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CHAPTER 6 CONCLUSIONS AND RECOMMENDATIONS

6.2 Recommendations

Como se ha dicho, la vinculación de las armerías con el ceremonial fu- nerario comenzaba con el duelo en la casa o palacio del difunto, que en el caso de los reyes y la nobleza se en- lutaba copiosamente a base de paños negros y cirios, cargados con escudos de armas, bordados o pintados en pa- pel negro, tal y como documentan las miniaturas del códice de la Commé-

moration de la mort d’Anne, reine de France, duchesse de Bretagne, de

Pierre Choque37 (ca. 1514-1520), fols.

12v y 14v (fig. 1).

A este duelo de duración variable le seguía el cortejo fúnebre, procesión laica38 formada (dependiendo del

caso) por parientes, amigos, cofrades, clérigos, frailes o vasallos, en la que se exhibían las pertenencias y atribu- tos sociales del finado39; todo ello en

medio de un ensordecedor coro de la- mentos, tremendas y drásticas mues- tras de duelo en las que los partici-

Fig. 1. Commémoration de la mort d’Anne, reine de France, duchesse de Bretagne, de

Pierre Choque, f. 14v.

37 Koninklijke Bibliotheek, MMW, 10 C 12.

38 Era relativamente frecuente en los cortejos de personajes de gran relevancia social, la

presencia de numerosos clérigos pertenecientes a las ordenes religiosas y clero secular que el finado y su linaje habían protegido en vida, dando a estas procesiones, junto a la numerosa afluencia de publico, un aspecto eclesiástico que los propios testigos apreciaban en el momen- to, como se aprecia por ejemplo en las palabras de Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios en su Memorias del Reinado de los Reyes Católicos, referentes a la muerte del Marques de Cá- diz, don Rodrigo Ponce de León († 1492): …e assí ivan gentes acompañándolo e onrrándo- lo, como cuando fazen la fiesta del Corpus Christi en Sevilla…Editado por GÓMEZ-MORENO, Manuel; CARRIAZO, Juan de Mata: Memorias del Reinado de los Reyes Católicos, Madrid, Real Academia de la Historia, 1962, pp. 236-238; y recogido como apéndice por CARRIAZO RUBIO, Juan Luis: ob. cit., pp. 321-323.

39 Pasando en numerosas ocasiones al interior de su sepulcro (lo cual es una constante del

pantes se arañaban la cara y arrancaban los cabellos, obligaban a relinchar a los caballos y aullar a los perros de caza del muerto40, a lo que se sumaba

en muchos lugares una violenta expresión de dolor, en la que los escudos armoriados del muerto se partían a golpes41; costumbre paralela al ritual ca-

balleresco típico de la corona de Aragón llamado correr las armas.

Es muy grafica al respecto la descripción de los funerales de Juan II en Valladolid (1454), en el que participó un amplísimo cortejo representativo de todos los componentes de su reino, en el que destacaban los caballeros

enjergados y con enlutadas capas, encabezados por Gómez Tello, alguacil

mayor que portaba el pendón real, acompañado de cuatro caballeros con otros tantos escudos con las armas reales, que se partieron en puntos clave de la procesión42.

Los objetos paseados en el cortejo estaban al menos desde el siglo XIII

decorados con las armas del difunto, actuando en este contexto —en pala- bras de Faustino Menéndez Pidal— como «muestra exterior plástica de la

personalidad del fallecido»43; por ello, los caballeros hicieron en esta pro-

cesión, un espectacular despliegue de sus señales, pintadas o bordadas so- bre los atributos de su ordo, banderas y escudo revesados en señal de due- lo44, y su caballo de batalla encubertado con la cola recortada (igual que el

resto de caballos del cortejo, siguiendo una antigua tradición castellana). A esto sumaría quien pudiera trofeos de guerra, especialmente llamativos en el caso de personajes que hubieran destacado de manera significativa en el ejer- cicio de la guerra, como es el caso de don Rodrigo Ponce de León († 1492), en cuyo funeral se pasearon diez banderas de moros, ganadas a estos en la Guerra de Granada45.

Curiosamente la Crónica del rey don Rodrigo, postrimero rey de los godos de Pedro de Corral (ca. 1430), remontaba a los caballeros visigodos este ri- tual, cuyas fuentes desconocemos, pero que parece a todas luces haber sido inspirado por las imágenes de algún viejo sepulcro castellano del siglo XIII:

40 FRANCO MATA, Mª Ángela: ob. cit., p. 66.

41 En los funerales por Juan I se manda a Pero González, mayordomo de Ecija que faga

buscar dos escudos de las armas pintadas del dicho señor Rey para quebrar…; recogido por MARTÍN, José Luis: ob. cit., p. 19, nota 36.

42 MARTÍN, José Luis: ob. cit., p. 26.

43 El ejemplo mas claro de esta naturaleza de los emblemas se encuentra en la función

que los escudos de armas cumplen en las exequias por Isabel la Católica celebradas en Santa Gudula de Bruselas por Felipe de Borgoña y Juana de Castilla, en las que la reina Isabel no fue representada en efigie (como era costumbre), si no que fue representada heráldicamente mediante los escudos de sus cuatro costados y sus armas plenas; en RUIZ, Elisa: ob. cit., p. 273

44 MENÉNDEZ-PIDAL, Faustino: Castillos y Leones, emblemas heráldicos en España. Ma-

drid 1999, pp. 150 y 152.

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LOSEMBLEMASHERÁLDICOS ENLAS CEREMONIASFUNERARIAS...

De cómo la donzella contó a Beliarte la costumbre de los godos de los cavalleros vencidos las honras que les hazían.

— Así como vos devisé que levavan doze cavallos todos con sus cobertu-

ras de paño colorado, e los ombres que los levavan vestidos así como por los cavalleros que vencen, así van los cavallos de los que son vencidos cubiertos de paño negro, e no de lo mejor, e no lievan los escudos a derechas; antes los lievan al revés, el brocal ayuso, y el campo contra suso, al contrario de los otros, e no va sino un pendón de nuevo delante dél, y éste lieva revesado; e el su donzel que solía levar su lança e el escudo, no va cavalgando, ante va a pie, e todas sus armaduras colgadas de la silla del cavallo; e este donzel no lieva pendón ninguno, ca dizen que lo no tiene, que lo perdió, ni lieva escudo tan poco, ca dizen pues que fuyó que lo no avía menester. E así son conoscidos los que lo fizieron bien o los que fizieron mal…46

Un importante documento iconográfico de esta liturgia caballeresca lo constituyen algunos relieves de sepulcros castellanos de los siglos XIII-XIV47,

entre los que destaca por su calidad y conservación el conocido sepulcro del hermano de Alfonso X, el infante don Felipe († 1274), enterrado en la igle- sia de Villalcazar de Sirga; en sus paneles, que conservan parcialmente su policromía original aparecen las armas del infante (cuartelado: 1 y 4º de Castilla; 2º y 3º de Suabia), sobre las cubiertas del caballo, la bandera y el escudo revesados; como ya señaló don Faustino Menéndez-Pidal48, en esta

representación el cuartel de Suabia tiene su campo pintado de azul y verde, en vez del esmalte que le corresponde (de oro, un águila de sable), este error heráldico puede responder a un simbolismo litúrgico-funerario correspondiente al azul49, considerado desde la Antigüedad un color de tristeza, pena, duelo

y aflicción50, llegando hasta el siglo XX donde ha dado su nombre a un tipo

de música caracterizada por su melancolía (Blues).

Aunque no conocemos motivos que expliquen de manera satisfactoria la relación del azul con los ritos funerarios, parece que existía una intima re- lación entre este color y las exequias, a tenor de su abundantísima presen- cia —junto al verde— en las descripciones de exequias de los romances cor-

46 Pedro DE CORRAL: Crónica del rey don Rodrigo, postrimero rey de los godos (Cróni-

ca sarracina), I. Ed. DONALD FOGUELQUIST, James, Madrid, 2001, p. 442.

47 Como el sepulcro de don Pedro y don Felipe de Boil del convento de Santo Domingo

de Valencia, hoy en el Museo Provincial de Valencia; o de don Esteban Domingo, en la capi- lla de San Miguel de la catedral de Ávila. FRANCO MATA, Ángela: Escultura gótica en Ávila. Ávila, 2004, pp. 38-39.

48 MENÉNDEZ-PIDAL, Faustino: «Heráldica funeraria en Castilla» Hidalguía, 12, (1965). 49 Este color litúrgico era también usado en las fiestas del Adviento y en la advocación

de niños a la Virgen, de quienes se decía estaban consagrados al azul. REAU, Louis: Icono- grafía del arte cristiano. Vol. 1. Introducción General. Barcelona 2000 (1ª ed. Paris, 1956- 1959), p. 92.

50 PASTOREAU, Michel: «Les couleurs de la mort», A Réveiller les morts. Dir. Danièlle

tesanos franceses de la baja Edad Media51, en la iconografía funeraria me-

dieval52, ó en las miniaturas bajo medievales que ilustran los oficios de di-

funtos53, donde el azul (junto al negro y el blanco54), cubre un altísimo por-

centaje de paños mortuorios, colgaduras de luto, catafalcos y ropas litúrgicas del clero. Por todo ello podemos pensar que en el relieve del sepulcro de don Felipe, un uso litúrgico-funerario de los colores relegaba el valor heráldico de los esmaltes a un segundo plano (Faustino Menéndez-Pidal).

Estos cortejos fúnebres en los que familiares, compañeros de armas etc. llevaban los elementos mencionados hasta la iglesia, no eran naturalmente exclusivos de Castilla, ni estaban restringidos al exterior del templo55, el cortejo

solía entrar con estos objetos a la iglesia, permaneciendo junto al féretro mientras se oficiaba la misa. Parece que en alguna excepcional ocasión los caballos del muerto también entraban al templo junto al resto de banderas, armas y escudos, conjunto que frecuentemente formaba el «mortuarium» del caballero, donado al templo en el que se oficiaban los funerales y enterraba al difunto56. Un Libro de Horas del sur de Francia de hacia 1425-1435 (fol.

91r)57, muestra un funeral en lo que podría ser la capilla lateral de un tem-

plo, el espacio ante el altar esta ocupado por un magnifico sepulcro escul- pido, rodeado de los asistentes al funeral, algunos de los cuales portan tres banderas armoriadas y tres caballos sobre los que destaca un yelmo colga- do con cimera; todo ello detrás de una armadura o un caballero completa- mente armado en posible representación simbólica del difunto; conjunto que en primer lugar tendría la función de exhibir el lugar en la sociedad del di- funto, y en segundo lugar representar el «mortuarium» donado al templo por los oficios y la elección de sepultura58 (fig. 2).

En el caso de las exequias reales o de otros soberanos, los cortejos y ce- remonias se convertían en solemnes, suntuosas y exageradas exhibiciones de duelo, en las que participaba una cuantiosa representación de todos los es-

51 PASTOREAU, Michel: ob. cit., pp. 99-100.

52 Por ejemplo se repiten estos colores en el sepulcro de don Pedro y don Felipe de Boil

del convento de Santo Domingo de Valencia, hoy en el Museo Provincial de Valencia. ME- NÉNDEZ-PIDAL, Faustino: Castillos y Leones... p. 151.

53 Oficio con origen en el siglo IX, difundido por Cluny, donde se extiende la costumbre

de que los monjes lo canten diariamente, leído en el coro el día de entierros, defunciones, ani- versarios etc.

54 Colores de luto que comparten el protagonismo funerario con el azul en los siglo XIV

y XV, llegando a predominar el negro sobre todo en las últimas décadas del XV.

55 Aunque por razones prácticas y litúrgicas este conjunto solía quedar fuera de la igle-

sia, especialmente en los monasterios, donde el cortejo laico era completamente sustituido por otro de monjes en el acceso al recinto monástico. PORTELA, Ermelindo; PALLARES, Mª del Mar: «Los espacios de la muerte», en La idea y el sentimiento de la muerte en la historia y en el arte de la Edad Media. Santiago de Compostela 1988, p. 31.

56 ORLANDIS, José: ob. cit., p. 16.

57 Pierpont Morgan Library de Nueva York, Ms. M.64. 58 ORLANDIS, José: ob. cit., p. 16.

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tados del reino, y en su defecto de la ciudad en la que se celebraban los fu-

nerales; en ellos se gastaba ingentes cantidades de dinero para enlutar con paños, cirios y hachas el itinerario que seguía el cortejo, incluida la casa o palacio donde se velaba el muerto y el templo donde era inhumado, todo ello cargado con escudos de armas del difunto, acompañados frecuentemente por las armerías de otras casas con las que el personaje mantuviera alianzas o estuviera emparentado59.

Ejemplos notables de esta fastuosa ostentación heráldica están documen- tados en el cortejo fúnebre de Juan sin Miedo, en cuyo funeral se desplega- ron dos mil banderines negros con sus armas bordadas de oro60; o las exe-

quias de 1505 en Bruselas por la muerte de Isabel la Católica, en la que los duques de Borgoña, Felipe el Hermoso y Juana de Castilla, se gastaron cuatro mil libras de cera, enlutándose todo el recorrido desde el palacio de Couden- berg hasta la catedral de Santa Gudula, con colgaduras y empalizadas, mi- les de cirios y antorchas, decoradas con las armas de la reina Isabel61.

Fig. 2. Libro de Horas, sur de Francia,

fol. 91r. Fig. 3. Horas de Etienne Chevalier,St. 38.

59 En el caso de los funerales regios franceses, parece que fue frecuente el uso de palios

armoriados en el cortejo de sus funerales, al menos eso permiten suponer las miniaturas del funeral de Juana de Borbon en las Grandes Crónicas de Francia de Carlos V, de hacia 1375- 1380 (Bibliothèque nationale de France, Ms. Français 2813, f. 480v.); y del códice de la Com- mémoration de la mort d’Anne, reine de France, duchesse de Bretagne de la Koninklijke Bi- bliotheek citada con anterioridad (MMW 10 c 12, f. 38r).

60 MENÉNDEZ-PIDAL, Faustino: Castillos y Leones…p. 148. 61 RUIZ, Elisa: ob. cit., p. 270.

Estos cirios armoriados eran también usados en las misas de réquiem que se celebraban en los Capítulos Generales de la Orden del Toisson de Oro, y representaban a los caballeros difuntos de la orden, tal y como recoge el Articulo XXVII de las Constituciones de la Insigne Orden del Toisson de Oro (1429):

Al Ofertorio, el Soberano y cada uno de los caballeros y vicarios de los ausentes en su nombre, han de ofrecer un cirio encendido, del que estarán pendientes las armas del caballero difunto por quien se ofrece…62.

La forma en la que estos escudos (frecuentemente de papel) se unían a cirios y hachas es apreciable gracias a la abundante iconografía funeraria de los siglos XV y XVI, como la que se incluye en las Horas de Etienne Cheva-

lier63 (fig. 3); en las Horas de Victorines-d’Auxy, ca. 1475-80 (f. 193)64; o en

la obra de Martial d’Auvergne, copiada en Paris hacia 148465, en cuyos fo-

lios podemos apreciar numerosos funerales en los que es patente el uso ma- sivo de armerías sobre pendones, escudos, paño mortuorio y pendientes de los cirios.

En los funerales de Carlos VI de la Crónica de Jean Chartier, de hacia el tercer cuarto del siglo XV66, se aprecia un cortejo que responde fielmente

a las exequias reales documentadas en las crónicas y descripciones contem- poráneas, de hecho esta ilustrando el texto de una de ellas; aquí los emble- mas heráldicos se convierten en un elemento constante y repetitivo, que im- pregna con sus formas todos los objetos usados en este rito de la muerte regia. En esta miniatura las lises de Francia dominan todo, desde el manto de la efigie real, al paño en el que reposa Carlos VI, los pequeños escudos colgados de los plañideros que cargan con el rey, las hachas que abren el cortejo, así como las cubiertas de su caballo y los regalia que recibe el dia de su coronación (escudo, yelmo y espada) (fig. 4).

Esta liturgia regia era mimetizada por la nobleza por razones de presti- gio evidentes. Una de estas imitaciones podemos apreciarla en la sepultura del Gran Senescal de Borgoña, Philippe Pot († 1493), chambelán de Luis IX de Francia y caballero del Toisón de Oro, enterrado en la capilla de San Juan Bautista de la abadía de Citeaux67 y conservada actualmente en el Museo del

Louvre (fig. 5); para su sepulcro se esculpió parte de un cortejo fúnebre, de increíble parecido con la imagen anterior del funeral de Carlos VI, en el que

62 DE CADENASY VICENT, Vicente: «El Toisson de Oro: de orden dinástica a condeco-

ración nacional», en Hidalguía, 194, (1986), p. 137.

63 Museo Condé Chantilly, Santuario 38. 64 Philadelphia Museum of Art.

65 Bibliothèque nationale de France, Ms. Français 5054. MANDRAGORA; catalogo ico-

nográfico de la BNF: http://mandragore.bnf.fr/html/accueil.html

66 Bibliothèque nationale de France, Ms. Français 2691, f. 1.

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varios plañideros con escudos por- tan el cuerpo del difunto, con las mismas armas que con toda proba- bilidad se exhibieron en funeral.

Unos años mas tarde, las exe- quias celebradas en Saint Rombout de Malinas en 1507 por la muerte del archiduque de Borgoña y rey consor- te de Castilla, Felipe el Hermoso, se convirtieron en un exuberante y re- cargado despliegue ceremonial en el que sus armas y divisas (personales y de sus dominios), cubrían cualquier elemento imaginable, desde sus ar-

mas (espada, escudo, y yelmo), a las ropas y cotas de armas de perseverantes, heraldos y reyes de armas, en las enseñas, banderas, caballos con sillas de justa, colgaduras, etc.; todos estos objetos, paseados en el cortejo, eran depositados en el interior del templo, rodeando el catafalco/tumba y la capilla ardiente, mien- tras duraban los oficios y el duelo, dejando buena constancia de la importan- te y abundantísima presencia de emblemas heráldicos en estos contextos68.

Un lugar en el que cobraron especial importancia la ostentación de em- blemas heráldicos, fue en las ceremonias profanas de aquellas cofradías cas- tellanas que reunían a la llamada caballería villana, y que formaban parte indisociable de los funerales por sus miembros; en éstos, los cofrades acom- pañaban al caballo del muerto durante el cortejo fúnebre, recorriendo las calles de la villa o burgo en homenaje al difunto69, con las cubiertas de sus caba-

llos y sus escudos pintados con sus armas, en un despliegue de color y va- riedad figurativa que choca con nuestra idea de duelo y luto, derivada de una sensibilidad parca y austera nacida a finales del siglo XIV que acabó impo-

niéndose totalmente en el siglo XVI70 (fig. 6).

Otra costumbre notable en los duelos fúnebres era la ceremonia caballe- resca de correr las armas, muy difundida entre la nobleza aragonesa71, que Fig. 4. Cronicas de Jean Chartier, f. I.

68 RUIZ, Elisa: ob. cit., pp. 273-276.

69 Tal y como recoge la regla de la Cofradía de Santiago de Burgos redactada en 1338, o la

de San Pablo de Tarazona en 1361. MENÉNDEZ-PIDAL, Faustino: Castillos y Leones…pp. 152- 153.

70 PASTOREAU, Michel: ob. cit.

71 Por ejemplo se la menciona en las Ordenaciones de la ciudad de Barbastro en 1396,

como uno de los ritos dignos de celebrarse con ocasión de una defunción: «Empero si algun caballyero escudero o ciudadano morra e los parientes de aquell faran correr armas que aquel qui levara lo escudo con diez personas o menos que lo conpanyaran puedan fazer plan- to sienes de pena e los Jurados en cada un anyo Juren de no lexar las ditas penas en todo ni en partida ad aquellos qui cayeran en aquellas». REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de da- tos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico del español. <http://www.rae.es>

Fig. 5. Tumba de Philippe Pot.

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