Esta crítica a la habitual actitud liberal occidental abre el camino para una manera diferente y complementaria de explicar la fascinante fuerza ejercida por el nacionalismo en Europa del Este: la peculiaridad de la «transición» del verdadero socialismo al capitalismo. Consideremos el caso de Eslovenia. Si en la reciente desintegración del «verdadero socialismo» en Eslovenia hubo agentes políticos que merecen ser catalogados como «trágicos», estos eran los comunistas eslovenos que vivían siguiendo su promesa de hacer posible la transición no violenta y pacífica a la democracia pluralista. Desde el primer momento, se vieron atrapados en la paradoja freudiana del superyó: cuanto más lugar daban a las demandas de la oposición (de entonces) y aceptaban las reglas del juego democrático, más violentas se hacían las acusaciones de la oposición acerca de su «totalitarismo» y más se los acusaba de aceptar la democracia solo «de palabra», mientras en realidad hacían planes en su contra. La paradoja de estas acusaciones surgió en su estado más puro cuando, por fin, después de muchos reclamos de que los compromisos democráticos de los comunistas no debían tomarse en serio, se puso de manifiesto que «hablaban en serio»: lejos de quedarse perpleja, la oposición simplemente cambió el cargo y acusó a los comunistas de «comportamiento inmoral»: ¿cómo se puede confiar en alguien que traicionó descaradamente su pasado revolucionario y aceptó los principios democráticos? La demanda de la oposición que puede identificarse en esta paradoja es una repetición irónica de la vieja demanda estalinista presente en los monstruosos juicios políticos donde los acusados eran obligados a admitir su culpa y reclamar el castigo supremo para sí: para la oposición anticomunista, el único comunista bueno sería el que primero organizara elecciones multipartidistas libres y luego asumiera voluntariamente en ellos el papel de chivo expiatorio, de representante de los horrores totalitarios que debe ser vencido. En pocas palabras, se esperaba que los comunistas asumieran la posición imposible de metalenguaje puro y dijeran: «Lo confesamos: somos totalitaristas y debemos perder las elecciones», como una víctima de los juicios estalinistas que confiesa su culpabilidad y exige los castigos más duros para sí. Este cambio en la percepción pública de los comunistas democráticos eslovenos fue verdaderamente enigmático: hasta el «punto sin retorno» en el camino hacia la democracia, el público los alentaba, contaba con ellos para soportar la presión de las verdaderas fuerzas antidemocráticas (el ejército yugoslavo, el populismo serbio, los viejos políticos de línea dura, etc.) y organizar elecciones libres. Sin embargo, una vez que quedó claro que las elecciones libres tendrían lugar, estos mismos comunistas de repente se convirtieron en el Enemigo.
La lógica de este cambio, de la condición «abierta» antes de las elecciones a su «cierre» después de las elecciones, se puede concebir con el término «mediador evanescente» elaborado por Fredric Jameson[352]. Un sistema alcanza su equilibrio, es decir, se establece como una totalidad sincrónica, cuando (en términos hegelianos) «postula» sus presupuestos externos como sus momentos inherentes y así borra las huellas de sus orígenes traumáticos. Lo que tenemos aquí es la tensión entre la situación «abierta» cuando se genera un nuevo pacto social y su posterior «cierre»; para usar términos de Kierkegaard, la tensión entre la posibilidad y la necesidad: el círculo se cierra cuando el nuevo pacto social se establece en su necesidad y hace invisible su «posibilidad», el proceso abierto e indeterminado que lo engendró[353]. En el medio, cuando el régimen socialista ya se estaba desintegrando, pero antes de que el nuevo régimen se estabilizara, fuimos testigos de una especie de
apertura; por un instante, las cosas se volvieron visibles e inmediatamente después se volvieron invisibles. Para decirlo crudamente, aquellos que dieron inicio al proceso de democratización y lucharon sus batallas más pesadas no son los que hoy gozan de sus beneficios, no por una usurpación o engaño por parte de los actuales ganadores, sino a causa de una lógica histórica más profunda. Una vez que el proceso de democratización había alcanzado su punto más alto, enterró a sus detonadores. ¿Quién activó, en efecto, este proceso? Los nuevos movimientos sociales, el punk, la nueva izquierda. Después de la victoria de la democracia, todos ellos perdieron terreno en forma repentina y enigmática, y casi desaparecieron de la escena. La cultura en sí, el conjunto de preferencias culturales, cambió radicalmente: del punk y Hollywood a los poemas nacionales y la música comercial casi folclórica (en contraste con la idea habitual de la cultura universal estadounidense y occidental eclipsa las auténticas raíces nacionales). Lo que teníamos era una verdadera «acumulación primitiva» de la democracia, un conjunto caótico de punks, estudiantes con sus sentadas, comités de derechos humanos, etc., que, literalmente, se convirtieron en invisibles en cuanto se estableció el nuevo sistema y con él su propio mito de los orígenes. Los mismos que hace un par de años abusaron de los nuevos movimientos sociales desde la posición de políticos partidarios de línea dura, ahora, como miembros de la coalición anticomunista en el poder, acusan a sus representantes de «protocomunismo».
Esta dialéctica es especialmente interesante en su aspecto teórico. A grandes rasgos, podríamos decir que en las últimas dos décadas dos orientaciones filosóficas dominaron la vida intelectual en Eslovenia: el heideggerianismo entre la oposición y el marxismo de la Escuela de Frankfurt entre los círculos «oficiales» del partido. De modo que era esperable que la lucha teórica principal tuviera lugar entre estas dos orientaciones, con el tercer bloque (los lacanianos y los althusserianos) en el papel de inocentes espectadores. Sin embargo, apenas se desató la polémica, las dos principales orientaciones atacaron ferozmente al mismo tercer autor, Althusser. (Y, para una mayor sorpresa, los dos principales defensores de esta polémica, un heideggeriano y un marxista de Frankfurt, más tarde fueron miembros de la coalición anticomunista en el poder). En los años setenta, Althusser en realidad funcionó como una especie de punto sintomático, nombre a propósito del cual todos los adversarios «oficiales», heideggerianos y marxistas de Frankfurt en Eslovenia, filósofos de la praxis e ideólogos del Comité Central en Zagreb y Belgrado, de repente empezaron a hablar el mismo idioma, pronunciando las mismas acusaciones. Desde el principio, el punto de partida de los eslovenos lacanianos era esta observación de cómo el nombre «Althusser» provocaba un misterioso malestar en todos los campos. Incluso es tentador sugerir que el lamentable acontecimiento en la vida privada de Althusser (estranguló a su esposa) jugó el papel de un pretexto bienvenido, de un «pequeño trozo de realidad» que permitió a sus adversarios teóricos reprimir el verdadero trauma representado por su teoría («¿Cómo podemos tomar en serio la teoría de alguien que estranguló a su esposa?»). Quizás sea más que una simple curiosidad que, en Yugoslavia, los althusserianos (y más en general aquellos que adoptan una orientación «estructuralista» o «postestructuralista») fueron los únicos que se mantuvieron «puros» en la lucha por la democracia: el resto de las escuelas filosóficas en algún punto u otro se vendieron al régimen. Los filósofos analíticos estaban enviando al régimen el mensaje: «Es cierto, no somos marxistas, pero tampoco somos peligrosos; nuestro pensamiento es un aparato profesional puramente apolítico, por lo que no solo no tienen nada que temer de nosotros, sino que si nos dejan en paz incluso pueden ganar una reputación por permitir el no marxismo sin arriesgar su control del poder político». El mensaje llegó; los dejaron en paz. En la república de
Bosnia, la Escuela de Frankfurt disfrutó de un estatus semioficial en los años setenta, mientras que en Croacia y en parte de Serbia los heideggerianos «oficiales» prosperaron, sobre todo en los círculos militares, por lo que surgieron casos en los que, en las purgas de las universidades, alguien perdió su trabajo por no entender las sutilezas de la dialéctica negativa (como se describía en la justificación posterior a los hechos), o las fuerzas armadas socialistas presentaron sus disculpas escritas en el más puro estilo heideggeriano («La esencia de la autodefensa de nuestra sociedad es la autodefensa de la esencia de nuestra sociedad», etc.). La resistencia a Althusser confirmó que fue precisamente la teoría althusseriana, a menudo difamada como protoestalinista, lo que sirvió como una especie de herramienta teórica «espontánea» para socavar de manera efectiva los regímenes totalitarios de los comunistas: su teoría de los aparatos ideológicos del Estado asignó el papel crucial en la reproducción de una ideología a los rituales y prácticas «externos» respecto de los cuales las creencias y convicciones «internas» son estrictamente secundarias. ¿Y es necesario llamar la atención sobre el lugar central de este tipo de rituales del «verdadero socialismo»? Lo que contaba en él era la obediencia externa, no la «convicción interna». La obediencia coincidía con el semblante de la obediencia, razón por la cual la única manera de ser realmente «subversivo» era actuar «de manera inocente», hacer que el sistema «se trague sus propias palabras», es decir, socavar la aparición de su coherencia ideológica.
Esta desaparición del «mediador evanescente», por supuesto, no es una peculiaridad eslovena. ¿Acaso el ejemplo más espectacular no es el papel del Nuevo Foro en la Alemania oriental? Una dimensión ética e inherentemente trágica se corresponde con su destino: presenta un punto en que una ideología «se toma a sí misma literalmente» y deja de funcionar como una legitimación «objetivamente cínica» (Marx) de las relaciones de poder existentes. El Nuevo Foro consistió en grupos de intelectuales apasionados que «se tomaron el socialismo en serio» y estaban dispuestos a arriesgar todo para destruir el sistema comprometido y reemplazarlo con la utópica «tercera vía» más allá del capitalismo y el socialismo «realmente existente». Su insistencia y creencia sincera en que no estaban trabajando para restaurar el capitalismo occidental, por supuesto, demostró ser solo una ilusión insustancial. Sin embargo, podríamos decir que, precisamente en cuanto tal (como profunda ilusión sin sustancia), era no ideológica en sentido estricto: no «reflejaba» de manera ideológica e invertida ninguna de las verdaderas relaciones de poder. Aquí debemos corregir el reconocido texto de Marx: al contrario del lugar común según el cual una ideología se convierte en «cínica» (acepta la brecha entre las «palabras» y las «acciones», deja de «creer en sí misma», deja de experimentarse como verdadera pero se trata a sí misma como un medio puramente instrumental de legitimar el poder) en el período de «decadencia» de una formación social, podríamos decir que precisamente el período de «decadencia» abre para la ideología dominante la posibilidad de «tomarse a sí misma en serio» y en efecto oponerse a su propia base social. (Con el protestantismo, la religión cristiana se opuso al feudalismo como su base social, tal como ocurrió con el Nuevo Foro, que se opuso al socialismo existente en nombre del «verdadero socialismo»). De esta manera, sin saberlo, los «mediadores evanescentes» desencadenaron las fuerzas de su propia destrucción final: una vez hecho su trabajo, fueron «superados por la historia» (el Nuevo Foro obtuvo un 3% en las elecciones) y se estableció una nueva «era canalla», con gente en el poder que se mantuvo mayormente en silencio durante la represión comunista y que, sin embargo, ahora acusan a los miembros del Nuevo Foro como «criptocomunistas».
debe separarse de la problemática «representacionalista»: la ideología no tiene nada que ver con la «ilusión», con una representación errónea y distorsionada de su contenido social. Para decirlo de manera sucinta, un punto de vista político puede ser muy preciso («verdadero») respecto de su contenido objetivo y aun así ser profundamente ideológico, y viceversa. La idea que un punto de vista político da de su contenido social puede resultar totalmente errónea, y aun así no hay absolutamente nada «ideológico» en ella. En cuanto a la «verdad objetiva», la posición del Nuevo Foro (tomar la desintegración del régimen comunista como la apertura de un camino para inventar una nueva forma de espacio social que llegaría más allá de los confines del capitalismo) sin duda era ilusoria. Opuestas al Nuevo Foro había fuerzas que hacían todo lo posible por anexar en la forma más rápida a Alemania occidental, es decir, por incluir a su país en el sistema capitalista mundial; para ellos, las personas cercanas al Nuevo Foro no eran más que un puñado de soñadores heroicos. Esta postura resultó precisa, aunque de todas formas era profundamente ideológica. ¿Por qué? La adopción conformista del modelo de Alemania occidental implicaba la creencia ideológica en el funcionamiento no antagónico ni problemático del «estado social» del capitalismo tardío, mientras que la primera postura, aunque ilusoria en su contenido fáctico (su «enunciado»), por medio de su «escandalosa» y exorbitante posición de enunciación, avalaba una conciencia del antagonismo característica del capitalismo tardío. Esta es una de las maneras de concebir la tesis lacaniana según la cual la verdad tiene estructura de ficción: en esos confusos meses del paso del «socialismo realmente existente» al capitalismo, la ficción de una «tercera vía» fue el único punto en que el antagonismo social no se borró. Aquí radica una de las tareas de la crítica «posmoderna» de la ideología: designar los elementos de un orden social existente que (bajo la apariencia de «ficción», es decir, de las narraciones «utópicas» de historias alternativas posibles pero fallidas) señalan el carácter antagónico del sistema y así nos «alejan» de la evidencia propia de su identidad establecida.