• No results found

Age ographic

RECOMMENDATIONS

La hist oria de una manera u ot ra es un ref erent e permanent e de comprensión de lo int ernacional, al punt o que llegan a conf undir- se. No result a casual que, pese a los esf uerzos de la escuela f rance- sa, no se haya consolidado en un corpus de producción bibliográ- f ica una rama específ ica de la hist oria denominada “ hist oria de las relaciones int ernacionales”2; en últ imas porque en buena medida

la hist oria de las naciones es en sí misma una hist oria de lo in- t ernacional. Es evident e que sin t omar en cuent a sus vínculos con lo int ernacional no podría ent enderse el periplo hist órico de las sociedades, part icularment e en la hist oria moderna.

Pero quisiéramos ir más allá de la hist oria de los manuales y most rar cómo las relaciones int ernacionales se conf orman en t an- t o discurso en un moment o part i cular; un discurso que t iene un comienzo y que, a nuest ro juicio, t ambién t ienen un f in. El mayor aport e de la hist oria a las RI con sist e en t rat arlas como un objet o hist órico, en examinar su discurso como result ado de una conjun- ción de f act ores en un moment o específ ico, en correr el velo de la reif icación que los t eóricos de lo int ernacional han querido

mant ener; la hist oria lo que nos evidencia es la propia hist oricidad de las RI. Su caráct er circunscrit o y relat ivo, sus est rechos vínculos con el discurso de la modernidad y su correlación con el surgi- mient o y desarrollo del est ado moderno.

En ef ect o, las relaciones int ern acionales surgen con la organi- zación del mundo en Est ados n acionales, f undament alment e a part ir de la paz de West f alia en 1648. En una primera et apa, que abarca los siglos XVII, XVIII, las RI se est ablecen como relaciones ent re las naciones, y part icularm ent e las europeas, de allí que no f ueran incluidas aquellas regiones del mundo que no est aban organizadas como

t ales. Una segunda et apa comprende el siglo XIX hast a la Pr i m er a Gu er r a M undial y se orga- niza como el Con- ciert o de Naciones, result ado de la con- moción causada por la Revolución Fran-

cesa y el proyect o napoleónico en el cont inent e europeo. En una t ercera et apa, y de la mano de las dos guerras mundiales y la Guerra Fría, el discurso sobre lo int ernacional se conviert e en una hist oria mundial.; allí las relaci ones int ernacionales se generali- zan y ext ienden a escala planet aria. Y en una cuart a et apa, que se empieza a desarrollar a part ir del f in de la Guerra Fría, nos hallaríamos ant e la conf ormación de una “ hist oria global” en la que las relaciones “ int er-nacionales” ent re Est ados se desdibujan ant e la int ensif icación de las relaciones sociales a escala global debido al proceso de globalización.

La idea de una hist oria global i mplicaría, como t al, la desapa- rición del discurso sobre lo int ernacional que se hallaba af incando en la dist inción f undament al en t re el adent ro y el af uera, así como en la guerra como mecanismo de mant enimient o del orden int ernacional. Nos hallamos pues ant e un cambio hist órico f unda- ment al que nos exige una comprensión dist int a del sist ema int er- nacional, de nosot ros mismos y de nuest ra relación con el mundo.

2. La historia int er-nacional

a. El sist ema W est f aliano

Trat ar el discurso sobre lo int ernacional desde su hist oricidad implica af irmar que lo int ernacional no ha exist ido desde siempre

L

a idea de una historia global implicaría, como tal, la desaparición del discurso sobre lo internacional que se hallaba

afincando en la distinción fundamental entre el adentro y el afuera, así como en la

guerra como mecanismo de manteni- miento del orden internacional

y que t ampoco exist irá para siempre. Pese a los debat es que se plant ean en algunos de los manuales de la disciplina sobre si se puede hablar de relaciones int ernacionales en la sociedades ant i- guas, lo ciert o es que el surgimient o del discurso sobre lo int erna- cional est á est rechament e ligado a la conf ormación del Est ado- nación moderno y al est ablecimient o de un sist ema de est ados nacionales en Europa durant e los siglos XVI y XVII. El sist ema w est f aliano surge, en ef ect o, del derrumbe del proyect o medieval europeo de un imperio universal, el cual era una f usión de las t radiciones del imperio romano y de la iglesia cat ólica. En lugar de un imperio aparece un grupo de Est ados equiparables en poderío. «Cuando diversos est ados así const it uidos t ienen que enf rent arse ent re si, solo hay dos result ados posibles: o bien un est ado se vuelve t an poderoso que domina a t odos los demás y crea un imperio, o ningún est ado es lo bast ant e para alcanzar esa met a.»3

Ello plant eó el problema acerca de cómo lograr la convivencia ent re iguales en ausencia de una aut oridad suprema. De allí surge el sist ema de equ il ib rio d e p od er, el cual buscaba limit ar la capa- cidad de unos est ados para dominar a ot ros, y con ello, el alcance de los conf lict os. No se t rat aba ent onces de eliminar las guerras y alcanzar una paz permanent e, sino, más bien, de lograr un ciert o grado de est abilidad en un mecanismo de pesos y cont rapesos.

La paz de West f alia f ue el result ado de la Guerra de los Treint a Años causada por el proceso de Cont rarref orma a principios del s. XVII; la guerra se produjo a raíz del int ent o de emperador Fernan- do II de revivir la universalidad cat ólica, suprimir el prot est ant is- mo y est ablecer un dominio imperial sobre los príncipes de Euro- pa cent ral. Los Habsburgo int ent aban consolidar el Sacro Imperio romano germánico como la pot encia dominant e en el cont inent e bajo la égida de la religión cat ól ica; en cont rast e, la polít ica de

rai so n d ’ ét at seguida por Richelieu ant eponía el int erés nacional

de Francia a las f iliaciones religiosas. M ient ras para el emperador Fernando II el Estado est aba al servicio de la religión, para Richelieu, en cambio, la religión debía subordinarse al int erés del est ado.

El Trat ado de West f alia que puso f in a la conf ront ación religio- sa les ot orgó la soberanía a los pequeños est ados de Europa cent ral y, con ello, volvió al Sacro Imperio Romano Germánico inviable. De acuerdo con el Trat ado, el Emperador no podía reclut ar soldados, recaudar impu est os, hacer leyes, declarar la guerra o rat if icar los t érminos d e la paz sin el consent imient o de los represent ant es de t odos los est ados que conf ormaban el Impe- rio. De la Guerra de los Treint a Años los gobernant es europeos sacaron dos lecciones: la primera consist ió en que se respet aría la elección religiosa que hiciera cada país; se admit ió que el rey (y

no la Iglesia) sería la suprema aut oridad religiosa en su propia nación. Est e acuerdo conf irmó que el t errit orio era el requisit o clave para t omar part e en la polít ica int ernacional moderna, con- f ormando el concept o de est ado t errit orial. La segunda lección provino de la peligrosidad de apoyarse en ejércit os mercenarios, lo cual dio lugar a la conf orm ación de ejércit os nacionales, comandados y f inanciados por los monarcas. Ello suscit ó a su vez la necesidad de organizar las f inanzas públicas y crear una buro- cracia civil para administ rar las nuevas f uerzas y los recursos necesarios para sos-

t enerlas.4

Los est ados mo- dernos se construyen ent onces en rupt u- ra con el principio universal religioso de la Edad M edia.

El concept o medieval de moral universal f ue reemplazado por el de int erés nacional sust ent ado la rai son d’ét at, y la nost algia de una

monarquía universal f ue desplazada por la doct rina del equilibrio de poder. Est a doct rina se cont rapuso a la t radición universalist a apo- yada en la supremacía de la ley moral. El problema que heredan las relaciones int ernacionales a part ir del modelo equilibrio del poder es el de una polít ica que no t iene una base moral. En adelant e, la religión y la moral quedarán somet idas a la raison d’ét at. Los def en-

sores de ést a idea invirt ieron la crít ica de los universalist as asegu- rando que una polít ica de int erés nacional represent aba la suprema ley moral.5 De est e modo, el primer sist ema int ernacional moderno

se const it uye sobre un aut ént ico t rast ocamient o de valores.

El legado problemát ico del si st ema w est f aliano consist e en que, para muchos t eóricos y analist as de las relaciones int ernacio- nales, y en part icular los realist as, el equilibrio del poder t erminó siendo asumido como la f orma nat ural de las relaciones int erna- cionales, válido para t odo t iempo y lugar. Como lo señala Kissinger, ést a solución part icular, moderna y europea, se convirt ió en «el principio rect or del orden mund ial» ya que concordaba con la

epi st eme de la época. En ef ect o, para los pensadores racionalist as,

est e sist ema en el que ciert os principios racionales se equilibraban ent re sí era el que mejor concordaba con la visión mecanicist a del universo, imperant e en la época. El equilibrio de poder cont inua- ba el mismo t ipo de razonamient o de Adam Smit h, M ont equieu o M adison en la idea de que las f uerzas dejadas en libert ad para que

E

l problema que heredan las relaciones internacionales a partir del modelo equilibrio del poder es el de una

política que no tiene una base moral

4 KNUTSEN, To rbjor n. A hist o ry of Int ernat ional Relat ions t heor y. Gr eat Brit ain, M anchest er Universit y Press, 1997 , pp . 85- 87.

cada uno buscase realizar de manera egoíst a su propio int erés conducía, a t ravés de un mecanismo casi aut omát ico, al equilibrio del sist ema y, con ello al bien co mún. El sist ema del equilibrio de poder ent re naciones se basaba en la creencia de que la armonía derivaba de la compet encia ent re int ereses egoíst as.

Sin embargo, est e modelo no f ue el result ado de una decisión expresa de los act ores int ernacionales de la época sino consecuen- cia de la búsqueda de poder por part e de los est ados europeos. Serán los f ilósof os de la Ilust r ación en el siglo XVIII quienes post eriorment e int erpret en el sist ema int ernacional result ant e de la paz de West f alia como part e de un universo que f uncionaba como una gran maquinaria de reloj en una marcha incesant e de progreso: «los f ilósof os est aban conf undiendo el result ado con la int ención. Durant e t odo el sigl o XVIII los príncipes de Europa ent ablaron innumerables guerras sin que haya la menor prueba de que la int ención conscient e f uera aplicar algún concept o general de orden int ernacional.»6 Los príncipes europeos est aban guiados

por cálculos de benef icio inmediat o y compensaciones específ icas y no por un principio t rascendent al de orden int ernacional. No obst ant e, f ue just ament e esa act it ud y el hecho de que ningún est ado est uviera en capacidad de dominar a los ot ros y conf ormar un imperio, lo que t erminó dando f orma a un orden int ernacional basado en el equilibrio de poder. Est e sist ema f ue ref orzado por la polít ica ext erior seguida de manera muy conscient e por Gran Bret aña durant e los siglos XVIII y XIX. A part ir del reinado de Guillermo III, Inglat erra asum ió como su int erés nacional el mant enimient o del equilibrio en Europa.

Est e origen del discurso sobre lo int ernacional hará que el act or cent ral, y el único, sea el Est ado-nación moderno. La soberanía que lo consagra designa el poder últ imo, sin limit aciones que ejerce el est ado t anto hacia adent ro como hacia fuera. Est a reificación hará abst racción de t odos los element os que part icularizaban a los est ados y est ablecerá con ello u n modelo de organización social aplicable a la diversidad de experiencias hist óricas. En buena medida, las t eorías de las RI se han apoyado hast a hoy en una visión reif icada (y deif icada) del Est ado que lo supone un act or racional, homogéneo y at emporal . El sist ema int ernacional mo- derno est ará conf ormado por Est ados cuya caract eríst ica principal es el at ribut o de soberanía. Nuevament e ot ra f icción que le per- mit e plant ear un sist ema unif icado y homogéneo.7

6 KISSINGER, Op. cit ., p. 63.

7 Como n os lo recu erda Badie, “ p rincipio ambig uo y ut ilizado de manera cont r adict oria por par t e de act o res con racionalidad es op uest as, la soberanía es p ues en primera inst ancia una f ic- ció n, en el sent id o pleno del t ér mino: en lugar d e dir igirse a lo real, hace un llam ado al imagi- nar io y nos p ropor ciona una const rucción lógica que le da la vida int er nacio nal u na ap arien cia de coherencia.» BADIE, Bert rand . Un m o n d e san s so u verain et é. Les Et at s en t re ru se et resp o n sab ili t é. Paris, Fayard, 1999, p. 10.

Durant e ést e primer período la preocupación cent ral será por el “ orden internacional” , un orden concebido bajo un modelo mecanicista de balance ent re pot encias regido por una lógica racionalist a de adecuación de medios a f ines. Un orden de t odos modos circuns- crit o al escenario eur opeo de las naciones.

b. El Conciert o Europeo

La misma lógica de relaciones ent re las naciones regirá durant e el siglo XIX aunque diversos f act ores vendrán a complicar el juego de lo int ernacional y el sist ema de equilibrio de poder. El Concier- t o Europeo f ue la respuest a al designio de Francia de hacer la guerra al rest o de Europa para conservar su revolución y dif undir por t odo el cont inent e los ideales de la República. Los ejércit os napoleónicos casi logran el objet ivo de est ablecer una comunidad europea bajo la égida de Francia. Ant e t al amenaza, Gran Bret aña, Prusia, Aust ria y Rusia est ablecieron una alianza permanent e con miras a garant izar un nuevo arr eglo t errit orial en Europa. El Congreso de Viena de 1815 est ablece ent onces, por primera vez y de manera conscient e, un orden i nt ernacional basado en el equi- librio de poder. Allí, el equilibrio que el siglo ant erior había sido el result ado de la búsqueda egoíst a y anárquica del int erés nacio- nal por part e de cada Est ado; ahora era complement ado con el acuerdo sobre unos valores compart idos.

El nuevo orden europeo se basaba en la idea de que, en aras de la est a- bilidad, era preci- so conservar las ca- bezas coronadas le- gít imas, suprimir los movimient os nacionales y liberales, y lograr que las relaciones ent re los est ados est uvieran regidas por la bús- queda del consenso ent re gobernant es de ideas af ines. Así, aunque el Congreso de Viena reaf irmó el equilibrio de poder como meca- nismo de mant enimient o del orden int ernacional, se apeló no solo al recurso a la f uerza sino que además se busco moderar la conduc- t a int ernacional a t ravés de vínculos morales y polít icos. El poder y la legit imidad se const it uyeron en las bases del orden int ernacio- nal que imperó durant e el siglo XIX en Europa.

Así, y a dif erencia del sistema est ablecido con la paz de Westf alia, la Sant a Alianza consagrada en l os acuerdos de Viena int roduje- ron un element o de f reno moral en la relaciones ent re las grandes pot encias. Para ést as últ imas y ant e una amenaza mayor a su propio sist ema de organización social, «los int ereses creados que

E

l Congreso de Viena de 1815 establece

entonces, por primera vez y de mane- ra consciente, un orden internacional basado en el equilibrio de poder

aparecieron en la supervivencia de sus inst it uciones int ernas hicie- ron que evit aran t odo conf lict o, que en el siglo ant erior; habrían abordado como cosa nat ural.»8 La legit imidad y la permanencia

de los regímenes monárquicos se convirt ieron pues en los garan- t es del orden int ernacional. Un orden que duró medio siglo hast a cuando la guerra de Crimea disolvió la Sant a Alianza. Si bien en la segunda mit ad del siglo XIX Europa se mant uvo en una relat iva calma, las relaciones ent re las naciones est arían regidas más por la Real p o l i t i k que por los valo res compart idos.

Related documents