Aunque este, libro ha seguido una línea desmitificadora con respecto a las prácticas de la investigación científica, hemos indicado también que la ciencia ofrece formas de conocimiento que tienen posibilidades “correctoras”. Sin embargo, dichas posibilidades no hay que buscarlas en la creencia común de que la ciencia proporciona guías concretas para la organización del presente y del futuro. Como cualquier otra forma de conocimiento, la ciencia no puede ofrecer semejante orientación positiva porque la realidad nunca se agota por muchos predicados que se le atribuyan.5 Las posibilidades del intelectual se encuentran pues en la adopción de una postura negativa frente a las condiciones sociales. La potencia de una investigación se basa en la creación de redes de significados diferentes y críticas para juzgar la adecuación de nuestras circunstancias culturales, así como en la asunción de una actitud escéptica frente a nuestros lenguajes, costumbres, tradiciones e instituciones.
Las ciencias sociales y de la educación son dialectos del lenguaje. En cuanto lenguaje, nos brindan tan sólo una visión parcial de lo que existe. La ciencia resume y organiza los datos dispersos en, la propia biografía, al igual que las perspectivas conceptuales brindan al individuo una visión tan sólo aproximada de la condición humana. Conceptualizar es efectuar una operación transitiva con la realidad que no refleja ni copia la experiencia, sino que permite suponer que las cosas ocurren con arreglo a ciertas pautas. Lo que parecen actos de descubrimiento son en realidad invenciones.
Comprender que la ciencia es una invención lingüística conduce a entender sus limitaciones. La ciencia nos permite suponer la ocurrencia de ciertas cosas. No nos dice lo que las cosas sean. Tampoco es inmune a los valores de los teóricos, a la relación de los teóricos Ion la sociedad en la que viven ni a su ubicación en ella. Los lenguajes de la ciencia forman parte de una historia, de una cultura y de unas relaciones sociales. Al mismo tiempo, la ciencia parece trascender las condiciones sociales. La simultaneidad de ambos aspectos es una de las ironías del quehacer científico.
La posibilidad de una ciencia de la condición humana surge de la problematización de lo que se acepta como normal y natural. En la sociedad coexisten muchos planos de significado diferentes, de los cuales no todos están presentes en la conciencia de la realidad cotidiana. Dedicarse al estudio de las situaciones sociales significa escudriñar las tacharlas de los supuestos aparentemente evidentes sobre nuestro mundo. comprender nuestras simulaciones, engaños y autoengaños nos permite descubrir huecos y fallas en el orden causal y reducir nuestra colaboración con las circunstancias. Nuestra apreciación del todo y nuestra relación con él pueden ser cambiadas y ampliadas desde esta perspectiva privilegiada.
5 Reconocer la ciencia como una forma de conocimiento supone aceptar que complementa a atrás formas del conocer, como las del arte, la literatura y la poesía.
La importancia de la postura crítica surge, a mi entender, de las formas de dominación existentes en la sociedad contemporánea. El poder y el control se ejercen en nuestra sociedad a través de pautas comunicativas que dan origen y consolidan unas determinadas relaciones sociales. Este control supone hegemonías que hacen que los intereses particulares parezcan universales. Debemos tomar muy en serio el consejo de Berger (1976) respecto de quienes nos llaman a mundos mejores: “El mundo de hoy está dividido en campos ideológicos, cuyos defensores nos dicen con gran seguridad dónde nos encontramos y qué debemos hacer al respecto. No hemos de creer a ninguno de ellos” (pág, 1). Berger continúa señalando que la labor desenmascaradora no es un fin en sí mismo. El escepticismo puede inaugurar nuevas vías de comprensión, políticas y (aunque Berger no lo menciona) de práctica. El elemento potencialmente más fecundo de la ciencia es una “confianza escéptica” con respecto a nuestra condición humana. Necesitamos reconocer qué tradiciones y costumbres es importante mantener y, al mismo tiempo, poder analizar y transformar, ciertos aspectos aparentemente normales de nuestro mundo.
Dedicarse a la investigación crítica exige una concepción de la causalidad variada y compleja. Los procesos históricos, las regularidades de la acción social, las condiciones estructurales y las acciones de los individuos contribuyen de forma conjunta a la permanencia y al cambio de las instituciones sociales. Toda cadena de acontecimientos tiene como resultado una nueva formación que reorganiza los acontecimientos de forma tal que entran en funcionamiento nuevas condiciones y circunstancias. Fijar los acontecimientos como variables “independientes” y “dependientes” supone inmovilizar la compleja dinámica de la vida social imponiéndole un sentido de estabilidad, dirección y necesidad, cuando estos últimos supuestos son bastante problemáticos.
Las tendencias emergente y residual comentadas en un capítulo anterior contienen diversos supuestos que corresponden a una actitud crítica. Encuadrarse en cualquiera de ellas supone ocupar, en algunos aspectos, un lugar al margen de los intereses culturales tradicionales, permanecer a distancia de las pautas vigentes de la conducta social. Pero mantener una actitud escéptica es difícil. El ser humano tiende a reificar la existencia, a crear dogmas bajo el dosel de la investigación científica. Y no sólo es eso: el dinero, el prestigio y el status suelen estar muy vinculados a los intereses tradicionales. Últimamente asistimos a la importancia cada vez mayor de los contratos de investigación en la determinación de las prioridades y orientaciones de las comunidades científicas. También se ha producido un cambio sutil en el sistema de recompensas académicas: en la universidad, las becas disfrutadas se han convertido en un criterio para la concesión de ascensos. Este tipo de estructura de recompensas hace que disminuyan los intentos por problematizar los temarios fijados en el proceso político.
La adopción de una postura crítica no equivale, sin embargo, a suscribir la idea de Mannheim de la “intelligentsia socialmente desligada”. La ciencia contiene una paradoja de desligamiento e implicación. El investigador debe guardar una cierta distancia con respecto a las interacciones que se producen en la sociedad. Ello le permitirá efectuar una crítica radical de la sociedad y de sus instituciones, enfocada hacia los obstáculos que impiden la plena realización del espíritu y el potencial de sociabilidad de los individuos. Sin embargo, para adoptar esta postura, hace falta un compromiso en el que se definan los valores últimos que han de guiar
el estudio. Estos valores sirven de punto de referencia para comparar el mundo que se describe. Criticar la sociedad significa considerar a los portadores de valores reales en cuanto ejemplifican o bien desvirtúan dichos valores últimos.
La postura crítica no vuelve la espalda a los intereses cognitivos de las ciencias empírico-analíticas y simbólicas. Las cuestiones planteadas por estos paradigmas tienen sin duda importancia. Ahora bien, dichos paradigmas han de situarse dentro de contextos sociales e institucionales más amplios, y sus investigaciones enmarcarse en una actitud escéptica general y en una conciencia filosófico-social. Esta conciencia está presente, por ejemplo, en las obras de investigadores empírico- analíticos como Easton (1971) y Simon (1981). Sus trabajos contienen una amplitud de miras, un reconocimiento del papel de la historia y un detalle empírico que dirigen la atención hacia la complejidad de nuestras condiciones sociales y psicológicas. No obstante, la deficiencia de gran parte de las investigaciones empírico-analíticas y simbólicas contemporáneas es su renuncia al escepticismo, a la historia y a la conciencia filosófico-social, derivada de la conceptualización que hacen de la ciencia como aplicación de procedimientos correctos de recogida de datos.
No debemos confundir la formulación de reglas y procedimientos de recogida de datos con la labor de la ciencia. El valor de las estadísticas, cuestionarios y observaciones de campo estriba en su contribución a la respuesta a interrogantes de importancia. En la ciencia se produce una interacción estratégica de cuestiones, conceptos y métodos. Sin embargo, demasiado a menudo se ofrece una imagen de la tarea científica bien distinta: las -cuestiones de las investigaciones se formulan en función de una técnica de recogida de datos preexistente: el punto de partida es, por ejemplo, qué tipo de cuestiones sobre el aprendizaje se pueden responder con un análisis estadístico multivariado o con una observación de campo. Las tareas formalizadas especifican lo que se debe hacer sin referencia a las cuestiones que podrían plantearse o a los conceptos que cabría desarrollar. Por ejemplo, se entiende normalmente que las tesis doctorales han de organizarse según un orden y un formato predefinidos: formulación del problema y de las hipótesis, revisión de la literatura, diseño y método, resultados y conclusiones. Aunque estos elementos se encuentran en la mayoría de las investigaciones, la lógica científica que aquí se reconstruye esclerotiza la práctica de la investigación y la priva de su potencial creativo.