La separación de los niños/as de sus madres, una vez que han cumplido los tres años, es un momento traumático, marcado por la tristeza tanto para las madres como para los/as niños/as. Las mujeres que tienen la certeza de que sus hijos/as egresarán antes que ellas, conciben el egreso de sus hijos/as, mayoritariamente, a cargo de un familiar, así se las diez madres entrevistadas, seis señalaron que los dejarían con sus abuelos maternos y una con su hermano, pues “ya están más grandecitos y en esa edad ya es menos complicado cuidarles”.
En sus relatos se pudo apreciar que quienes no tienen buenos vínculos familiares –o no los tienen- esquivaron la respuesta o, imaginaron la posibilidad de enviar a los niños/as con familiares con los que el vínculo no existe, porque viven lejos y/o no las visitan, según ellas mismas señalaron, cuadro que dificulta mucho el goce del derecho del niño o niña a tener una familia y a crecer en un entorno de afecto. Se encontró a mujeres que, por no tener un familiar cercano o dispuesto a asumir dicha responsabilidad, van a enviarlo a una institución de acogida.
Fue sintomático y alarmante encontrar que en ningún caso el padre se haría cargo del/la niño/a, por diversos motivos: las madres no se fían de él, ellos no quieren hacerse cargo o porque también están en prisión. Varias de las mujeres expresaron su temor al entorno familiar y a que los niños/as pudieran sufrir maltrato o abusos de tipo sexual.
Cuando se les preguntó sobre las posibles alternativas de acogida en instituciones públicas, casas hogar o familias de acogida, se puso de manifiesto la poca información fiable que ellas tienen sobre estas posibilidades. Todas hablaron en función de lo que habían escuchado de otras personas (generalmente otras reclusas), ninguna manifestó tener información oficial al respecto.
El acogimiento institucional fue la alternativa que menos aceptación tiene pues la asocian con la idea de maltrato. Las casas hogar tienen mejor imagen entre las internas aunque muestran su recelo pues piensan que podrían no devolverles a sus hijos/as.
Nunca han escuchado hablar sobre los programas -todavía en fase de experimentación- de familias acogientes. Después de explicarles de forma breve en qué consisten, a algunas les pareció interesante siempre y cuando tuvieran la oportunidad de conocer previamente a la familia acogiente para poder valorarla. Otras, sin embargo, mostraron su recelo pues les parece una forma encubierta de adopción, lo que conllevaría a la separación de su hijo/a.
Cuando se les consultó sobre las medidas para preparar la salida de sus hijos/as, entre las sugerencias propuestas por ellas, la mayoría mencionó el apoyo psicológico para las madres y para sus hijos/as; salidas previas de los/as niños/as para familiarizarse con el nuevo entorno; y visitas semanales de los/as niños/as a sus madres, una vez que ellos o ellas hayan salido del CRS.
¨Mi hijo tiene miedo cuando sale algún fin de semana con los abuelos, no conocía a los animales, vuelve asustado y no quiere salir otra vez¨.
¨Yo tengo otra hija que ya salió y todavía no supera la separación¨
De sus respuestas se puede deducir que el momento de la separación es algo que está muy presente entre las madres, pues son conscientes que este es un trance inevitable y traumático, en el que el sentimiento de pérdida, tanto para ellas como para sus hijos/as, puede marcar las vidas de sus hijos/as, más todavía porque las nuevas condiciones no son percibidas como cualitativamente seguras y libres de violencia.
El hecho de que los servicios sociales del Estado no puedan garantizar un adecuado seguimiento de sus hijos/as no ayuda al impacto emocional que se sufre en este momento y brinda pocas garantías para la estabilidad emocional, social, física, de estos/as niños/as que desde el hecho de crecer en un CRS, ya se encuentran en una situación muy alta de vulnerabilidad.
4.2.PERSONAL TÉCNICO ESPECIALIZADO.
En las entrevistas realizadas al personal técnico tanto del Ministerio de Justicia como del de Salud, sobre el impacto que tiene en los/as niños/as el que
convivan con sus madres mientras cumplen su condena, sus integrantes
“El patrón de socialización de los/as niños/as se ve gravemente afectado por su estadía en la cárcel. Muchos/as de ellos/as sufren marginación, desaprobación y desprecio por asociárseles con su madre en la cárcel”. (Subsecretaria de Desarrollo Infantil del MIES).
Adicionalmente, han destacado que algunos/as niños/as tienen interiorizado un “efecto de ser prisioneros/as” que se acentúa con la edad; es decir, que mientras más edad, aunque no tengan plena consciencia de que se encuentran en una prisión, sí logran identificar que en el lugar en el que se viven no pueden ingresar y salir libremente. Este hecho evidencia claramente que los/as niños/as viven y experimentan las restricciones al derecho a la libertad de sus madres.
Por su parte, las autoridades del Centro de Reclusión Social de El Inca en la ciudad de Quito, señalaron también que dentro del recinto se producen, con alguna frecuencia, situaciones de agresividad y e incluso de violencia (verbal y física) entre las reclusas, lo cual da lugar a sanciones que ejerce la autoridad. Estos actos repetitivos hace que los/as niños/as tiendan a naturalizar la violencia y que la repliquen en su relacionamiento diario con otros/as niños/as.
Las madres tampoco han concienciado al respecto, no modifican sus actitudes, tampoco se esfuerzan por tener un relacionamiento muy distinto con sus hijos/as, por ello la réplica, que suele ser más frecuente en los/as niños/as que tienen poco o ningún contacto con el mundo exterior.
La información expuesta podría generar percepciones con cierta carga de prejuicio acerca de estas madres que no logran -en su mayoría- conformar una relación saludable con sus hijas/os; sin embargo, hay que tener presente sus historias de vida, generalmente provienen o son producto de ambientes también violentos en los que desarrollaron toda sus vida y por eso, precisamente, se encuentran en prisión.
Desde la visión de las educadoras, las niñas y niños menores de tres años que conviven con sus madres privadas de la libertad, construyen su personalidad desde una concepción de lástima, limitando las proyecciones que ellas y ellos pueden alcanzar en el futuro.
Como se conoce, desde la psicología, estos conceptos son adquiridos mediante procesos de socialización, y muy particularmente asociados a la justificación de la marginalidad. Así, el niño o niña entra en un sistema caracterizado por un
sinnúmero de inequidades, lo que lo hace vivir expuesto permanentemente a situaciones de alta vulnerabilidad, exposición y estigmatización.
Respecto a los aspectos que se podría mejorar para la atención a las niñas/os en el CRS, los técnicos del MIES señalaron:
“Considero que debería existir una mejor infraestructura, pues ellos y ellas merecen estar en un lugar más amplio, un lugar adecuado donde puedan convivir
con sus madres sin ver lo barrotes de la celdas”… (Técnica de protección Especial
del MIES).
También se mencionó que:
“Sería muy bueno que hubiera la posibilidad de ubicarlos en otro espacio que estuviera ubicado adjunto al Centro de Rehabilitación Social y que los niños y las niñas pudieran tener una mejor alimentación acorde a sus necesidades
Estas opiniones ratifican la importancia de que desde la política pública se plantee la necesidad de adaptar las condiciones físicas y de infraestructura como un componente importante de los programas destinados a promover la restitución integral de derechos para grupos específicos de niños y niñas que como los que conviven con sus madres privadas de libertad en los CRS, son especialmente vulnerables.
A la consulta sobre la atención infantil, los equipos técnicos de los tres ministerios involucrados (MIES; Justicia y Salud), señalaron de manera unánime, que es un hecho evidente que para los niños/as lo mejor es salir del recinto carcelario hacia un Centro Infantil regular, ubicado en el exterior, en los cuales se observa una mejor calidad en la infraestructura y servicios complementarios (salud, alimentación, etc.). No obstante, los profesionales perciben que el espacio de la cárcel adolece de incontables carencias que impactan a los niños/as, e impiden aplicar los planes pedagógicos.
A la luz de los testimonios expresados, no cabe duda que las condiciones de salubridad, la alimentación, los estrictos horarios y la falta de contacto con el mundo exterior representan obstáculos a los que los niños/as se enfrentan cada día y que indiscutiblemente hay que buscar solución.