• No results found

Chapter 7 General discussion

7.3 Recommendation for future work

Cuando hablamos de cambio, movilidad, actividad o energía en lingüística afloran términos fundamentales como variación, variedad, variables o variantes, entre otros. Es muy importante precisar y determinar estos conceptos pues la terminología puede resultar frecuentemente confusa o equívoca.

El Diccionario de términos clave de ELE (2004), define la variación lingüística como «el uso de la lengua condicionado por factores de tipo geográfico, sociocultural, contextual o histórico.» La forma en la que los hablantes emplean una lengua no es uniforme, sino que varía según sus circunstancias personales, el tiempo y el tipo de comunicación en que están implicados. La variación es una cualidad de las lenguas que fascina a los legos y a los expertos; es por tanto un objeto de estudio para los lingüistas y un objeto de atención y de actitudes diversas para todos los hablantes (Moreno Fernández, 2010:15). En función del factor que determina el distinto empleo de una misma lengua, se consideran varios tipos de variaciones: la variación funcional o diafásica, la variación sociocultural o diastrática, la variación geográfica o diatópica y la variación histórica o diacrónica.

Por variedad lingüística se entiende la diversidad de usos de una misma lengua según la situación comunicativa, geográfica o histórica en que se emplea y según el nivel de conocimiento lingüístico de quien la utiliza. Así pues, en función de la variable que interviene, se distinguen cuatro tipos de variedades: las variedades funcionales o diafásicas (los registros de lengua),

las variedades socioculturales o diastráticas (los niveles de lengua), las variedades geográficas o diatópicas (los dialectos) y las variedades históricas o diacrónicas (DTC, 2004).

Ambas definiciones no se prestan a elucidar de una manera claramente diferenciada la naturaleza de ambos conceptos. En cuanto al concepto de variedad lingüística, tal como es definido por Hudson (1980:34) hace referencia a la manifestación del lenguaje que se define como «un conjunto de elementos lingüísticos de similar distribución social». Una definición más minuciosa es la que da Ferguson (1971), para quien la variedad lingüística es un conjunto de patrones lingüísticos lo suficientemente homogéneo como para ser analizado mediante técnicas lingüísticas de descripción sincrónica; tal conjunto estaría formado por un repertorio de elementos suficientemente extenso y puede operar en todos los contextos normales de comunicación.

La variedad lingüística es el producto de la variación. Trudgill y Hernández Campoy (2007) definen el término variedad como un término neutro utilizado en la corriente sociolingüística del lenguaje para referirse a cualquier tipo específico de lenguaje-dialecto, acento, sociolecto, estilo o registro- que el lingüista desee considerar por alguna razón como una entidad individual. Dicha variedad puede ser muy general, como el ‘inglés estadounidense’, o muy especifica, como ‘el dialecto de clase obrera del Lower East Side de la ciudad de Nueva York’, es decir, lo habitual es tratar las variedades como conjuntos de elementos o de patrones lingüísticos asociados a factores externos, ya sean contextos situacionales, ámbitos profesionales, grupos sociales o áreas geográficas (Moreno Fernández, 2009:92).

En cambio el término variación, coligado al adjetivo libre, es definido como la noción estructuralista desarrollada por Leonard Bloomfield que se refiere a la variación producida en la lengua liberada de restricciones de ningún tipo, y que tolera la posibilidad de sustitución de un sonido por otro en un entorno determinado sin que provoque un consiguiente cambio de significado lingüístico, social y/o contextual, algo que para los sociolingüistas es prácticamente inexistente (Trudgill y Campoy, 2007). Esta noción bloomfieldiana de variación libre servía para explicar cualquier tipo de variabilidad lingüística.

Pero no existen hablantes que solo sean usuarios de un único estilo, pues absolutamente todos manifiestan algún tipo de variación según las

condiciones socio-contextuales más inmediatas en que se encuentren: i) las relaciones con el interlocutor o la audiencia (de poder, solidaridad, etc.); ii) el contexto social o dominio (colegio, trabajo, hogar, vecindario, iglesia, etc.); y iii) el tema tratado. De este modo, se ha podido rechazar la noción de variación libre y, por el contrario, demostrar y afirmar que la lengua, mediante sus variables lingüísticas, se correlaciona de modo muy significativo con rasgos distintivos socio-demográficos (variación diastrática), como son la clase social, edad, sexo, redes sociales, etc., además de contextuales (variación diafásica). Es decir, no existe la variación libre como tal, sino la variación social y/o contextualmente condicionada, donde cada variante ha de describirse en términos de frecuencia de uso atendiendo a factores sociales tanto adscritos (sexo, grupo generacional, raza, etnia, casta, etc.) como adquiridos (nivel socio-económico, nivel de formación educativa, etc.) y/o contextuales (situaciones y estilos): hay hablantes que utilizan una variante más predominantemente, otros que utilizan otra también más predominantemente, y hay quienes pueden presentar una variación esporádica en la frecuencia de uso de ambas formas.

Ciertamente una de las contribuciones más importantes de la sociolingüística ha sido el estudio de la estructura de la variación lingüística, pues esta es inherente a la estructura del lenguaje (Alvar, 1996:43), y el primero en demostrar que la variación lingüística está condicionada no solamente por los factores de la estructura social, sino por la variabilidad patente en los elementos del contexto lingüístico interno fue Labov en 1965. La variación lingüística podría definirse como la alternancia de unos elementos que, en cualquiera de los niveles de la lengua, desempeñan unas mismas funciones, dominan los mismos emplazamientos lingüísticos y revelan una misma intención comunicativa. Estos elementos alternantes se hallan tanto en la configuración interna de la lengua como en sus manifestaciones externas, sin que estas últimas deban ser necesariamente el reflejo de una alternancia originada en la primera.

Cuando se piensa en variación, se piensa en contenidos que responden a una misma intención comunicativa, pero que son expresados mediante significantes diferentes, por la influencia de factores internos y externos a la lengua. Es decir, se establece una diferencia por una parte, en lo que atañe a la variación interna de la lengua, es decir, los factores lingüísticos, y por otra parte, por lo que se refiere a los factores no lingüísticos. Y no solo, las manifestaciones externas pueden ser, si bien no tienen por qué serlo,

la resulta de una alternancia causada en la estructura interna de la lengua. Dentro de lo que llamamos variación interna podemos hablar de factores lingüísticos (internos) y pragmáticos-discursivos (internos o externos). El sistema, para satisfacer una misma intención comunicativa, admite la

presencia de dos o más elementos alternativos (burro/asno, búcaro/botijo).

El hablante se encauza hacia una u otra alternativa según diversos factores que pueden ser de naturaleza lingüística o pueden ser factores pragmáticos o discursivos (hacer uso o no del pronombre personal sujeto o utilizar los pronombres le en lugar de lo o viceversa en casos en los que ambos están admitidos). Junto a estos factores lingüísticos, encontramos los factores no lingüísticos, o agentes externos, como la historia, la geografía, la sociedad o el entorno comunicativo (Moreno Fernández, 2010).

Si la variación lingüística está correlacionada con factores de naturaleza social (sexo, edad, clase social, nivel de instrucción, profesión, procedencia, raza o etnia) hablamos de variación sociolingüística. La variación lingüística da lugar a múltiples variedades que se generan a partir de un macronivel de variación con sus respectivas dimensiones de espacio y tiempo, o de un micronivel de variación con sus respectivas dimensiones situacional o social. Es preciso insistir en dos aspectos: el primero, el espacio y el tiempo (variación geográfica y variación histórica) que son dimensiones situadas en un mismo nivel, pero en distinto plano; el segundo, la dimensión situacional (variación estilística), que aunque funciona de manera bien diferenciada de la social (variación sociolingüística) es una proyección de esta. De esta manera, la variedad lingüística que puede emplear un grupo social dado, en una situación comunicativa dada, dentro de una comunidad, y las características de esta variedad se configuran a partir del encuentro de las dimensiones del primer y del segundo nivel (Moreno Fernández, 2010:25).

Por lo que se refiere a la variación social y estilística del lenguaje, Labov (1983:338) entiende por «social» aquellos rasgos lingüísticos que caracterizan a los distintos subgrupos en una sociedad heterogénea; y por «estilística» las modificaciones mediante las que un hablante adapta su lenguaje al contexto inmediato de su acto de habla. Ambas están incluidos en el comportamiento «expresivo», en el modo en que el hablante dice algo sobre sí mismo al oyente; no solo se da información sobre la forma de pensar, sino una información representacional del mundo. La variación social y la estilística presuponen la posibilidad de opción de decir lo mismo de muy diversas maneras.

Así pues, estas diferencias constituyen unidades (o conjuntos de unidades), pero no viven entre sí aisladamente sino que están agrupadas o coexisten en el interior de una lengua concreta; Coseriu (1981:306) señala las tres dimensiones de la variación lingüística: variación diatópica, diastrática y diafásica. Cada lengua presenta un conjunto más o menos amplio de variedades sincrónicas (del griego συν ‘con’’juntamente’) y establece tres tipos de diferencias relacionadas, pero en sentido contrario, con las anteriores que son las «lenguas comprendidas dentro de la lengua histórica»: las unidades sintópicas o dialectos, «término que podrá aplicarse a todos los tipos de variedades regionales comprendidas en la lengua histórica, también a las de la lengua común»; las unidades sinstráticas o niveles de lengua, «unidades consideradas en un solo estrato socio-cultural o que casi no presentan diversidad desde este punto de vista»; y las unidades sinfásicas o estilos de lenguas «unidades de modalidad expresiva, sin diferencias diafásicas (estilo familiar, estilo literario, épico, etc)». Es necesario tener en cuenta que todos estos tipos de variedades se entrecruzan, de modo que para lograr la caracterización adecuada de una de las manifestaciones de una lengua, hay que aludir a su adscripción a cada uno de estos parámetros para lograr su individualización: el español culto de Ciudad de México propio de las situaciones formales en la actualidad, por ejemplo. Solo de este modo podemos conseguir una delimitación de un sistema lingüístico congruente.

Koch y Oesterreicher (2007:14[1990]) añaden una cuarta dimensión ‘hablado/escrito’, que no está en el modelo de diasistema coseriano y que ellos entienden imprescindible para una apropiada configuración del espacio variacional de una lengua histórica, ya que existen hechos lingüísticos que no se pueden clasificar como pertenecientes a variedades geográficas, sociales o diafásicas. El principio estructurador de todo el espacio variacional de una lengua histórica es el continuum inmediatez (lengua hablada) /distancia (lengua escrita), gracias al cual se articula la relación entre todo el conjunto de variedades en la dinámica de la ‘cadena variacional’ (Varietätenkette), que significa que elementos diatópicos pueden funcionar como diastráticos y, a la vez, los diastráticos como diafásicos, aunque no al revés, según había expuesto ya anteriormente Coseriu (1980:50s.).

Esta dinámica sincrónica dentro de la arquitectura de una lengua histórica es lo que Koch/Oesterreicher (1990:14 y 2001:288) llaman Varietätenraum (espacio de la variedades) y es la base para analizar el problema del continuum en las lenguas pluricéntricas. Para ello, parten de la idea de

Coseriu (1981) de la arquitectura de una lengua histórica y del hecho de que las variaciones diatópica, diastrática y diafásica no se dan paralelamente, sino que poseen ciertas afinidades. Así «un dialecto puede funcionar como nivel y como estilo de lengua y un nivel también como estilo de lengua, pero no al revés» (Coseriu, 1981:21) Es decir, las variedades diatópicas pueden utilizarse como marcadas diafásica o diastráticamente y algunos elementos diastráticos pueden funcionar como diafásicos, pero no a la inversa. La suma de las tres variedades conforma un diasistema (Koch/Oesterreicher, 1990:13; Oesterreicher, 2001:289).

De este modo, lo diatópico ( en Andalucía, el ceceo o el trueque de /l/ por /r/, o en Castilla el laísmo) puede funcionar como diastrático (marcado como perteneciente a un determinado estrato sociocultural bajo o medio- bajo), y lo diastrático, a su vez, como diafásico (también el ceceo o el trueque de /l/ por /r/ o el laísmo castellano) pueden emplearse por hablantes de muy diversa condición social en una situación relajada e informal, propia de la inmediatez comunicativa.

Las realizaciones de los hablantes se ordenan a partir de la concepción de sus discursos con respecto a un tipo o modelo de lengua caracterizado por la ausencia de marcas (el de la lengua escrita). Se observa, de este modo, que las marcas diatópicas, y también diastráticas y diafásicas, están en relación con la inmediatez, con la lengua hablada. Sin embargo, lo marcado diatópicamente como débil y diastrática y diafásicamente como alto, está en relación con la lengua de la distancia. En estas condiciones se generan unas tradiciones discursivas para las cuales lo esperable es la ausencia o debilidad de marcas diatópicas y unos niveles y estilos de lengua altos, que permitan al hablante valerse exclusivamente de medios lingüísticos que seleccionan elementos prestigiosos tanto en lo diastrático como en lo diafásico (Méndez, 2008; Morgenthaler, 2008).

Una de las contribuciones más importantes de la sociolingüística ha sido descubrir que la variación lingüística se somete a causas sociales observables. Ya sabemos que los estructuralistas y los generativistas desestimaban el estudio cuantitativo de la variación o la conducta lingüística observable, y en cambio amparaban la variación libre, es decir, que no tiene causa explicable. La mayor parte de los progresos en la investigación de la variación y el cambio inician con el trabajo de William Labov. La representación formal de los factores que definen un conjunto de equivalencia o variables lingüísticas

es la regla variable, que fue propuesta por Labov en 1969, en reemplazo de la regla opcional de la gramática generativa, con la que quiso captar el condicionamiento de tipo variable de los factores contextuales, aunque ya John Fischer había demostrado en 1958, en su estudio sobre niños de tres a diez años en Nueva Inglaterra, que la variación dependía de factores sociales como el sexo y el estatus social.

Ya en 1905, Meillet predijo que el siglo pasado sería el de la dedicación al establecimiento de las causas del cambio lingüístico en el interior de la matriz social en que el lenguaje se inserta, aunque apenas hubo estudios empíricos sobre el cambio lingüístico en su contexto social en los cincuenta años siguientes a la declaración de Meillet (Labov, 1983: 332).

Por lo que se refiere al término variable, algunos estudiosos lo hacen coincidir con el término variación. La noción de variable proviene del campo de la investigación científica llamada «positiva», o sea aquella que se aplica en las ciencias de tipo experimental. Sin embargo, las variables han llegado a tal grado de universalización en su uso que la mayor parte de los investigadores no pueden prescindir de ellas.

Las variables tienen que ver directamente con la hipótesis, pero también con el problema planteado, el marco teórico y la metodología propuesta. En su significado más general, el término variable se utiliza para designar cualquier característica de la realidad que pueda ser determinada por observación y que pueda mostrar diferentes valores de una unidad de observación a otra (Tamayo y Tamayo, 2004: 163). De manera más específica, entendemos por variable cada una de las características o propiedades del objeto estudiado en una investigación, las cuales pueden tomar diferentes valores. En el momento en que se emprende una investigación sociolingüística, el primer paso es el de definir cuál es el objeto de investigación, que generalmente corresponde a un rasgo general o abstracto conocido con el nombre de variable. Las realizaciones de esta variable son sus variantes, así una variable puede tener dos o más variantes que a su vez dependen de factores sociocontextuales.

Fue William Labov, pues, quien introdujo el concepto de la variable lingüística (Labov, 1965: 4-22 y 1969: 715-762) y es un rasgo sujeto a evaluación social, de ahí que se requieran datos de la comunidad de habla para describirla y que, al mismo, tiempo, hagan posible su explicación,

mediante la variación simultánea de datos lingüísticos y sociales (Labov, 1986: 514). Así, por ejemplo, los datos procedentes de la observación del español del Caribe (Cedergren, 1983: 150), revelan que las distintas realizaciones de un determinado fonema constituyen el conjunto de equivalencia correspondiente a ese fonema del español estándar; por ejemplo la variabilidad de /s/ implosiva del español estándar que en el español de Panamá tiene una realización sibilante /s/, una aspirada /h/ y cero fonético /Ø/, según un determinado contexto. Además la definición del conjunto de equivalencia requiere la identificación explícita de los factores que rigen su distribución, factores que operan en un sentido probabilístico al determinar la alternancia de variantes de un conjunto de equivalencia lingüística. Según Cedergren (1983) teóricamente existen cuatro posibilidades de definición del conjunto de equivalencia:

1. Exclusivamente por factores del sistema lingüístico.

2. Exclusivamente por factores del sistema social. Esta posibilidad corresponde a casos de alternancia de variantes que corresponden cada una a códigos o dialectos distintos.

3. Conjuntamente por factores lingüísticos y sociales. Esta posibilidad junto con la primera corresponde a la premisa de variabilidad inherente al sistema lingüístico.

4. Ni por factores lingüísticos ni sociales. Esta posibilidad corresponde a la caracterización de variación libre.

Resulta relativamente fácil delimitar cuáles son las variantes o realizaciones de superficie de un elemento subyacente cuando se trata de una variable fonológica, pues suele hacerse tal delimitación «a partir de un rasgo fónico relevante que minimiza o neutraliza otros de menor importancia» (López Morales, 1989: 86). Si ya el análisis de variables discretas, fácilmente segmentables y repetidas en el discurso es algo muy factible, el hecho de que la variación fónica no supone cambio de significado referencial, no hace menos factible el análisis.

A este respecto, Labov (1983) señala que las variantes son idénticas en su valor referencial o de verdad, pero opuestas en su significatividad social y/o expresiva. El comportamiento «expresivo» es el modo en que el hablante dice algo sobre sí mismo al oyente, así como sobre su forma de pensar, además de darle una información representacional del mundo. Lo social y lo estilístico están incluidos en este comportamiento «expresivo» entendiendo por «social» aquellos rasgos lingüísticos que caracterizan a los distintos subgrupos en una sociedad heterogénea; y por «estilístico» las modificaciones mediante las que un hablante adapta su lenguaje al contexto inmediato de su acto de habla. La variación social y la estilística presuponen la posibilidad de opción de decir «lo mismo» de muy diversas maneras (Labov, 1983: 338).

Todo ello ha quedado reconocido, y la validez del método sociolingüístico en el terreno fonológico se hace patente a través de la gran cantidad de trabajos empíricos sobre el nivel fónico en las más importantes lenguas del mundo. Tanto es así que muchos coinciden en señalar que «es más fácil hacer sociolingüística de la fonología, que sociolingüística de otro nivel lingüístico» (Moreno Fernández, 1990: 58), lo cual no quiere decir que no surjan problemas en este ámbito, sobre todo en lo concerniente a la correcta individualización de las variables puramente lingüísticas y de los factores contextuales. No obstante, Labov (1978) se mostró siempre decididamente partidario de que los estudios de la variación debían extenderse a todos

Related documents