2.2 Hyperspectral Data Processing
2.2.1 Radiometric Calibration and Correction
Si el patriarcad o perten ece, com o afirm o, al terreno de lo sim bólico, y los h e chos son un ep ifen ó m en o de aq u ella otra inscripción fundante, ¿q u é se le podrá oponer? ¿C óm o es posible actuar? N ad a m ás y nada m enos que to rn an do rep rese n tab les y rep rese n tad a s, en un plano ideológico, las c o n stan tes experiencias de circu lació n de los sujeto s-acto res por los registros del género, es decir, la an d ro g in ia y la flu id e z inherente a la vida hum ana que, con todo, raram ente obtiene visib ilid ad y perm anece enm ascarad a p or la inercia co n ser vadora del lenguaje y otras form as de coerción oriundas del cam po ideológico. C uando, dentro de un p rogram a crítico y transform ador, apunto a la p o si bilidad de una política de circulación, com o dije, lo que pretendo es sim plem en te dejar a la vista elem entos que se en cuentran y a p resentes en los procesos propios del sujeto pero que son en m ascarados po r las representaciones (id eo lógicas) d om inantes del género. Estas tienden a fijar y adherir los significantes a significados perm anentes, especialm ente en la cultura occidental, pero ta m bién en otras sociedades. Identifico dos aspectos com o capaces de com portar los tránsitos contenidos e, im plícitam ente, ya previstos en la com p o sició n de género de los sujetos. El prim ero de ellos se tornó perceptible para m í a p a rtir de m is hallazgos etn o g ráfico s sobre los m odos de sociabilidad y de sexualidad propios de las trad icio n es religiosas afrobrasileñas. C reo posible a f irm a r-c o n ¡os nativos de esa tra d ic ió n - que to d a p ersona tiene la posibilidad ab ierta de ser una criatura m ixta con respecto a su com posición de género, y que circular, en sus vivencias, po r registros diferentes (y no siem pre com patibles) d e género hace parte de sus hábitos -a u n q u e se trate de hábitos im perceptibles y caren tes de un v o cabulario específico en O c c id e n te - El segundo aspecto que g a ran tiza la fluidez del género resulta de la form a, siem pre m utante, en que su
estructura relacional se introduce y articu la p o r debajo de los universos de interacción.
El prim ero de esos aspectos devela el hecho de que el género se tran sp o ne, to rnándose concreto, en estratos varios de la ex p erien cia del sujeto. De m anera que éste tiene, usualm ente desde el p unto de vista del género, una com posición m ixta, plural, en la variedad de los ám bitos de experien cia que constituyen su interioridad. Se constituye, así, lo que podríam os considerar com o un com puesto de género y no el ser m onolítico, unisém ico, que las repre sentaciones im ponen, sobre todo en O ccidente. Los estratos que intento defi nir a continuación fueron inspirados en m i etn o g rafía de la trad ició n religiosa afrobrasileña de R ecife, ya citada (véase su descripción detallad a en el capítulo 6). E sta influencia local en la producción teó rica no debería causar espanto, pues no es otro el papel del antropólogo sino el de tratar de exceder las categ o rías o ccidentales, incluyendo las científicas, cuando las ilum ina a partir de las categorías de sus nativos y les revela así d im ensiones no discursivas de la ex p eriencia a las que, por sí solas, no podrían acceder. En verdad, categorías com o “ fetich e” , “ ta b ú ” o “ m an a” , hoy transform adas en herram ientas an alíti cas de gran alcance para m ostrar p rácticas y experiencias o ccidentales, son originarias de etnografías localizadas. Es éste un ejercicio m etodológico del tipo que y a denom iné “ exégesis re c íp ro c a” y “ d iálogo intercultural” (Segato, 1995) o que B oaventura de S ouza S antos h a descripto, m ás recientem ente, com o “h erm enéutica diatópica” (Santos, 2002).
1) El cuerpo, la anatom ía propiam ente dicha, es la m anera en que el género se inscribe en la autopercepción. D e hecho, la anatom ía propiam ente dicha, el nivel biológico, constitucional, la naturaleza o rgánica del m acho y de la hem bra de la especie, debería entrar en esta secu en cia com o el nivel 0, porque es inalcanzable en sí m ism o y jam ás accedem os a él en estado puro, ni siquiera con los instrum entos de la propia ciencia, libres de las inversiones afectivas, valo- rativas y cognitivas propias que la cultura induce. El nivel 1, a su vez, está rep resen tad o por las categorías de “ hom bre “ y “ m u jer” acatadas e introyecta- das por el sujeto a partir de la p ercepción que él tiene de su propio cuerpo y de las relacio n es de identidad y diferencia que establece entre las características de su cuerpo y los personajes de la “ ficción do m in an te” o prim era escena. A quí, los estudios pioneros de R obert S toller sobre transexualism o (196 4 ,1 9 6 8 , 1975, 1985, entre otras obras de su autoría) m uestran la im presionante m aleabi lidad de la inserción del cuerpo en la ex p eriencia del sujeto, y las vicisitudes de la auto p ercep ció n - y es interesante notar que S toller inició sus pesquisas en el cam po de la p siquiatría para, m ás recientem ente, sum ar esfuerzos con la an tro p o logía (H erdt y Stoller, op. c it.)-. Por otro lado, com o dije, a partir de M argaret M ead las categorías a las que el cuerpo, en cuanto significante, da lugar, esto
es, las categorías de “ h o m b re” y “ m u jer” , obtienen contenidos variados a tra vés del estudio etn o g rá fico de las d iferentes culturas.
2) En esta ten tativ a de d iscrim inar las m aneras variadas en que cada suje to se inscribe en el com plejo m apa del género, un segundo estrato podría denom inarse el “ género de la p ersonalidad” . Esta denom inación sigue de cerca la noción de “ sa n to ” u “orixa de la c a b ez a” de los cultos afrobrasileños, donde el género del santo atribuido a la persona com o su entidad tutelar (“ santo- hom bre” o “ san to -m u jer” ) h ab la del género de su personalidad, de su género psíquico, no necesariam ente vinculado con el cuerpo, el papel social, ni tam p o co con la orientación sexual o la disposición sexual. Se habla aquí de la fem inei dad y de la m asculinidad tal com o se expresan en las actitudes y en el tem p era m ento de la persona; pero tam bién de su disposición afectiva, del m odo en que el sujeto se p o sicio n a frente al otro en las interacciones de su vida afectiva.
3) A su vez, la orientación sexual habla respecto del objeto preferencial de la inversión libidinal, advirtiendo, sin em bargo, que las categorías de hom ose xualidad y h eterosexualidad sirven sólo m uy esquem áticam ente para ver las alternativas involucradas en esta dim ensión del género. H ablar exlusivam ente de hom osexualidad y de heterosexualidad reduce el am plio cam po de las orien taciones y disposiciones afectivo-sexuales. Es im portante resaltar que la o rien tación sexual debe ser d iscrim inada del género de la personalidad, y textos com o los de M ichael Pollak (1986) y Philippe Aries (1986) sobre la historia de la hom o sex u alid ad en O ccidente aportan evidencias a este respecto. La o rien ta ción sexual está usualm ente indicada por un repertorio de signos m ás o m enos estereotipados, verd ad ero s gestos cod ificad o s, que los incautos confunden m uchas veces con indicadores de aquello que llam o personalidad o “ disp o si ción afectiva” m asculina o fem enina.
4) D ebem os sep arar aún la disposición sexual de la persona, o sea, lo que dice respecto de su co m portam iento sexual propiam ente dicho, y su tendencia a asum ir papeles sexuales activos o pasivos en su interacción sexual. Este estrato no necesariam ente guarda una relación lineal con la orientación sexual.
5) Finalm ente, el ám bito m ás reconocido de los papeles sociales resu ltan tes de la división sexual del trabajo a los cuales, durante m ucho tiem po, los análisis sociológicos y antropológicos redujeron la categoría de género. Esta es, com o intenté m ostrar, m ucho m ás am plia, e incluye dim ensiones sociales, psíquicas y sexuales que se entrelazan de form a com pleja.
Es necesario decir, todavía, que cuando hablam os habitualm ente de género abarcam os de form a im precisa todos estos niveles. Pese a todo, y según cuál sea la cultura de que se trate, ellos serán representados com o m ás o m enos fijam ente v inculados entre sí, y su articulación en una única identidad de géne-
iv estará som etida a un m ayor o m enor grado de v ig ilan cia y coerción. Con lodo, el p sicoanálisis tiene dificultades en co n ceb ir com o d esv in cu lad as estas capas que com ponen la experien cia de género del sujeto. E fectivam ente, el psicoanálisis m aniata en un chaleco de fu erza la orientación sexual, ¡a d isp o si ción sexual y la disposición afectiva o p ersonalidad a cada uno de los térm inos del dim orfism o an a tó m ic o -c o m o la m ism a N ancy C hodorow llega a reconocer, a p esar de la deu d a que su propio m odelo m antiene con esa d isciplina (1978, p. 139)-. Por otro lado, aun en un sistem a que tiene un d iscu rso m uy elaborado sobre la independencia respectiva de los niveles anatóm ico, psicológico, sexual y social de la com posición de g énero ocurren deslices constantes e introm isio nes de un estrato en otro, com o consecuencia de la inercia - y el consecuente c o n se rv a d o rism o - inherente a las rep resentaciones hegem ónicas oriundas del sistem a occidental y al lenguaje en general. C om o Jane G allop dem ostró, hasta el m ás prevenido, aquel que d esencializó la propia ¡dea de falo separándolo de su soporte o significante anatóm ico y sentó, con esto, las bases de una noción de patriarcado antes sim bólico que fáctico - e l m ism ísim o Lacan— ha visto su prosa caer, eventualm ente, en la tram pa de esta inercia (G allop, 1992, esp ecial m ente el capítulo “ Sobre el falo” .).
El otro aspecto, tal vez m as fácil de reconocer, es la propia circulación del sujeto, a lo largo de! tiem po y de las relaciones afectivas en que se involucra, entre disp o sicio n es o registros diferentes de género frente a sus otros. De hecho, a pesar de la inercia propia de los procesos de construcción de identi dad, este tránsito ocurre, y la m adurez, así com o las posiciones institucionales que ocupam os, tienen incidencia en este fenóm eno de transform ación de la m anera en que nos posicionam os frente a los otros en las relaciones de que participam os. A quí tam bién podem os aprender del m aterial etnográfico, y to m ar prestado, po r ejem plo, del vocabulario de diversas sociedades africanas, com o los Igbo de N igeria, la categoría de m ujer-hom bre, com o la m ujer que alcanza la senioridad, trad u c id a com o estatus m asculino, con la vejez.
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