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CHAPTER 6 CONCLUSION AND RECOMMENDATIONS

6.2 Recommendations

Apuntes sobre sexualidad

y adolescencia

La dificultad no es nueva como tampoco lo es el intento en el que nos embarcamos: articular lo subjetivo singular, lo particular del sufrimiento y de los extravíos en los vericuetos del goce y del deseo de cada analizante y de cada miembro de la sociedad, con los procesos colectivos en que esos “cada uno” están involucrados en estos tiempos de vertiginosa transformación del paisaje social, ideológico e incluso físico como resultado de los “avances” de la tecnociencia.

Néstor Braunstein. El Discurso de los mercados ¿un sexto discurso?

Carlos Augusto Murillo García

Resumen

En el presente texto se establecen unas consideraciones generales sobre la sexualidad en psicoanálisis; se muestra que ésta depende del deseo y de la subjetividad y que ambos están anclados en un cuerpo que goza. Todo el movimiento vincular sujeto - objeto es posible gracias a que la realidad existe en virtud de que los sujetos están capturados en el orden significante. Se pretende mostrar cómo los cambios en la cultura implican variaciones en la eficacia simbólica de los semblantes del padre y consecutivamente conllevan cambios en la organización de la subjetividad.

Se establecen, por otro lado, precisiones con respecto a la adoles- cencia en la época contemporánea buscando aportar elementos que permitan comprender la manera cómo, en tanto sujetos influidos por unos nuevos discursos, el discurso del capital, el discurso de la mercan- cía, devienen constituidos de manera singular y actualizan su deseo y su sexualidad de una manera diferente a la manera cómo vivieron la sexualidad y el deseo, las generaciones anteriores

Palabras claves: Sexualidad, deseo, adolescencia, cultura contem- poránea, condiciones simbólicas

La sexualidad en psicoanálisis tiene un nombre: movimiento del deseo. Todo deseo está a cargo de alguien estructurado como sujeto y se apuntala indefectiblemente en su constitución pulsional. La pulsión la propone el psicoanálisis como una fuerza dual, Eros y Tanatos, fuer- zas constitutivas que se encuentran “en continuo intercambio y tran- sacción”. Las dos expresiones pulsionales dice Freud, tienen su fuente en el soma; por su parte Lacan, haciendo más específica la apreciación de Freud, afirma que se emplazan en los espacios orificiales del cuer- po, pero ambos las conciben como teniendo una intensidad constante, con una búsqueda perentoria de objetos, orientada a facilitar en ellos la descarga de su tensión.

La pulsión, inevitablemente, debe pasar por las restricciones del movimiento significante, propias del contexto sociocultural de refe- rencia. La cultura actúa sobre la constitución pulsional de los sujetos, decía Freud, coaccionando la libre expresión de los mismos, exigiendo su represión, colocando barreras entre las tentativas de su descarga y los objetos en donde esta descarga aparece viable, todo con el fin de hacer posible y estable el lazo social y hacer aptos a los sujetos para la labor de construcción cultural. El psicoanálisis, afirma Lacan en el se- minario de los Escritos Técnicos, “es un rechazo de todo sistema”, que sin embargo se presta a la descripción como sistema tal como lo hace cualquier construcción estructural; quizá por eso pueda concebirse el problema de los ideales en términos de sistemas; los ideales como sis- temas imaginarios, a través del movimiento significante, se ofrecen al yo como guías del principio de realidad que propone cada cultura y en esa medida orientarán las búsquedas fantasmáticas de los sujetos.

De esa manera la pulsión, que constituye la dimensión de lo real, es enlazada por la cultura, para su posible regulación, a las dimensiones imaginaria y simbólica con las que se articula la realidad de los sujetos

Sin embargo, primero a través de lo enunciado por Freud en “El Malestar de la Cultura”, en la parte final de la época moderna, y luego, a partir de lo referido de múltiples maneras por Lacan, en textos como, “La ética del psicoanálisis”, El seminario XVII: “El psicoanálisis al revés”, “el discurso de Milán”, etc., entendemos que el orden cultural cambia en la medida en que cambie la vigencia de los discursos que lo cons- tituyen, en tanto estos discursos den lugar a formas determinadas de vínculos intersubjetivos. Entendemos igualmente que existe una gran

diferencia entre el malestar en la cultura descrito por Freud y el que se da en la actualidad. En el primero, en el cual todavía existían expre- siones, en la función paterna, en los ideales, en las prescripciones y en las prácticas sociales consideradas como legítimas, de la autoridad patriarcal de corte victoriano y de la moral sexual cultural de orden religioso.

En el malestar en la cultura contemporánea, llamado también in- distintamente transculturalidad, cultura tecnotrónica, cultura neolibe- ral o del libre mercado, etc., definitivamente la eficacia simbólica del padre de la época de Freud, ya no es la misma, el alcance de su auto- ridad parece por completo relativizado por la compulsión al consumo propiciada por los medios de masas al servicio del mercado, los cuales sustituyen, en muchos casos y en gran medida, la función socializadora que antes cumplía, debería cumplir, el padre y sus semblantes.

Después de Lacan, sus seguidores construyen teorizaciones en las cuales de manera reiterada se refieren acerca de las diferencias en la estructura y los modos de expresión de esta época post moderna con respecto a la de la modernidad y, de un modo u otro, refieren el efecto deletéreo que tiene en la constitución de los sujetos.

Se habla entonces, con expresiones diferentes que terminan sien- do coincidentes, de que en esta época se acentúa “la inexistencia del Otro” (Goldemberg, M.), o que, “En la actualidad, se fabrican identi- dades en base a objetos y muy pocos pueden mostrar algún rasgo de individualidad autónoma”, (Di Biase, 2012) o bien, “El sujeto contem- poráneo es un sujeto cuya brújula no es la del ideal sino la del objeto de consumo”, (Solano, E., 2007), o de la misma autora, “La meta para cada uno ya no es la del proyecto orientado a lo largo de una vida, sino la de obtener el máximo placer en el mínimo tiempo con el menor esfuerzo”. Se dice también que en esta contemporaneidad se pierde la vergüenza y el pudor, (Miller 2003) etcétera.

Habría que anotar, también, que en referencia a la influencia del mercado se considera que en la época hay una negación generalizada de la castración, como un recurso propiciador de juicios de imposi- bilidad en los sujetos y de su correspondiente adhesión a la ley. Esto de manera extensiva a las afirmaciones de Lacan: “El discurso del ca- pitalista se distingue por la Verwerfung, por el rechazo, la expulsión al exterior de todo el campo de lo simbólico... ¿el rechazo de qué? El

de la castración”. Al respecto, se dice por ejemplo en el psicoanálisis actual que,

Los consumidores se pierden en la ilusión del todo es posible, lo cual denota la ilusión de que la demanda puede ser satisfecha, y eso es creer que la satisfacción y el objeto de la pulsión están en un mismo lugar, ilusión creada y uti- lizada por la publicidad (Battista, G. J., 2013)

Con respecto a lo anterior también habría que citar las apreciacio- nes de Jorge Alemán (2001), sobre este discurso capitalista:

Todas las civilizaciones o culturas fueron ya definitiva- mente alcanzadas por su movimiento circular, sin corte, sin imposibilidad. En todas arraiga la Técnica y la modalidad de goce que ella organiza; en todas se muestran los efectos del “rechazo de la castración” que el Discurso Capitalista conlleva (Alemán, J., 2001)

Constituyen, todas las anteriores, expresiones tomadas, un poco al azar, de lo que desde el psicoanálisis se considera que pasa con la época y con los sujetos. Consecuentemente, si se afirma que algo pasa en la escisión subjetiva, también necesariamente algo va a ocurrir en los objetos que los sujetos buscan o en el modo en el que lo hacen y por esa vía obligadamente inciden en su sexualidad.

Afirmar que la sexualidad en psicoanálisis es un problema del de- seo, es afirmar que en últimas remite a las relaciones sujeto – objeto, a las cargas libidinales de objeto de los sujetos, que en principio son de naturaleza erótica, corresponden a deseos eróticos, pero que en la me- dida en que los sujetos siempre enfrentan, en su constitución subjeti- va, una mezcla pulsional, por la vía del intercambio entre estas fuerzas que lo estructuran, los vínculos de objeto pueden corresponder total o parcialmente a intercambios marcados por la pulsión de muerte, a vínculos mortíferos.

El sujeto del psicoanálisis se constituye a través de dos operacio- nes complementarias, dice Lacan. La primera se denomina alienación y concierne a los efectos del orden simbólico que le antecede y lo captura, a los efectos de los discursos efectivamente proferidos, que se constituyen en su causa significante, lo escinden entre una dimen-

sión consciente, la cual se constituye en su órgano de orientación en la realidad y le permitirá asignarle sentido y aprehender la expe- riencia; y una dimensión inconsciente, que se constituye como un saber acerca de sí, del cual nada ha de saber. También se puede decir que el orden significante lo escinde entre una demanda de objetos, que es posible que exista en el campo de la consciencia y un deseo inconsciente, el cual precisamente suscita el movimiento reiterado de las demandas de objetos, con los cuales constituye en últimas su realidad.

Al respecto afirma Lacan:

El efecto del lenguaje es la causa introducida en el su- jeto. Gracias a ese efecto no es causa de sí mismo, lleva en sí el gusano de la causa que lo hiende. Pues su causa es el significante sin el cual no habría ningún sujeto en lo real. Pero ese sujeto es lo que el significante representa, y no podría representar nada sino para otro significante: a lo que se reduce por consiguiente el sujeto que escucha. (Lacan, J., 1981, p. 371)

Este orden simbólico que lo determina, lo antecede y se ubica como matriz simbólica, la cual, al darse el reconocimiento imaginario en la fase del espejo, determinante de la función del yo, permite que a la imagen especular de sí, se la señale con el nombre propio, el cual ha de facilitar en lo sucesivo que el nombre propio marque ese cuerpo en lo real, lo separe de lo orgánico y lo haga visible para sí y para los otros, ubicándolo simultáneamente con relación a un género y a una genealogía

La segunda operación del proceso de constitución del sujeto se da cuando el objeto primordial de los deseos, quien depende del lugar de la madre, el cual en la primera parte del complejo de Edipo forma parte constitutiva de sí y que aparece completo como gran Otro (O), se revela en falta, se muestra deseante e incompleto, barrado (Ф) y cae del vínculo fusional que con él se establecía, cae como objeto a, gene- rando la experiencia de la falta. Esta operación de separación instala en la incompletitud y saca al infans del campo del ser, del campo de la cosa (Das Ding) y lo aboca a existir en un campo de objetos (Die Sache), posibles subrogados de a, del objeto de la falta.

La referencia al sujeto deseante es expresada también por Lacan con una formula simple, “que el Otro sea para el sujeto el lugar de su causa significante no hace sino motivar la razón por la que ningún su- jeto pueda ser causa de si” (Ibid., p. 376)

Por esta vía puede decirse que la sexualidad, como relación sujeto - objeto, concierne a las tentativas de los sujetos de reintegrar el objeto

a, a partir de demandar vínculos con aquellos objetos, que en la lógica

subjetiva, aparezcan como semblantes del mismo. Las búsquedas de estos objetos son igualmente tentativas fallidas, en la medida en que se esté inscrito en el orden simbólico, de suturar la falta y acceder a la completitud, lo que garantiza de esa manera la continuidad del movi- miento metonímico del deseo, esto es, de la reiteración de las deman- das de objetos por parte de los sujetos. Además, por supuesto, es esto lo que garantiza la continuidad en el siempre singular movimiento de construcción de realidad que hace el sujeto.

Los objetos se buscarán fantasmáticamente, es decir, algo de su imagen aparecerá como seductor, incitará a poseerlos, algo de sus atributos tendrá pleno significado, estará en el campo del orden sim- bólico, y algo de ellos permitirá en alguna medida descargar o por lo menos tramitar lo real de la pulsión.

El deseo, al depender de las localizaciones de la pulsión en los espa- cios orificiales del cuerpo del sujeto, implica diferentes modos de goce, como excitación de zonas erógenas del cuerpo. Los hombres están, con respecto a las mujeres, marcados por una separación estructural, con respecto a sus modos de goce. Al respecto, Lacan afirma que “no hay relación sexual”, señalando la desarmonía o falta de proporción entre los modos de goce. Bernal (2010) sobre este tema afirma que:

¿En qué consiste esta separación estructural entre los sexos? Digámoslo de la manera más simple posible: las mujeres no nacieron para los hombres y los hombres no nacieron para las mujeres. O a nivel del goce podríamos decir: el hombre goza sexualmente de una manera muy distinta a como goza una mujer; el goce masculino es fun- damentalmente fálico -el hombre goza de su pene- y el goce femenino no sólo es clitoridiano: es un goce Otro, que no se localiza fácilmente, que abarca otras zonas del cuer- po, un goce difícil de nombrar o innombrable

En el orden de lo afirmado, entonces, es claro que la sexualidad en psicoanálisis no tiene que ver exclusivamente con lo genital. Lo sexoge- nital es otra expresión, entre muchas otras posibles, de la sexualidad. Se plantean constantemente casos en los que el ejercicio de la sexua- lidad se da en situaciones en las que los sujetos, por una u otra razón, han renunciado a la genitalidad y optan por la abstinencia (sexogenital) en función de la fidelidad a cualquier pretexto, la adhesión a un ideal por ejemplo.

El campo de las perversiones es rico en ejemplificar todo tipo de abordajes de la sexualidad, en donde la particularidad del objeto elegi- do, no incluye el intercambio genital.

Por otra parte, el campo extenso de las patologías muestra cómo en lugar del vínculo genital, aparece, o el fantasma o el síntoma, ac- tuando igualmente como relevos del goce sexual del sujeto.

Frente a esa posición disciplinar expuesta, contrastan los abordajes de esa especie de híbrido transdisciplinar llamado sexología. Los estu- dios que se proponen desde ahí buscan hacer concurrir perspectivas médico – biológicas, psicológicas, sociológicas, psiquiátricas, y por su- puesto psicoanalíticas

Por lo general, el punto de referencia por excelencia de dichos estu- dios es el Informe Kinsey. Los estudios que se suelen abordar desde la sexología en todo momento parecen formas de replicar dicho informe.

En esa medida, abundan los trabajos en donde, sobre recortes de segmentos poblacionales, se valoran porcentualmente conductas o epi- sodios concretos, con los que se homologan los sujetos de esas pobla- ciones. Vgr., tal porcentaje de sujetos comenzaron sus prácticas de mas- turbación a tal edad; entre estos rangos de edad aparece tal incidencia porcentual de inicio de relaciones sexuales (entendidas siempre como relaciones sexogenitales), tal otro índice porcentual refiere los segmen- tos poblaciones que recaen en prácticas que incluyen intercambios ana- les, tal otro porcentaje refiere los índices de población que hacen plani- ficación y tal otro de aquellos que no lo hacen, etcétera.

Consecutivamente a lo anterior, las propuestas educativas de la sexología, inevitablemente ligadas a los ideales que circulan puntual- mente en la cultura, recaen en ejes temáticos recurrentes, tales como: difusión de técnicas contraceptivas, evitación del embarazo adolescen- te, prevención de las infecciones de transmisión sexual, reconvención

ética sobre el respeto a la pareja y evitación del abuso a menores y, en otros casos, amplias disertaciones que ilustran sobre prácticas de intercambio orientadas a intensificar el goce en la relación.

La crítica a estos abordajes mencionados tendría que ver con: • La renuencia a ver que la sexualidad concierne al sujeto y en la

medida en que tiene que ver con su deseo, con sus exigencias pul- sionales, tiene además que ver con su identidad, con sus identifica- ciones, con su fantasma, con la existencia imaginaria de su yo, y en general con toda la lógica de construcción de su realidad.

• La imposibilidad para reconocer que existen patologías tanto del lado del sujeto, como del lado del objeto, pues en la medida en que como sujetos deseantes, habitados por la pulsión, se establecen relaciones con alter egos en posición de objetos, también desean- tes y marcados por una pulsión singular, ellos, pueden a su vez ser sujetos con respecto al otro a quien tomarían como objetos. • La homologación que implica el uso de sus técnicas estadísticas y

de sus métodos pedagógicos, la cual va en la dirección de borrar la singularidad de los sujetos que se estudian

El punto de mayor disonancia tiene que ver con los estudios y los procesos educativos que la sexología emprende con adolescentes. Esta fase del desarrollo sigue siendo vista como una fase de maduración biológica que hace que al exaltarse los atributos sexuales secundarios por efecto de la actividad hormonal, tenga que buscársele una sali- da en la genitalidad, de manera consecutiva; por las mismas razones, aparecería la discrepancia generacional que haría de esta etapa del desarrollo una fase de rebeldía y conflicto.

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