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Cambiando ligeramente nuestro punto de observación, hablemos del papel que juega la información en el tinglado emocional. S e puede establecer un fuerte argumento acerca de que una información positiva incrementa la motivación y que, por el contrario, una negativa la frustra. P ero también se puede hacer otro argumento igualmente poderoso que diga que una información negativa incrementa la motivación, al menos para algunos de nosotros, porque representa un desafío a superar. No es muy fácil debatir este punto, porque, dependiendo de cómo sea usted, se podrá aplicar cada uno de estos dos argumentos. L o que ya no resulta tan claro es el efecto de cuándo recibimos esa información; o, para ser más precisos, cuándo esperamos recibirla.

P ongamos el caso de que se está preparando para hacer un test sumamente importante que tanto usted como aproximadamente otro centenar de compañeros de clase deberá hacer también dentro de una semana (o, si lo prefiere, podemos hablar de un examen de preparación, o de otra prueba igualmente importante). P ocos días antes de realizar la prueba se entera de que su instructor se irá de viaje poco después de que se concluya el test, y que proporcionará a los estudiantes el resultado de la prueba, tanto por vía oral como escrita, un día después de realizarla. E sto es algo poco corriente, porque, por lo general, el instructor espera una semana, o más, antes de proporcionar la información de los resultados. Aproximadamente la mitad de la clase descubre que recibirá la información de los resultados rápidamente, y la otra mitad cree que no la recibirá hasta pasados varios días, como de costumbre.

¿Qué grupo es el que probablemente realizará mejor la prueba?

Usted puede tener miedo a perder, pero no pierda la perspectiva

Manos y labios sudorosos, dedos temblorosos y rodillas inquietas, pensamientos frenéticos y acelerados: todo ello son señales de un tumulto emocional cuando nos enfrentamos al riesgo de una pérdida; y todas esas señales parecen surgir involuntariamente. Pero un estudio indica que podemos influir en el grado de reacción emocional y en nuestro nivel de aversión a la pérdida. Veamos la solución en pocas palabras. Por un momento piense como lo haría un comerciante. Los comerciantes experimentados tienen sumo cuidado en no perder la perspectiva cuando han de hacer frente a una pérdida potencial. Contemplan esa pérdida como parte del juego, pero no como su final; y aceptan de forma racional que correr un riesgo encierra la posibilidad de perder. Los investigadores quisieron comprobar si las estrategias cognitivas de regulación (por ejemplo, las estrategias para cambiar de ideas, como las que utilizan los comerciantes) podrían utilizarse en el caso de la aversión a la pérdida, y a su correlación psicológica de enfrentarse a la pérdida.

Se les dio a una serie de individuos la cantidad de 30 dólares y se les ofreció la oportunidad de jugárselos —y correr el riesgo de perderlos—, o de guardárselos. Teóricamente podrían ganar 572 dólares o perder los 30 que se les había dado y quedarse sin nada. El resultado de sus elecciones se revelarían inmediatamente una vez que se

eligiera la opción (por ejemplo, «usted ganó»). Los participantes completaron dos series completas de elecciones (140 elecciones para cada serie). Durante la primera serie se les dijo a los participantes que la elección quedaba aislada de cualquier contexto mayor («como si fuera la única a considerar»). Durante la segunda serie se les dijo a los participantes que su elección formaba parte de un contexto mayor («como si se estuviera creando una cartera»); en otras palabras: la introducción de un «contexto mayor» (estableciendo una perspectiva diferente) funcionaba como una estrategia de regulación cognitiva. Los investigadores realizaron este estudio dos veces: En la primera, observaban el comportamiento; en la segunda observaban el comportamiento y empleaban un test adicional (una prueba cutánea que medía la actividad del sistema nervioso) para comprobar el nivel de excitación emocional.

Los resultados fueron los siguientes: el empleo de la estrategia de regulación cognitiva producía una reducción de la aversión a la pérdida. Pero lo más importante fue descubrir que solamente los individuos que lograban reducir su aversión a la pérdida adquiriendo una nueva perspectiva reducían también la respuesta fisiológica a una pérdida potencial. Así pues una regulación cognitiva producía una menor aversión a la pérdida; dicho con cierto humor: les

sudaban menos las manos 3.

L a pregunta sobre qué grupo realizó mejor la prueba fue analizada por Keri Ke le y Gerald Haubl, de la Universidad de Alberta. E llos establecieron la hipótesis de que la simple anticipación de una información aproximada redundaría en una mejore realización del test. Investigaciones anteriores habían demostrado que cuando la información es rápida aumenta el temor a una decepción 4. E l deseo de evitar el sentimiento de insatisfacción que existe al quedarse corto en las expectativas constituye un fuerte elemento motivador para hacer las cosas bien.

L os estudiantes fueron seleccionados mediante correos electrónicos que se enviarían uno, ocho o quince días antes de realizar un complejo test de representación, que consistiría en una presentación pública. S e les recordó la fecha en que tenían que presentar la prueba, y también se les dijo cuando recibirían su calificación, la cual iría en función de su ordenación numérica (por ejemplo, el número 90, el 70, etc.) S e les pidió también que trataran de predecir sus posibles resultados, en una escala de uno a diez. P articiparon en el estudio 271 estudiantes, cuyas edades iban de los dieciocho a los treinta y dos años.

L os resultados confirmaron las hipótesis establecidas. L os participantes que enviaron más rápidamente la información tuvieron la puntuación más elevada. P ero lo que resultó sorprendente fue la diferencia de calificaciones que se produjo para cada grupo. L os estudiantes que pensaron que recibirían una información rápida coparon el 22 por ciento de los mejores puestos, en comparación con aquellos otros que pensaron que no recibirían la información hasta varios días después; y este hecho fue válido para todas las puntuaciones.

Al mismo tiempo la previsión sobre la calidad de la representación siguió una dirección absolutamente opuesta. L os estudiantes que habían previsto que serían los mejores en hacer la presentación, resultaron ser los peores; y los que habían pronosticado que lo harían muy mal, fueron los mejores.

L a razón de estos resultados es que los estudiantes que le tenían auténtico pánico a obtener malos resultados (es decir, aquellos que creyeron que recibirían inmediatamente la información) se encontraron mucho más motivados para hacerlo bien, aunque de forma simultánea reducían sus expectativas y se preparaban para recibir malas noticias. Dicho de otro modo: la motivación para hacer una buena representación y las expectativas pesimistas no se excluyen mutuamente. De hecho, parece que se llevan a las mil maravillas.

preparan menos para el test, aun cuando pensaron que lo habían hecho bien. E l asunto que nos ocupa tiene para mí unas consideraciones muy prácticas: cuando usted se encuentre a punto de enfrentarse a un test de presentación (en cualquier terreno profesional) imagine que recibirá la información necesaria y actúe en consecuencia. L a posibilidad de una probable desilusión hará que se muestre más agudo y preparado para llevar a cabo esa presentación.

Y no se sienta mal si un poquito de pesimismo le sirve de ayuda para prepararse ante el futuro impacto. L o mejor es que vea ese pesimismo como una forma que tiene su cerebro de alertarle ante la posibilidad de un fallo; algo que parece resultar muy desagradable para ese convencional estado de felicidad mental. Como ya hemos visto, es un tipo de alarma que usted puede muy bien aceptar; y al hacerlo así se está permitiendo elevar el nivel de realización que tanto desea.

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