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'Ma r c a r l a d i f e r e n c i a
Nadie puede haber dejado de notar el considerable vapuleo que ha reci bido la palabra “cultura” en los últimos años: parecería ser que todo, desde 1a anorexia hasta el zideco, puede explicarse como el producto de la cultura ide algún grupo.1 Tan es así que cuando escuchamos esa palabra nos dan "ganas de correr en busca del diccionario.
• Algo muy parecido ocurre con el término “diversidad”, hoy favorito de los directores corporativos, los administradores educativos, los políticos
y los expertos. Y estas dos tendencias confluyen en la noción de “diversi
dad cultural” : la idea de que los Estados Unidos son una sociedad de enorme "diversidad cultural se ha transformado en una de las devociones más devo tas de nuestra era. De hecho, la diversidad estadounidense es innegable, como también la necesidad de dar una respuesta a toda esa diversidad. Lo que no parece estar tan claro es que es nuestra diversidad cultural la que merece atención.
Comencemos por un lugar donde la idea de cultura realmente parece 'explicar algo. Cuando los judíos del shetl y los italianos del villagio llega ron a Eliis Island, trajeron con ellos una nutritiva “sopa” de lo que llama mos cultura: trajeron una lengua y canciones y dichos e historias; -trasplantaron una religión con tradiciones, creencias y rituales específicos, una cocina con cierta calidez rural y vestimentas distintivas; además, vinie ron con ideas particulares acerca de la vida familiar. A menudo era de lo
1 Sobre la anorexia, véase Mervat Nasser, Culture and weight consciousness, Nueva York, Routledge, 1997. Sobre el zideco, véase Dick Shurman, “New Orleans, Louisiana, and Zydeko”, en John Cow leyy Paul Oliver (eds.), The newblackwell guide to recorded blues, Cambridge, m a, Biackweii Publishers, 1996.
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más natural que sus nuevos vecinos, al observar a esta nueva generación de inmigrantes, preguntaran acerca del significado y las causas de esas cos tumbres extrañas; y las respuestas sensatas más frecuentes eran “es cosa de italianos”; "es cosa de judíos”. O, sencillamente, "es su cultura”.
No deja de sorprender hasta qué punto se han extinguido las diferen cias de ese tipo en los Estados Unidos: la proporción de estadounidenses nacidos en el extranjero es considerablemente menor que hace setenta años; entre los grupos de inmigrantes, las tasas de exogamia aumentaron verti ginosamente en las últimas décadas, y cada vez menos estadounidenses! viven en un vecindario donde se concentran habitantes con un origen "nacional” común. La retórica de la diversidad fue aumentando a medida' que declinaba su realidad demográfica. La sociólogaM ary Waters ha argu-': m entado de manera muy persuasiva que el residuo cultural de aquella; nutritiva sopa de inmigrantes es apenas un caldo magro.2 Aún hay sederi: y misas nupciales, gefilte fish y spaghetti, pero... ¿cuánto de la concurren cia a misa, del conocimiento de italiano o de las preferencias culinarias^ matrimoniales resuena hoy en día en un nombre italiano? Incluso los judíoí —de quienes se habría esperado que no desdibujaran su diferencia , dadó: su estatus de pequeño grupo no cristiano en medio de una sociedad abrumadora mayoría cristiana- cada vez resultan más difíciles de identfi ficar como grupo social.
La historia habitual de la inmigración no es aplicable a los descendie. tes de los esclavos africanos, quienes no han gozado del privilegio de vo verse "blancos”. Sin embargo, el llamativo contraste que separa las historí de negros y blancos puede conducirnos a desatender las semejanzas qi las unen. Hay, en efecto, formas del habla inglesa que son características los negros (aunque en el habla negra, tal como en la blanca, también h grandes variaciones regionales y de clase), pero de lo que hablamos a. es de formas del inglés. De hecho, a pesar de las grandes olas de inmij ción de las últimas décadas, cerca del 97% de los estadounidenses adult -cualquiera sea su co lo r- hablan inglés “como nativos” ; y todos los conforman ese 97% pueden entenderse entre sí, con un ajuste ocasional acentos aquí y allá. Más aun: si no contamos a los inmigrantes más reci' tes, la proporción se acerca al 100 por ciento.
N o sólo los blancos y los negros, sino también los asiáticos y los in genas comparten la lengua inglesa. Ni siquiera los hispanos, el único gru^ étnico estadounidense que se define por la lengua, constituyen una exce
2 Mary Waters, Ethnic options, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press, 1990.
EL PROBLEMA CON LA CULTURA I l 8 l
dón. Hoy en día se habla mucho de la hispanización de los Estados Unidos; de hecho, la lengua española es moneda corriente en tiendas y calles donde hace treinta años no se habría oído en absoluto. Sin embargo, com o ha ¡señalado el lingüista Geoffrey Nunberg, la proporción de residentes que ao hablan inglés es apenas un cuarto de su equivalente de 1890, cuando se hallaba en pleno auge el último gran período inmigratorio. Nunberg cita «na encuesta de Florida según la cual el 98% de los hispanos desea que Süs hijos hablen bien el inglés, y un estudio de la Corporación r a n d cuyos resultados muestran que en California una vasta mayoría de hispanos de jwimera generación habla inglés con fluidez de nativo, y que sólo el 50% esus hijos hablan algo de español.3 Si ser estadounidense significa enten er el inglés, entonces los hispanos nacidos en los Estados Unidos aprue- m el examen de manera abrumadora (y la tendencia va en aumento); »vemás, el promedio de fluidez en lengua inglesa es igualmente alto entre
©s hijos de inmigrantes asiáticos.
La lengua es sólo una de las muchas cosas que tienen en común los esta dunidenses. Éste es un país donde, por ejemplo, casi todos los ciudada- 's saben algo de béisbol y de baloncesto. Y también com parten una íiliaridad con nuestra cultura de consumo. Com pran al estilo esta- unidense y saben mucho sobre los mismos bienes de consumo: C oca la, Nike, Levi-Strauss, Ford, Nissan, g e. Ven en su mayoría películas de ollywood y saben los nombres de varias estrellas de cine, e incluso es pro- fle que los pocos que no miran mucha televisión puedan recitar los nom-
de algunas de las “personalidades” de ese medio.
’ tam bién las diferencias religiosas, que supuestamente persisten, son más perficíales de lo que podría pensarse. En efecto, el tan comentado cre- ento de ciertas sectas ortodoxas y fundamentalistas parece atestiguar ^generalización del credo cívico, aunque sólo sea a m odo de reacción, mo es posible observar a menudo, el judaismo estadounidense es, en toayor parte, sumamente estadounidense. Y en cuanto a los católicos de país, son un incordio para Roma porque tienen esa cualidad tan ... no, tan protestante. Entre otras cosas, se caracterizan por reivindicar el ;cho a la libertad individual de conciencia, por lo cual no se someten -más a la línea de la iglesia respecto de la contracepción o el divorcio.4 es
¡Seofixey Nunberg,“ Lingo Jingo: Engtish only and the new nativism”, American hospect, N° 33, julio-agosto de 1997, pp. 40-47.
íéase Stephen Macedo,“Transformative constitutionalism and tbecase of -ligion: defending the modérate hegemony o f liberaJism”, PolíticaI Theory 26, í° 1, febrero de 1998, pp. 58-89.
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Más importante aun, la mayoría de los estadounidenses que afirman tencfc una religión (es decir, la mayoría, poco más o menos) la consideran esen? cialmente un asunto privado, respecto del cual no quieren que el gobier les brinde ayuda ni les imponga obstáculos. Incluso los padres de la Coalición,; Católica, quienes desean que se implemente la oración en las escuelas, sólf aspiran, en general, a que se sostenga la fe de sus hijos, y no que la escue pública se ocupe de convertir a los hijos de los demás. En estos aspecto fundamentales -la soberanía de la conciencia individual en el marco de jé- confesión, y la intimidad de la creencia religiosa- las religiones estado' nidenses, cualesquiera sean sus denominaciones sectarias formales, sigu. una decidida tendencia protestante. Muchas de las tradiciones religios, provenientes de Asia, cuya im portancia ha aumentado con la actual o. inmigratoria, están adquiriendo características estadounidenses con gr* celeridad. Gran parte del Islam que se practica en los Estados Unidos, per ejemplo, aprueba la separación entre Iglesia y Estado con la misma vetr mencia con que los musulmanes de otros países la resisten.
Com o ghanés, m e impresiona el contraste que percibo entre la reali dad estadounidense y la de mi país de origen, donde la diversidad es murh más sustancial. Tomemos el caso de la lengua. Cuando yo era niño, viví* mos en una casa donde a diario se hablaban al menos tres lenguas mate ñas. En Ghana, cuya cantidad de habitantes es similar a la del estado Nueva York, hay varias decenas de lenguas vivas, y ninguna de ellas hablada en el hogar - o siquiera entendida con fluidez- por la mayoría d
la población. -
Entonces, ¿por qué en los Estados Unidos, un país mucho menos diverso que la mayoría de las otras sociedades, nos preocupa tanto la diversidad^ nos inclinamos tanto a concebirla como cultural? A esta altura, creo qué; no sorprenderé a nadie si digo que la diversidad que nos preocupa no 1 tanto una cuestión de culturas sino de identidades.
Com o hemos visto, las identidades sociales que claman por reconoció miento son extremadamente variadas. Algunos grupos llevan los nombr: de sus anteriores pertenencias étnicas (italianos, judíos, polacos); otro corresponden a viejas razas (negros, asiáticos, indios), o a religiones (batí* tistas, católicos, otra vez judíos). Algunos son regionales (del sur, del oeste* de Puerto Rico), pero otros son grupos nuevos que combinan gente de orí genes geográficos particulares (hispanos, asiáticos estadounidenses) o cate gorías sociales (mujeres,homosexuales, bisexuales, discapacitados, sordos); que no pertenecen a los otros grupos. Y hoy en día, no nos sorprendemos: en lo más mínimo cuando alguien hace un comentario acerca de la cul tura” de esos grupos. La cultura Gay, la cultura de los Sordos, la cultura
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p i c a n a , la cultura Judía: todas estas frases fluyen con naturalidad. Pero
■ Sí se pregunta cuál es la marca distintiva de los homosexuales, o de los
lerdos o de los judíos, no resultará obvio que a cada identidad corresponda ittna cultura distinta. La palabra hispano” suena como el nombre de un ipo cultural definido por el rasgo cultural común de la lengua española; :Í&í embargo, como ya he señalado, sólo la mitad de los hispanos califor- íos de segunda generación habla el español con fluidez, y esa propor- 1 caerá en la generación siguiente. La categoría “hispano” es, sin duda, *fih producto tan estadounidense como la de “blanco” y la de “negro”, un insultado de la inmigración, un recurso para censar la población del país. Cualquiera sea la “cultura” que comparten los campesinos guatemaltecos ebn los profesionales cubanos, la pérdida de la lengua española confirma te la categoría ‘hispano” está mermando desde el punto de vista cultu ral, de la misma manera que ya ha ocurrido con la etnicidad blanca.
De hecho, podríamos preguntarnos si no hay una relación entre la merma íl contenido cultural de las identidades y la estridencia creciente de sus ^vindicaciones. Aquellos inmigrantes europeos, con sus costumbres pro b a m e n t e distintivas, se ocupaban de exigir la americanización Iingüís- 1 de sus hijos, de hacerlos aprender la cultura oficial de los Estados Unidos, factible sospechar que no necesitaban insistir en el reconocimiento público f su cultura, por la simple razón de que la daban por sentada. Sus des cendientes de clase media, cuya vida cotidiana se desenvuelve en inglés y •;Se extiende eclécticamente desde m t v hasta la comida china para llevar, se
; desconciertan al percibir que sus identidades, en comparación con las de
nonnas y bobes, son en cierta manera más superficiales, y entonces se
?ábocan a exigir que todos reconozcamos la importancia de su diferencia. ^ Algo similar ha ocurrido con los afroamericanos. Cuando aún había jarreras legales para la obtención de la ciudadanía plena, antes de los fallos judiciales de Brown y Loving y la legislación de los derechos civiles de la ídécada de 1960, el asunto más importante que los negros tenían en su agenda política no era lograr que el Estado y la sociedad reconocieran la existen- iáa de una cultura negra exclusiva, sino aquello que los negros tenían en féOmún con los blancos: su humanidad y los famosos “derechos inaliena bles”. En parte como resultado de esos cambios legales, los afroamerica nos de clase media, cuya religión y cuya lengua siempre fueron muy similares % las de sus vecinos blancos y protestantes, ahora están aun más cerca de :«sos blancos en muchos aspectos culturales y económicos. Y es precisa- ímente en este momento que muchos de ellos se sienten atraídos por un yaffocentrismo que exige el reconocim iento público de la exclusividad "cultural de los afroamericanos.
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No niego (¿quién podría hacerlo?) que, en general, existen diferencias significativas entre las vivencias de blancos y negros en los Estados Unidos. Todos sabemos que los negros más pobres se concentran en los barrios céntricos de las ciudades, con pésimas escuelas y sin empleo; que persiste la discriminación respecto de la vivienda, el trabajo y el sistema legal; qu§ los blancos suelen huir de los barrios cuya población negra asciende por encima de un punto que “ inclina la balanza” A muchos negros pobres de la ciudad (igual que a muchos blancos pobres de las zonas rurales) les va mal en una economía a la cual, supuestamente, le está yendo bien. Todo eso lo concedo. Pero el hecho de que la clase media negra ha crecido* está mejor que nunca es innegable; y son principalmente ellos, y no los pobres, los que lideran la lucha por el reconocimiento de un legado culi: tural afroamericano distintivo, en el preciso momento en que las diferen*. cías culturales están disminuyendo.
Con estas consideraciones no me propongo recomendar que no tome-* mos en serio los numerosos reclamos que se hacen en nombre de la cultun sin embargo, sí creo que debemos proceder con cierta cautela, dado quent aproximamos a un terreno especialmente pantanoso. Es evidente que concepto de cultura ha sido historizado y diseccionado hasta perder toda su vitalidad. En estos días, en el contexto de la globalización, ha s’ ^ gido una profunda inquietud en torno de la exportación de la cultura oc^“ dental; no obstante, entre las im portaciones más exitosas de la cultm occidental se cuenta la del propio concepto de cultura, un concepto q ahora se enarbola en contra del “ imperialismo cultural” Marshall Sí
señala que todos los otros pueblos se han apropiado de alguna variante^ este término occidental: tanto los amazónicos como los habitantes de islas Salomón se encuentran con que tienen una “cultura . Tal como co cluye Sahlins,“el desarrollo de una conciencia de la propia cultura entre-' antiguas víctimas del imperialismo es uno de los fenómenos más notab de la historia mundial de fines del siglo xx.* Cuando yo era niño, en Kum m i tierra natal, el"Centro Cultural” era un lugar donde escuchábamos; cusión y bailábamos al ritmo de los tambores, donde podíamos ver có se tejían nuestras telas de kénté y cómo se fundía el bronce para hacer na., tras pesas de oro. Podíamos visitar un modelo de “complejo tradición y ver cómo nuestros antepasados habían cocinado para nuestros jefes
idea era celebrar y representar nuestra cultura; y cuando nos dirigíanv Centro, decíamos, en asante-twi, Kyékó kókya”, que significa “vamos a : 5
5 Marshall Sahlins, “Goodbye to Tristes Tropes: ethnography ¿n the context o f modern world history”, J o u r n a l o f M o á e m H i s t o r y 65,i993> PP- 3-4-
EL P R O B L E M A CON LA C U L T U R A | 1 8 5
tura : kókya era la manera en que la palabra “cultura” había pasado a nuestra lengua. Muchos años más tarde, cuando iba con un amigo que trabaja en el palacio de la Reina Madre asante a una celebración que lo entu siasmaba mucho, le pregunté por qué ese acontecimiento le parecía tan importante. Él me miró, perplejo, por un instante, y respondió: “Eyé ye
kókya”. “ Es nuestra cultura ”
No me propongo reconstruir una genealogía que ya ha sido trazada con destacable minuciosidad académica en otra parte, pero es justo señalar que nuestra palabra deriva gran parte de su energía del romanticismo alemán de los siglos x v n i y x ix , que fue en sí mismo una formidable contrailus tración. A l menos desde El proceso de la civilización, de Norbert Elias, que apareció en Alemania en 1939. se ha hecho habitual establecer un contraste gntre la noción alemana de Kultur (que es posesión de un Volk y aspira a kautenticidad) y el ideal francés de dvilisation, que se propone ser un ideal -Universal y aspira a una racionalidad progresiva.6 Sin embargo, mientras que el concepto d e1 civilización” adquirió mala fama, el de “cultura” ganó ®n extraordinario impulso intelectual. No pasó mucho tiempo hasta que ^ etnólogos comenzaron a considerarlo parte de su disciplina, en partí- gilar Sir EdwardBurnettTylor, cuya definición de Ja palabra, publicada en 71, ha sido muy citada. La cultura, escribió Tylor, “es esa compleja tota- ’ad que incluye el conocimiento, las creencias, las artes, la moralidad, la ley, las costumbres y cualesquiera otras capacidades y hábitos adquiridos or el hombre como miembro de una sociedad” En el siglo xx, en espe- al después de Franz Boas, esta noción sociocientífica comenzó a ser uti- ida por la floreciente profesión de los “antropólogos culturales”. En la ■ de posguerra se popularizó una manera de pensar la cultura como algo lar a un lenguaje, algo cuyos códigos podrían admitir una explica- n sistemática. O quizás (y éste fue el giro posmoderno), la interpreta- nunca dejaría de ser una práctica cultural más: entonces, tal vez las ‘turas fueran comparables a expresiones lingüísticas, a poemas, a cosas las.7 Así, casi todas las posiciones concebibles han sido adoptadas y cri das en el curso de un debate secular. Hasta taj punto, que resulta ine v i to preguntarse si el concepto de cultura, luego de haber contribuido a
Se cree que Herder, a quien esta palabra debe su aceptación, tomó prestada de ,rCicerón la metáfora de la filosofía como cultivo de uno mismo (“cultura autem
[úmi phiiosophia est” ).
dward Burnett Tylor, P r i m i t i v e c u l t u r e , Londres, John Murray, 1871, p. 1 |trad.
p.: C u l t u r a p r i m i t i v a , M a d r i d , Ayuso, 1976). En su libro C u l t u r e : t h c « n t h r o p o l o g i s t s ’ a c c o u n t , o p . c i t . , Adam Kuper propone un agudo y convincente t o u r d ’h o r i z o n .
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I LA É TI CA DÉ LA I D E N T I D A Dampliar nuestro campo de visión, no debería ser desechado com o la esca lera de Wittgenstein. Tal como he señalado, ahora esta noción se ha vuelto;;
ubicua, pero a costa de perder asidero conceptual. Casi podríamos decir que se trata de un dilema bíblico: ¿en qué beneficia a una palabra tener todo el m undo a sus pies si para hacerlo debe perder su propia alma?
¿l a c u l t u r a e s u n b i e n?
Claro está que m i interés particular en este capítulo se centra en las firn* ciones asignadas a la cultura en el campo de la teoría política, donde, comet verem os, este concepto ha ocasionado una confusión considerable. Eqi
m uchos aspectos, la cultura puede resultar importante para la teoría poli*; tica (y particularmente para la justicia social), pero creo que la maneramás( simple de incluirla ha sido adjudicarle la categoría de recurso, de bien. Bife los casos en que, lejos de ser un mero supuesto, esta categorización est$ fundamentada, es posible encontrar diversas líneas argumentativas y m ál de una interpretación del concepto de “bien”. Permítaseme abordar dos di| los principales enfoques.
La cultura como bien primario
Es sabido que para Rawls los bienes representan la “satisfacción del deseó? racional”, y los bienes primarios “son cosas que tendría que querer un homr-t bre racional, cualesquiera sean las otras cosas que quiera”. C om o “categef"