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Mientras las noticias de guerra que llegaban a los periódicos socorranos desde el otro lado del Atlántico expresaban el derrumbe del Progreso de Europa, en Colombia se vivía un periodo más pacífico que confluyó con el avance de un proceso de transformación tanto en las condiciones materiales de vida como en las relaciones sociales. El Socorro de la década del 10 que Vargas conoció en sus primeros años de vida era casi irreconocible treinta años después, cuando los carros, los buses públicos y las avionetas habían reemplazado los caballos y las mulas de carga. Para la época en la que Vargas dirigió El Liberal¸ en 1933, el declive de la hacienda y del heroico liberalismo santandereano ya se hacía notar, de manera que los apellidos hispanos que revestían de honor a las familias quedaban reducidos a mitos del pasado.

Vargas reflexionó sobre la experiencia de estas trasformaciones y advirtió la rapidez que regía la sociedad moderna en una nota sobre los periodistas, se sintió más conmovido por observar el paisaje desde un tren que en los versos de Virgilio44, y en las ―Notas sobre el Obermann‖ afirmó la imposibilidad de comprender la naturaleza con tal romanticismo como lo hacía Senancour. Sobre el periodista dijo que estaba más expuesto a la crisis contemporánea, y de los viajes en tren y el paisaje expresó la nostalgia de no poder sorprenderse ante nada y encontrar entre la naturaleza y el hombre el obstáculo del ―invento mecánico‖ (1990b, 178). En estos comentarios acerca de la vida contemporánea Vargas Osorio se mueve entre el pesimismo y el optimismo frente a la transformación. Esta doble cara que expresa la lectura del autor santandereano pone sobre la mesa la dificultad y la duda que emergen al evaluar el ―progreso‖ o desarrollo de la modernización en la sociedad colombiana.

―¡Si tuviera un sistema cerrado como Kant!‖ (1990a, 163), si el desarrollo material asegurara la felicidad y el desarrollo del espíritu a través de las artes, si la química hubiera encontrado el elixir de la vida, o si por lo menos pudiera creer sin dificultades en la salvación cristiana, el hombre contemporáneo no se ahogaría en la duda y en la angustia de no creer en nada. Entre las notas recopiladas en Obras tomo IIen la sección de ―Bitácora‖ se lee:

Lo mejor es quedarse en casa. Ver amanecer todos los días desde la misma ventana. Destruir los ferrocarriles, los barcos y aviones. Así el mundo volvería a recobrar su antiguo prestigio de cosa lejana y desconocida, y el hombre podría tener nuevamente el anhelo de los ferrocarriles, de los barcos y de los aviones, para ir a descubrirlos. (1990b, 142)

Con este mismo tono, en La familia afirma:

Quiérase o no, el hombre necesita descansar sobre ciertos dogmas. Su felicidad depende de la fuerza con que se aferre a una creencia cualquiera. Bien que crea en la belleza y en la divinidad del mundo ―en sí‖ como pagano, o que crea en la inmortalidad del alma como

cristiano, el hombre es feliz -o ha sido feliz- mientras tuvo estas creencias. Pero la razón lo divorció de ellas. Al dogma pagano de la belleza del mundo, de su unidad y simplicidad, la

44 Vargas Osorio escribe en una nota sobre un texto de Julio Camba que reflexiona sobre el turismo contemporáneo: ―Jamás he podido leer una estrofa de Virgilio hasta el fin, y en cambio me siento

razón opuso la concepción científica del universo; al dogma cristiano de la inmortalidad del alma, la razón opuso la tesis (ya profundamente revaluada -¡hasta eso!- por la química y la biología modernas), de la inmortalidad de la materia. No puede el hombre reposar dichosa y confinadamente sobre tales postulados. (1990a, 257-58)

Pero no es así, el hombre contemporáneo no encontrará en la tradición o en el pasado el alivio porque la historia para Vargas no se repite, se ―actualiza‖, y al hacerlo renueva ―antiguas experiencias‖ que han trazado la historia de la humanidad45. Estas experiencias son para el autor santandereano las que se derivan de la oposición ―Naturaleza‖ y ―Espíritu‖ que se origina en el tránsito histórico de la Edad Media al Renacimiento, periodo en el que se opusieron las dos grandes tradiciones de occidente, Cristianismo y Paganismo: de una negación espiritualista del mundo se pasa a una afirmación de este y de una negación del cuerpo humano se pasa a una afirmación de este.

Siguiendo la reconstrucción histórica realizada por Vargas, después del Renacimiento la lucha entre cuerpo y espíritu como dos sistemas de valores contrapuestos deja como residuo la dualidad del ser humano entre la naturaleza y el espíritu de la cual es hijo el pensamiento moderno y con esto el ―drama que encontramos en el fondo de nuestra cultura‖ (1990a, 250). Tal dualidad cuerpo y espíritu configura las ―dos familias‖ de ideas en conflicto: ―De un lado, los hijos de la naturaleza con su ciencia, su humanismo, su arte plástico, sus valores ―divinos‖; del otro, lo hijos del espíritu con su intuición, con su humanidad, su sabiduría y sus valores místicos‖ (Vargas Osorio, 1990, 252).

La ―familia de los hijos de la naturaleza‖ con su orientación a la ciencia, el progreso y la armonía o el orden, deja de lado los sentimientos más profundos, ese misterio de lo humano que lo hace irracional, y aquello ―entrañablemente humano‖ que Dostoievski expresó sin recurrir a los esquemas racionales y lógicos. Tal familia fue la guía durante el siglo XIX, y

45 En el capítulo anterior se explicó la noción de tiempo histórico que se desarrolla en Vargas, para quien el

ser humano está constantemente al borde de la novedad que construye la idea de futuro. En una artículo de

crítica sobre la literatura de Miguel de Unamuno (―Unamuno‖, en Huella), Vargas sintetiza esta idea del

tiempo como ―actualización‖, la cita dice:

―La eternidad es una circulación del espíritu a través de todos los hemisferios del tiempo, es una calidad

transferible. De ello proviene aquel concepto popularísimo de que la historia se repite; pero no es que se repita propiamente, sino que la historia posee la virtud de actualizar antiguas experiencias: lo mismo la historia

a esta respondieron los intelectuales que conforman la ―familia de la angustia‖, que en palabras de Vargas conforman una ―[…] familia de atormentados y antirracionalistas, de antilógicos. La vida, el hombre, es el binomio filosófico de este grupo de locos y profetas, que alcanzaron el más alto grado de la sabiduría a espaldas de la ciencia (1990a, 207).

La tensión entre estas familias de ideas madura en el desarrollo del siglo XX hasta desembocar en la crisis contemporánea, donde el hombre ya no se puede concebir, o no puede ―creer‖, en los términos de Vargas, en su unidad. Con el conflicto de familias, el autor santandereano toma distancia respecto a estas dos experiencias y duda de ellas como posibilidades de superar la crisis, y en esta lógica se pregunta por cuál camino seguir, si el del espíritu o el de la naturaleza:

Ha llegado para el hombre contemporáneo el momento de la opción entre una y otra de estas dos grandes familias de la cultura. Conviene, pues, tomar posiciones previas. ¿Retornará el hombre moderno al humanismo, al racionalismo filosófico y político, descansará al fin sobre una concepción científica del mundo y de sí mismo, o bien, escogerá la ruta de los valores contrarios? (1990a, 253)

Luego de esta pregunta, afirma que existe una incapacidad en el hombre para elegir entre estas dos opciones, por tanto debe ser la cultura quien elija el camino por él y guiarlo en una decisión: ―El sentido trágico de la vida actual reside en la incapacidad del hombre para decidirse en uno y otro sentido. La misión de la cultura debe ser por ello, la de obligarlo a una decisión radical, ya sea en la dirección de la naturaleza o en la del espíritu‖ (1990a, 253).

De esta forma, con La familia, su último ensayo publicado como libro, Vargas Osorio vuelve sobre el problema que había tratado antes en sus notas periodísticas y que se centra en la dificultad de evaluar el progreso material y la modernización sintiéndose tan parte de los ferrocarriles, los teléfonos, los relojes y los carros. Ahora bien, al adjudicarle tal ―misión‖ a la cultura queda en el eco la idea del fracaso de la cultura europea en contraposición a la joven cultura en formación.

Si las lecturas decadentistas entrelazadas con la búsqueda del modo de ser latinoamericana encarnado en el ―alma humana‖ alimentaron en Vargas el replanteamiento

de lo que es el ser humano en términos de civilización y barbarie, esta misma idea de la decadencia y el agotamiento de la cultura europea, leída desde la década del 30, coincidió con la innegable imagen de fracaso espiritual de una Europa transformada por el desarrollo material y el avance de la ciencia, pero sumida en guerras. Europa no sólo había salido de una guerra y pasaba a la segunda, sino que además las masas de trabajadores y obreros que aparecieron en las ciudades luego del acelerado desarrollo industrial, científico y técnico del siglo XIX europeo, habían desembocado en la implantación de regímenes autoritarios que en toda Europa dominaban con ―el látigo, el sable y el terrón de azúcar‖, como escribió Vargas usando las palabras de Max Scheler en las últimas páginas de La familia (1990a, 278).

Lo que el autor santandereano veía desde su ángulo era el fracaso de la experiencia europea que no logró mantener la libertad y el amor al individuo, propios del modelo ideal del humanismo renacentista, con la arremetida de las masas del siglo XX que ya sentían la angustia de la decadencia. Con esta lectura, Vargas identificó la decadencia y el agotamiento de la cultura europea, haciendo una relectura del decadentismo a la luz de una realidad histórica que había cambiado, y no sólo eso, a la luz de una ―cultura de barro‖ americana que estaba en proceso de formación y que debía mirar a su antigua madre ya no para imitarla como fue el caso del positivismo, sino para aprender de su experiencia. Con esta forma de ver, América ya no corría a destiempo sino paralela a Europa, y, como lo explica Hugo Achugar (1994) en el periodo de entreguerras el intercambio cultural entre las dos orillas del Atlántico pareció un intercambio de iguales:

Lo que parece ser común a todo el periodo de entreguerras es la consolidación de una nueva conciencia mundial. Es decir, el surgimiento de la conciencia de que la realidad económica, política, artística e ideológica se ha vuelto un fenómeno de carácter mundial, donde los diferentes países y pueblos tienen tareas asignadas de modo preciso. La misma modernización y revolución tecnológica, tanto de los medios de producción como de los medios de comunicación masiva como de transporte, empiezan a hacer realidad cotidiana la experiencia de la simultaneidad, la interdependencia y la cercanía espacial del mundo. Una catástrofe económica fuera de América Latina tiene consecuencias inmediatas o casi en la región, un pronunciamiento político en Europa inspira o repercute en el discurso político

local, un manifiesto artístico es rápidamente respondido o asimilado por nuestros artistas. (640)

En la prensa Vargas leía cómo las masas de obreros europeos constituyeron los conflictos sociales del siglo XX, a los que se unieron los intelectuales, pero en su vida cotidiana fue participante de tal crecimiento demográfico y excitación política tanto en las calles de El Socorro, como en las de Bogotá y Bucaramanga. El crecimiento de las ciudades colombianas fue una transformación que atravesó la vida de Vargas. La Bogotá de la década de 1910 que mantenía toda una estructura colonial, y seguramente, la ―vida de convento, de chismes y de distancia del mundo‖ con la que José Asunción Silva describe la Bogotá de finales de siglo en una carta a Sanín Cano (citado por Carranza, 1995), a finales de los años 20, con la intensificación de la migración y la modernización cambió notablemente. De 100 mil habitantes, que se calcula aproximadamente vivían en Bogotá en 1910, al inicio de los veinte había aumentado a 120 mil mientras que para finalizar esta década ya eran más de 240 (Arias, 12). De esta forma, el crecimiento demográfico empezó a adquirir una dimensión exponencial y Vargas asistió como un participante más a tal escenario.

Tales cambios llevaron a que la sociabilidad intelectual que Vargas conoció en Bogotá y Bucaramanga se concentrará en el espacio público de los cafés, con lo cual dejó de ser un espacio de un pequeño grupo de elite. Ricardo Arias explica que en los años veinte, el espacio de la sociabilidad intelectual paso de las salas y comedores de las grandes casonas del centro de Bogotá, que caracterizó las relaciones de los intelectuales y poetas de fin de siglo como José Asunción Silva y a la generación de los Centenaristas, al espacio público de las librerías y cafés de la calle 12. Nuevos intelectuales de la provincia llegaron a Bogotá para ingresar a la Universidad Nacional o encontrar un lugar en la prensa, según Arias esto dio un carácter más móvil al espacio social de los intelectuales, de manera que las discusiones políticas, artísticas e intelectuales que se daban en la prensa inauguraron nuevos apellidos y nombres desconocidos antes. Por su parte, el espacio del café propició el encuentro de contertulios de diferente ―talla‖ en el campo intelectual, como también de diferente origen social, lo que permitió el nacimiento de un nuevo tipo de intelectual en los términos de Hilda Pachón (1993).

Además de estudiantes y hombres de letras, masas de trabajadores se movieron hacia las ciudades ocupando los puestos de trabajo de las nuevas empresas e industrias. Con una capa de trabajadores y obreros que crecía cada vez más en los centros urbanos la agitación política se agudizó, lo que hizo que las calles de las ciudades además de ser escenarios de procesiones religiosas, celebraciones patrias y encuentros intelectuales fueran el espacio favorable para manifestaciones políticas y marchas sociales. A su vez, las políticas liberales que iniciaron la década del 30 dieron legitimidad a la organización de centros obreros, y poco a poco su autonomía respecto a los partidos políticos tradicionales fue ineludible.

Con esta realidad ante sus ojos, un intelectual liberal que conocía perfectamente la experiencia europea como lo fue Vargas, advirtió el peligro que la ―masa‖ representaba para la construcción de la democracia y del ―hombre libre‖, pues la ―masa‖ también estaba presa de la crisis, y en palabras de Vargas, presa del ―[…] universal resentimiento contra las instituciones de la civilización y la cultura que no pudieron proporcionarle al hombre la radical solución de sus conflictos espirituales y vitales. Las masas vengativas –esclavas pero poderosas- se revuelven vengativas contra todo aquello que un día cifró el ideal y la esperanza del espíritu‖ (La familia: 1990a, 278).

Sin embargo, América no es Europa, ni está en camino de serlo ¿Seguir el camino del desarrollo material o buscar el desarrollo del espíritu? ¿Seguir el camino del utilitarismo o encontrar uno nuevo en la particularidad del ―alma nacional‖ que sea correspondiente con la realidad superreal americana? En esta lógica, la experiencia y la idea de una Europa en decadencia leída desde Vargas Osorio orienta como guardagujas la definición de sus problemas que son los problemas sociales que se empiezan a presentir en América Latina. Weber ya había hecho explícita esta relación entre las ideas y la llamada realidad diciendo que ―Son los intereses, materiales e ideales, no las ideas quienes dominan inmediatamente la acción de los hombres. Pero las imágenes del mundo creadas por las ideas, han determinado, con gran frecuencia, como guardagujas, los raíles en los que la acción se ve empujada por la dinámica de los intereses‖ (1998, 204).

Vargas sabía que América no está obligada por ley histórica a repetir el esquema europeo, pero sí advierte que hay procesos paralelos en los dos lados del Atlántico, y en ese

sentido para esa ―América en formación‖ que imagina Vargas, el periodo que se vive es crucial para definir el camino hacía su propia utopía, que es el camino hacia la democracia y la revitalización del individuo ―como señor del mundo armoniosos regido por la verdad y la justicia‖ como conclusión de la angustia (La familia: 1990a, 278). Para finalizar, es interesante anotar que 10 años más tarde, ya muerto Vargas y con numerosas dictaduras gobernando en los países latinoamericanos, Germán Arciniegas, quien como Vargas creció en el furor de la identidad que trazó la preocupación por un proyecto social y cultural nacional, pero también en el ―cambio de paradigma‖ que según Devés Valdés (2000) volvió la orientación hacia la independencia económica y una modernización propiamente latinoamericana, advirtió en Entre la libertad y el miedo la necesidad que tiene el individuo de actuar sobre su realidad, a pesar del miedo a la muerte, todo con miras a reconstruir, guiando intelectualmente a la masa, lo que para él era el edificio derrumbado de la libertad y la democracia.