Chapter 6: General discussion, conclusions and recommendations for future work
6.6 Recommendations and possible future work
En el verano de 1387, primer año del reinado de Juan I de Aragón, se vivió una terrible situación en la frontera castellano-aragonesa. La causa de aquel mal fueron las tropas de mercenarios franceses que llegaron con el duque de Borbón para combatir, junto con Juan I de Castilla, contra las huestes anglo-portuguesas dirigidas por el duque Juan de Lancáster y el monarca Juan I de Portugal. No obstante, debido a que el rey de Castilla, por un lado, dejó de precisar el apoyo de los mercenarios galos y, por otro, se mostró incapaz de pagar los gajes de los mismos, lo que motivó que aquellos hombres de armas se dirigieran en dirección a la frontera aragonesa, lo que causó una gran tensión. En el presente capítulo, se desarrollará en profundidad este episodio, el cual, podría haber desencadenado una grave crisis política entre los monarcas de Castilla y Aragón.
1.1. Situación política tras la batalla de Aljubarrota
En agosto de 1385, tras la derrota castellana en Aljubarrota, la situación internacional de Juan I de Castilla se había vuelto muy inestable. Sus dos principales rivales, Juan de Avís y Juan de Lancáster, parecían estar muy cerca de alcanzar sus objetivos principales7, para lo cual era primordial la eliminación del soberano Trastámara
de la escena política8. Ante esta situación tan desesperada, el rey castellano tuvo que
recurrir a su principal aliado, el monarca francés Carlos VI, para que acudiera en su socorro con un ejército de tropas mercenarias. A comienzos de 1386 llegaron los
7 Sobre la situación bélica tras la batalla de Aljubarrota véase: López de Ayala, Crónicas, pp. 598-603:
Froissart, Chroniques, pp. 262-276. Véase también: Russell, The English intervention, pp. 357-399; Suárez Fernández, Historia del reinado, I, pp. 212-223; Batista González, España estratégica, pp. 213-216.
8 Sobre la batalla de Aljubarrota, es muy ilustrativa la misiva que Juan I mandó al concejo de Murcia, con
fecha de 29 de agosto de 1385. La carta se encuentra en: AMM, CR 797, f. 129v, publicada en: VV. AA., CODOM, XI, pp. 349-351.
76
embajadores castellanos a París, donde se encontraba el rey de Francia9. Tras deliberar
con su consejo, Carlos VI comunicó a los embajadores castellanos que estaba dispuesto a ayudar a Juan I con un ejército de 2.000 lanzas “de los mejores caballeros e escuderos”10.
La capitanía de dicho ejército recayó en dos individuos con gran experiencia militar, Guillaume de Naillac y Gaucher de Passac, aunque el mando supremo de la campaña fue ejercido por Luis II de Borbón, tío del rey de Francia11. Los preparativos
para la expedición comenzaron enseguida, comprometiéndose los dos capitanes de las tropas, por escrito, a socorrer y ayudar en todo lo posible al rey de Castilla contra sus enemigos12. En cuanto a la paga de las huestes, una parte recaería en el rey de Francia,
aunque el grueso de las soldadas le correspondería abonarlas al rey de Castilla. El 12 de marzo de 1387, Carlos VI declaró mediante testimonio escrito, haber entregado a los dos capitanes una suma total de 30.000 francos, cantidad suficiente para que las compañías pudieran dirigirse hacia territorio castellano. El rey de Castilla, por su parte, se comprometió a entregar a los mercenarios franceses un total de 100.000 francos13.
Juan I no solo había buscado la colaboración de Francia para combatir contra sus enemigos, sino que a la vez que pedía socorro al monarca galo, también solicitó ayuda al rey de Aragón y al duque de Gerona, aunque éstos solo permitieron participar en las
9 López de Ayala, Crónicas, p. 609. Para una visión general sobre la colaboración franco-castellana durante
la guerra de los Cien Años en este período véase: Mitre Fernández, “Castilla ante la Guerra”, pp. 213-217.
10 López de Ayala, Crónicas, p. 610. Esta no era la primera expedición enviada por el rey de Francia en
tierras hispánicas en ayuda de Juan I de Castilla. Ya en 1385, habían acudido algunos contingentes franceses para combatir junto con el soberano castellano en Portugal. Véase a este respecto la carta enviada por el duque de Gerona a Juan I, anunciado la disposición de Pedro IV de Aragón a permitir el paso de las unidades militares francesas por territorio aragonés, con fecha de 23 de mayo de 1385: ACA, Cancillería Real, reg. 1750, ff. 12v-13r. Véase también: Suárez Fernández, Historia del reinado, I, pp. 208-210.
11 Daumet, Étude sur l´alliance, p. 49. Según Chazaud (ed.), La chronique du bon duc, p. 189, la decisión
de mandar dos capitanes, dirigiendo cada uno de ellos un contingente de 1.000 lanzas, fue idea de Felipe, duque de Borgoña y tío del rey de Francia. Según esta misma crónica, Guillaume de Naillac era servidor del duque de Borgoña, mientras que Gaucher de Passac lo era de Juan, duque de Berry.
12 Froissart, Chroniques, ed. Kervyn de Lettenhove, XII, pp. 66-67.
13 Daumet, Étude sur l´alliance, pp. 175-176. Sin embargo, en una carta mandada al concejo de Murcia el
30 de mayo de dicho año, Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, aseguraba que la cantidad entregada por el rey de Francia a las compañías de mercenarios había sido de 40.000 francos. La misiva se encuentra en: AMM, AC 708, ff. 174rv. Está publicada en: Veas Arteseros, CODOM, XII, pp. 338-339.
77
huestes castellanas a unos pocos caballeros14. Algunos años atrás, Juan I había solicitado,
principalmente, de los aragoneses el apoyo de algunas galeras para enfrentarse a los portugueses por mar. Una de las noticas más antiguas a este respecto es una carta con fecha de 29 de julio de 1380, en la cual la reina de Aragón, Sibila de Fortiá, aseguraba al rey de Castilla como entre Pedro IV y un embajador castellano, Diego López de Estúñiga15, se había concertado el envío de dos galeras aragonesas en apoyo del rey de
Castilla, en su guerra contra el rey Fernando de Portugal16. También, en 1385, se había
acordado enviar una flotilla de cinco galeras aragonesas en auxilio del rey de Castilla17.
No obstante, ¿a qué se debió la tibiez por parte de la corona aragonesa para comprometerse militarmente, de una manera profunda, con Juan I de Castilla? Varios son los factores que pueden explicar esta política de ayuda limitada, aunque, en mi opinión, dos son los más coherentes. En primer lugar, hay que considerar, como mencionaré más adelante, la extrema dependencia financiera de los monarcas aragoneses con las cortes de sus distintos territorios, a la hora de financiar y emprender acciones bélicas. En efecto, todo este tipo de “aventuras internacionales” eran caras, y las cortes no estaban dispuestas a financiar ningún proyecto comprometido, teniendo en cuenta los frentes domésticos de la Corona de Aragón, principalmente, los rebeldes sardos. En segundo lugar, la frontera pirenaica se encontraba bastante cerca de los dominios ingleses en Gascuña. ¿Merecía la pena comprometerse con Castilla en contra de la alianza anglo-portuguesa? Obviamente no, pues, Juan I de Aragón debió temer que las guarniciones inglesas en Gascuña pudieran amenazar sus dominios. No obstante, tras la muerte de Pedro IV, el rey de Castilla, probablemente, creyó que Juan I, con quien había mantenido una estrecha relación
14 Suárez Fernández, “Juan I de Castilla y Carlos”, p. 717. Tal es el caso de Martín y Gil Ruiz, quienes en
enero de 1386 suplicaron al duque de Gerona que les diera licencia para combatir junto con el rey de Castilla contra los portugueses. Véase a este respecto: ACA, Cancillería Real, reg. 1673, ff. 20rv. citado en: idem. También en junio de 1385 el duque de Gerona solicitó a Juan I que quisiera acoger en sus huestes a algunos de los capitanes de su casa, “porque son hombres de pro e qui han feyto muyt buen servicio”. La carta se encuentra en: ACA, Cancillería Real, reg. 1757, ff. 51rv.
15 Para los gajes de su viaje a la corte aragonesa, que en esos meses se encontraba en Barcelona, recibió de
Juan I de Castilla un total de 10.000 maravedís: Villalobos y Martínez-Pontrémuli, “Las gestiones”, p. 202.
16 AGS, Estado, Castilla, leg. I-Iº, f. 143. La carta se encuentra publicada en: Suárez Fernández, Castilla,
pp. 153-154.
78
epistolar durante años, se decantaría de una manera más activa por colaborar con la Corona de Castilla, aunque, la realidad fue bien distinta.
El mayor esfuerzo castellano para involucrar al nuevo rey de Aragón en la lucha contra el ejército anglo-portugués, tuvo lugar en marzo de 1387. Cuando Juan I de Castilla mandó como embajadores a Pedro Fernández de Frías, obispo de Osma18, en compañía
de Pedro Fernández, arcediano de Treviño19. Las pretensiones castellanas no eran pocas.
Los puntos más controvertidos consistían en conseguir del soberano aragonés el envío de algunas galeras, junto con unas cuantas compañías de soldados, así como obtener algún préstamo considerable, para socorrer a la hacienda castellana. El rey de Aragón respondió a su cuñado castellano el día 14 de marzo, excusándose de mandar cualquier tipo de ayuda, tanto militar como económica20, pues pretendía organizar una gran expedición a
la isla de Cerdeña:
Quanto es de la ayuda que nos demandastes de galeras e hombres d´armas, non podemos satisfer agora, lo que nos desplaze sobiranament, al vuestro voler e nuestro. Porque, di necesidat, nos conviene trametter prestament grand esfuerço de galeras e gentes d´armas a la illa de Serdenya (…) ne así mismo de la moneda que demandastes vos podemos complacer como querríamos, por las muyt grandes misiones que hacemos de fazer por el dito esfuerço tramettedor a la dita illa de Serdenya, segund dito es21…
18 Pedro Fernández de Frías ya actuó como embajador de Juan I de Castilla en Aragón en anteriores
ocasiones. En efecto, el 1 de enero de 1384, desde la población portuguesa de Guarda, el rey de Castilla escribió a Pedro IV, informándole del próximo envío del obispo de Osma a la corte aragonesa, para tratar sobre diversos asuntos: ACA, Colecciones, Autógrafos, I, 2, D. Aunque en dicha misiva no se indica el año en que ésta se escribió, gracias al testimonio de López de Ayala, Crónicas, pp. 560-561, se puede confirmar la fecha de la misma. Para una visión general sobre este eclesiástico castellano véase: Loperráez Corvalán, Descripción histórica, I, pp. 315-329. Una visión general de la evolución histórica de este prelado, ya en tiempos de Juan II de Castilla, se encuentra en: Villarroel González, El rey y la Iglesia, pp. 608-609.
19 Este personaje ya había participado previamente en misiones diplomáticas en la corte aragonesa,
concretamente, en 1380. A este respecto, véase: Villarroel González, “La formación”, p. 137.
20 No obstante, Juan I de Aragón, a ruegos de su cuñado, permitió que algunos nobles de sus reinos
combatieran en Castilla. Tal fue el caso, entre otros, de Dalmau de Cervelló: ACA, Cancillería Real, reg. 1867, ff. 1rv.
21 ACA, Cancillería Real, reg. 1751, ff. 26rv; apéndice documental nº I. Un fragmento de la imagen del
79
Este fragmento documental, es bastante interesante, pues, muestra la imposibilidad del monarca aragonés para colaborar militarmente con su antiguo cuñado, aunque así lo hubiera querido. Como ya he mencionado anteriormente, el frente interno sardo era una espina clavada para los soberanos aragoneses desde varias décadas atrás. Por lo tanto, es comprensible que las cortes no estuvieran dispuestas a financiar ningún otro esfuerzo bélico que no fuera provechoso para los intereses propios de la corona aragonesa, aunque eso dejara a Juan I de Aragón con la imposibilidad de colaborar con uno de sus aliados más estrechos, el rey Juan I de Castilla.
Volviendo al año anterior, mientras llegaban las tropas francesas, tuvo lugar un suceso que puso en graves aprietos a Juan I. En efecto, el 25 de julio de 1386 (día de Santiago apóstol), el duque de Lancáster desembarcó en Coruña, con un ejército de 1.500 lanceros y una gran cantidad de arqueros22. Ante esta situación, a comienzos de
noviembre el rey de Castilla ordenó a todos los oficiales de sus dominios que defendieran las villas, ciudades y territorios a su cargo23. En dicho documento ya se menciona que “el
rey de Françia, nuestro hermano, nos ha enbiado dezir que quiere enbiar a nos al duque de Borbón, su tío, con dos mill lanças”24. En los primeros días del nuevo año de 1387, el
duque de Lancáster, junto con Juan de Avís, abandonaron Galicia y entraron en la meseta por León, aunque hubieron de retirarse a territorio portugués, a causa de una epidemia de peste que se estaba propagando entre el ejército anglo-portugués25.
el 26 de marzo, Juan I de Aragón volvió a escribir a su cuñado, anunciando el envío del gobernador de Cerdeña, Ximén Pérez de Arenós, a dicha isla, con algunas compañías armadas. Por tal motivo le rogaba que permitiese sacar de Castilla las armas y caballos que pertenecían a dicho gobernador. Véase: ACA, Cancillería Real, reg. 1751, f. 30v.
22 López de Ayala, Crónicas, p. 628. Sobre este episodio véase también: Russell, The English intervention,
pp. 400-448. Sobre la ocupación de Coruña véase también: Nogueira Santiago, Crónicas, pp. 39-44. Para una visión más general de la campaña en Galicia del duque de Lancáster véase: Trevín Pita, “El desembarco”, pp. 258-280.
23 La carta de Juan I ordenando a sus oficiales la defensa de sus dominios, se encuentra en: AMM, CR 797,
ff. 137rv; VV. AA., CODOM, XI, pp. 379-382.
24 Idem. Paralelamente, el duque de Borgoña, desde el puerto de La Rochela, envió algunos navíos con
tropas a Juan I de Castilla: Sueyro, Segunda parte, p. 21.
25López de Ayala, Crónicas, pp. 626-628. Véase también a este respecto: Russell, The English intervention,
80
1.2. Relevo generacional en Navarra y Aragón
A comienzos de 1387, se produjeron dos defunciones muy significativas. El día 1 de enero falleció en Pamplona Carlos II de Navarra, quien ya a mediados del mes anterior, advirtiendo sobre su precaria salud, mandó llamar a Navarra a su hijo, el infante Carlos, quien se encontraba en Castilla26. El día 5 de enero murió Pedro IV de Aragón, dejando
una situación en principio desoladora, pues el heredero, el duque de Gerona, se encontraba gravemente enfermo, aunque eso no impidió que ordenase a su hermano, el infante Martín, que prendiese a la reina Sibila, quien unos días antes del fallecimiento del rey, había huido de Barcelona junto con sus familiares y adeptos27. La recuperación del
nuevo rey de Aragón fue casi milagrosa. El 14 de febrero escribió sobre su mejoría al rey de Castilla:
Sabet muy caro hermano que nos e nuestra cara conpanyona la reyna, e el delfín de Gerona, nuestro caro primogénito, e las infantas nuestras fillas somos sanos, [en] la mercet de Dios, en buena disposición de nuestras personas. E nos qui havemos havído algún arcident en nuestro cuerpo, somos de aquell delivrado, e agora [somos] en buena convalescencia, loado sea el nonbre de Dios28…
A finales de enero, llegó a Barcelona el cardenal de Aragón, Pedro de Luna, con la intención de preparar el terreno para el inminente reconocimiento de Clemente VII como legítimo pontífice, por parte del nuevo monarca aragonés29. La declaración, sin
embargo, se retrasó unos cuantos días, posiblemente a la espera de la total recuperación del soberano aragonés. Finalmente, el 24 de febrero, tras un solemne sermón del cardenal de Aragón, se procedió al reconocimiento oficial de Clemente VII como legítimo
26 Castro Álava, Carlos III, pp. 118-119; Narbona Cárceles, La corte de Carlos III, p. 90. El 6 de enero, la
reina Violante envió una carta a Leonor de Trastámara, mujer de Carlos III, anunciándole la muerte de Pedro IV de Aragón, así como afirmándole estar al corriente de la muerte de Carlos II de Navarra: ACA, Cancillería Real, reg. 1818, f. 96r.
27 Zurita, Anales, pp. 712-720; Belenguer Cebrià, Vida y reinado de Pedro IV, pp. 283-285. 28 ACA, Cancillería Real, reg. 1751, ff. 12rv.
29 Véase a este respecto la carta enviada por Juan I a las autoridades municipales de Zaragoza el 4 de febrero:
AMZ, R-136. El acta de reconocimiento oficial del pontífice aviñonés por parte de Juan I se encuentra publicada en: Baluze, Vitae, IV, pp. 302-304. Sobre este asunto, véase también: Valois, La France, II, pp. 212-214 y Puig y Puig, Episcopologio, p. 11.
81
pontífice para todos los súbditos de la Corona de Aragón30. Este suceso, pese a ser obvia
la adhesión de Juan de Aragón a Clemente VII desde los comienzos del Cisma (lo que sin duda alguna se traduciría en un inminente reconocimiento de legitimidad una vez alcáncese el trono aragonés el entonces duque de Gerona), no dejó de ser un nuevo triunfo para la diplomacia aviñonesa, encabezada en tierras hispánicas por el cardenal Pedro de Luna, quien sumaba un tanto más en el bagaje de su exitosa legación hispana, ante la curia aviñonesa31.
En efecto, no solo el duque de Gerona deseó desde un principio la adhesión de la Corona de Aragón a la causa clementista. Un buen ejemplo de esto fue la actitud mostrada por los gobernantes municipales de Barcelona, quienes, en diciembre de 1385, no dudaron en escribir a Clemente VII, notificándole la elección, por parte de los canónigos de Barcelona, de Ramón d´Escales como obispo de Barcelona, rogándole, además, que
30 Según afirma Tasis i Marca, Joan I, p. 145, el reconocimiento de Clemente VII tuvo lugar en el momento
de mayor complicación de la enfermedad del rey de Aragón. Sin embargo, si tenemos en cuenta el testimonio de la carta remitida el 14 de febrero al rey de Castilla, la cual he mencionado antes, Juan I se encontraba en proceso de recuperación. Por lo tanto, pese a no estar totalmente repuesto de su dolencia, sin duda alguna el monarca aragonés se encontraba bastante recuperado de la enfermedad que padecía desde diciembre del año anterior. Este mismo autor, se equivoca a la hora de afirmar que el reconocimiento de Clemente VII por parte de Juan I supuso el fin del último reino “indiferente” de Europa ante el cisma, pues el último estado en abandonar dicha actitud fue Navarra. En efecto, no sería hasta febrero de 1390 cuando Carlos III, de nuevo estando muy presente la influencia del cardenal de Aragón en dicha decisión, reconoció a Clemente VII como legítimo pontífice el día de su coronación como rey de Navarra. Sobre este asunto, véase: Zunzunegui Aramburu, El Reino de Navarra, pp. 133-145 y Castro Álava, Carlos III, pp. 148-149. Según el cronista navarro Garcí López de Roncesvalles, ese día, durante la ceremonia de coronación y reconocimiento del papa de Aviñón, junto con Pedro de Luna se encontraban los obispos de Pamplona (Martín de Zalba), Tarazona y Dax: Orcástegui Gros, Crónica, p. 101. Sobre el sermón pronunciado por el cardenal de Aragón durante la proclamación de Clemente VII en Navarra véase: Lapeyre, “Un sermón”.
31 Puig y Puig, Episcopologio, p. 17. Sobre la legación de Pedro de Luna en tierras hispánicas y sus logros
a favor de Clemente VII véase: Valois, La France, II, pp. 201-218; Zunzunegui Aramburu, “La legación”. Véase también a este respecto: Alpartil, Cronica, pp. 5-6; Álvarez Palenzuela, El cisma, pp. 82-89; Esteban, Cultura y prehumanismo, pp. 32-37 y Suárez Fernández, Benedicto XIII, pp. 71-130. El rey de Aragón no tardó en obtener beneficios tras el reconocimiento de Clemente VII como sumo pontífice. El 11 de mayo, Clemente VII perdonó a Juan I los censos atrasados (de varios años atrás), que debía al papado por la posesión del título de rey de Córcega y Cerdaña, dignidades que en su día entregó Bonifacio VIII al rey