CHAPTER 3 Material and methods
5.2 Recommendations for future research
hubiera nadie que hablara; los nacidos tanto de hombres como de bestias, muy apartados de su naturaleza, entraban en el ámbito de lo increíble y monstruoso; se proferían oráculos en muchos lugares, y las mujeres, poseídas por inspiraciones divinas, profetizaban desgracias lamentables y terribles para la comunidad. También una peste atacó a la población y diezmó los rebaños; sin embargo, no hubo muchas muertes humanas, sino que la desgracia no pasó de la enfermedad. Algunos opinaban que estas calamidades se producían por designio de la divinidad, que iba a ven garse porque habían expulsado del país al mejor de los ciudadanos; otros, en cambio, pensaban que nada de lo sucedido era obra de la divinidad, sino que estos y todos los demás sucesos humanos eran fortuitos.
Después56 llegó al edificio del Senado, transportado sobre una litera, un hombre enfermo, de nombre Tito La- tinio, persona anciana y poseedora de un patrimonio sufi ciente, un agricultor que trabajaba con sus propias manos y que había pasado la mayor parte de su vida en el cam po. Este hombre, llevado al interior del Senado, afirmó que creía que Júpiter Capitolino se le había aparecido en un sueño y le había dicho: «Ve, Latinio, y di a los ciuda danos que en la reciente procesión57 no me ofrecieron un hermoso conductor de la danza, para que rehagan los ri tos y celebren otros desde el principio, pues no acepto éstos.» Y contó que, al despertarse, no tuvo en cuenta el sueño, sino que lo consideró como uno más de los muchos sueños disparatados. Después, otra vez durante el sueño, se le apareció la misma imagen del dios diciéndole que estaba enfadado e irritado porque no había comunicado
56 Para los caps. 68, 3-69 y 73, 5, cf. Livio, II 36. 57 Véase infra, 69, 1 y n. sig.
al Senado sus órdenes, y lo amenazó con que, si no las cumplía inmediatamente, aprendería con una gran desgra cia a no despreciar las apariciones sobrenaturales. Después de ver el ensueño por segunda vez, afirmó que tuvo sobre él la misma opinión y que, al mismo tiempo, tuvo vergüen za, siendo un hombre que trabajaba con sus manos y an ciano, de llevar ante el Senado unas visiones llenas de pre sagios y de terrores, no fuera a ser que se rieran de él. Pero pocos días después, su hijo, que era joven y bello, sin ser atacado por enfermedades ni por ninguna otra cau sa visible, murió repentinamente; y de nuevo la visión del dios, apareciéndosele en sueños, le manifestó que por el desprecio y la poca consideración a sus palabras ya había recibido el castigo de ser privado de su hijo, y que en bre ve recibiría otros. Al oír esto, dijo que había recibido la amenaza con agrado, si es que la muerte iba a venir ante él, pues no tenía ningún interés por la vida; pero la divini dad no le aplicó este castigo, sino que envió a todos los miembros del cuerpo unos dolores insoportables y terribles, de modo que no podía mover ninguna articulación sin un esfuerzo supremo. Entonces, por fin, después de comuni car a los amigos lo sucedido e instigado por ellos, fue al Senado. Mientras contaba estos hechos parecía que, poco a poco, se iba liberando de sus dolores; y cuando hubo relatado todo, se levantó de la litera y, tras invocar al dios, se marchó a casa atravesando la ciudad por su pro pio pie y curado.
El Senado se atemorizó, y cada uno
Explicación de estaba atónito sin poder interpretar lo
las palabras que había sido manifestado por la divini
ce la divinidad dad y quién era el conductor de la danza
de la procesión58 que no le pareció her moso. Después, uno de ellos, recordando lo sucedido, lo contó y todos lo confirmaron. El relato era el siguiente: un romano de no oscura posición había entregado a un esclavo a sus compañeros de esclavitud para que lo lleva ran a morir, y con el fin de que el castigo fuera público, ordenó que lo arrastraran azotándolo a través del Foro y por cualquier otro lugar conocido de la ciudad a la cabeza de la procesión que la comunidad enviaba al dios en aquel tiempo. Los que llevaban al esclavo al castigo, haciéndole extender los dos brazos y atándolo a un madero por el pecho y los hombros hasta las muñecas, mientras avanza ban iban junto a él azotando con látigos su cuerpo desnu do. El esclavo, sometido a semejante tortura, no sólo lan zaba las maldiciones a las que el dolor le impelía, sino que también hacía movimientos indecentes debido a los golpes. Todos pensaron que, sin duda, éste era el danzarín señala do por el dios como inadecuado.
Dado que he llegado a esta parte de
Origen griego [a historia, no creo que deba dejar a un
, las lado las celebraciones realizadas por los
celebraciones
romanas romanos con motivo de esta fiesta, no
para que mi narración resulte más agra dable al recibir digresiones teatrales floridas, sino para con firmar un hecho esencial, a saber, que los pueblos que contribuyeron a la fundación de la ciudad de Roma eran
58 La procesión era una parte de las fiestas descritas infra, caps. 71