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El punto de arranque es, sin lugar a dudas, el concepto del acaparamiento de tierras, debido a que este engloba el fenómeno de la extranjerización. Para entender este macro concepto es importante tener en cuenta cual es el interés en la tierra, en otras palabras, determinar lo que la tierra y el territorio25 simbolizan para las personas, siendo estos dos, aspectos a partir de los cuales los seres humanos en sociedad comienzan a satisfacer sus necesidades tanto corpóreas como sociales, políticas, económicas y recreativas. En palabras del profesor Múnera,
El contacto del ser humano, de los individuos que componen una determinada sociedad, con la naturaleza, es en primer lugar la percepción de sí mismo como ser natural específico que necesita de cosas y seres externos a su cuerpo para satisfacer sus necesidades, y en segundo lugar el hecho de que las acciones que lo conducen a tal satisfacción tienen la mediación de los seres humanos para relacionarse con las cosas y la mediación de las cosas para relacionarse con los seres humanos. Es decir, que el ser humano trabaja y por consiguiente produce, elabora las cosas de la naturaleza o las que se
25 Desde el presente trabajo se concibe una diferencia entre ambos términos, debido a que el de territorio adquiere un significado más complejo que el de tierra –el cual se encuentra marcado por una noción económica-, ya que evoca una construcción social en un espacio geográfico especifico, donde múltiples actores establecen relaciones económicas, sociales, culturales, políticas e institucionales, determinadas por ciertas estructuras de poder, las que a su vez esta condicionadas por la constitución de las identidades de aquellos actores. En pocas palabras no es únicamente un área geográfica, sino todas las interacciones entre actores, instituciones y estructuras de poder que se desarrollan en esta (PNUD, 2011, P. 31).
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derivan de ellas, en relación con otros seres humanos y consume cosas que siendo naturales en cuanto materia son al mismo tiempo sociales como producto. Ese ser humano, a su vez, es el resultado de un proceso social, histórico, individual y colectivo que determina la percepción de las necesidades y la forma de satisfacerlas. De esta manera la relación con la naturaleza es social como relación de los individuos con sus propias necesidades, con las cosas y con los otros individuos (Múnera, 1998, p. 75). Las sociedades, sin importar que tan diversas sean, se articulan en torno a su existencia material, es decir, a las necesidades de los sujetos, ya sean físicas o simbólicas. A raíz de estas necesidades y de la capacidad de transformar la naturaleza para satisfacerlas, se modifica tanto el entorno natural como social y se edifican una serie de estructuras alrededor de las cuales se organiza la vida en sociedad, lo que conlleva, eventualmente, una cierta configuración de poder. Sobre la base de lo anterior se establece que la tierra no solo es un importante activo productivo, ostenta además la característica de proporcionar una red de seguridad que va desde suministrar materias primas como brindar un espacio para acontecimientos sociales, culturales, espirituales y ceremoniales, que a su vez sirven para mantener la identidad y el bienestar de una comunidad y de sus miembros (Oxfam, 2011, p. 11). En resumidas cuentas, cuando se habla de territorio ineludiblemente se hace alusión al medio específico en el cual se inicia una edificación de poder.
Desde la perspectiva de las clases sociales, es claro como la posición de los actores sociales respecto a la naturaleza (o medios de producción) determina la relación de dominación-subordinación. Con lo anterior se explica como la posesión de territorio trae consigo un mayor ejercicio de poder, pues se ostenta el único medio para la subsistencia. En consecuencia, cuando se poseen más y mejores tierras, hablamos de una potencia creciente que puede ir en detrimento de la capacidad de satisfacer las necesidades básicas de otros sujetos.
Pues bien, la actividad del acaparamiento de tierra, se vincula directamente con un ejercicio de poder por medio de la obtención de tierras. Este concepto en la práctica, tiene una serie de aspectos que vale la pena aclarar: en primer lugar puede hacer presencia en diferentes regímenes de derechos de propiedad sobre la tierra, como lo son la propiedad privada, estatal, comunal, entre otras figuras. Como segundo punto, se desarrolla en condiciones agroecológicas y ubicaciones espaciales diversas, que van desde tierras agrícolas de primera (lo que significa tierras productivas con abastecimiento de agua y acceso a una red de carreteras próxima), pasando por tierras en zona fronteriza, hasta zonas periurbanas y tierras rurales remotas. Por último, esta actividad engloba distintos mecanismos de obtención, siendo este último elemento de una peculiar importancia para el entendimiento del fenómeno de la extranjerización, pues no se restringe únicamente a la compra de tierra, sino también al arrendamiento, la agricultura por contrato, la captura de la cadena de valor, entre otras modalidades (Borras, Franco, Kay y Spoor, 2011, p. 6).
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Esta actividad, que genera una alta concentración de los recursos naturales, la exclusión de personas y comunidades de un sistema de autoabastecimiento (a su vez de verse vinculada a una forma de producción de materias primas y alimentos que presenta un fuerte impacto ambiental por la degradación del suelo, al privilegiar los monocultivos, y la contaminación en su mayoría de aguas subterráneas), es antiquísima26 y sumamente popular en todos los países del mundo, siendo América del Sur una de las zonas más afectadas por su papel en la economía global.
En Colombia, la práctica del acaparamiento de tierras ha presentado diversos momentos y actores, pero la gran tendencia ha sido el mantenerla por medio de un modelo de desarrollo rural extractivista y agro exportador27, que privilegia las grandes propiedades de tierra, lo que conlleva a que el acceso y la tenencia de la tierra sea altamente inequitativa y excluyente, propiciando innumerables conflictos rurales, pues no se reconocen las diferencias entre los actores sociales, conduciendo además a un uso inadecuado y a la destrucción de los recursos naturales. Igualmente ha generado un rompimiento de la relación simbiótica entre lo rural y lo urbano, dejando al primero en una situación de vulnerabilidad, debido, entre otras cosas, a que la institucionalidad rural se ha ido deteriorando, permitiendo que las fuerzas del mercado actúen con total libertad en una sociedad rebosante de desequilibrios e inequidades.
Los vínculos entre la ciudad y el campo son múltiples y van en doble sentido. La demanda de productos del campo tiene su origen en las ciudades, pero la sostenibilidad de la vida de las ciudades depende de la conservación de los recursos naturales en el sector rural. El mantenimiento de las fuentes hídricas es indispensable para que las urbes tengan disponibilidad de bienes básicos como agua potable y electricidad (PNUD, 2011, p. 50).
26 Al afirma esto, se pueden dar un sin número de ejemplos, siendo más cercano a la realidad que interesa estudiar, la apropiación ilegitima de territorios amerindios, con la llegada de los colonizadores europeos, que a razón de sangre y fuego se hicieron con las tierras del continente americano, dejando a los pocos sobrevivientes en una posición de subordinación y miseria que continua hasta nuestros días (GRAIN, 2011, P. 29), sumando también a pueblos desarraigados del África, empleados como esclavos, lo que clarifica como al arrebatarle a la comunidad la tierra, se le roba parte de su identidad y se le despoja de su poder.
27 Siendo la época proteccionista un breve momento en el cual por un lado los industriales se beneficiaron de un Estado que los protegía en el mercado interno de la competencia externa, mientras que los trabajadores vieron aumentar el poder de sus organizaciones sindicales, en otras palabras, el Estado arbitraba la relación y los conflictos entre propietarios y trabajadores, lo que permitió desarrollar la industria nacional. A partir de la crisis del petróleo de 1973, el desarrollismo entró en crisis, las dinámicas globalizantes requerían de un mercado libre y abierto en el cual los aranceles impuestos para impulsar el mercado interno, eran realmente una molestia. Finalmente con la promulgación de la carta constitucional de 1991, Colombia dio un giro a sus políticas económicas, empezando así una apertura de mercados, redirigiendo el modelo de desarrollo a una política extractivista y agroexportadora.
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