Una vez hemos introducido la conexión entre patrimonio y turismo, es preciso referirse al modo en que se debe organizar esta relación. Uno de los especialistas que más ha trabajado sobre este tema es Josep Ballart. Para este autor, la gestión del
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patrimonio es “el conjunto de actuaciones programadas con el objetivo de conseguir una óptima conservación de los bienes patrimoniales y un uso de estos bienes adecuado a las exigencias sociales contemporáneas” (Ballart, 2005, 15). La gestión del patrimonio se apoya en un conjunto de acciones basadas en la metodología científica (investigación, protección, conservación, restauración, difusión), que en caso de no existir o fracasar, conducirían al deterioro del patrimonio o incluso a su desaparición.
Hasta hace unos años, la gestión se limitaba a la conservación y estudio de los bienes culturales. Actualmente se han ampliado las actuaciones a una gestión integral, que incluye no sólo esos aspectos tradicionalmente trabajados, sino también su protección y difusión y por lo tanto, su uso público. Se trata de un concepto integral e integrador, sustentado en la interdisciplinaridad.
Por otro lado, como sucede en nuestro caso de estudio, la falta de uso o difusión del patrimonio puede desembocar también en su desaparición, por abandono y olvido. La gestión del patrimonio, como veremos, se encarga no sólo de clasificar, estudiar, conservar, proteger ese patrimonio, sino que también ofrece las pautas precisas para su adecuada difusión. Como señala Bermúdez et al. “la intervención en el patrimonio y su gestión, deberán garantizar la visibilidad, accesibilidad y comprensibilidad de los bienes al conjunto de la sociedad” (Bermúdez et al., 2004, 17). Estos autores dicen que, tradicionalmente, las intervenciones en el patrimonio han sido inconexas e independientes desde múltiples disciplinas. Los primeros modelos de gestión del patrimonio se introdujeron hacia 1980, “así como la necesidad de alcanzar resultados orientados a garantizar la rentabilidad social y económica de los objetos patrimoniales” (Bermúdez et al. 2004, 19). Se refieren, por un lado, a un concepto integral e integrador. Y por otro, a una cadena lógica de actuaciones sustentada en la interdisciplinaridad. Igualmente se refiere a la gestión como un proceso integrado por cuatro niveles de intervención relacionados y dependientes: investigación, protección, conservación- restauración y difusión. Dichas intervenciones se verán en todo momento condicionadas por los antecedentes y el entorno en el que se desarrollan.
Como señala Ballart (2005) únicamente existe un riesgo: el de querer patrimonializar en exceso, por lo que se hace necesaria una selección según unos valores de referencia preestablecidos, algo que también se incluye dentro de la gestión. Así, el destino de los bienes patrimoniales no siempre debería ser el mismo, y los divide
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entre aquellos que se limitan a ser estudiados, los que se reservan para el futuro (sucede con muchos bienes arqueológicos) y los que se dirigen a las explotación con fines sociales, bien como instrumento educativo o atracción generalizada (es aquí donde podemos encuadrar el uso turístico). Por su parte, Crespi y Planells advierten del interés, cada vez mayor, por “recuperar el patrimonio, revalorizarlo e integrarlo como parte de un producto turístico atractivo y rentable” (Crespí y Planells, 2003, 17). Una vez que tenemos conciencia de la necesidad de facilitar la interpretación de los bienes culturales y su difusión y consumo, es preciso tener en cuenta tres criterios básicos en la gestión: la accesibilidad, es decir, que esté garantizada para cualquier ciudadano; la equiparación, con el fin de que existan los recursos necesarios para su uso, asegurándolo tanto de forma individual como colectiva; y la sostenibilidad, con el objetivo de que los bienes puedan seguir utilizándose en el futuro (Crespí y Planells, 2003). Para ello, como indica Ballart (2005) después de que los bienes sean seleccionados, previa atribución de un valor (simbólico, de uso o formal), comienza el proceso de gestión patrimonial.
Ahondando en su clasificación, Ballart se refiere a una serie de funciones que divide en internas (identificación, protección, conservación), puesto que se refieren al trabajo de cualquier institución que trabaje con el patrimonio; y públicas o sociales (presentación, exposición pública), por su relación con la dimensión pública de la gestión patrimonial. Con todas ellas relacionamos la fase de investigación, ya que debe estar presente en todos los eslabones de la cadena.
Cuadro 10. Funciones de la gestión del patrimonio Funciones tradicionales o internas Funciones públicas o sociales Investigación (Identificación, documentación, estudio) √ √ Protección (legislación,conservación,re stauración) √ Difusión
(Uso social, interpretación) √
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Tanto Ballart como Bermudez et al. coinciden en que la intervención deberá realizarse desde una perspectiva multidisciplinar y el hecho de que se siga una secuencia de niveles, “no impide enfatizar uno o varios de los mismos o prescindir conscientemente de algunos de ellos” (Bermúdez et al, 2004, 20). Se verá condicionada por los antecedentes y las actuaciones previamente desarrolladas.
La investigación es la fase a la que más importancia se le ha otorgado tradicionalmente, porque ha de servir de fundamento a las fases restantes. Actualmente otras actuaciones han cobrado igual o mayor relevancia, como parte de un proceso, pero es obvio que sin tener conocimiento del patrimonio objeto de estudio no se puede actuar convenientemente sobre él. Bermúdez et al. insisten en la importancia de la metodología aplicada en el proceso de investigación, y señalan que “el objetivo general es aumentar el conocimiento previo que se tenía sobre el bien cultural a investigar, aunque conviene centrar la investigación en puntos determinados, más o menos amplios, de manera que permita posteriores investigaciones desde otros puntos de vista o con otra finalidad” (Bermúdez et al. 2004, 23). En definitiva, el objetivo de la investigación es obtener un conocimiento integral o específico sobre el bien patrimonial, que puede tener una aplicación directa (una intervención posterior de restauración, por ejemplo) o contribuir al acervo científico y cultural (aportar información).
En cuanto a la protección, distinguimos entre la protección física o material y la legal o jurídica que es aquella que adjudica al patrimonio “una posición jurídica o legal especial con la finalidad de garantizar su integridad ante cualquier circunstancia que pueda afectarle, dada su valoración y la función social que detentan” (Bermúdez, 2004, pág. 30). Dicha protección está en manos de la administración, amparada en una estructura institucional. Los instrumentos serían las leyes y los procedimientos administrativos aplicados. Es conveniente señalar que se suele asociar a procesos inventario y catalogación, instrumentos necesarios y también relacionados con la investigación, si se quiere tener constancia del patrimonio sobre el que se pretende actuar.
La siguiente fase la conforman la conservación y restauración, que, aunque en ocasiones se consideran sinónimos, es preciso delimitar su significado. Ambas son “acciones sobre la estructura material del bien o su entorno, sea con carácter preventivo
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(conservación) o con objeto de una recuperación o integración (restauración)” (Bermúdez et al., 2004, 46).
Por último entraríamos en la etapa de difusión, presentación, comunicación o explicación al público, tanto desde la perspectiva de la divulgación, como de la difusión. Es decir, lo ideal es hacer llegar el patrimonio al público (democratización de la cultura), “disponer de los bienes deja de ser elitista, con dos importantes consecuencias, el aumento de la demanda y el descenso inmediato de la calidad” (Bermúdez et al., 2004, 52). En esta última etapa cabe destacar el importante papel que puede jugar la Interpretación del patrimonio (IP) como herramienta que permite convertir al objeto en producto patrimonial. Como señala Martín esto se consigue “a través de un proyecto que integra la definición conceptual del bien, convirtiéndolo en un mensaje apropiable e inteligible, a través de un proceso de comunicación que satisface las necesidades del usuario, y que implica un conjunto de actividades destinadas a dar a conocer, valorar y facilitar el acceso a la esencia del significado del bien patrimonial. Ahí es cuando cobra un completo sentido aquello que denominamos oferta cultural” (Martín, 2002, 3).
En definitiva, como defiende Bermúdez et al. (2004), en la actualidad no resulta posible plantear un modelo de gestión si no se fundamente en esta “cadena lógica” aplicada desde modelos de gestión estratégica integral, aunque en ocasiones resulte complicado por el empleo de métodos tradicionales o la dificultad para mantener equipos interdisciplinares.