5. CONCLUSION AND RECOMMENDATIONS
5.2. Recommendation
En este apartado me propongo analizar la actividad literaria femenina en el tránsito de los siglos XVIII al XIX. Con actividad literaria me refiero al espacio al que las mujeres decidieron dirigir su obra, privado o público; al género literario al que dedicaron sus esfuerzos, que incluyó desde la poesía hasta el artículo periodístico, y al contenido de sus escritos. Analizar la escritura femenina desde esta perspectiva permite: por una parte, la revisión del papel ejercido por las mujeres alfabetizadas en el proceso de transformación sociocultural del cambio de siglo; por otra, la aproximación al modo en que las escritoras pensaron, sintieron e imaginaron su profesión y su lugar en la sociedad; por último, el acercamiento a las diferentes formas de interpretar y definir los rasgos de una sociedad en proceso de cambio. Con este objetivo, elaboraré un acercamiento a los diferentes factores coyunturales que mediatizaron la escritura femenina de este periodo, que incluirá el análisis de la educación de las mujeres, el discurso de los contemporáneos acerca de la escritura femenina y las disputas literarias propias de la época.
El principal escollo que debieron salvar las escritoras de esta época fueron las consecuencias de la escasa formación femenina, pues, como Siñériz manifestó, ser una mujer educada no implicaba necesariamente estar instruida. La convicción de la necesidad de adoctrinarlas fundamentalmente en los preceptos morales relegó a un segundo plano la de ofrecerles los instrumentos necesarios para el acceso a conocimientos más específicos. Así, la educación centrada en las actividades domésticas y la escasa instrucción, con su consecuente carencia de estímulos externos, constituyeron las primeras dificultades de estas autoras; pues convertirse en escritoras requería superar los problemas gráficos, la escasa fluidez lectora y las carencias ortográficas, consecuencias de una formación insuficiente. Por lo tanto, sólo aquellas cuyas familias tuvieron la capacidad económica y el interés intelectual suficientes educaron a sus hijas de forma más reglada, sistemática y disciplinada. Pero poseer las
condiciones necesarias era infrecuente, como también lo era la convicción de que éstas debían emplearse en la instrucción de una hija. Sin embargo, la cifra de mujeres educadas, así como la de los contrarios a la educación femenina, se modificó en el tránsito de los siglos XVIII y XIX, aunque lentamente y con marcadas diferencias espaciales, temporales y sociales.
Las carencias en materia de educación femenina estaban estrechamente relacionadas con las ideas acerca de las funciones naturalmente correspondientes al sexo femenino. Los discursos de los contemporáneos acerca del alcance y los límites de su capacidad intelectual quedan reflejados en los siguientes versos: “Soberanas en el arte de gustar/ Los dioses os hicieron para amar: / El Amor vería con cólera/ Una noche perdida en versificar”. “¿Es un juego de la mente que ella debe prohibir? / Quizá se ama mejor cuando se sabe decirlo bien/ Dejémoslas pues sin temor ejercer a su vez/ Un arte que puede ser provechoso para el amor”121.
Estas palabras manifiestan los prejuicios existentes en la Francia posrevolucionarias a propósito de la escritura femenina. Las líneas que Ecouchard- Lenbrun dedicó “[a] las bellas que quieren convertirse en poetas” avivaron el genio de su colega Gabriel Legouvé, quien se apresuró a contestarle. El primero contrapuso el amor y la belleza a la poesía y la creación. La imposibilidad de que lo uno y lo otro se dieran en el mismo sexo indicaba la asociación de lo femenino con los sentimientos y de lo masculino con la razón. Legouvé, por su parte, no encontró oposición entre la mujer, la amante, la poetisa y el genio. Si bien ambos estaban de acuerdo en que ellas habían nacido para el encanto del amor, discrepaban en su interpretación de la diferencia sexual.
Para Lenbrun, la escritura femenina contradecía los dictámenes de la naturaleza, que otorgaba aptitudes diferentes y complementarias a hombres y mujeres. La invasión de los espacios masculino y femenino atentaba contra los principios de la complementariedad, convirtiendo a los sexos en competidores. Competencia imposible, opinaba su opositor, por encontrarse las mujeres un grado más abajo en la escala de la creación y del genio. El enfrentamiento no era peligroso porque era desigual: “Es verdad que ese sexo, en las riberas de Aoina, / No podría, igualando la armonía de tu lira/ Con una imagen nueva, una palabra audaz/ De la lengua sorprendida hacer mayor
121 De Ecouchard-Lenbrun, “A las bellas que quieren convertirse en poetas” y de Gabriel Legouvé, “Versos a Lenbrun que prohíbe ser poetas a las mujeres”. Ambos poemas citados en la obra de Geneviève FRAISSE, Musa de la…, pp. 52-53.
el genio”. Pero Lenbrun fue tajante al respecto: “A menudo más de una bella, amante despótica/ De un sexo que la adora arrebató la pluma”122.La rivalidad sí era peligrosa. Uno u otro debían escribir, pero no ambos. Discutir sobre si las mujeres podían dar el paso de inspiradoras a creadoras, de musas a autoras, respondió a la necesidad imperiosa de establecer cómo, cuándo y dónde podían hacer uso las “bellas” de su recién reconocida razón. Este tipo de disputa no fue una excepción de la Francia de finales del siglo XVIII. Al contrario, como se expondrá en este apartado, el lugar que ocupaban las mujeres en la escala de la razón, la conveniencia de expresar su opinión y de plasmarla en letra impresa, fue una cuestión debatida más o menos abiertamente en otros espacios y en otros ámbitos.
Los prejuicios acerca de la escritura y publicación femeninas deben insertarse en el contexto literario de este periodo, marcado por la presencia de diferentes disputas cuyo objetivo era el de establecer las ideas estéticas más apropiadas a la época. El éxito de la literatura popular en el siglo XVIII topó con los intereses de los sectores ilustrados, iniciadores de una reforma literaria. Esta reforma se fundamentaba en el retorno a la estética clásica, con la consecuente eliminación de los excesos de la lengua propios del barroco. Además, quisieron dotar de cierta utilidad a los textos, que debían combinar el placer de la lectura con las enseñanzas morales y sociales, destinadas a orientar la conducta y a fomentar la reflexión ciudadana. Con el paso de los años y de los acontecimientos, los partidarios del neoclasicismo debieron enfrentarse a los de la corriente cultural romántica, introducida en España después de la guerra contra el francés. En su primera versión española, el Romanticismo se sirvió de la coyuntura bélica para crear una literatura nacional que tenía sus orígenes en el Siglo de Oro, pues apuntaba a los valores de la sociedad del siglo XVII como definitorios del auténtico espíritu del pueblo español. El desarrollo de estas disputas literarias sugiere que los argumentos de los protagonistas llevaban implícitas, además de determinados criterios estéticos, sus opiniones, ideas y proyectos acerca de la sociedad en que vivían.