RECOMMENDATION
RECOMMENDATIONS:
En este primer capítulo hemos buscado desarrollar un marco teórico-conceptual pertinente al objeto (Becerra Artieda, 2002). Esto implica un abordaje que explícitamente recortará aquella
problemática referida a las políticas de comunicación nacionales, y regionales considerando a tales fines las relaciones de poder que se expresan en el sistema de producción económico del sector de la radiodifusión y el audiovisual y las controversias que esto genera en el nivel cultural. Se contemplan en esta línea los marcos histórico-políticos desde los que se abordó inicialmente el tratamiento de las políticas de comunicación en tanto núcleo teórico, es decir los estudios realizados por la Economía Política de la Comunicación y la Cultura (EPCC). Trabajamos sobre la base de sus principales referencias en Europa y América del Norte para llegar a las formulaciones que, nutridas por estas reflexiones, se alumbraron en América Latina y que tempranamente alcanzan a formalizarse con un tono claro y distinto.
La estrategia teórica se orienta, por lo tanto, de una parte a la puesta en historia de la problemática de las políticas de comunicación formulada en el seno de un debate que fue teórico pero también político, que tuvo su apogeo entre mediados de los años ´60 y principios de los ´80 y abrió la discusión sobre los límites y posibilidades de democratización de las comunicaciones en un mundo en el que los flujos de información se evidenciaban como unidireccionales y donde las asimetrías entre el norte y el sur comenzaban a disputarle espacio a la escisión entre el este y el oeste propiciada por la guerra fría. De este modo buscamos situar históricamente el inicio del debate para mostrar su devenir contemporáneo y establecer líneas de continuidad y ruptura en relación al caso analizado en este trabajo.
Por otra parte se abordan los ejes vinculados al problema de investigación planteado tales como el tratamiento de las industrias culturales en los procesos de regionalización iniciados en la década del ´90, la valorización de las mercancías culturales y su transformación a la luz de la
digitalización y la convergencia tecnológicas y el impacto de la transformación en las estructuras de propiedad de los medios de comunicación en el diseño de políticas democráticas de comunicación, entre otros. Este recorrido nos permitirá finalmente definir y especificar las categorías teóricas que se aplicaron en esta investigación
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I.1. Economía Política de la Comunicación y la Cultura: constitución del
campo
Para el análisis de las políticas de comunicación nacionales y regionales trabajamos a partir de las formulaciones teóricas realizadas por los estudios de Economía Política de la Comunicación y la Cultura, en particular por la línea crítica desarrollada al interior de esta tradición y cuyos fundamentos básicos parten del diagnóstico acerca de la necesidad de estudiar de modo integrado
las relaciones de poder expresadas en el sistema de producción económico y en el nivel cultural. La
EPCC analiza el modo en el que la comunicación y la cultura participan del proceso de acumulación del capital, esto abarca a su vez diversos problemas vinculados al rol de los medios en el proceso de acumulación del capital, las relaciones de poder que se expresan en el sistema cultural en el marco de una creciente integración de los medios de comunicación en la estructura económica, la estratificación y las desigualdades de clases, las condiciones de producción, distribución e intercambio de las industrias culturales, las relaciones entre los centros de poder político y los centros de poder económico; en suma: a las clases sociales, los medios de comunicación, las relaciones entre producción material y producción intelectual y las políticas de comunicación (Herscovici et.al, 1999).
La EPCC ha sido definida por Vincent Mosco como“el estudio de las relaciones sociales, en especial las relaciones de poder, que constituyen la producción, la distribución y el consumo de recursos, incluidos los recursos de comunicación” (En Bolaño, 2007:49).
Los aportes iniciales de la EPCC al campo de la comunicación los realizan en la década del ´60 dos grupos de investigación: uno de procedencia norteamericana que inician Dallas Smythe y Herbert Schiller siguiendo la tradición de Paul Baran y Paul Marlor Sweezy, el otro conformado por las investigaciones de los británicos Nicholas Garnham, Graham Murdock y Peter Golding y los franceses Bernard Miège, Patrice Flichy y Dominique Leroy (Herscovici et.al. 1999:12).
Los investigadores norteamericanos se propusieron revisar el modo en que los medios funcionaban en relación a la macroeconomía articulándose a otras instituciones del sistema capitalista. Sus análisis no fueron económicos en un sentido estricto, sino que procuraron establecer relaciones entre las dimensiones económicas e ideológicas de los medios de comunicación, señalando su ubicación en el marco de la estructura económica internacional. La historia de su emergencia es relatada por Ana Segovia:
“En el otoño de 1960 salió a la luz On the Political Economy of Communications, del canadiense Dallas Smythe, años después de que su curso de doctorado sobre Economía Política de la Comunicación –el primero– comenzara a impartirse en la Universidad de Illinois. En él presentaba una de las primeras aplicaciones de la Economía Política al campo comunicativo, y definía este enfoque como el estudio de los procesos económicos y las políticas de comunicación, su interrelación e influencia mutua en otras instituciones sociales. A finales de esa década, su compañero y continuador del curso de doctorado mencionado, Herbert Schiller, publicaba Mass Communication and American Empire, en el que realizaba una investigación profunda y detallada de la relación existente entre el complejo militar industrial (interrelaciones entre corporaciones y organizaciones gubernamentales) y las industrias de la comunicación en EE.UU” (Segovia, 2006).
Contra el behaviorismo positivista, y las definiciones althusserianas de los aparatos ideológicos del Estado, los primeros trabajos de Herbert Schiller se inspiraron en la filosofía freireana, de la Pedagogía del oprimido (1970). En 1974, en Los manipuladores de cerebros,
sostenía siguiendo a Paulo Freire que “la manipulación de las mentes humanas es un instrumento de conquista” (13) y que son los medios de comunicación masiva quienes tienen a su alcance el poder de concretarla. Afirmaba:
“Los medios de manipulación son muchos, pero, evidentemente, el control del aparato de información y de ideas en todos los niveles es una cosa esencial. Esto se asegura mediante una regla simple de la economía de mercado. La propiedad y el control de los medios de comunicación de masas, como todas las otras formas de propiedad, está al alcance de los dueños del capital. Es inevitable que las estaciones de radio y televisión, los diarios y las revistas, la filmación de películas y la edición de libros estén en manos, sobre todo, de cadenas empresarias y de conglomerados de medios. Así, el aparato está listo para asumir un papel activo y hegemónico en el proceso de manipulación” (1974:17).
Para la misma época, del otro lado del Océano Atlántico, Graham Murdock y Peter Golding publicaban en Inglaterra For a Political Economy of Mass Communications (1974), donde
postulaban la necesidad de pensar las determinaciones mutuas entre las dimensiones ideológica, económica y política. Señalaban entonces que existen dos razones por las cuales los medios son
importantes en la vida de la gente; 1) les proveen las facilidades para que ocupen gran parte de su tiempo libre y 2) son la mayor fuente de información y explicación de los procesos sociales y políticos. En este sentido, los medios juegan un importante rol en la determinación de formas de conciencia y en los modos de expresión y acción, de ahí la importancia de explicar cómo se distribuye el poder y de qué modo se producen los procesos de legitimación. Un punto de partida para la economía política de los medios masivos –agregaban– es el reconocimiento inicial acerca de los medios como organizaciones industriales y comerciales que producen y distribuyen mercancías (1974).
La tercera línea se conforma en torno al Groupe de Recherches sur les Enjeux de la Communication (GRESEC) fundado en 1978 por los economistas franceses Bernard Miège e Yves
de la Haye. Se incluyen en este grupo a Patrice Flichy y Dominique Leroy quienes se abocarán a un análisis empírico de más precisión sobre la economía de los medios, apartándose de este modo de las formulaciones que ponían el acento en la ideología o las instituciones. Sus especificaciones en torno a las distintas formas del trabajo cultural y a la valorización de los productos culturales son destacadas. En esta línea se inscriben asimismo los trabajos más recientes de los investigadores españoles Enrique Bustamante y Ramón Zallo, y del canadiense Vincent Mosco.
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I.2 Controversias constitutivas
La ECPP es un campo de reflexiones que ha construido su identidad a partir relaciones controversiales con otras escuelas, corrientes y teorías.
En los años ´50 tienen lugar sus definiciones fundamentales, a partir de la explícita oposición a los estudios americanos de cuño funcionalista, el distanciamiento de la perspectiva frankfurtiana y la ruptura con el grupo de intelectuales críticos de Birmingham.
Los estudios funcionalistas, también denominados pluralistas, entendieron a la sociedad como un complejo de grupos e intereses en el que las empresas de medios aparecían como sistemas organizativos con amplios márgenes de autonomía respecto del Estado, los partidos políticos y los grupos de presión. Los medios se presentaban como entidades independientes controladas por una elite, mientras que las audiencias tenían la capacidad de manipular a los medios en diferentes formas, según sus disposiciones. Contrariamente, la EPCC asumirá la importancia de la estructura económica en el funcionamiento de los medios, y definirá como un error el traslado mecanicista de
los efectos de los medios que supone el conductismo en abierta oposición a las investigaciones sobre comunicaciones masivas que por entonces desarrollaban Paul Lazarsfeld y Wilbur Schramm.
Las críticas a la Escuela de Frankfurt, por su parte, suponen la ruptura con ciertos análisis marxistas que, a partir de una aceptación no problemática del modelo base-superestructura, entienden a los medios de comunicación como instrumentos del dominio de las clases en el poder y, por lo tanto, eliminan cualquier influencia de las relaciones económicas en el proceso de significación. Garnham (1979) señala un principio de contradicción aquí ya que curiosamente están ausentes de esta posición los principios elementales de la Escuela de Frankfurt, por cuanto fueron Adorno y Horkheimer quienes percibieron originalmente las transformaciones acontecidas en el capitalismo monopólico a causa de la industrialización de la superestructura y de su invasión por la estructura. Se refiere a “la exactitud de esta intuición original” de los frankfurtianos cuando develan, por ejemplo, las relaciones de subordinación que entablan los monopolios de la cultura con otros monopolíos industriales, de mayor peso y poder, que determinan y obligan a los primeros a someterse a las idénticas lógicas del mercado. Con estas salvedades, las críticas a Frankfurt se orientarán a la ausencia de un análisis concreto de la noción de clase y al modo en que estos intelectuales desestimaron la naturaleza económica de las industrias culturales.
Con relación a los Cultural Studies, existe una escisión originaria que marcará la divergencia de los rumbos entre el grupo de Leicester que adoptó una interpretación relacionada con la EPCC orientada a enfatizar la centralidad de la propiedad económica y la influencia directa ejercida por el Estado y las estructuras de mercado y el grupo de Birmingham, que en cambio tendrá un enfoque alternativo, radical y culturalista y se vinculará desde entonces al Centre for Contemporary Cultural Studies (CCCS). Ellos atribuirán la subordinación de los medios al control ideológico. Bolaño y otros señalan al respecto que:
Si bien puede considerarse que ambos parten del proyecto común de oposición a las tesis behavioristas, así como de un manifiesto proyecto político compartido de revalidación de la clase trabajadora, artículos recientes indican una escasa intención de recorrer caminos al menos paralelos. Si bien desde la economía política se han elogiado los trabajos de Raymond Williams, Edward Thompson y Stuart Hall por su rescate de la cultura ordinaria y el análisis de la confrontación y la resistencia de las clases populares, también se ha criticado que los últimos desarrollos de los estudios culturales se han visto acompañados por el olvido de temas como clase y poder (1999:17).
En opinión de Garnham (1983), a pesar de llegar a conclusiones distintas tanto unos como otros acuerdan en que la actual fase de desarrollo del llamado capitalismo monopolista se
caracteriza por: “a) una concentración sin precedente de los capitales en todos los sectores clave de la tradicional producción industrial y, al mismo tiempo, una caída del margen de beneficio, b) el consiguiente problema de la valorización que impulsa excesivamente al capital a buscar otras áreas de inversión, c) y el concomitante desarrollo del llamado sector terciario, caracterizado por la industrialización de sectores organizados hasta entonces en forma más primitiva” (29).
De todas formas, la EPCC, a diferencia de los estudios culturalistas, no reconoce la autonomía de los niveles ideológico y político por sobre el nivel económico en el proceso de producción social de significaciones. Los estudios culturales, si bien parten de una matriz marxista, no problematizan la relación base-superestructura y, por lo tanto, “entienden a los medios de comunicación como instrumentos del dominio de las clases en el poder”. En relación a este desencuentro, Garnham señala con agudeza que “para trasladar y cumplir las promesas de su proyecto original, los estudios culturales ahora necesitan reconstruir los puentes hacia la economía política, que quemaron en su precipitada carrera hacia los placeres y las diferencias del posmodernismo”21 (1998:122).
21 Alude con esta afirmación a la crisis que tiene lugar en los Estudios Culturales en relación a lo que se nombró como
“Nuevo Revisionismo” Este tema fue abordado en el conocido debate entre Curran-Morley de los ´90. Allí se pone en cuestión la deriva hacia el relativismo que tendrán los estudios culturales desde los ´80, y además se hace explícita una contigüidad problemática entre los estudios culturales y los estudios pluralistas o liberales norteamericanos. Curran hablará de la emergencia de un nuevo movimiento revisionista que surge en el seno de los Estudios Culturales en la década del ´80 y que califica como un retorno a viejas ideas. Al respecto, afirma con sarcasmo que lo que hacen estos estudios es recalentar los viejos platos del pluralismo y presentarlos como si fueran la nouvelle cuisine. Se refiere básicamente a una complicada deriva que diagnostica en los estudios culturales sobre medios y audiencias que tienen como efecto de sentido un acercamiento difícil de defender entre los estudios culturales y los estudios pluralistas, es decir las investigaciones cuya filiación de origen es la Mass Communication Research. Morley reconoce las criticas de Curran, pero afirma que si bien el tema del poder ha tendido a escabullirse en los estudios del nuevo revisionismo no deben igualarse sin embargo la cuestión de lo macro y de lo micro, ni identificarse lo macro con lo real. Le critica a Curran que la historia que escribe no podría haber sido contada hace 15 años y que lo que el nuevo revisionismo trae es una transformación de la interpretación del campo de los estudios sobre audiencia así como del encuentro entre los estudios culturales y la semiología. Admite asimismo el ambivalente legado foucaultiano que ha producido un descentramiento en las investigaciones sobre comunicación y reconoce que John Fiske con su teoría de la autonomía de la audiencia, la democracia semiótica y la lectura optimista/redentora de los medios es una deriva hacia un pluralismo posmoderno. Su argumentación se sustentará en dos premisas 1) En línea con la propuesta de Hall en “Encoding/Decoding” sostendrá que la audiencia siempre es activa y 2) que el contenido de los medios es siempre polisémico.
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I.3 Un diálogo productivo
En 1979, en su Contribution to a Political Economy of Mass Communication (traducida al
español como La cultura como mercancía) Nicholas Garnham propone una de las discusiones
centrales que vertebran aún hoy los planteos de la EPCC. Define allí la necesidad de elaborar una economía política de las comunicaciones de masas en tanto las teorías marxistas disponibles resultan inadecuadas “en gran parte, porque ofrecen explicaciones reductivas que dan lugar a un determinismo económico simplista o a las hipótesis de una autonomía de la ideología” ([1979] 1983: 21). Precisamente es la productividad de la relación entre lo económico y lo ideológico lo que necesita ser explicada a fin de poder inscribir en una secuencia histórica las transformaciones que han tenido lugar entre producción material y producción intelectual en la estructura del capitalismo contemporáneo. La primera objeción la realiza en contra de la aceptación no problemática del modelo estructura-superestructura althusseriana, según la cual los medios de comunicación masiva operan sólo en el plano superestructural como aparatos ideológicos de dominio de las clases en el poder. Esta posición ignora según Garnham “tanto los efectos concretos de la subordinación de la producción y de la reproducción cultural a la lógica global de la producción capitalista de las mercancías como la especificación de las diferentes y cambiantes relaciones entre los niveles económico, ideológico y político” (op.cit: 21). La segunda objeción arremete contra la pretendida autonomización de la superestructura de los niveles político e ideológico. Este análisis –según el autor– termina por eliminar la llamada “determinación en última instancia”.
Garnham avanza en una programática de la economía política de las comunicaciones de masas, definiendo que son objetos de interés de estas investigaciones: 1) el estudio de los medios, no en tanto aparatos ideológicos del Estado, sino en cambio como entidades económicas que desempeñan funciones de creación de plusvalía por medios directos o indirectos, 2) el desafío a la teorización althusseriana, discutiendo la relativa autonomía de los niveles económico, político e ideológico en el análisis de los medios, señalando en cambio su copresencia. La tesis central de este trabajo afirma, por tanto, que “en el contexto histórico del capitalismo monopolista la superestructura se ha industrializado” (24).
Esta discusión se desarrolla asimismo en el territorio de la política. Aquí Garnham produce un diálogo diferido con el trabajo de uno de los padres fundadores de los Estudios Culturales:
Raymond Williams, en el que si bien le reconoce su capacidad para devolver al análisis cultural el componente materialista –una “corrección necesaria” dirá– sostiene que su posición resulta insuficiente para dar cuenta de la necesaria diferenciación entre lo material y lo económico. En efecto, Williams en su trabajo de 1980 Problems in materialism and culture alimenta una discusión
en torno a la metáfora estructura-superestructura por considerarla insuficiente para explicar la producción material de la política en tanto consolidación de un orden hegemónico para concluir afirmando que “toda clase dominante produce siempre materialmente un orden social y político”. Este razonamiento había sido anticipado en Marxismo y Literatura (1977) cuando decía que “en
oposición a su desarrollo en el marxismo, no son la base y la superestructura las que necesitan ser estudiadas, sino los verdaderos procesos específicos e indisolubles dentro de los cuales, desde un punto de vista marxista, la relación decisiva es la expresada por la compleja idea de determinación”