. Sin embargo, el sistema de distribución no supuso un crecimiento del mercado para las producciones nacionales; el negocio del cine generó una dependencia por la importación de filmes extranjeros (para
1924, el 83% de las cintas exhibidas en Brasil era importadas, de las cuales, apenas el 5% eran europeos). La hegemonía de las películas hollywoodenses sobre el mercado se dio debido a que el interés de los estudios era la ampliación de la red de distribución, pero no la creación de productoras en la región (Getino, 1996). El semiólogo argentino Néstor García Canclini señala que estos modelos no solo se mantienen hasta la actualidad, sino que se afianzan. La tendencia actual del cine (como industria cultural) es consolidarse como una importante actividad económica (en Brasil constituyen una industria de más de 800 millones de dólares anuales), pero con medios transnacionales que llenan los mercados nacionales de producciones extranjeras (tanto en las salas como en la televisión y los video en casa), lo que genera que los países vayan perdiendo su capacidad de producción endógena (Canclini, 2005).
Como se indicó anteriormente, el discurso cinematográfico depende en gran medida del contexto en que se desarrolla. Las condiciones de la industria del cine en América Latina son apenas una manifestación más de la compleja realidad en que vivimos. Pero concebir “lo latino” supone (como afirma la crítica Marina Díaz en su ensayo Maletas que viajan) una mirada estadounidense que pretende globalizar a la región en un todo, cuando en realidad son países multicultural y multiétnicamente diversos. La integración de este discurso se debe a que en los casos de cintas exitosas internacionalmente exhiben rasgos identitarios que pueden ser asumidos en un espacio transnacional debido a temáticas relativamente universales, aunque fieles a las narrativas e identidades nacionales (Díaz, 2005). Además, puede encontrarse fenomenologías similares que han afectado a gran parte de estos países; el profesor de estudios latinoamericanos, Phillip Berryman, de la Universidad Temple de Estados Unidos explica que la región entera comparte una serie de conflictos que han determinado su contexto y por ende los discursos de sus cinematografías: los gobiernos se han dedicado a trabajar a nivel nacional, pero no local; la desigualdad y la falta de aplicación de las leyes impiden un desarrollo pese a la abundancia de recursos naturales. Señala que estas condiciones han determinado que los cineastas latinoamericanos hayan generado una tendencia a hacer del cine un medio expresivo para presentar y criticar su realidad y sus conflictos. En un intento por entender el discurso cinematográfico, Berryman determina que algunos de los temas elementales del cine latino son: el desarrollo económico y el urbano; la raza y etnicidad como efectos del colonialismo y el intento por encontrar una representación de la identidad nacional; la juventud y el
crecimiento; los cambios en la familia, como una temática contemporánea; y la crítica política relacionada al malestar de la población con las formas de gobierno y los regímenes (Berryman, 2009).