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Chapter 6: Conclusions and recommendations

6.2 Recommendations

6.2.4 Recommendations regarding economic factors

La sociedad actual facilita a multitud de personas ocasión propicia para hablar en público de temas que desconocen. Esa incursión en campos desconocidos se denomina intrusismo. La gravedad de tal entrometimiento ilegítimo es difícil de calibrar porque no se ve a primera vista. La experiencia nos advierte que la forma poco o nada profesional de tratar los temas decisivos de la vida crea un clima de superficialidad, de poca exigencia en el planteamiento de las cuestiones, de consagración de la ley del menor esfuerzo. Cuando en un debate, una persona habituada a pensar y razonar de modo concienzudo intenta precisar y matizar el pensamiento y la expresión suele ser interrumpida bruscamente por el moderador, que le reprocha su

67 Cf. A. Camus: L'étranger, Gallimard, Paris 1957; El extranjero, Alianza Editorial, Madrid 1971. Véase

un amplio análisis de esta obra en mi Estética de la creatividad . Juego. Arte. Literatura , Rialp, Madrid 3

1198, págs. 431-464.

"deformación profesional" y le insta a que adopte un estilo de pensar y de expresarse más simple y expeditivo.

De ordinario, se intenta justificar la práctica usual del intrusismo con tres afirmaciones supuestamente obvias: "Todo ciudadano debe tener libertad de expresión"; "la libertad de expresión ha de ser absoluta"; "toda opinión es digna de respeto". El que de algún modo niegue la veracidad de estas opiniones es considerado como defensor de la censura -término desprestigiado al máximo en la actualidad, por haber sido estigmatizado como "antitalismán"- y desplazado, por ello, de la vida social.

Despreocupémonos de esta posible descalificación y tengamos libertad interior para destacar, en atención al bien de todos, las dos ideas siguientes:

1. Los grandes temas históricos, éticos, antropológicos, sociológicos y religiosos no deben quedar al arbitrio de meros aficionados, aunque éstos tengan un prestigio bien merecido en el ámbito de su profesión. Exigen, como todo lo complejo, rigor profesional. La Ética, por ejemplo, es una reflexión sistemática, bien fundada, sobre el modo de realizarse plenamente el hombre. Para llevar a cabo esta reflexión de modo ajustado, debemos conocer a fondo los tipos de relación que podemos instaurar con los distintos modos de realidad, las exigencias que estas formas de relación plantean, y otras cuestiones no menos sutiles que sólo a quien consagre tiempo y talento se revelan de forma clara y precisa.

Para dar un vuelco a las convicciones profundas de un pueblo en cuestiones morales y religiosas, hay que haberse cargado antes de razón, y ello implica un largo estudio, amplios diálogos, honda comprensión de las diversas corrientes de opinión, afán insobornable de buscar la verdad al margen de toda intención partidista. La más leve duda sobre la solidez de la propia posición debiera frenar todo expeditivo afán revolucionario en materias relativas a los fundamentos de la vida humana. No hacerlo es iniciar de modo violento un proceso de consecuencias imprevisibles.

Hay personas y grupos que reconocen haber cometido graves errores en su gestión pública, pero se obstinan en realizar cambios drásticos en materias pedagógicas, éticas y religiosas en contra del parecer de una parte del pueblo sumamente cualificada en el aspecto intelectual. La Historia nos enseña que ciertos sistemas políticos de alcance mundial, que quisieron modelar la vida entera de los pueblos al margen de toda religión, partieron en principio de una idea primitiva, tosca y parcial de lo que es e implica la experiencia religiosa, rectamente entendida. Ese malentendido dio lugar a mil choques -causa de innumerables desdichas- y cegó la fuente de diversas posibilidades de auténtico desarrollo.

La tendencia alocada a montar revoluciones -de uno u otro orden- sobre un conocimiento precario de cuanto implica la situación que se intenta conmover hasta los cimientos sigue lanzando actualmente a los pueblos por vías infecundas, cuando no siniestras.

2. La libertad de expresión no es un derecho absoluto, ab-soluto, es decir, libre de todo condicionamiento. Tenemos derecho a pedir libertad para expresarnos porque somos seres personales y debemos colaborar al bien común. Pero ejercer el derecho a la libertad de expresión para dañar el desarrollo personal de otros constituye una contradicción flagrante. Ese daño podemos hacerlo de múltiples formas: deformando injustamente su imagen ante la sociedad, o confundiendo a la opinión pública con declaraciones contundentes sobre temas que no conocemos a fondo.

La sociedad ha de concedernos libertad de expresión sin restricciones. Somos nosotros quienes no hemos de permitirnos la libertad de hablar en público si no estamos seguros de que nuestras manifestaciones contribuirán al bien común. La libertad de expresión debemos comprarla al precio de una debida preparación en cada caso.

Si doy consejos en público sobre un tema que desconozco -por ejemplo, cómo escoger las setas-, seré tachado de intruso o entrometido, y mi opinión no será considerada como respetable sino como reprobable. Pero figúrense que me atrevo a ejercer una profesión que afecta a la salud pública -médico, farmacéutico...- sin la correspondiente titulación. Seré objeto de castigo por parte de quienes deben velar por el bien de la sociedad.

Esto que parece tan obvio en los casos que afectan a la vida biológica no parece serlo para muchos ciudadanos en el plano de la vida creadora personal. Basta, sin embargo, un instante de reflexión para comprender que, si alguien -por falta de la debida preparación- entorpece o anula la creatividad de las gentes con sus manifestaciones banales e indocumentadas acerca de cuestiones relativas al sentido de la vida humana, cuanto dice no es en modo alguno respetable. Respetar algo no significa sólo tolerarlo sino estimarlo, asumirlo como un elemento fecundo en el juego de la propia vida. Lo que resulta perturbador para este empeño hacemos bien en no prestarle atención70.

El que se manifiesta en público sin autoexigirse la debida calidad no es verdaderamente libre. No debería concederse a sí mismo la libertad de expresarse en ese preciso momento. Antonio Machado advirtió, a través de su Juan de Mairena -reflejo de sus preocupaciones

70 Sobre el recto sentido de la libertad de expresión y las diversas formas de desmesura que pueden darse

pedagógicas- que lo importante para el hombre no es poder decir todo lo que quiere sino pensar con auténtica libertad.

Esta libertad es muy exigente: nos insta a desembarazarnos de prejuicios irracionales, de presiones ideológicas e intereses partidistas, y estar bien pertrechados de conocimientos. Para pensar con libertad se requiere tener la debida perspectiva, amplitud de horizontes, riqueza de saberes y experiencias.

Alguien podrá preguntarme quién es el ser escogido que haya de indicarnos si disponemos o no de la necesaria preparación para abordar un tema. En la interpretación musical, teatral, coreográfica y en los juegos deportivos nadie puede indicarnos desde fuera lo que hemos de hacer, pues el criterio de autenticidad es interno al juego mismo -juego artístico o deportivo-, y debemos dejarnos iluminar por la luz que en él surge. De modo semejante, el que se manifiesta en público debe adivinar por sí mismo, al hilo del discurso, si se mueve con soltura y eficacia en el campo al que pertenece el tema tratado. Cuando uno procede por amor a la verdad y con sana intención de hacer el bien a quienes le escuchan, se abre espontáneamente a la riqueza de los temas tratados, y éstos mismos le advierten si está bien encaminado para captar su pleno sentido. El que está dispuesto a oír esta voz es libre interiormente.

Karl Jaspers, el prestigioso filósofo existencial, bien conocido por su agudeza para penetrar en el secreto del desarrollo humano, subraya enérgicamente el nexo de libertad y verdad:

"La libertad es la victoria aplicada sobre el arbitrio. Pues la libertad coincide con la necesidad de la verdad. Cuando soy libre, no quiero tal cosa o la otra porque la quiero, sino porque me he persuadido de que es justo". "Una simple opinión no es todavía certeza. El arbitrio se impone de nuevo cuando quiero imponer una opinión pretendiendo que toda opinión es válida desde el momento en que alguno la defiende. La conquista de la certeza (...) exige que las opiniones vulgares se superen"71. "El individuo debe exigirse mucho. Debe saber ponerse en lugar del

otro, sea quien sea, poner a las claras la verdad en la comunicación, no dejar endurecérsele el corazón, sino estar abierto, preparado a escuchar, preparado a ayudar activamente y a corregir sus propias concepciones"72.

Esta actitud de búsqueda respetuosa de la verdad en colaboración con los demás es el antídoto radical de la tendencia manipuladora, que, para dominar a las gentes, intenta destruir en

71 Cf. Varios: El espíritu europeo, Guadarrama , Madrid 1957, p.291. 72 Cf. O.cit., p. 312.

su espíritu el ethos de verdad, entendido como la capacidad de sobrecogerse ante la riqueza de la realidad tal como se manifiesta a una mirada libre de prejuicios.

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