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CHAPTER 6 CONCLUSION AND RECOMMENDATIONS

6.4 Recommendations

1. LA LECTIO DIVINA (DEI VERBUM VI)

La lectio divina es una expresión que viene de la tradición que significa propiamente lectura divina. Y no es mero estudio, sino que es un auténtico momento de oración, la trama de toda la vida espiritual de la Iglesia, la raíz de toda espiritualidad cristiana y no propia o exclusiva de una u otra espiritualidad, aunque en su difusión contribuyó mu- cho san Benito y no su escuela.‟

1. Inicialmente, es una lectura de la Escritura, que es la misma palabra de Dios que hoy se nos revela en el misterio del Verbo encarnado (Heb 1, 2: “En estos últimos tiempos Dios nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todo”, con notas de BJ).

Pero la lectio divina puede ser también hecha en ciertos textos de los Padres y en ciertos libros “clásicos”, como la

Imitación de Cristo.

La lectio divina es una actividad espiritual compleja, pro- gresiva, hecha por etapas o momentos sucesivos que ex- pondremos a continuación: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación… pero que se integran los unos con los otros.

2. El primer escalón es la lectio, que consiste en leer y releer el texto de tal manera que emerjan sus elementos más significativos y sobresalientes (se entiende, de cada lector).

2.1. Un primer consejo sería el de leer, no para sí mismo y como en silencio, sino en voz más o menos alta.

En otros términos, hay que “mascullar” —o masticar— las palabras que se leen, aunque no se lo haga en voz alta, a la

vez que se piensa en lo que se está mascullando. Es lo que significa aquel pasaje de 1 Sam 1, 12-13, cuando el sacer- dote Elí, viendo que Ana movía los labios y no oyendo lo que decía, creyó que estaba ebria.

2.2. Un segundo consejo podría ser leer el texto con un lápiz en la mano y, si no se puede subrayar el texto, copiar algunas de sus frases en papel aparte. No todas, sino las más importantes… o algunas palabras de las mismas: los verbos, los tiempos de la acción, los adjetivos o sustantivos, etc.

2.3. A veces nuestra lectura de la Escritura nos resulta árida, porque la leemos cursivamente, como se lee una novela o una noticia en el diario: es palabra de Dios que él nos dirige de corazón a corazón y como esperando una respuesta de fe, de esperanza y de amor.

Debemos darle todo su valor a esa frase que se dice, en la lectura litúrgica, al terminar de leer un trozo de la Escritu- ra: decimos que “Es palabra de Dios” y debemos creer que es así, que Dios nos ha hablado a cada uno de nosotros a través de las palabras de la Escritura que acabamos de leer o de oír.

Cada frase que se lee de la Escritura debe considerarse como un mensaje, una provocación al amor, lanzado por un Dios impaciente de hacerse amar. Esta es, en definitiva, la razón por la cual esta lectura se llama “divina”: en ella, es Dios quien toma la iniciativa, quien nos habla, quien nos dirige su palabra. La actitud que nos cuadra no es la de mero lector, sino de “oyente de la Palabra”, pero no sólo para oírla, sino para ponerla por obra (Sant 1, 22-25). 3. El siguiente escalón es la meditación y supone el texto leído, releído… triturado, para decirlo con una frase gráfi- ca.

3.1. Meditar quiere decir aquí “rumiar”. Esto es como una relectura (o midrash) del texto, a la luz de otros como hacía la Virgen, según Lucas, cuando “guardaba todas estas cosas y las meditaba (symballousa) en su co- razón” (Lc 2,19): en esta ocasión, lo que la Virgen contem- plaba —que el Niño se hubiera quedado en el templo, sin avisarles previamente de ello— era difícil de comprender. Por lo tanto, sería una reflexión envuelta en petición al Señor de su luz y de su gracia, para poder comprender. 3.2. Puede ayudar a esta reflexión el buscar otros textos de la Escritura que reflejen la misma situación, pero en otros personajes: Abraham, Moisés, David… o el mismo Jesu- cristo, en otros momentos de su vida.

No se trata, por supuesto, de una exégesis propiamente dicha que tiene sus reglas técnicas, precisas, a partir de los textos originales, sino de una búsqueda de contacto con el texto, a la luz de otros textos. A esto pueden ayudar los textos que, en el margen o en notas, cita la Biblia de Jeru- salén (u otras ediciones modernas de la Escritura).

3.3. Puede también ayudarnos a esta meditación el hacer- nos preguntas, entrando en diálogo con la palabra de Dios: ¿qué me dice?, ¿qué actitud me sugiere por medio de este pasaje?, ¿qué misterio me revela? Y también, hablando el mismo Señor que nos habla: ¿qué profundidad del co- razón humano me descubres?, ¿qué me quieres advertir? 3.4. En realidad, esta meditación está muy unida a la etapa anterior, de la lectio. “La boca del justo meditará la sabi- duría”, dice el salmista (Sal 37 [36], 30, según la Vulgata).

Quiere decirnos que no se trata de una actividad mera- mente intelectual, mental, como hoy entendemos cuando hablamos de “meditación”, sino de una actividad a la vez mental y vocal, del corazón y de los labios: ni sólo del co- razón —o la mente— ni sólo de los labios, sino de ambos a la vez.

En los textos monásticos griegos y coptos, el vocablo “me-

tete” —en latín, meditatio— no significa, las más de las

veces, lo que entendemos hoy por “meditación”, aunque tampoco se excluye este sentido, sino el pronunciar —o rumiar— las palabras sagradas, no sólo en orden a apren- derlas de memoria sino para asimilarlas, para grabarlas en nuestro corazón. En este ejercicio intervenía el hombre entero: el cuerpo, pues la boca pronunciaba repetidamente el mismo texto; la memoria que lo retenía; la inteligencia que se esforzaba por penetrar la profundidad de su signi- ficado; la voluntad, que se proponía llevarlo a la práctica (recordar “las tres potencias”, EE 50-52).

Hasta mediados de la Edad Media no se llegó a distinguir claramente entre oración vocal y mental: antes de esa difícilmente podía concebirse una persona que orara sin levantar, a la vez, la voz; la oración vocal no era, de ningu- na manera, un grado inferior de oración, sino la única oración que se conocía.

¿Será por esto que san Ignacio, que habla de “meditación” y de “contemplación”, termina siempre una y otra con una o varias oraciones vocales: el Avemaría, el Alma de Cristo, el Padrenuestro? Al final de su libro de Ejercicios, enseña dos maneras de oración vocal: una, deteniéndose en cada palabra de la oración vocal, “contemplando la significación de cada palabra…” (EE 240-257); otra, pronunciando rít- micamente, al compás de la respiración, cada palabra o frase de la oración vocal elegida (EE 258-260).

Precisamente la primera manera ignaciana de oración vocal, “contemplando la significación de cada palabra o frase de la oración vocal”, es la que más se parece a la

lectio divina; aunque también puede parecerse a la

segunda manera de orar vocal y rítmicamente.

En pocas palabras, en la antigüedad cristiana la diferencia, entre oración vocal y mental era menor de la que hoy esta- blecemos, porque no había ninguna oración vocal que no fuera, a la vez, mental. SI la oración deja de ser vocal para ser mental, no es por desprecio a la oración vocal, sino por simplificación de la misma.

4. El tercer momento de la lectio divina es la oración. En un cierto punto, la meditación deja de serlo para con- vertirse en oración; o mejor —como acabamos de decir—, la meditación es ya oración porque, si no, no formaría parte de la lectio divina. Pero ahora lo es de un modo más evidente.

4.1. Esta oración puede tomar la forma de una conversa- ción —san Ignacio dice “Coloquio” (EE 53-54. 109, 147…)— con el Señor, en cuya presencia y bajo cuya mirada me siento ya desde el comienzo de la lectio divina (EE 75); o manteniéndome delante de él en un silencio amoroso, aunque esto corresponde más bien al momento posterior de la misma lectio divina, del que enseguida hablaremos y que se llama “contemplación”.

4.2. Hay que orar todo el tiempo que se pueda permanecer así sin distracciones y, cuando se advierte que estas vienen

y no se van con facilidad, hay que pasar al momento si- guiente de la contemplación… o volver a comenzar con la

lectio divina. San Benito decía que “la oración debe ser

breve y pura” y entendía por “pura” una oración sin dis- tracciones. Y por eso, para algunos, será más breve, porque no están acostumbrados a estar aún —por gracia de Dios, se entiende— sin distracciones.

4.3. Una manera de mantenerse en la oración —o colo- quio— es, manteniendo el tema, cambiar de interlocutor: comenzar, por ejemplo, con la Virgen, hablar luego con el Señor y terminar con el Padre… o con el Espíritu, maestro de oración (Rom 8, 26-27), dejándolo a él orar en nosotros “con gemidos inefables”.

Es el “triple coloquio”, tan recomendado por san Ignacio en momentos claves de los Ejercicios (EE 63, 147, 156, 168, 199), que termina con un Avemaría, un Alma de Cristo y un Padrenuestro o con el Veni Creator.

5. El cuarto y último momento de la lectio divina es la contemplación: olvidando los detalles, se contempla el misterio de Dios que está en cualquier página de la Escri- tura y que ha sido descubierto en los momentos anteriores (lectura, meditación, oración).

5.1. Una manera de contemplar es simplificar el coloquio del momento anterior, convirtiéndolo en simplemente “escuchar” lo que

Dios nos dice, adorar, ofrecerse, agradecer… o también simplemente mirar (como aquel viejo aldeano que le decía al santo Cura de Ars: “Él me mira y yo lo miro”).

5.2. Si la lectio divina era hasta ahora una escucha activa, la contemplación —último momento de la misma— es el momento pasivo de la intimidad. Y es importante porque, de hecho, sólo a nivel de esta intimidad comenzamos a conocer a Dios en la experiencia, en el corazón y no sólo con la cabeza, con la inteligencia. Ciertamente, Dios puede dar la contemplación sin pasar por la palabra de la Escri- tura; pero, de ley ordinaria, es la lectio divina la que la suscita en nosotros de un modo más durable.

1. Cf. Card. C. M. Martini, ¿Por qué Jesús hablaba en pa-

rábolas? Paulinas, Bogotá, 1986, pp. 97- 99; A. DE MEUO, Sadhana, un camino de oración, Sal Terrae, Santander,

1979, pp. 109-112.

2. LAS DISTRACCIONES EN LA ORACIÓN

La oración mental —meditación o contemplación, como dice san Ignacio— está sujeta a un enemigo extremada- mente acosador y multiforme: la distracción. Conviene conocerla en su variedad, para saber responder a la misma en cada caso.2

1. En general, podemos designar como distracción todo aquello que tiende a arrancarnos del recogimiento inicial y a “distraernos” de Dios; o sea, de los pensamientos y sen- timientos que lo tienen a él por objeto.

Ante todo, hay que distinguir dos clases de distracciones. La primera, simple distracción, sin acompañamiento de una tentación especial, es negativamente mala, en el sen- tido de que su malicia consiste simplemente en disputar- nos los bienes de la oración. Su consecuencia es, pues, un “dejar de ganar” en el orden espiritual: se la puede com- parar con esas moscas que distraen, zumbonas, pero sin un aguijón que dañe.

La segunda distracción no consiste en ocupaciones sim- plemente profanas, sino que implica además una tentación turbadora y peligrosa. Su malicia es positiva, en razón de que, en este caso, los pensamientos e imaginaciones que nos disputan el trato con Dios son malos, tienden no so- lamente a hacernos perder el fruto de la hora de oración, sino además a hacernos cometer pecados: si cedemos, no hay solamente “cese de ganancias”, sino una pérdida espi- ritual. Se las puede comparar con una avispa que nos pica con su aguijón.

2. En la primera clase, o simple distracción, se debe aún distinguir dos variedades distintas entre sí: por una parte, las distracciones amorfas de fatiga, de atonía, que más que en sustituir pensamientos profanos a los divinos, consisten simplemente en “no pensar”: se trata de una especie de sopor, de “estar en blanco” o “en el vacío”, en los confines del sueño y de la vaga fantasía. Por otra parte, están las distracciones definidas, durante las cuales los sentimien- tos, las imaginaciones y los pensamientos profanos, aun- que no culpables en sí mismos —por ejemplo, sobre asun- tos de la salud o del trabajo—, sustituyen a los que se re- fieren al tema de la oración y del trato con Dios.

¿Cómo poner remedio a todas estas simples distracciones? Ante todo, respondemos que nadie puede estar libre del primer tipo de las simples distracciones, sobre todo en momentos de convalecencia o de especial fatiga. Más aun, puede ocurrir que se hagan crónicas, habituales, sobre todo a ciertas horas (inmediatamente después de levantarnos o después de la siesta).

Tampoco se puede escapar del segundo tipo de las simples distracciones cuando se está ocupado —o preocupado— por algún asunto, cuando una inquietud o un interés par- ticular nos solicita más de lo ordinario.

2.1. Pero un remedio indirecto, muy eficaz para ambas variedades de estas simples distracciones, es volver al de la oración y al trato con Dios nuestro Señor, en el mo- mento en que caemos en la cuenta de que nos hemos dis- traído.

También los actos de oración y de docilidad a Dios, hechos durante el día; y por “Dios” entendemos aquí todas las cosas que dicen relación con él, como por ejemplo, la hu- manidad de Cristo, la santísima Virgen, los santos.

En resumen, fortalecer lo espiritual en nosotros, con actos que compensen los momentos de simples distracciones. 2,2. El remedio directo para el primer tipo de estas simples distracciones es un esfuerzo tranquilo, apacible y suave. Dejarse estar completamente no es bueno, ni para el espí- ritu ni para el cuerpo: este embotamiento —primera va- riedad de la simple distracción— no aprovecha ni a uno ni otro.

Sí no podemos mantenernos de otra manera en la presen- cia de Dios y en el tema de la oración, tomemos un libro, hagamos actos tranquilos de fe, de esperanza y de amor a Dios, de docilidad; algunas oraciones vocales, como el Padrenuestro, el Avemaría o versículos de salmos, que repetiremos rítmicamente (casi al compás de la respira- ción).

En resumen, resistir suavemente, pero resistir a la invasión del sopor.

En cuanto al segundo tipo de simples distracciones, o dis- tracciones definidas sobre problemas que nos preocupan, el remedio directo consiste en insistir en el recogimiento inicial, repitiendo los actos iniciales —mirada del Señor (EE 75), petición de la gracia de servirlo aquí y ahora (EE 46), petición propia de la hora de oración…— y no ceder. A veces es útil, cuando se está verdaderamente poseído por un asunto, volverlo hacia Dios y hacer oración —en de petición— sobre él; pero a condición de hacer verdade- ramente oración y no dejarse llevar, sin resistencia, a preocupaciones o consideraciones puramente naturales y humanas. En otros términos, hacer de la distracción preo- cupante una ocasión de trato con nuestro Señor y, sobre todo, de petición al mismo.

3. La otra especie de distracciones —las que turban y son peligrosas— comprende también dos variedades.

En primer lugar, las distracciones que deprimen: uno se encuentra ante Dios en la sequedad, la indigencia y la im- potencia naturales, “sin fe, sin esperanza, sin amor, ha- llándose —la persona— toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor” (EE 317).

Uno se halla totalmente profano y natural, “hombre viejo”, “mundano” y, por tanto, hastiado de orar, con un senti- miento de inutilidad, de fastidio de lo que se está O bien, porque la vista de nuestros pecados y miserias tiende a apartarnos de orar, a desalentarnos, a desespe- rarnos: “¡No hay lugar para ti en la casa de Dios… fuera los perros!”.

Y el resultado práctico es que tanto en un caso como en el otro nos apartamos de la oración, ya porque es inútil, in- deseable, pesada o bien porque, aunque deseable en sí, nos es inaccesible, nos está vedada por nuestras limitaciones. En segundo lugar, existen distracciones que son tentacio- nes definidas, en el curso de las cuales nos son sugeridos pensamientos, sentimientos o imaginaciones culpables; por ejemplo, de cólera, de duda, de blasfemia, de desespe- ración, de amargura consentida, de complacencia en el de los demás, de celos, de amor propio, de autocompla- cencia, de orgullo, de vanidad, de sensualidad, de impudi- cia, etc. Esta variedad de distracciones son como insectos con dardos de toda especie, desde el mosquito de la vani- dad más insoportable por su zumbido que por su picadura, hasta el pesado moscón azul de la lujuria.

El remedio para todas estas tentaciones es triple: preven- tivo, indirecto y directo.

3.1. Preventivamente, es muy importante saber y recordar que la tentación turbadora y peligrosa es la escuela nor- malmente necesaria de las altas virtudes, especialmente de las virtudes teologales. No hay, pues, que temerlas ni de- plorarlas excesivamente: con la gracia que tenemos, po- demos y debemos no solamente superarlas, sino sacar de ellas un gran provecho espiritual.

3.2. El remedio indirecto consiste en la práctica de la oración durante el día y de la unión con Dios, que son generalmente mucho más fáciles de practicar fuera del tiempo de la oración propiamente dicha que durante ella, en los períodos agudos de la tentación.

3.3. El remedio directo e inmediato consiste, en las tenta- ciones de depresión, en discernir —con la ayuda del direc- tor espiritual o del confesor— si esos pensamientos y sen-

timientos deprimentes para nosotros son una simple y pura tentación para disgustarnos de la oración y del servi- cio de Dios o si nacen en una visión espiritual, mal inter- pretada, que Dios se digna darnos de nuestra nada y de nuestra miseria.

En este segundo caso, hay que purificar nuestra vida y dejarlo obrar a Dios. Y reconoceremos que viene de Dios si nos humilla sin desalentarnos (en este caso, la tentación consiste en la “depresión” y no en el conocimiento de sí mismo que la causa).

En el primer caso, en cambio, hay que reaccionar valien- temente contra el hastío: no ceder en nada, no modificar nada nuestros hábitos de oración o de penitencia, antes bien, agregar algo (EE 13, 319).

En el segundo caso, el de las tentaciones durables, si estas son violentas, lacerantes, acosadoras… o bien sutiles, ra- zonadoras, envolventes… hay que manifestarse breve pero claramente a su director y obedecerle, tener confianza en que nos diga, apoyarnos en su palabra y permanecer en paz, oponiendo al enemigo desautorizaciones rotundas, tranquilas, absolutas, en forma de actos de fe, de aban- dono, de esperanza, de amor.

Después, una vez hecho esto, quedar en paz ante Dios, ser paciente “como una oveja ante quien la trasquila” (Is 53, 7), como Jesús frente al cáliz de su pasión.

En resumen, no hay que discutir con el tentador, ni ago- tarse en esfuerzos inútiles, sino decir “sí” a toda voluntad de Dios y “no” a todo lo que no es ella; y luego callar y aguantar, en la esperanza y la fe, cuya escuela son estas mismas tentaciones.

4. Hasta el momento hablamos de distracciones que —al menos en su comienzo— son involuntarias. Existen otras tentaciones que son voluntarias. Más aun, pueden haber sido involuntarias en su comienzo, pero consentimos en ellas y se hacen voluntarias.

Por ejemplo, cuando estamos haciendo la oración nos

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