CHAPTER 3 RESULTS
3.5 Reduced Nucleolar Function Associates with Longevity
El itinerario de la educación en la fe, cuyo modelo normativo se ofrece en el Evangelio de Marcos, se realiza mediante etapas. Estas avanzan desde la experiencia fontal del
encuentro con el Resucitado, y tienden a suscitarla siempre de nuevo tanto en quien educa como en quien es educado. Para describir estas etapas recurro a una imagen bíblica tomada del Evangelio de Mateo (2,1-12); se trata de la imagen de los Magos,
que desde el lejano Oriente van a Belén guiados por una estrella. En su esencialidad narrativa, la imagen nos permite reconocer seis etapas constitutivas de la educación en la fe en Cristo y en su seguimiento.
1. De Oriente a Jerusalén: el punto de partida, o la pregunta originaria, y la meta de la educación en la fe. Siguiendo el relato evangélico, los Magos vienen «de oriente y
llegan a Jerusalén»: «Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de oriente a Jerusalén» (Mt 2,1). En el imaginario bíblico el Oriente, allí donde surge el sol, es el lugar del origen, donde todo comienza. En este sentido, los Magos son figura de cuantos, moviéndose desde las exigencias originarias, constitutivas del ser humano, se dirigen a la Ciudad de Dios. No nos excedemos, por consiguiente, al reconocer en los Magos la figura de todo honesto buscador de Dios, impulsado por la necesidad radical, de la que se hace eco san Agustín al comienzo de sus Confesiones:
«Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (I,1). Además, la referencia a la procedencia oriental nos dice que los Magos se pusieron en camino dejando su mundo originario y vital, el conjunto de sus seguridades y de sus costumbres arraigadas. Para ir en busca de Dios, antes hemos de tomar una decisión, hacer un corte, desarraigándonos del contexto seguro de nuestro pequeño universo, para abrirnos al riesgo de la búsqueda del Rostro deseado y oculto. El viaje de todo buscador de Dios va desde su Oriente –y, por tanto, desde los abismos de su corazón, desde las preguntas más profundas y verdaderas que nos habitan– hacia la «ciudad de David» (Lc 2,11), auténtico concentrado de la revelación divina. Intentemos preguntarnos: ¿Cuál es nuestro Oriente? ¿Cuáles son las preguntas más verdaderas e importantes que reconocemos en nuestro corazón? ¿Hemos elegido alguna vez sinceramente movernos de donde estamos hacia la Ciudad de Dios, al encuentro de su don de amor? ¿Estamos dispuestos a dejar nuestras certezas para vivir la aventura de la búsqueda del amor más grande, aquel que solo podrá darnos Dios? Plantear estos interrogantes y responderles es el comienzo de la educación en la fe, estímulo para tomar la decisión necesaria y dirigirnos desde nuestro oriente hacia la Ciudad de Dios. Y, sin embargo, solo en esta decisión que nos hace buscadores del Rostro oculto, mendigos del cielo, se realiza nuestra auténtica humanidad. Así lo expresan estos versos de Margherita Guidacci:
«Como olas tu orilla tocamos,
cada instante es confín entre el encuentro y el adiós. Desde nuestro mar en ti huir, en nuestro mar huirte: No otro es de nosotros frágiles el destino.
Ni tregua nunca nos es dada, aunque si amor u otra arcana ansia más lejos nos impulsa sobre tus arenas, en vista de las torres de tu soberbia ciudad. Que aún
detrás nos arrastra nuestro peso en el cambiante abismo –
somos de nuevo deseo y lamento»[26].
2. Peregrinos en la noche, guiados por la estrella. Los Magos realizan su viaje
dejándose guiar por una estrella: «¿Dónde está aquel que ha nacido, el rey de los judíos? Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2,2.9s). Tenemos aquí algunas indicaciones importantes sobre las condiciones de la búsqueda de Dios, y, por consiguiente, de la educación en la fe: el camino necesita un guía. El hecho de que sea una estrella la que guía a los Magos muestra que el itinerario se realiza de noche: el camino hacia la fe no es un itinerario luminoso. Hay que avanzar en la oscuridad, peregrinos hacia la luz, de la que la estrella es anuncio y promesa. ¿Qué es la estrella? En el imaginario bíblico es una señal que procede del cielo, alcanzando a los hombres en la oscuridad de su experiencia para conducirles a donde les llama el Señor. Hay un lenguaje de Dios en la naturaleza y en las experiencias humanas que hemos de aprender a conocer: por una parte, se trata de la «silenciosa escritura de los cielos», cantada, por ejemplo, por los Salmos («Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la
obra de sus manos»: Sal 19,2), es decir, del testimonio que la creación da del Creador con el hecho mismo de su existencia. Por otra parte, se trata de los «signos de los tiempos» con los que el Señor alcanza a los buscadores de su rostro para indicarles el camino en la complejidad de las obras y de los días. Como afirma el concilio Vaticano II, «es un deber permanente para la Iglesia escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). La estrella guía el camino de los buscadores de Dios, asomándose en las señales de espera que a menudo los hombres manifiestan para dar un sentido a la vida y en la búsqueda de una justicia más grande para todos, amén de en los testimonios de amor que tantas veces iluminan incluso las situaciones más tristes y difíciles. Además, seguir a la estrella para ir hacia el Niño que nacerá allí donde se posará ella quiere decir también salir de sí para ir hacia el otro, sobre todo el pequeño y débil. Abrirse a la fe o educar a otros en ella quiere decir también ponerse a la escucha de la naturaleza y de la historia, y comprometerse a ir hacia los otros con elecciones y gestos en los que se exprese el don de sí. Renzo Barsacchi, el poeta toscano en el que la fe y la poesía se encuentran a menudo de forma vehemente, evoca en un poema titulado Tu puoi soltanto attendere [«Tú solamente puedes esperar»] esta continua búsqueda de
señales, que el amor exige en nuestra vida, y la certeza de que esta necesidad no procede de nosotros, sino que nos llega como don que acoger en señales siempre nuevas, que debemos reconocer como estrella en el camino de las noches:
«El tiempo es incierto. En vilo el cielo raso y la lluvia. Pero ni el uno ni la otra
dependen de ti.
Tú solamente puedes esperar, escrutando signos poco legibles en el aire.
Te confías al deseo
escuchando el temor. Tus manos
están dispuestas a defenderse y a acoger. Así, no sabes cuándo Dios te prepara una alegría o un dolor y tú estás casi espiando en la puerta de su corazón, sin comprender cómo
aquel único amor decide
el esplendor de la risa o de las lágrimas»[27].
3. La noche del mundo y la palabra de Dios. Es necesario admitir que esta «escucha
de los signos» no es siempre fácil. Incluso el don de sí puede resultar un tanto ambiguo y artificioso en el camino hacia Dios. La noche que cubre la historia es a veces realmente oscura. Entonces, el Señor nos ofrece una ayuda decisiva para llegar a creer en él: se trata de su Palabra, revelación histórica de su Rostro, que se ha cumplido mediante acontecimientos y palabras íntimamente conectados, de los que da testimonio la historia de la salvación, presentada en la Biblia. También los Magos tuvieron necesidad de ella y, así, siguen la sugerencia de los jefes de los sacerdotes y de los escribas del pueblo, consultados por Herodes, sobre el lugar en el que nacería el Cristo: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni
mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe, el pastor de mi pueblo Israel» (Mt 2,5s). El texto citado para indicar el lugar del
encuentro con el Mesías procede del profeta Miqueas (5,1-3) y contiene diversas resonancias bíblicas (2 Sm 5,2; 1 Cr 11,2). La historia de los Magos nos dice de este modo que en la noche del tiempo la palabra de Dios es verdaderamente lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105). Quien quiera encontrarse con el Dios viviente, tiene que fiarse de su Palabra, ponerse en actitud de escucha humilde y perseverante y confiar en ella. Aprender de las Sagradas Escrituras el lenguaje de Dios ayuda a reconocer las citas con su gracia. Quien acoge la revelación divina en la Biblia sabe que no está nunca solo, porque la palabra del Dios viviente lo alcanza, habita su corazón y le da ojos para ver y creer, y dejarse guiar por el Amado a los prados de la vida que vence y vencerá a la muerte. Para quien quiere educarse y educar a los demás en la fe es indispensable la referencia al texto bíblico, fuente de luz en el camino hacia el encuentro con Dios. Verdaderamente «lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino» (Sal 119,105).
4. El encuentro con Herodes: la tentación al acecho. Justo en este momento aparece
en la aventura de los Magos un encuentro peligroso, que podría tener consecuencias dramáticas. Ellos van a Jerusalén para informarse más sobre su destino. Están aún en la situación en la que la palabra de Dios no les ha aclarado plenamente el camino, aun estando señalado en sus coordenadas fundamentales por la estrella. En la Ciudad Santa resuena su pregunta: «¿Dónde está aquel que ha nacido, el rey de los judíos? Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle…». Se inserta aquí la acción del rey Herodes, símbolo no solo del poder, sino del delirio de omnipotencia que se puede suscitar allí donde el corazón se cierra al reconocimiento honesto del deber de obedecer a la Verdad por encima de todo. Herodes se altera por la pregunta de los Magos, pues intuye en ella un peligro para su autoridad. Se hace pasar por un buscador de la verdad, pero en realidad la indagación que realiza entre los expertos de la Ley tiene solo el objetivo de saber más para intervenir en defensa de su desmesurada voluntad de poder. Con esta finalidad quiere utilizar también a los Magos: «Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, les preguntó el tiempo exacto en que había aparecido la estrella; después los envió a Belén con este encargo: “Averiguad con precisión lo referente al niño. Cuando lo encontréis, informadme a mí, para que yo también vaya a adorarle”» (Mt 2,7-8). El riesgo realmente posible en el camino de la búsqueda de Dios es hacer de nuestro «yo» y de sus ambiciones el ídolo al que sacrificar todo. Esta tentación puede presentarse en las formas más diversas, pero la motivación que actúa en ella es siempre la misma: el orgullo. Es la tentación diabólica, la pretensión de querer ser como Dios, aquella que alcanzó a la criatura humana desde la primera mañana del mundo (cf. Gn 3). La continuación del relato nos muestra cómo los magos supieron esquivarla, reconduciendo las peticiones de Herodes a su verdadera medida: la de un delirio cegador que niega la evidencia de la primacía de Aquel que trasciende a todos. El buscador de Dios o es humilde y se compromete a derrotar las trampas del orgullo o no llegará nunca a la meta, arruinando todo lo bello que puede haber en la existencia humana. Esto exige una vigilancia continua y una lucha constante. El amor, del que es expresión la fe, lleva consigo la exigencia ineludible de conocer la herida del corazón. Los siguientes –y bellísimos– versos de Elena Bono expresan la idea de que toda relación de amor –en particular con Dios– debe vivirse como unidad de vida y de muerte a favor de la vida:
«¿Cuándo me heriste?
Tal vez estaba aún en el seno de mi madre o quizá solo en tus pensamientos.
Tú me amaste desde siempre.
Yo no tengo sino un breve tiempo para darte y un pequeño amor.
Pero me pierdo en el tuyo, este mar que quema
Cuando me heriste no sabía
cuánto tu amor hería. Y es esto lo que quieres,
solamente esto a cambio del infinito amor: que yo sufra el amor tuyo,
que me lo lleve como herida profunda y no la cure»[28].
5. El encuentro con Dios: la alegría, la comunidad, la humildad, la adoración y…
El relato de Mateo prosigue: «Oído el encargo del rey, se marcharon. De pronto, la estrella que habían visto en oriente avanzó delante de ellos hasta detenerse sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con su madre, María, y echándose por tierra le rindieron homenaje; abrieron sus arquetas y le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra» (Mt 2,9-11). Se reconocen aquí, en la sencillez del relato, las características fundamentales del encuentro con Dios, gracias al cual cambia todo: «Al inicio del ser cristianos no se encuentra una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da a la vida un nuevo horizonte y con este la dirección decisiva»[29]. En primer lugar aparece la alegría: encontrar al Amado, deseado y buscado, es fuente de
una enorme alegría, porque implica sentirse alcanzado por un amor infinito, por una belleza inefable. Nada da tanta alegría a nuestro corazón como sabernos amados y amar. Por eso la experiencia de la fe es tan bella y merece la pena aceptar todo sacrificio para educarnos en ella y comunicarla a los demás: en Dios se encuentra la verdadera alegría, el sentido de la existencia, el amor que es origen, seno y patria de la vida presente y de aquella que nos espera más allá de la muerte. La alegría acompaña al paso posterior, sencillo y concreto: entrar «en la casa». Teniendo en cuenta la imagen de la Iglesia como «casa, edificio», presente en Mateo (cf. 16,18: «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»), quisiera ver aquí expresada la necesidad de la comunidad eclesial en la educación en la
fe. La Iglesia es lugar y signo de la presencia de Cristo, de la Palabra que salva, del encuentro con el Resucitado mediante los signos sacramentales y el amor fraterno. Es la Iglesia la que encomienda el servicio del anuncio/testimonio/educación, que habla a través de la vida. La fe es dada y nutrida en la Iglesia, «comunidad educativa». Sin la comunión vivida en la Iglesia Madre, ¡la educación en la fe corre el riesgo de naufragar en el individualismo o en la evasión del consuelo! Dentro de la casa, la alegría de los Magos al ver al Niño con la Madre se expresa en la necesidad de adoración: se postran en señal de profunda humildad y adoran al Pequeño, reconociendo la soberanía absoluta del Amor encarnado de Dios ante el que han llegado. Humildad y asombro de adoración son dos actitudes fundamentales de la oración, expresión y alimento de la fe: con la humildad confesamos nuestra nulidad; con la adoración nos dejamos colmar
plenamente de Dios. Vivir una experiencia así genera la necesidad de responder al amor con el amor, ofreciendo a Dios los dones del cofre de nuestro corazón. Este jugarse
todo en el acto de amor hacia Aquel que es amor se expresa en versos como los de Ada Negri:
«No supe decirte cuánto Te amo, Dios en quien creo, Dios que eres la vida viviente, y aquella ya vivida y aquella
que se vivirá más allá: más allá de los confines de los mundos, y donde el tiempo no existe. No supe; pero a Ti nada oculto queda de lo que calla en lo profundo. Todo acto de vida, en mí, fue amor. Y yo creí
que era por el hombre, o la obra, o la patria terrena, o los nacidos de mi sólida cepa, o la flor, las plantas, los frutos que del sol tienen sustancia, alimento y luz;
pero fue amor de Ti, que en toda cosa y criatura estás presente. Y ahora que uno a uno cayeron a mi lado
los compañeros de camino, y más quedas se hacen las voces de la tierra, tu
rostro refulge con resplandor más fuerte, y tu voz es cántico de gloria.
Ahora –Dios que siempre amé– Te amo sabiendo que Te amo; y la inefable certeza
de que todo fue justicia, también el dolor, todo fue bien, también mi mal, todo para mí Tú fuiste y eres, me hace temblar con una alegría más grande que la muerte. Quédate conmigo, pues la noche desciende sobre mi casa con misericordia
de sombras y de estrellas. Que Te ponga, en la mesa humilde, el poco pan y el agua pura
de mi pobreza. Quédate Tú solo junto a mí, tu sierva; y, en el silencio
de los seres, mi corazón Te oiga a Ti solo»[30].
6. … el don de sí: oro, incienso y mirra. La tradición cristiana ha visto en el oro, en el
triple reconocimiento del que vive la fe en el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros: «La mirra, porque en cuanto hombre estaba destinado a morir y a ser sepultado; el oro, porque era el rey, cuyo reino no tendrá fin; y el incienso, porque era Dios, que se dio a conocer en Judea»[31]. En realidad, los dones de los Magos son símbolo de la implicación total del hombre en la respuesta al amor de Dios, que da todo y pide todo, llamando a la criatura a convertirse, a su vez, en don para los demás. En este sentido, los dones de los Magos son metáfora de la necesaria desembocadura de la fe en los pensamientos y en los gestos de la caridad: como dice Pablo, «la fe actúa por medio de la caridad» (Gal 5,6). En esta perspectiva, los tres dones pueden interpretarse como las tres condiciones del amor al prójimo que nace de la fe en Dios: el oro significa que en el amor al Niño y al otro, del que él es figura –pequeño, pobre y necesitado, en todos los sentidos–, debemos dar lo más valioso que poseemos. Dar lo superfluo no cambia el corazón y la vida: dar lo que tiene realmente valor para nosotros, este es el amor que el Señor nos pide, para sí y para los demás. El incienso significa que el cumplimiento de este don se vive inseparablemente de un acto de alabanza y de adoración a Dios: un mensaje, este, que regresa en innumerables testimonios de la tradición de la fe. «Quien tiene piedad del pobre –dice el libro de los Proverbios (19,17)– hace un préstamo al
Señor». Y Jesús afirma: «Todo lo que habéis hecho a uno solo de estos mis hermanos pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40). Francisco, a su vez, intuye que al besar al leproso está besando al mismo Señor y Cristo. La mirra, finalmente, usada en el mundo antiguo como perfume y ungüento para los cuerpos de los difuntos queridos, significa que el amor verdadero conlleva también el don de la propia vida, el sacrificio de sí, impulsado hasta el éxodo de sí sin nada a cambio: así es como nos amó y nos enseñó