• No results found

CHAPTER 5: CONCLUSION AND RECOMMENDATIONS

5.2 Recommendations

[Nacido en 470; hijo de Sofronisco, escultor, y de Fenareta, partera: de quien decía que había aprendido el arte de obstétrico de pensamientos. Abandonado el arte de su padre, se entregó de lleno a la misión de despertar y educar las conciencias. Siempre en medio de los jóvenes, siempre en discusiones, especialmente con los sofistas, nada escribió: "pues la escritura, similar en esto ¿ la pintura, tiene de grave lo siguiente (pone en su boca Platón, en el Fedro, LX-IXI, 275-7): también los productos de ésta, están presentes ante tí como personas vivas; pero, si los interrogas, callan majestuosamente, y así sucede con los discursos escritos". Por eso su pensamiento tiene que ser reconstruido sobre los testimonios (no siempre concordantes) de JENOFONTE (especialmente en las Memorables o Recuerdos de Sócrates), de PLATÓN, que erigió al maestro un monumento imperecedero en sus diálogos, y de

ARISTÓTELES,

En el 399, su actividad y su vida fueron tronchadas por la condena a muerte, por la acusación de corrupción de los jóvenes en contra de la religión y las leyes patrias. Pero la misma acusación de introducir nuevas divinidades, era un documento del carácter profundamente religioso de su enseñanza; y lo confirman la presencia de los pitagóricos entre sus discípulos y el misticismo de Platón. El reconocimiento de una profunda religiosidad, hace posible una mejor comprensión del pensamiento y de la acción histórica de Sócrates].

I. LA FILOSOFÍA Y EL CONOCIMIENTO

1. La misión de la filosofía. — Si aun me dijeseis: ¡oh Sócrates!, no consentimos en lo que quiere Anito, y te dejamos en libertad, pero con la condición de que no emplees más tu tiempo en hacer esas investigaciones y que no filosofes más; de lo contrario, si te sorprendemos nuevamente, morirás; si, como digo, me dejaseis en libertad, pero de acuerdo a ese pacto, yo os diría: mis queridos atenienses, os saludo, pero obedeceré más bien a Dios, que no a vosotros, y hasta que yo tenga aliento y fuerzas, no dejaré de filosofar y de haceros advertencias y daros consejos, a vosotros y a quien se llegue hasta mí, diciéndole como me es habitual ya: ¡Oh, hombre óptimo!. . . ¿no te da vergüenza de preocuparte de tus riquezas con el fin de que se multipliquen hasta lo que sea posible, y de la reputación y el honor, y no cuidar y tener solicitud de la sabiduría, de la verdad y del alma, con el objeto de que llegue a ser tan buena como es posible? Y si alguno de vosotros me responde que él se preocupa de ello, no lo dejaré en seguida; no lo abandonaré, sino que lo interrogaré, lo examinaré y escrutaré. Y si me parece que no posee la virtud, aunque él lo afirma, lo reprenderé, pues considera villo que es valiosísimo y le atribuye valor a lo que es sumamente vil. Y esto lo hago con jóvenes y viejos, y en cualquier parte que me encuentre, con forasteros y ciudadanos. . .

Pues, sabedlo, esto me lo ordena Dios; yo creo que la ciudad no tiene ningún bien mayor que este servicio que yo presto al Dios, este mi constante andar acá y allá no haciendo otra cosa sino confortaros, a jóvenes y a viejos, a no preocuparse por el cuerpo ni por la riqueza, ni antes ni con mayor celo que el que tenéis para el alma, para que ella mejore en lo posible; diciendo que a los ciudadanos y a la ciudad la virtud no proviene de la riqueza, pero sí la riqueza y todo otro bien de la virtud. Y agregaré: atenienses. . . aunque me absolváis o no me absolváis, yo no haré otra cosa distinta, ni aun en el caso de que tuviese que morir muchas veces (PLATON, Apología, XVII, 29-30).

[Por este su concepto de la filosofía y de la enseñanza como misión sagrada, que debe ser cumplida aun al precio de la vida, Sócrates se opone a los sofistas, pan quienes la actividad educativa es un arte y una función utilitaria o profesional. Así, pues, aunque alejándose de los filósofos naturalistas por el objeto de la investigación, Sócrates retorna a su tradición, en lo que se refiere al valor religioso atribuido al culto de la ciencia, considerado como iniciación a cosas sagradas y purificación espiritual].

2. El conocimiento interior: a) conócete a ti mismo. — Díme, Eutidemo, ¿has estado alguna vez en Delfos? —En dos ocasiones—. ¿Has notado, en no sé qué parte del templo, la inscripción: conócete a ti mismo? —Yo sí. —Ahora bien, ¿no has prestado ninguna atención a esa inscripción, o bien la has grabado en tu mente y te has vuelto hacia tí mismo para examinar lo que eres?. . . —En verdad, no me he preocupado en absoluto, pues creía saberlo perfectamente, y apenas si podría conocer otra cosa, si no me conociera a mí mismo—. Pero de estos dos, ¿quién te parece que se conoce a sí mismo: el que sólo sabe su propio nombre, o aquél que se ha examinado como examina a un caballo quien desea comprarlo. . ., o sea que se ha examinado en qué condiciones se halla con respecto al oficio al que está destinado el hombre, y que ha conocido sus propias fuerzas? (JENOFONTE, Memorab., IV, 2).

[El "conócete a ti mismo" era, en la inscripción de Delfos, una advertencia dirigida al hombre, para incitarlo a reconocer los límites de la naturaleza humana 7 a no aspirar a cosas divinas ("nada en exceso"), pues seria insolente no tolerada por los dioses. Ésta era también la advertencia esencial de los Siete Sabios y Tales. Pero Sócrates llega después de un desarrollo de la filosofía, es decir, de indagaciones sobre las cosas divinas eternas, y en éstas pone el valor de la vida, la purificación del espíritu y la propia misión. Pero aún le queda un rasgo importante de la antigua advertencia de la limitación humana: la conciencia de la seriedad y gravedad de los problemas, que impide toda presunción de saber fácil y se afirma como conciencia inicial de la propia ignorancia (Véase más adelante, párrafo d) ].

b) el conocimiento, condición de sabiduría y de virtud. — No (podría) consentir nunca que un hombre, que no tiene conocimiento de sí mismo, pudiera ser sabio. Pues hasta llegaría a afirmar que precisamente en esto consiste la sabiduría, en el conocerse a sí mismo, y estoy conforme con aquél que en Delfos escribió la famosa frase (PLAT., Carmides, 164).

¿Qué, pues? ¿Podremos saber nunca cuál es el arte que convierte a cada uno en mejor, mientras ignoremos qué es lo que somos nosotros mismos? —Imposible—. . . Entonces, hasta que no nos conozcamos a nosotros mismos y no seamos sabios, ¿podremos saber jamás qué es lo bueno que nos pertenece y qué lo malo? (PLAT., Alcib. prim., 128 y 133).

c) El método de la introspección. — ¿Es, acaso, cosa fácil conocerse a sí mismo, y fue hombre de poco valor quien escribió este precepto sobre el templo de Apolo, o bien es cosa difícil y no accesible a todos? Vamos, ¡ánimo!, ¿de qué manera podría descubrirse este sí mismo?. . . ¿Qué es el hombre? — No sé decirlo. —Pero tú sabes decir que es aquél que se sirve de su cuerpo. —Sí—. ¿Y quién se sirve del cuerpo, sino el alma?. . . Conocer el alma, pues, nos ordena, quien nos ordena: conócete a ti mismo. —Así parece—.

Ahora bien, ¿cómo podremos conocerla del modo más claro?. . . Procura tú también. Si (la inscripción de Delfos) hubiese dicho al ojo, como a un hombre, para aconsejarlo: mírate a ti mismo, ¿cómo y a qué crees que lo exhortara? ¿Quizás a mirar aquello, mirando a lo cual, el ojo podría verse a sí mismo?. . . Evidentemente, pues, a mirarse en un espejo o cosa semejante. —Justamente—. Ahora bien, ¿no hay también algo semejante en (otro) ojo, en el cual nosotros podamos mirar? — Ciertamente—. Un ojo, pues, si quiere verse a sí mismo, es preciso que mire en un ojo, primero en aquella parte del ojo, en la que reside la virtud del ojo que, precisamente, es la vista. . . Ahora bien, también el alma, si quiere conocerse a sí misma, ¿no necesita, quizá, que mire en un alma, y sobre todo en aquella parte de ella en la que reside la virtud del alma, la sabiduría? Y quien mire en ella y conozca todo su ser divino, podrá conocerse a sí mismo, sobre todo, de esta manera (PLAT., Alcib. primero, 1, 129, 130, 132-3).

[Por medio del parangón con el ojo, PLATÓN tiende aquí hacia el método indirecto de la

autoobservación, que te encuentra más claramente explicado en las Magna moralia, de escuela aristotélica; "de la misma manera que cuando queremos ver nuestro propio rostro, lo vemos mirando en un espejo, así cuando queremos conocernos a nosotros mismos, nos podremos conocer mirando en el amigo, porque el amigo es, por decirlo así, un otro yo" (c., 15, 1213)].

d) el primer resultado: la docta ignorancia (conciencia de los problemas). — Querefonte (vosotros lo conocéis) . . . habiendo ido en una ocasión a Delfos, osó interrogar al oráculo. . . si había alguien más sabio que yo. Respondió la Pitia: ninguno. . . Entonces, oyendo tales palabras, pensé: ¿Qué es lo que dice el Dios? ¿Qué se oculta en sus palabras?; porque yo no tengo conciencia, ni mucha ni poca, de ser sabio. ¿Qué dice, entonces, afirmando que soy sapientísimo? Y durante mucho tiempo permanecí dudando de lo que Él quisiese decir. Después, fatigosamente, comencé a investigar de la manera siguiente. Fui a visitar a uno de aquellos que parecen sabios, y me dije a mí mismo: Ahora, desmentiré el vaticinio, y demostraré al oráculo que éste es más sabio que yo: y tú en cambio, dijiste que soy yo (más sabio). Y he aquí lo que me sucedió. Habiéndome puesto a conversar con él, me pareció que este hombre, aunque bien parecía sabio a muchos otros hombres, y especialmente a él mismo, pero que en realidad no lo era. Y traté de demostrárselo: tú crees ser sabio, pero no lo eres. . . Habiéndome ido, comencé a razonar, y me dije así: yo soy más sabio que este hombre, pues, por lo que me parece, ninguno de nosotros dos sabe nada bueno ni bello, pero éste cree saber, y no sabe; yo no sé, pero tampoco creo saber. Y parece que por esta pequeñez soy más sabio yo, pues no creo saber lo que no sé (PLATÓN, Apol., V-VI).

Me parece ver una especie más grande y peligrosa y bien definida de la ignorancia, que tiene (por sí sola) un peso igual al de todas las otras partes de ella. —¿Cuál?— Aquélla que no sabe y cree saber, pues a causa de ésta, corremos el riesgo de que nos sucedan a todos nosotros los despropósitos que cometemos con la inteligencia (PLAT. Sofista, 229).

[El conocimiento de la propia ignorancia no es, para Sócrates, la conclusión final del filosofar, sino su momento inicial Y preparatorio. Para dar este conocimiento, emplea, justamente, la refutación, que purga y libera el espíritu de los errores: después de lo cual el espíritu se encuentra dispuesto a engendrar la verdad, estimulado por la mayéutica (Véase el capitulo siguiente) ].

II. EL MÉTODO SOCRÁTICO

Doble aspecto de la ironía: la refutación y la mayéutica

1. Motivos del doble procedimiento. — Y me sucedió que buscando a los mayormente reputados, me pareció que eran menos sabios que los otros, y aquellos que lo parecían poco, eran más sabios (PLATÓN, Apol. VII).

2. La refutación: a) su característica. — He ahí, ¡por Hércules!, la acostumbrada ironía de Sócrates. Y yo bien sabía esto, y se lo predije a ellos, que tú no habrías querido responder, sino que te habrías servido de la ironía, y si alguien te interrogara lo habrías hecho todo, menos responder. . . Sí, sí, lo creo. . . (vosotros hacéis) de manera que Sócrates obre como le es habitual: de no responder él mismo, y en cambio, cuando otro responde, tomar su discurso y refutarlo. . . He aquí la sabiduría de Sócrates (PLAT., Republ., lib. I, XI-XII, 337-38).

b) su función de liberación del espíritu. — A algunos. .. les parece que se debe considerar que toda ignorancia es involuntaria, y que nadie quisiera aprender nunca aquello en lo cual se creyera ya sabio, y (por eso) la forma de educación admonitoria, obtendría muy poco provecho con mucha fatiga. —Esta es una opinión justa—.

Así, cuando alguien cree decir algo bueno sobre un argumento cualquiera, y no dice nada, ellos lo interrogan sobre eso; después, estas opiniones. . . uniéndolas con razonamientos, las colocan las unas junto a las otras y reuniéndolas de esta manera, demuestran que están en contradicción consigo mismo, sobre el mismo argumento, bajo la misma referencia y en el mismo sentido . . Y aquellos, observando esto, se irritan consigo mismos y se hacen afables con los otros, y de esta manera se liberan de grandes y duras opiniones, por aquella liberación. . . que es la más segura para quien la experimenta. Pues, hijo mío, los que los purgan, piensan como están habituados a pensar los médicos del cuerpo, los cuales no creen que éste pueda beneficiarse de los alimentos que ingiere, si antes no ha expelido lo que lo perjudica en su interior. . . Precisamente éstos se han convencido de lo mismo para el alma, es decir, que ésta no podrá beneficiarse con la enseñanza, antes de que otros, refutando y conduciendo al refutado a experimentar vergüenza, deseche las opiniones que le impedían aprender, y lo presente puro y convencido de saber sólo lo que en verdad sabe, y nada más (PLAT., Sofista, 230).

[El empleo de la refutación para la liberación del espíritu, es derivación eleática. SÓCRATES la toma de Zenón de Elea, que es el creador de la misma. Cfr. PROCLO, IN Parm., I, 7: "Zenón. . . refutaba a aquellos que afirmaban la multiplicidad de los entes, purificando su pensamiento de la inclinación a lo múltiple: pues la refutación es también una purificación y una liberación de la Ignorancia y un encaminamiento hacia la verdad". Pero Zenón no hacía sino aplicar al método de la investigación esa exigencia de la purificación espiritual que ya la mística pitagórica quería satisfacer con la filosofía, buscando en ésta el mejor camino de liberación de las almas del error, del pecado y de la condena al ciclo del nacimiento. La verosimilitud de que tal idea religiosa pudiese haber sido acogida por

SÓCRATES, está confirmada por el hecho de que Platón vuelve a afirmarla en el Menón, en el Fedón, en

el Fedro].

c) preparación a la investigación: la duda metódica y su eficacia estimulante. — Antes de conocerte, Sócrates, he oído decir, que tú no haces sino crear dificultades, a ti y a los demás, como consecuencia de sembrar dudas, en ti y en los demás. . . Me recuerdas al magullado pez torpedo; pues, si alguien se le acerca y lo toca, súbitamente lo hace entorpecer. Y siento que, verdaderamente, tú has provocado en mí semejante efecto. . . que realmente se me ha adormecido el alma y el cuerpo y ya no sé más qué responderte. . . —Si el torpedo adormece a los demás porque él mismo es torpe, yo me asemejo a él: si no, no; porque no es que yo tenga la certeza y suscite dudas a los demás; sino que yo, teniendo mayores dudas que los demás, los hago dudar también a ellos. Y volviendo a la virtud, yo no sé lo que es; tal vez lo sabías tú antes de encontrarte conmigo; ahora te has convertido en igual a uno que no sabe. . . Observa ahora . . antes él (el esclavo), creía saber y respondía osado, como alguien que sabe, y no lo

detenía ni la menor sombra de duda; ahora, en cambio, duda; no sabe y no cree saber. —Dices verdad— . Pero, ¿no sabe más ahora que antes? —Así me parece—. Y tornándolo dubitativo, y entorpeciéndole como si fuese yo un pez torpedo, ¿le he acarreado algún mal? —Me parece que no—. Más bien me parece que lo hemos colocado en el camino para que halle la solución por su propia cuenta, porque ahora que no sabe, podrá buscar con alegría; pero entonces, ligeramente, en presencia de muchos y durante muchas veces, jactanciosamente, habría afirmado, creyendo decirlo bien, que un cuadrado doble debe tener su lado de doble longitud. —Efectivamente— ¿Piensas tú que se habría puesto a investigar y a aprender esto que él pensaba saber ya, si antes no dudaba, habiéndose hecho consciente de su ignorancia y si no lo incitaba el deseo? —No me parece—. ¡De manera, pues, que el entorpecimiento lo ha beneficiado! —Así me parece—. (PLAT., Menón, XIII. XVIII, 80-84). 3. La mayéutica. — Y ¿no has oído decir que soy hijo de una partera muy hábil y seria, Fenareta? —Sí, lo he oído decir—. Y ¿has oído, también, que yo me ocupo igualmente del mismo arte? —Eso no—. Pues bien, debes saber que es así. . . Reflexiona en la condición de la partera, y comprenderás más fácilmente lo que quiero decir. Sabes que ninguna de ellas asiste a las parturientas, cuando ella misma se encuentra en cinta o parturienta, sino únicamente cuando no se halla en estado de dar a luz. . . ¿Y no es natural y necesario que a las mujeres grávidas las ausculten mejor las parteras que las otras? —Ciertamente—. Y las parteras tienen también medicinas y pueden, por medio de cantilenas, excitar los esfuerzos del parto y hacerlos, si quieren, dóciles, y aliviar a las que tienen un parto muy penoso, y hacer abortar cuando sobreviene un aborto prematuro. —así es, efectivamente—. Ahora bien, todo mi arte de obstétrico es semejante a ese en lo demás, pero difiere en que se aplica a los hombres y no a las mujeres, y se relaciona con sus almas parturientas y no con los cuerpos. Sobre todo, en nuestro arte hay la siguiente particularidad: que se puede averiguar por todo medio, si el pensamiento del joven va a dar a luz alguna cosa fantástica o falsa, o algo genuino y verdadero. Pues, lo mismo que a las parteras, me sucede lo siguiente: yo soy estéril de sabiduría, y lo que me han reprochado muchos, que interrogo a los demás, pero que después yo no respondo nada sobre nada, por falta de sabiduría, en verdad puede reprochárseme. Y la causa es la siguiente: que el Dios me constriñe a obrar como obstétrico, pero me veta dar a luz. Y yo, pues, no soy sabio, ni puedo ostentar ningún descubrimiento mío, engendrado por mi alma. Pero los que me frecuentan, al principio parecen (algunos también en todo) ignorantes, pero después, alcanzando familiaridad, como asistidos por el dios, obtienen un provecho admirablemente grande, tal como les parece a ellos mismos y a los demás. Y sin embargo, es evidente que nada han aprendido nunca de mí, sino que ellos han encontrado por sí mismos, muchas y bellas cosas, que ya poseían . . Y es verdad que mis familiares pasan justamente por el mismo estado de las parturientas, porque sienten los dolores del parto y están llenos de angustia, día y noche, aún mayores que las de aquéllas. Pero mi arte puede suscitar y hacer desaparecer prontamente estas angustias. . Confíate, entonces, a mí, como a hijo de partera y obstétrico yo mismo, y a las preguntas que te haré trata de responder de la manera en que eres capaz. Y si después, examinando alguna de las cosas que tú digas, la juzgo imaginaria y no verdadera, y por ello la aparto y la desecho, no te ofendas, como hacen las primerizas con los hijitos. (PLAT., Teetetos, 148-151).

[Después de realizado el interrogatorio y la refutación de Teetetos:] ¿Ahora, querido mío, estamos todavía grávidos y sentimos las angustias del parto, en torno a la ciencia, o hemos dado a luz todo? —¡Por Zeus, por tu intermedio he dicho más cosas de las que contenía dentro de mí!— Ahora bien, todas estas cosas, ¿nos dice, acaso, mi arte de obstétrico, que estén engendradas en el vacío y sean indignas de crianza? —Cierto—. Y por eso, si en el porvenir intentaras estar grávido de otro, Teetetos, cuando llegues a estarlo, en virtud del examen cumplido ahora, te hallarás lleno de cosas mejores, y si en cambio, te encuentras vacío, serás menos grave para tus compañeros y más dócil, no imaginando (pues te has convertido en sabio) saber lo que no sabes (ibíd., 210).

Presta atención ahora cómo responde, buscando conmigo, y cómo en verdad hallará . . y yo no hago sino interrogarlo; yo no le enseño. Abre bien los ojos, para ver si me sorprendes enseñándole y

Related documents