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5.4 Important points to consider in this study

5.5.1 Recommendations to the SAPS

La derrota de los persas en Maratón no podía quedar impune. No bastaba representar sobre la tumba de Darío a “los jonios llevando el escudo”; es decir, a los griegos insulares y

del continente prestando sumisión al rey de reyes. Era una mentira oficial, desmentida por la expedición que contra Grecia emprendió Jerjes, hijo y sucesor de Darío y sancionada por el tiempo.

A comienzos de primavera del año 480, los griegos acusaron a los persas de haber dedicado diez años en reforzar su poderío militar, pero ello era una pura fantasía imaginada por los descendientes helenos llevados de un patriotismo exagerado. Después de Maratón, el rey de los persas consagró su atención a cosas más importantes, tales como una peligrosa sedición de los egipcios y a sofocar las revueltas surgidas en Babilonia; sólo después tuvo Jerjes las manos libres y pudo pensar en Grecia.

Ahora no se trataba de una expedición de represalias contra Eretria y Atenas, sino de la libertad e independencia de todo el pueblo griego.

No debe olvidarse que, con esta guerra, el rey de los persas defendía asimismo los intereses comerciales de los fenicios. Los competidores marítimos de los griegos anhelaban abatir la independencia helena tanto como los enemigos que atacaban sus fronteras.

Durante mucho tiempo, los historiadores estudiaron la situación como si se tratase de una lucha entre los evolucionados occidentales y los bárbaros del Oriente y ello no es cierto. Los herederos de la antigua civilización babilónica y los seguidores de Zoroastro estaban más avanzados en muchos aspectos que los pueblos del oeste y algunas de las mejores creaciones griegas en la época de su mayor esplendor cultural provienen de aportaciones orientales.

Esta guerra decidiría si el pueblo de Grecia podría expresar con entera libertad los extraordinarios talentos que atesoraba. Si su país se hubiese convertido en una satrapía, los griegos habrían sido lentamente orientalizados por la presión del enorme Imperio persa y ha- brían perdido tanto la independencia intelectual como la política. Una victoria persa hubiera significado, en efecto, el sometimiento de los griegos a la misma autocracia religiosa que los pueblos orientales y su consecuencia inevitable hubiera sido la opresión del pensamiento libre de la Hélade, como ocurre siempre en un gobierno jerárquico. Por eso la lucha era decisiva para la cultura occidental. El gran dramaturgo griego Esquilo dijo en Los Persas: "Todo está en juego", palabras que tienen un sentido mucho más profundo de lo que a primera vista parece.

Los griegos no hicieron frente con unanimidad ni se comportaron como un pueblo unido y consciente de la gravedad del momento. Argos, por ejemplo, que odiaba demasiado a los espartanos para combatir a su lado, no quiso participar en la lucha; los tebanos sentían un secreto placer ante la idea de la caída de Atenas; los de Tesalia traicionaron también la causa común, y los sacerdotes de Delfos pusieron su influencia al servicio de una política derrotista, creyendo que los recursos del Imperio persa serían irresistibles a la larga. La mayoría de los helenos tuvieron el mérito de conservar su valor en medio de una atmósfera de derrotismo y a pesar de los rumores que corrían por doquier sobre los fabulosos preparativos persas. Sólo los dioses podrían salvar a la Hélade.

Esta convicción hizo que los espartanos y los atenienses, de quienes dependía la suerte de Grecia entera, no se quedaran con los brazos cruzados. Esparta salvó sin duda a la civilización occidental al forjar un Estado militar inigualable. Generaciones y generaciones de espartanos habían soportado una vida sobria y dura, constituyendo así una reserva de fuerzas físicas y militares que eran la columna vertebral de Grecia. Si se rompía, se quebraba también la natural expansión de la cultura griega.

Los atenienses carecían por naturaleza de sentido militar y de la disciplina espartana, pero ante el peligro demostraron igual coraje y valor que diez años antes en Maratón. Temístocles recuperó las riendas del poder después del triste fin de Milcíades e hizo cuanto estuvo en su mano en aprestar su pueblo a la guerra. Valiéndose del ostracismo, alejó a los simpatizantes de los persas, a los partidarios de la familia de Hipias y se desembarazó también

de otro adversario peligroso, Arístides el Justo, un hombre que no tenía intención alguna de traicionar a su patria y era conocido y respetado por su patriotismo y su sentido del deber. Como Milcíades, quiso organizar la defensa contra los persas de manera distinta a la concebida por Temístocles y era adversario acérrimo del programa naval del arconte.

Arístides, tanto más "justo" que Temístocles por estar menos favorecido por la fortuna, era modelo del ciudadano griego desinteresado, exento de toda ambición personal y moderado, al contrario de Milcíades y Temístocles. Una anécdota nos muestra en qué ambiente fue condenado Arístides al destierro. Un campesino analfabeto pidió a un compañero que inscribiera Arístides en su óstrakon. "¿Qué mal te ha hecho Arístides?", le preguntó aquél al rústico. "Ninguno —respondió éste—, pero estoy harto de oír llamarle justo." El otro escribió entonces aquel nombre en el óstrakon y se lo entregó al campesino para que lo depositara en la urna. El compañero del votante era el propio Arístides.

Arístides y el campesino analfabeto.

Plutarco describe el carácter de Arístides con otra anécdota. Arístides había citado a uno de sus enemigos ante el tribunal, pero el acta de acusación condenaba de tal forma a este hombre, que los jueces creyeron que no era necesario escucharle y quisieron pronunciar en el acto la sentencia. Arístides saltó de su asiento y saliendo en defensa del que exigía la palabra, gritó: "Nadie puede ser privado de los derechos que le concede la ley".

Una feliz coincidencia proporcionó a Temístocles los medios de reforzar su flota de manera insospechada. Descubiertos en las montañas del Ática unos ricos filones de plata, una antigua costumbre concedía a los ciudadanos de Atenas lo que quedaba de los beneficios del yacimiento una vez que el Estado hubiera deducido los gastos ordinarios. Y Temístocles convenció a los atenienses que sacrificaran las pocas dracmas a que tenían derecho para dedicarlas a la flota. Nada hubiera obtenido Temístocles de la mayoría del pueblo hablándole sólo del "peligro persa"; no eran ésas sus miras. Insistió sobre un peligro mucho más próximo: la isla de Egina, un pequeño estado vecino y rival, dueño de la flota naval más poderosa del mundo helénico después del ocaso de la ateniense tras la caída de Pisístrato y la destrucción de la Ilota jónica por los persas. La floreciente industria de Egina era, desde hacía tiempo, como una espina para los atenienses, pero fracasaron todas las tentativas para reducir a este ri-

val. Desde entonces, las costas áticas eran regularmente saqueadas por la ilota de Egina. Era una vergüenza y una humillación insoportable. Temístocles supo persuadir a sus compatriotas que esa situación duraba ya demasiado y consiguió así simpatías para su programa de construcción naval. La guerra entre Atenas y Egina era el pretexto, pues en realidad Temístocles se armaba contra los persas. La guerra contra Egina concluyó por sí sola al aparecer la armada persa, enemiga común de ambos rivales, pero al terminar las guerras médicas, los atenienses sometieron la isla.

Temístocles.

Los atenienses, pues, trabajaron con ahínco en la construcción naval y el primer día de guerra ya disponían de unos 200 navíos, que iban a conseguir la victoria naval más importante en la historia del mundo.

Espartanos y atenienses fueron juntos al combate y adoptaron la estrategia de Temístocles, que recomendaba el encuentro decisivo por mar y dejar las fuerzas terrestres a la defensiva.

El rey de reyes con quien Temístocles iba a medirse tenía fama de ser el "apuesto hombre de Persia", pero su carácter ofrecía debilidades junto a cualidades superiores.

Jerjes había ido preparándose durante muchos años con la idea de dar el golpe de gracia. En su primer ataque, los persas subestimaron la capacidad de resistencia de los griegos. Esta vez alinearían un ejército tan poderoso que hiciera imposible cualquier fracaso. El rey partió de Sardes en la primavera de 480, a la cabeza de un ejército como jamás vio el mundo. Antes, había enviado embajadores a Grecia para exigir a todos los Estados la tierra y el agua, símbolos de sumisión.

Los espartanos arrojaron a un pozo a los embajadores del rey persa.

Casi todas las islas y muchas ciudades del continente acataron las exigencias del rey, pero los espartanos y los atenienses las tomaron como afrenta. Parece que los espartanos respondieron a los embajadores: "Tendréis toda la tierra y toda el agua que queráis", y los arrojaron a un pozo. Se rompía así, en definitiva, con Persia. Sin embargo, los dioses castigaron a los espartanos por la forma insolente con que entendían la inmunidad diplomática y durante mucho tiempo sólo dictaron augurios nefastos. Hubo, pues, que reunir consejo y preguntar por doquier si había algún ciudadano dispuesto a morir por Esparta y aplacar con su sacrificio a los dioses. Dos ricos espartanos de noble origen se ofrecieron a entregarse a Jerjes, para expiar el crimen de sus compatriotas y se pusieron en camino hacia la corte de Susa.

"Continuaron su camino por el montañoso país hasta Susa y fueron llevados a presencia del gran rey. Primero, la guardia les ordenó prosternarse ante el soberano y besar el suelo a sus pies; quisieron obligarles a la fuerza, pero los espartanos declararon que no lo harían aunque les pusieran la cabeza en el suelo, pues no estaban acostumbrados a postrarse ante ningún hombre ni habían venido para hacer genuflexiones. Después de eludir, a fuerza de resistir, esta ceremonia humillante, dijeron al rey: ‘Rey de los medos, los lacedemonios nos han enviado para que puedas vengar en nosotros la muerte dada a tus embajadores en Esparta’."

Jerjes les respondió que no quería hacerse reo del mismo crimen que los lacedemonios, ni creía que matándolos librara a sus compatriotas de la deshonra con que se habían cubierto al quebrantar un derecho respetado por la humanidad entera.

El ejército de Jerjes no constaba de millones de hombres, como pretende la tradición griega. Hubiera sido una necedad marchar contra Grecia con un ejército tan numeroso, pues tales efectivos no hubieran encontrado allí espacio suficiente para maniobrar ni avi- tuallamientos para alimentarse. Se estima en 60.000 0 70.000 hombres los efectivos persas, que ya es una cifra considerable para aquella época. Por otra parte, los persas contaban con una flota que comprendía unos 1.000 navíos.

Cuando el ejército fue concentrado en el lugar del desembarco y el Helesponto quedó cubierto de navíos, Jerjes subió a un trono de mármol blanco instalado en la cumbre de una colina y observó el despliegue de fuerzas. "Y como viera todo el Helesponto lleno de barcos, y todo el litoral y los campos de Abidos sombreados de gente, Jerjes conmovióse de felicidad; después, se echó a llorar." Al preguntársele por qué lloraba, respondió: "Pensaba sobre la brevedad de la vida humana: ¿es posible que de todo este innumerable ejército de hombres que estamos contemplando no quede uno solo dentro de cien años?"18

Según Heródoto, de todos los pueblos que formaban aquel ejército, los persas eran los mejor equipados. "Llevaban en la cabeza una especie de sombrero llamado tiara, de fieltro de lana; alrededor del cuerpo, túnicas con mangas guarnecidas a manera de escamas; cubrían sus piernas con una especie de pantalones largos; en vez de escudos de metal portaban escudos de mimbre; tenían lanzas cortas, arcos grandes, flechas de caña en las aljabas y puñales pendiendo de la cintura junto al muslo derecho." Asimismo, centelleaban los dorados repartidos a profusión sobre su vestuario; traían consigo carros cubiertos que transportaban el harén y a una servidumbre numerosa y provista de cómodo ajuar.

Una sección de la caballería persa no tenía más armas que lazos para capturar enemigos y entregarlos a sus compañeros.

Formaban el nervio del ejército persa 10.000 soldados escogidos, que se llamaban "los Inmortales", pues tan pronto como uno de ellos caía en el combate o era retirado, en el acto ocupaba su lugar otro soldado.

Jerjes había mandado construir dos puentes de barcazas sobre el Helesponto, para que las tropas pasaran de Asia a Europa, pero apenas terminados se desató una tempestad y los destruyó. "Cuando Jerjes lo supo, se encolerizó y mandó azotar al Helesponto y echarle cadenas." "Mientras se azotaba al mar, le dirigían injurias tan dementes como groseras: Olas amargas, tu dueño y señor es quien te inflige este castigo, ya que le has ofendido injustamente sin haber recibido de él mal alguno. Quieras o no, el gran rey Jerjes te surcará." En cuanto a los que dirigieron la construcción de los puentes, les mandó cortar la cabeza.19

Hay mucha fantasía en todo ello. Lo verosímil es que a Jerjes le contrariase el accidente. Era natural. En cuanto al proceso contra el Helesponto... Sea lo que fuere, lo cierto es que se reconstruyeron los puentes y pasó el ejército con armas y bagajes.

Jerjes estableció depósitos de víveres, sobre todo en Tracia y Macedonia, para abastecer las tropas y también para evitar que su flota surcara el peligroso rumbo del cabo Athos, donde doce años antes naufragó una flota persa de 300 navíos y en el que se perdieron 20.000 hombres. Por eso había acometido un proyecto colosal: excavar un canal a través del istmo de Athos.

El ejército persa se desplegó, pues, sobre la península balcánica. Los helenos habían determinado retener el máximo de tiempo a las tropas de Jerjes en el desfiladero de las Termópilas20, lugar por donde tenían que pasar por necesidad para ir de Tesalia a Grecia

central. En dicho lugar, el monte Eta forma acantilado sobre el mar y el desfiladero entre las aguas y la escarpada pared era tan estrecho entonces, que los carros tenían que pasarlo en hilera. Hoy es mucho más ancho gracias a los aluviones de un río, el Sperchios.

En este lugar, Leónidas situó unos 5.000 soldados—entre ellos 300 espartanos selectos y 1.000 hombres de las regiones vecinas—. Más lejos, hacia el este, en la extremidad septentrional de Eubea, la flota griega tomaba posiciones para un combate decisivo.

Los griegos contuvieron durante seis días el avance enemigo en las Termópilas. Jerjes llegó al lugar y mandó un mensajero a Leónidas para invitarle a entregar las armas; los 18Heródoto; VII, 46.

19Heródoto; VII, 35.

20Termópilas significa “Puertas Calientes”. Las fuentes sulfurosas al pie del monte Eta han dado su nombre al desfiladero.

espartanos respondieron: "¡Ven a tomarlas!" Asimismo, cuando se les dijo a éstos que los persas eran tan numerosos que oscurecerían el sol con sus flechas, exclamó uno de los soldados: "Tanto mejor, así combatiremos a la sombra".

El rey de Esparta, Leonidas, heroico defensor del paso de las Termópilas. Jacques-Louis David, 1813 Jerjes esperó a que todas sus tropas se concentraran allí, convencido que los griegos, ante tan gran multitud, evacuarían el desfiladero sin lucha. Así nos lo cuenta la tradición. Jerjes esperó quizás más tiempo todavía, para que el arribo de su flota amenazase a los defensores por retaguardia y forzara su retirada. Pero la armada griega resistió con tanta energía a la flota persa, que ésta tuvo que retirarse con graves pérdidas y no pudo amenazar la retaguardia de Leónidas. Jerjes, entonces, decidió atacar las Termópilas antes que los defensores recibieran ayuda del Peloponeso. Heródoto lo cuenta así:

"Dejó pasar cuatro días esperando a cada instante que el enemigo levantara el campo. Al quinto día, como le viese determinado a resistir más bien que a volver la espalda —desfachatez y locura a su parecer—, lanzó al ataque medos y cisios y lleno de ira ordenó que trajesen a su presencia a aquellos locos. Los medos lanzados contra los griegos cayeron en gran número y otros acudieron en su ayuda, pero el esfuerzo fue tenazmente quebrantado. Como los medos fueron acogidos con tanta aspereza, se les retiró del combate y fueron sustituidos por ‘los Inmortales’, creyendo que éstos, al menos, liquidarían al enemigo con facilidad y rapidez, pero no tuvieron mejor fortuna que los batallones medos, por combatir en un corredor angosto y con lanzas más cortas que las griegas; la superioridad numérica de nada les servía."21

El combate duró dos días, con grandes pérdidas para los persas, que en aquel desfiladero tan estrecho no podían emplear su mejor arma: la caballería. Pero un traidor condujo a Jerjes por un sendero que rodeaba las Termópilas y su nombre, Efialtes, quedó como ludibrio para la posteridad.

Muchos caminos atraviesan hoy aquellas montañas, pero en la época de las guerras médicas sólo bosques casi impenetrables cubrían la mayor parte de la región.

Llegada la noche, diez mil "Inmortales" emprendieron esta ruta desconocida y al romper el alba llegaban a otro desfiladero, escarpado y fácil de defender, guarnecido por 1.000 foceos; pero los foceos no cumplieron con su deber. Sorprendidos durante el sueño, huyeron pronto y su defección significó la muerte de los defensores de las Termópilas, que los persas podían ahora atacar por la espalda. Aquella misma mañana, Leónidas supo por los exploradores que le combatirían en dos frentes. Reunidos en consejo de guerra, algunos griegos propugnaban seguir en sus puestos y otros preferían evitar la inútil matanza. Al fin, Leónidas despidió a los que querían marcharse y se mantuvo en su puesto con los espartanos y 1.100 beocios.

Atacados de frente y por la espalda, los espartanos combatieron hasta la muerte22 y los

persas tuvieron que pagar un sangriento tributo para forzar el paso. Con un valor sobrehumano, los espartanos y sus compañeros de armas facilitaron la retirada del grueso de su ejército y consiguieron así una victoria moral. Más tarde, los espartanos levantaron un monumento a sus hermanos caídos en las Termópilas, en cuyo epitafio se leía:

"Caminante, ve a decir a Lacedemonia que sus hijos han muerto sin abandonar su puesto."

Antes de iniciar la expedición, parece que Jerjes discutió con un viejo rey de Esparta emigrado en Persia acerca de las posibilidades defensivas de un pueblo tan poco numeroso como el griego. "¿Cómo es posible —decía el persa— que unos miles de hombres que no están dirigidos por una voluntad personal puedan resistir a un ejército como el mío? Otra cosa fuera si los griegos estuvieran gobernados, como los persas, por un hombre. El temor hacia su jefe los volvería más valientes y el látigo les obligaría a enfrentarse con un enemigo superior en número." El espartano, que, aunque emigrado, conservaba el espíritu de sus compatriotas, respondió: "Tienen un señor a quien respetan mucho más que lo que os respetan vuestros 22Los espartanos que huían ante el enemigo quedaban deshonrados, según las leyes de su país.

súbditos. Ese dueño les ordena no huir ante el enemigo, cualquiera que sea su fuerza, sino

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