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The Beginning of Utility Regulation – PUHCA

7.1 Recap – What Does Utility Restructuring Mean to Me?

Además de como una crítica al capitalismo, resulta habitual leer El Anti-

Edipo como una crítica al psicoanálisis o, más en concreto, al complejo de Edipo

teorizado por Freud como marco interpretativo de las dinámicas del deseo inconsciente. Nada se puede objetar a semejante lectura, salvo que tiende a obviar el modo en que tal crítica se acomete y la importancia que, en el interior de la crítica, asume la mirada etnológica. La crítica del Edipo y de la relación esencial que guarda este con el capitalismo se hace, si no desde planteamientos estrictamente etnológicos, sí al menos en función del marco de problematicidad despejado por la etnología. Bien es cierto que la etnología que practican Deleuze y Guattari es, sin duda, especial, tanto que le cambian el nombre y la llaman esquizoanálisis. A pesar de ese cambio de nomenclatura que, como se observará, está justificado, la pregunta que a lo largo del libro se plantea es una pregunta de raíz etnológica. Frente al psicoanálisis, que se pregunta «¿Qué quiere decir eso?», la etnología se pregunta por los usos y funcionamientos. Los símbolos no importan por lo que significan. Los símbolos no significan nada. Los símbolos se definen por lo que hacen y por lo que hacen hacer. Los símbolos funcionan. «Cómo marcha eso es la única cuestión» ‒apuntan Deleuze y Guattari (Deleuze y Guattari, 1995: 187)‒ para, a continuación, precisar que el esquizoanálisis, como la etnología, renuncia a toda interpretación de tipo psicoanalítico para centrarse en cómo funcionan las máquinas deseantes.

La pregunta etnológica atraviesa todo el texto de El anti-Edipo. Sin embargo, desde el inicio mismo del texto se ponen en entredicho algunas de las propuestas teóricas propias de la antropología estructural. Deleuze y Guattari desplazan las problemáticas, abriendo con ello nuevos campos de investigación y mostrando la ineficacia de antiguas preguntas. Como se apunta, desde las primeras líneas, el marco de inteligibilidad queda trastornado respecto al propuesto por Lévi-Strauss. Toda la problemática de definición por oposición entre Cultura y Naturaleza, y, por tanto, también entre Hombre y Naturaleza, que obsesiona a la antropología, queda borrada al desplegarse una conceptualización del deseo en términos de producción: «Ya no existe ni hombre ni naturaleza, únicamente el proceso que los produce al uno dentro del otro y acopla las máquinas» (Deleuze y Guattari, 1995: 12). La reconsideración del inconsciente como fábrica permitirá a Deleuze y Guattari introducir toda una serie de desplazamientos respecto a los supuestos del estructuralismo que, en lo que se refiere a la antropología, coagularán de manera particularmente explícita en la tercera sección de la obra, donde se tematiza la cuestión de modo directo. Allí, en el capítulo titulado «Salvajes, bárbaros,

civilizados», desarrollan Deleuze y Guattari una particular antropología histórica. Si su analítica del deseo había de ser leída como una crítica al Edipo de Freud, su antropología ha de ser, del mismo modo, leída como una crítica a los análisis propuestos por Lévi-Strauss en la antropología estructural que describiese en Las

estructuras elementales del parentesco. Como ha señalado Dosse en su biografía

cruzada de las vidas de Deleuze y Guattari, la polémica con Lévi-Strauss posee una importancia especial en el conjunto del proyecto de El anti-Edipo, hasta el punto de que Deleuze acepta la colaboración de algunos antropólogos para la redacción, rompiendo con ello la norma que él mismo se había impuesto de trabajar exclusivamente con Guattari. En una época aún dominada en gran medida por el estructuralismo, la antropología de Lévi-Strauss seguía siendo el centro mágico, el núcleo duro a partir del cual giraban los análisis formalistas: «Había que superar a Lévi-Strauss a través de sus discípulos ‒confiesa en una carta Deleuze a Guattari‒, incluso por la fuerza» (Dosse, 2009: 255).

La relación tanto de Deleuze como de Guattari con el estructuralismo nunca ha sido de pertenencia o adscripción acrítica. Sin duda, ambos muestran al inicio de sus particulares trayectorias intelectuales una profunda afinidad hacia las tesis principales del análisis estructural, pero esta afinidad está, desde muy temprano, marcada por una actitud crítica, hasta el punto de que cuando se produzca el encuentro entre ambos en 1969 han comenzado ya a trazar cada uno la vía de escape respecto al paradigma. Su convergencia va a asentarse sobre esta línea de fuga, línea que acabará convirtiéndose en una línea de desguace de la lógica estructural, a través de El anti-Edipo. En cierto sentido, entre los dos y gracias a su encuentro van a hacer explotar el estructuralismo desde dentro. Si tanto Guattari, por su herencia lacaniana, como Deleuze, debido a su interés por el análisis diferencial, se encuentran inicialmente inmersos en, y se muestran receptivos a, la extensión del estructuralismo, sin embargo, como se apunta en 1969, ambos han comenzado, cada uno por su cuenta, a alejarse del paradigma estructuralista. De algún modo, desde la distancia, han empezado a trabajar juntos. En ese año Guattari imparte una conferencia bajo el título de «Máquina y estructura» (Guattari, 1976) que resulta reveladora de este desplazamiento que, si bien por separado, ambos autores han iniciado de manera conjunta. En el texto de la conferencia, Guattari pone de relieve los límites del estructuralismo al tiempo que contrapropone el concepto de máquina al de estructura amparándose en los análisis desplegados por Deleuze en Diferencia y repetición. Deleuze y Guattari aún no se han encontrado y, sin embargo, ya colaboran en la distancia. La máquina funcionaría por repetición, pero en sentido deleuzeano, entendiendo la repetición como diferencia. La noción de máquina llegará a convertirse en el concepto central en torno al cual se construya la arquitectura de El anti-Edipo, al

permitir la apertura de las lógicas estructurales al acontecimiento, a la diferencia, a lo nuevo.

François Dosse ha definido muy oportunamente El anti-Edipo como una máquina de guerra contra el estructuralismo: «Funciona como una máquina infernal, haciendo explotar desde adentro el paradigma estructuralista» (Dosse, 2009: 292). El ataque lo llevan a cabo Deleuze y Guattari apuntando al centro mismo en torno al cual se había construido el consenso estructuralista, a saber, la teoría del signo de Saussure, el formalismo semiológico y la lingüística del significante. A esta lingüística oponen una teoría del lenguaje del todo diferente, inspirada en las aportaciones de otros lingüistas como Gustave Guillaume o Hjelmslev, pero, sobre todo, asentada en la figura tutelar de Nietzsche, quien detectase todo un fragor de combates bajo las palabras, la siempre bulliciosa voluntad de poder que anida en el fondo y, ella sí, anónima, estructura el lenguaje.