2. Information submitted by the Holy See for the 3rd Round Second Written Progress
2.6. Questions related to the Third Directive (2005/60/EC) and the Implementation
SUMARIO
La relación entre sociedad y Estado.- Pueblo y nación.- El Estado como organismo político e iglesia.- La ciudadanía es una confesión político-religiosa.- La democracia como iniciadora de la moderna conciencia nacional.- Lassalle, sobre democracia y nación.- Nación y nacionalidad.- Eco de la revolución francesa en Alemania.- Condiciones sociales.- La dominación extranjera.- Derrumbamiento de Prusia.- El desarrollo del movimiento nacional.- Arndt y Ficbte. Scharnhorst y Gneisenau.- Las aspiraciones del barón von Stein.- Cábalas del junkerismo prusiano.- Promesas principescas.- El sueño de unidad alemana y los príncipes alemanes.- Traicionados y vendidos.- El juicio de Goethe sobre las llamadas guerras de la independencia
Hemos visto en qué circunstancias apareció el Estado nacional, hasta que recibió poco a poco aquel barniz democrático que dió vida al concepto moderno de la nación. Sólo cuando se siguen con mirada atenta las múltiples ramificaciones de esa significativa transformación social en Europa, se adquiere claridad sobre la verdadera esencia de la nación. La vieja afirmación de que el desarrollo del Estado nacional procede de la conciencia nacional creciente de los pueblos, no es más que una fantasía que prestó
buenos servicios a los representantes de la idea del Estado nacional, pero no por eso es menos falsa. La nación no es la causa, sino el efecto del Estado. Es el Estado el que crea a la nación, no la nación al Estado. Desde este punto de vista, entre pueblo y nación existe la misma diferencia que entre sociedad y Estado.
Toda vinculación social es una creación natural que se forma armónicamente de abajo arriba en base a las necesidades comunes y al mutuo acuerdo, para proteger y tener presente la conveniencia general. Hasta cuando las instituciones sociales se petrifican paulatinamente o cuando se vuelven rudimentarias, se puede reconocer claramente la finalidad de su origen en la mayoría de los casos. Pero toda organización estatal es un mecanismo artificioso que se impone a los hombres de arriba abajo por algunos potentados y no persigue nunca otro objetivo que el de defender y asegurar los intereses particulares de minorías sociales privilegiadas.
Un pueblo es el resultado natural de las alianzas sociales, una confluencia de seres humanos que se produce por una cierta equivalencia de las condiciones exteriores de vida, por la comunidad del idioma y por predisposiciones especiales debidas a los ambientes climáticos y geográficos en que se desarrolla. De esta manera nacen ciertos rasgos comunes que viven en todo miembro de la asociación étnica y constituyen un elemento importante de su existencia social. Ese parentesco interno no puede ser elaborado artificialmente, como tampoco se le puede destruir de un modo arbitrario, salvo que se aniquile violentamente y barra de la tierra a todos los miembros de un grupo étnico. Pero una nación no es nunca más que la consecuencia artificiosa de las aspiraciones políticas de dominio, como el nacionalismo no ha sido nunca otra cosa que la religión política del Estado moderno. La pertenencia a una nación no es determinada nunca por profundas causas naturales, como lo es la pertenencia al pueblo; eso depende siempre de consideraciones de carácter político y de motivos de razón de Estado, tras los cuales están siempre los intereses particulares de las minorías privilegiadas en el Estado. Un grupito de diplomáticos, que no son más que emisarios comerciales de las castas y clases privilegiadas en la organización estatal, decide a menudo arbitrariamente sobre la nación a que pertenecen determinados grupos de hombres, los cuales han de someterse a sus mandatos, porque no pueden hacer otra cosa, sobre todo cuando no se les ha requerido siquiera su propia opinión.
Pueblos y grupos étnicos han existido mucho antes de que apareciese el Estado; subsisten aún y se desarrollan sin intervención del Estado. Se perturba su desarrollo natural desde el momento que un poder exterior cualquiera se inmiscuye violentamente en su vida y constriñe ésta en formas que le han sido del todo extrañas hasta allí. Pero la nación no se puede imaginar sin el Estado; está anudada a él en todo y a él debe únicamente su existencia. Por eso la esencia de la nación nos será siempre inaccesible si intentamos separarla del Estado y atribuirle una vida propia que nunca ha tenido.
Un pueblo es siempre una comunidad bastante restringida; pero una nación abarca, por lo general, toda una serie de pueblos y de grupos étnicos distintos, comprimidos por medios más o menos violentos en los cuadros de una forma estatal común. En realidad, apenas hay en toda Europa un Estado que no se componga de una cantidad de grupos populares diversos, separados en su origen por su procedencia y su idioma y soldados por la fuerza en una nación, sólo por intereses dinásticos, económicos o políticos.
Incluso allí donde, bajo la influencia de las ideologías democráticas, han sido sostenidas las aspiraciones de unidad nacional por grandes movimientos populares, como ocurrió en Italia y en Alemania, en el fondo de esas aspiraciones hubo siempre, desde el comienzo, un germen reaccionario que no podía conducir a niqgún buen resultado. La actuación revolucionaria de Mazzini y de sus partidarios en pro de la instauración del Estado unitario tenía que convertirse inevitablemente en obstáculo para la liberación social del pueblo, cuyos verdaderos objetivos fueron velados por la ideología nacional. Entre Mazzini, el hombre, y el actual dictador de Italia hay todo un abismo; pero el desarrollo del pensamiento nacionalista, desde la teología política de Mazzini hasta el Estado totalitario fascista de Mussolini, sigue una línea recta.
Una ojeada a los novísimos Estados nacionales que se crearon a consecuencia de la guerra mundial, nos da un magnífico ejemplo, que no puede ser fácilmente malentendido. Las mismas nacionalidades que antes de la guerra se indignaban contra la violencia de que eran víctimas por parte de opresores extranjeros, son hoy, cuando han conseguido sus deseos, las más funestas opresoras de las minorías nacionales de sus países y emplean contra éstas los mismos métodos brutales de subyugación moral y legal que habían combatido con justicia tan acremente, cuando eran ellas aún las oprimidas. Que esto abra los ojos a los más ciegos y les convenza de que una convivencia armónica de los pueblos no es en modo alguno posible en los cuadros del actual sistema estatal. Pero los pueblos que sacudieron el yugo de una odiada dominación extranjera en nombre de la independencia nacional, tampoco han ganado nada con ello; en la mayoría de los casos sólo adoptaron un nuevo yugo que suele ser mucho más opresivo que el viejo. Polonia, Hungría, Yugoeslavia y los Estados fronterizos entre Alemania y Rusia son ejemplos clásicos.
La transformación de agrupaciones humanas en naciones, es decir, en estructuraciones estatales, no ha abierto al desenvolvimiento social general de Europa ninguna nueva perspectiva; más bien se ha convertido en uno de los más firmes baluartes de la reacción internacional y es hoy impedimento peligroso para la liberación social. La sociedad europea fue desmenuzada por ese proceso en grupos hostiles que se hallan frente a frente con desconfianza y a menudo llenos de odio; y el nacionalismo, en cada país, veía con ojos de Argos por la persistencia de esa situación morbosa. Allí donde se produce una aproximación de los pueblos, amontonan los cultores del nacionalismo nuevas substancias explosivas para ensanchar las divergencias nacionales. Pues el Estado nacional vive de esas divergencias y desaparecería en el momento en que no consiguiera mantener en pie tales separaciones artificiales.
El concepto de la nación se basa, por tanto, en un principio puramente negativo, tras el cual, sin embargo, se ocultan finalidades bien positivas. Pues tras todo lo nacional está siempre la voluntad de poder de pequeñas minorías y el interés particular de castas y clases privilegiadas del Estado. Estas determinan en realidad la voluntad de la nación; pues no son los Estados como tales -según observó justamente Menger- los que tienen objetivos, sino sólo sus timoneros. Pero para que la voluntad de los pocos se convierta en la voluntad de tados -pues sólo así puede desarrollar su plena eficacia- debe recurrirse a todos los medios de adiestramiento espiritual y moral para hacerla arraigar en la conciencia religiosa de las masas y modelarla y convertirla en un asunto de fe. La verdadera fortaleza de toda creencia consiste en que sus sacerdotes elaboran lo más perfectamente posible las líneas de separación que dividen a los ortodoxos de una de los prosélitos de otras colectividades religiosas. Sin la maldad de Satanás habría sido difícil
sostener la grandeza de Dios. Los Estados nacionales son organismos políticos eclesiásticos. La llamada conciencia nacional no es innata en el hombre, sino suscitada en él por la educación; es una noción religiosa: se es francés, alemán o italiano como se es católico, protestante o judío.
Con la difusión de las ideas democráticas en Europa, comienza el ascenso del nacionalismo en los distintos países. Tan sólo con la realización del nuevo Estado que -al menos en teoría- asegura a cada ciudadano el derecho garantizado por la Constitución a participar en la vida política de su país y en la elección de su gobierno, podía arraigar en las masas la conciencia nacional y vigorizar en el individuo la convicción de que es un miembro de la gran comunidad política, a la que está inseparablemente ligado, y que esa comunidad es la que da una finalidad y un contenido a su existencia personal. En el período predemocrático semejante creencia sólo podía prender en los estrechos círculos de las clases privilegiadas, mientras que para la gran mayoría de la población debió serle extraña. Con razón observó Lassalle:
El principio de las nacionalidades libres, independientes, es la base y la fuente, la madre y la ra1z del concepto de la democracia en general. La democracia no puede pisotear el principio de las nacionalidades sin poner la mano de un modo suicida en la propia existencia; sin privarse de toda base de justificación teórica; sin traicionarse a fondo y radicalmente. Lo repetimos: el principio de la democracia tiene su base y su fuente vital en el principio de las nacionalidades libres. Sin él está en el aire (1).
También en este punto se diferencia la democracia esencialmente del liberalismo, cuya concepción abarcaba la humanidad como un todo o al menos aquella parte de la humanidad que pertenecía al círculo cultural europeo-americano y se ha desarrollado en idénticas condiciones sociales. Mientras el liberalismo partía, en sus consideraciones, del individuo, y juzgaba luego, con esa medida, el ambiente social circundante según la utilidad o la nocividad de sus instituciones para los hombres, las limitaciones nacionales no tenían para sus portavoces más que un alcance secundario, de manera que podían exclamar siempre con Paine: El mundo es mi patria. los hombres mis hermanos. Pero la democracia, que se apoyaba en la noción colectiva de la voluntad general, fue un pariente próximo del concepto sobre la nación y lo convirtió en el vehículo de la voluntad general.
La democracia no sólo contribuyó a vitalizar el espíritu nacional; ha delimitado también el concepto del Estado nacional más severamente de lo que pudo hacerse jamás bajo el dominio del absolutismo. En tiempos de la vieja monarquía, toda consideración y opinión políticas estaban sometidas bajo el signo de los intereses dinásticos. Ciertamente sus representantes aspiraban -como resulta con especial claridad de la historia francesa- a reagrupar cada vez más férreamente las fuerzas nacionales y a someter toda la administración del país a una dirección central; pero tenían, sin embargo, siempre a la vista las conveniencias de la dinastía, aun allí donde consideraron aconsejable disimular sus verdaderos propósitos.
Con el comienzo del período democrático desaparecen todas las consideraciones dinásticas y la nación como tal surge en el punto culminante del proceso político. Así recibe el Estado mismo una nueva expresión: se convierte tan sólo ahora en Estado nacional en el sentido más completo, al abarcar y soldar políticamente a todos los habitantes de un país como miembros de un conjunto con iguales derechos.
Inspirados por los postulados de una igualdad política abstracta, distinguieron los representantes del nacionalismo democrático entre nación y nacionalidad. La nación era, para ellos, como una agrupación política que -reunida por la comunidad del idioma y la cultura- se había consolidado en un organismo estatal independiente. Pero se consideraba como nacionalidades a aquellos grupos étnicos que estaban sometidos al dominio de un Estado extranjero y se esforzaban por obtener su independencia política y nacional. El nacionalismo democrático veía en las luchas de las nacionalidades oprimidas que aspiraban a transformarse en nación, un derecho inviolable, y procedió en ese sentido. Como el ciudadano de una nación debía disfrutar ilimitadamente en el propio país de todos los derechos y libertades que le garantizaba la Constitución, así ninguna nación, como conjunto, debía ser sometida, en su propia vida respecto al exterior, a poder extraño alguno, siendo igual a todas las demás naciones en su independencia política.
No hay duda de que hay un principio justo en la base de esas aspiraciones: la igualdad teórica de derechos de toda nación y nacionalidad, sin diferencia de su significación social y política. Pero se evidenció desde el comienzo que semejante igualdad no podía ser nunca puesta en armonía con las aspiraciones políticas de dominio del Estado. Cuanto más han comprendido los gobernantes de los Estados de Europa que no podían excluir a sus países de la penetración de las ideologías democráticas, tanto más claro ha sido para ellos que el principio de la nacionalidad podía y debía ser un medio excelente para favorecer, bajo su manto, sus propios intereses. Napoleón I, en razón de su origen, estaba menos embarazado por los prejuicios que los representantes de la realeza legítima, y supo obrar de modo excelente en favor de sus planes secretos con ayuda del principio de las nacionalidades. En mayo de 1809 dirigió, desde Schönbrunn, su conocido llamado a los húngaros, exhortándoles a sacudir el yugo de la dominación austríaca. No pido nada de vosotros -se lee en aquella manifestación imperial-, sólo deseo veros una nación libre e independiente.
Se sabe en qué consistía ese desinterés. Para Napoleón era tan indiferente la independencia nacional de Hungría como en el fondo de su corazón le eran indiferentes los franceses que, a pesar de su origen extranjero, lo habían convertido en héroe nacional. Lo que le interesaba realmente eran sus propios planes políticos de dominio. Para realizarlos, jugaba con los italianos, los ilirios, los polacos y los húngaros la misma comedia que había .jugado con la grande nation durante catorce años. La claridad con que había reconocido Napoleón la importancia del principio de las nacionalidades para sus propios objetivos políticos, se deduce también de aquella expresión que nos ha transmitido uno de sus compañeros de Santa Elena. Nunca se asombraba bastante de que entre los príncipes alemanes no haya habido uno solo que tuviera bastante cerebro para utilizar la idea de la unidad nacional de Alemania, ampliamente difundida en el pueblo, como cobertura para reunir las poblaciones alemanas diversas bajo una determinada dinastía.
Desde entonces ha ocupado un puesto importante en la política europea el principio de las nacionalidades. Inglaterra apoyó fundamentalmente, después de las guerras napoleónicas, el derecho de las poblaciones oprimidas en el Continente, únicamente para oponer obstáculos a la diplomacia continental, lo que no podía menos de ser ventajoso para el ascenso político y económico de Inglaterra. Y al hacer eso los diplomáticos ingleses, naturalmente, ni siquiera pensaban en conceder los mismos derechos a los irlandeses. Lord Palmerston dirigió toda su política exterior en ese
sentido; pero nunca se le ocurrió al habilidoso estadista inglés apoyar a las nacionalidades oprimidas cuando éstas necesitaban más urgentemente su ayuda. Por el contrario, contemplaba con la mayor tranquilidad de ánimo cómo agonizaban sus ensayos de independencia bajo las garras de la Santa Alianza.
Napoleón III prosiguió la misma política de astucia y se presentó como defensor de las nacionalidades oprimidas, mientras que en realidad no tenía presente más que las conveniencias de la propia dinastía. Su papel en el movimiento de unidad italiana, que tuvo por consecuencia la anexión de Niza y Saboya a Francia, es una prueba concluyente al respecto.
Carlos Alberto de Cerdeña socorrió al movimiento de unidad nacional de Italia con todos los medios, pues había reconocido, con hábil previsión, las ventajas que resultarían de ella para su dinastía. Mazzini y Garibaldi, los más decididos defensores del nacionalismo revolucionario, debieron ver después tranquilamente cómo el sucesor del cerdeñense se apropiaba de los frutos de su actividad de toda la vida y se convertía en rey de la Italia unida, que ellos habían imaginado un tiempo como República democrática.
El que en Francia pudiera echar raíces tan pronto el sentimiento nacional durante la Revolución y el que llegase a un crecimiento tan vigoroso, se puede atribuir principalmente al hecho de que la Revolución había abierto entre Francia y la Vieja Europa un abismo profundo, continuamente ensanchado por las guerras incesantes. Sin embargo, saludaron las mejores y más valiosas cabezas de todos los países la
Declaración de los derechos del hombre con franco entusiasmo y creyeron firmemente que en lo sucesivo se iniciaría en Europa una era de libertad y de justicia. Hasta muchos de los hombres que lo jugaron todo después para desencadenar en Alemania la sublevación nacional contra la dominación de Napoleón, saludaron la Revolución con júbilo interior. Fichte, Görres, Hardenberg, Schleiermacher, Benzenberg y muchos otros estuvieron al principio enteramente bajo el hechizo de las ideas revolucionpias que irradiaban de Francia. Fue precisamente la amarga decepción de ese anhelo de libertad lo que movió a hombres como Jean Paul, Beethoven y muchos otros, que habían sido de los admiradores más ardientes del general Bonaparte, en el que veían el instrumento de una transformación social en toda Europa, a apartarse de él, cuando se erigió en emperador, poniendo en evidencia cada vez más abiertamente sus intenciones de conquista.
Se puede comprender fácilmente ese entusiasmo desbordante de muchos de los mejores espíritus de Alemania hacia los franceses, cuando se tienen presentes las desesperadas condiciones políticas y sociales que caracterizaban la realidad alemana en la víspera de la revolución. El imperio alemán no era más que una masa de Estados que se descomponían en su propia podredumbre, cuyas castas y estamentos dirigentes no eran ya capaces de ningún impulso interior y por eso se aferraban tanto más a lo viejo. La terrible desgracia de la guerra de los Treinta Años, cuyas heridas apenas cicatrizadas fueron reabiertas por las campañas de conquista de Federico II, había impreso a la población del maltratado país un sello peculiarísimo.