Chapter 6: Comparison, Analysis and Conclusion
6.8 Recommendations for Future Research
James admiró y siguió a Balfour, pero también se apoyó en un pensador francés, Charles Renouvier (1815-1903), quien
proponía una versión empirista de Kant y cuyo segundo En
sayo de crítica general ayudó a James a salir de su crisis en 1870. Según Renouvier, la libertad es el rasgo fundamental de la naturaleza humana, pero, a diferencia de lo que dijo Kant, la libertad no es un postulado general. Para Kant, las obligaciones morales exigen vernos como agentes libres, o sea, como un yo fuera del sistema causal de determinacio nes. Para Renouvier, en cambio, es el yo empírico el que, con sus actos de voluntad, produce su propia libertad. Ni el determinismo ni la libertad pueden probarse, pero moral mente hay que optar por lo uno o por lo otro. Si se decide creer en la libertad, desde luego, uno puede equivocarse, pero sea como sea, el porvenir de esa ilusión depende de esa decisión.
James se inspiró en estas ideas cuando, en plena crisis per sonal, decidió que su primer acto de libertad sería creer en la libertad. Formulado de forma más general: no hay manera de decidir creer en algo sin creer en la libertad, pues el pro pio acto de decidir presupone fe en la libertad. ¿Cómo po dría uno «.decidir no creer en la libertad»? James adoptó este
argumento en tres ensayos: en el ya mencionado E l senti miento de la racionalidad (1879), en M erece la vida ser vivida
(1895) y en el polémico La voluntad de creer (1896). No hay dimensión de la vida — dijo— que no esté conectada con la intuición de posibilidades, de alternativas. Vivir consiste en arriesgarse. No es posible imaginar o producir algo original sin la creencia en el «tal vez». Tampoco hay forma de lograr un éxito o realizar un propósito sin creer por adelantado en el buen resultado. La confianza, de algún modo, puede favorecer la obtención de un resultado que, teóricamente, siempre puede parecer incierto.
Por otro lado: ¿es posible sentirse humano sin creer que hacemos ciertas cosas porque nosotros elegimos hacerlas, o sea, porque nos creemos mínimamente libres? Si se nos diera a elegir una vida perfecta en la que algo superior a nosotros (un ser o un mecanismo) eligiera por nosotros, la mayoría de nosotros no querríamos llevar semejante exis tencia, incluso si lo que ese mecanismo eligiera fuera lo me jor y más placentero para nosotros. Pues ser un humano es sentir que se vive la propia vida de verdad, mientras que dentro de ese sueño, por felices que fuéramos y satisfechos que nos sintiéramos, ignoraríamos el propio hecho de que nuestra vida no es nuestra y que toda nuestra felicidad es una pura ilusión.
El caballo de batalla de James en estos escritos fue, sin duda, una mentalidad científica intransigente con la credu lidad propia de la gente común y especialmente de la reli giosa. Hay que recordar, sin embargo, que James impartió la conferencia La voluntad de creer ante un auditorio de es tudiantes de ciencias de Harvard. Si hubiera hablado ante otro público, no habría dicho lo mismo en favor del derecho a creer. En el prólogo al libro homónimo, donde recogió aquella y otras conferencias, lo dijo bastante claro:
IX' io que la humanidad amia más escasa es Je crítica y cau tela, y no precisamente Je fe. Su mayor JebiliJaJ es dejar que sus creencias se guíen ciegamente por cualquier idea poderosa, sobre todo cuando posee atractivo instintivo. Si tuviera que di rigirme al Ejército de Salvación, o a una variada audiencia po pular, predicar la voluntad de creer no sería el mejor camino. Lo que necesita ese tipo de audiencias, o una congrega ción, una iglesia o una facultad de teología — añadía— es que se «quiebren y ventilen sus creencias, y que el viento del noroeste de la ciencia barra de ellas todo lo que tienen de enfermizo y bárbaro».
Sin embargo, la clase científica necesita otros remedios contra su propia incredulidad y su «temerosa abulia» en te mas de creencias. Su actitud es fruto de una superstición peligrosa, a saber: que existe un método seguro para descu brir la verdad, el científico, que protege de todo naufragio a quien lo sigue, cuando, en realidad, «no existe ningún mé todo científico o de otra clase que permita navegar seguro entre los peligros contrapuestos de creer demasiado poco o creer demasiado». Tener confianza es creer en algo res pecto a lo cual la duda siempre es posible, estar dispuesto a actuar por una causa cuya obtención no está garantizada de antemano. En asuntos morales, esa confianza se llama valor, compromiso; en asuntos religiosos, se llama fe. En los dos casos, la necesidad de arriesgar es esencial.
El optimismo y el pesimismo son formas de definir el mun do, y nuestras reacciones ante el mundo, por pequeñas que sean, forman parte integral del conjunto, y contribuyen ne cesariamente a determinar su definición. Un gran conjunto puede ver roto su inestable equilibrio por el añadido del peso de una pluma.
La forma de- lomarse la vida, pues, depende de lo que pasa a diario. Debemos actuar continuamente como si pudieran pasar cosas de las que no estamos seguros. Este optimismo es el meollo de la fe de carácter religioso, pero no exclusivamen te. La vida está llena de «actos de fe» comunes. Las relacio nes humanas — dijo— serían imposibles si no diéramos por supuesto que agradamos a nuestros semejantes. La fe previa en la existencia del aprecio ayuda a que surja ese mismo apre cio. Si nos mostráramos recelosos y nos negáramos a mover un dedo hasta tener pruebas del afecto de los otros, o hasta que las otras personas hicieran algo idóneo, el afecto mu tuo nunca surgiría. En asuntos de amor, según James, ocurre otro tanto de lo mismo: el convencimiento de que alguien debe amarnos, la negativa a que no pueda ser de otra forma, puede ayudar a vencer las reticencias del otro corazón. En muchos casos, el creerse merecedor de algo antes de obte nerlo, el dar por hechas ciertas cosas y sacrificar otras en su nombre antes de conseguirlas, también contribuye a su logro. Los gobiernos, los ejércitos, las empresas, la universidad, un equipo deportivo... cualquier colectivo humano y organismo social — afirmó James— solo existe en virtud de la fe que cada miembro tiene en el espíritu de colaboración y respon sabilidad de los demás miembros. Sin esa confianza «no solo es imposible lograr algo, sino que es imposible intentarlo». Hay muchos casos, pues (no solo los religiosos), en los que un estado de cosas no puede producirse a menos que exista una fe previa en su producción. Desde luego no se puede ir por ahí dando rienda suelta a las locuras de la pasión, pero tampoco hay que dejarse atrapar por las cautelas de la razón. Tomar medidas para minimizar una derrota no es lo mismo que arengar sobre el valor sin el cual se perderá la batalla. El hecho de que la temeridad sea un vicio, no significa que lo mejor sea no predicar jamás en favor del valor y la audacia.