3.4 Research Method
3.4.2 The Questionnaire
Reflexión bíblica.
Del Evangelio según San Lucas. 1,1; 1, 9-13.
Estaba él orando en cierto lugar y, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar”. Él les dijo...: “Yo les digo: Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre ustedes que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si, pues ustedes, aun siendo ma- los, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”. Palabra del
Señor.
¿Qué hace Jesús en el Sagrario? ¿Tenemos curiosidad por saber- lo?... Unas palabras de la carta a los Hebreos nos lo dicen con elo- cuencia conmovedora: “Por eso, Jesús puede perpetuamente salvar a los que por su medio se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos” (Hebreos 7,22-25). Es decir, el Jesús del Sagrario, que es el mismo que el del Cielo y hace aquí lo mismo que allí, está siempre rogando por nosotros hasta que consigamos nuestra salvación definitiva.
Le repite al Padre lo del Cenáculo: “Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado”. “Te ruego por todos los que cre- erán en mí”. “Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado estén conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado”. “Les he dado a conocer quién eres, y continuaré dándote a conocer, para que el amor con que me amaste pueda estar también en ellos, y yo mismo esté también en ellos” (Juan 17,11-26)
Este Jesús del Cielo y del Sagrario, que así ruega por nosotros, tiene derecho a exigirnos la oración por nosotros mismos, a fin de que nuestra oración, unida a la suya, sea nuestra salvación.
La oración de alabanza, que a Jesús no se le caía de los labios, y que nos enseñó a nosotros: “¡Santificado, glorificado sea tu nom- bre!”... La oración de gratitud. Después de tanto beneficio, que no nos tenga que decir: “¿Nadie ha vuelto a dar gracias a Dios sino este samaritano?” (Lucas 17,17)... La oración de perdón: “Perdóna-
nos nuestras ofensas”... Finalmente, la de súplica: “Danos hoy nuestro pan de cada día”...
Jesús, Sacerdote nuestro, ora incesantemente, y nos dice con in- sistente seriedad: “Es necesario orar siempre sin desfallecer nunca” (Lucas 18,1). Insistencia la de Jesús, que arrancó a uno de los discí- pulos la petición bellísima: “Señor, enséñanos a orar”. El Jesús del Sagrario está atento a nuestra oración. Pero, tanto o más que escu- charnos, quiere orar con nosotros al Padre. ¿Le ayudamos?...
Hablo al Señor. Mi Señor Jesucristo,
Tú fuiste el hombre de más oración que ha existido. Tú no podías pasar un rato sin hablar con el Padre. Habías de desahogarte con Él. Eras su Hijo, el amado, y no hubieras podido prescindir de la oración jamás. Sumo Sacerdote nuestro, Tú debías redimir al mundo, y rogabas y ruegas continuamente por nuestra salvación. Hazme a mí, Señor, un alma de oración.
Que venga a tu Sagrario para adorar contigo al Padre, y que mi oración ayude a la salvación de mis hermanos.
Contemplación afectiva.
Jesús, que sentiste como nadie la necesidad de orar. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que te oxigenabas de continuo con oración incesante. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que estabas siempre en comunicación con el Padre. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que orabas como Mesías, para salvar al mundo. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que oraste también para enseñarme a orar. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que pasabas días y noches enteros en oración. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que enseñaste a tus discípulos a orar. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que orabas al Padre con el amor de Hijo. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que te dirigiste al Padre como Sacerdote nuestro. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que oras en el Sagrario como Salvador nuestro. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que me quieres ante el Sagrario orando contigo. - Señor, enséñame a orar.
Jesús, que me encargas orar siempre sin desfallecer. - Señor, enséñame a orar.
Señor Jesús, que te dedicaste a la oración como primera tarea de tu vida y sigues orando siempre por nosotros en el Sagrario. Enséñame a orar. Llámame a tu Sagrario para orar contigo. Y haz que sienta la necesidad de comunicarme con el Padre como la sent- ías Tú, mi modelo de oración.
Madre María, que estuviste siempre en oración única por tu trato continuo con Jesús, pues tu hablar con Él fue siempre una amorosa oración. Enséñame a orar, y haz que ore siempre. Atrae sobre mí el Espíritu Santo, que, como a ti, me mantenga en oración continua y fervorosa.
En mi vida. Autoexamen
La oración es la respiración del alma. Es la ocupación más gran- de del día. La más importante, la más necesaria. Jesús me da ejem- plo admirable. Y en su misma vida sacramental, Jesús es el modelo máximo que puedo encontrar... ¿Hago yo de la oración el respirar de mi espíritu? ¿Me esfuerzo en avanzar cada día por el camino de la oración? ¿Tengo el convencimiento profundo de que la oración es la ocupación máxima, la primerísima a que debo dedicarme? ¿Y me doy cuenta de que la oración, que puedo practicar en todo lugar, tiene su puesto más privilegiado en la presencia del Señor Sacra- mentado?...
Preces
Sabiendo que el Padre nos escucha siempre, porque nuestra ora- ción está acompañada por Jesús e impulsada por el Espíritu Santo, le decimos:
Señor Dios nuestro, bendecimos tu santo Nombre.
Por el Papa, los Obispos y los Sacerdotes, le pedimos al Señor: - que sean hombres de oración y nos enseñen siempre a dirigir- nos a ti.
Para que el mundo sepa que en el Cielo hay un Padre que vela por todos, le pedimos al Señor:
- que crezcan los grupos de oración, como testimonio para todos los hombres de la importancia que tiene el acudir siempre a Dios.
Para que los niños aprendan desde las rodillas de sus madres la importancia de la oración, le pedimos al Señor:
- que los niños y los jóvenes, junto con el estudio, recen siempre como tarea principal de sus años de formación.
Y a nosotros que te hemos acompañado en esta Hora, Señor Je- sucristo,
- enséñanos a orar siempre más y mejor. Padre nuestro.
Señor Sacramentado, que oras siempre como Sumo Sacerdote nuestro. Infúndenos el espíritu de oración. Danos ganas de orar. Sobre todo, ganas de orar en tu presencia y contigo. Así nuestra vida entera será, como la tuya, una adoración continua al Padre en el Espíritu Santo, y un orar como Tú y contigo por la salvación del mundo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Recuerdo y testimonio... 1. El célebre Cardenal Mercier, ante la apatía con que oramos tan po-
co, sobre todo ante el Sagrario, excusándonos en nuestras muchas ocupa- ciones, dijo: “He llegado ya a viejo, y me he convencido de que es necesa- rio trabajar y orar. Y orar, mucho más que trabajar”.