THREATS POSED BY ARMED GROUPS IN NIGERIA
5.6 REFLECTION ON THE DATA COLLECTION PROCESS
E
l 9 de enero de 1993 había luna llena. La influencia de la luna en losdesaparecidos es algo que deberíamos tener en cuenta. En los días de plenilunio se producen más desapariciones que en los otros. Al igual que sucede en los movimientos de las mareas, el magnetismo lunar parece influir en las decisiones de perderse o en la adopción de actitudes agresivas.º
Susana Ruiz vivía en el Instituto de Formación Profesional de Las Musas, donde su padre es conserje. A Susana, como a la mayoría de sus compañeros, a sus dieciséis años le gustaba pertenecer o seguir la filosofía de una tribu urbana. Catalogarla de acuerdo con sus gustos musicales y su forma de vestir era fácil. Pertenecía a la tribu de los seguidores del rock duro y disfrutaba yendo el domingo por la mañana al Rastro para juntarse con los grupos de ocupas. Nada extraño en una ciudad como Madrid, donde los jóvenes gustan de exhibir sus inclinaciones y aficiones en su forma de vestir.
Aquella tarde pidió permiso a su padre para asistir a un concierto de rock duro que se celebraba en la Sala Argenta, y su progenitor la dejó salir hasta las tres de la madrugada.
Al otro lado de la autopista de circunvalación M-40 se encuentra Coslada, una ciudad-dormitorio con 75.000 habitantes procedentes en su mayoría de la inmigración. Ciudad obrera, los fines de semana se convierte en lugar de cita de gentes que viven en poblaciones cercanas de menores dimensiones. Las tribus
urbanas tienen sede y local en esta población, donde la vida se realiza, con
cierto ritmo frenético, las noches de fin de semana.
Cecilio cumplía ese día veintiún años y su panda le quiso dar una fiesta. José, su hermano Raúl, Fernando, César y la novia de éste eran los componentes de la pandilla. Decidieron comprar cerveza, Coca-Cola y vino tinto y marcharse a una casa abandonada que se encontraba situada junto a unas minas de sepiolita en el camino viejo de Coslada a San Blas.
Antes de dirigirse hacia la citada casa decidieron ir a Las Musas para estar un rato con los colegas de ese barrio. Allí se encontraron con Susana, a la que conocía José de haberla acompañado algunos domingos en sus visitas al Rastro. En un principio todos estaban dispuestos a ir al concierto de la Sala Argenta, pero la maltrecha economía que les había dejado la compra de bebidas obligó al grupo de Coslada a celebrar la fiesta exclusivamente en la casa del descampado. Susana aceptó la invitación del grupo y se marchó con ellos.
La fiesta consistía en beber y oír música en torno a un fuego que prendieron delante de la fachada. Así estuvieron hasta las dos de la mañana, hora en que César hubo de llevar a su novia a casa. Volvió de nuevo a la fiesta, y a las tres de la mañana Susana dijo que tenía que volver. Los chicos se excusaron diciendo que estaban demasiado pasados de bebida como para acompañarla, y Susana decidió irse andando campo a través. El grupo le informó de que, por el descampado, apenas había un kilómetro de distancia desde donde estaban a su casa. Susana, chica valiente, no se lo pensó y se marchó andando camino de Las Musas, orientándose por las luces de los bloques que rodean al Instituto de Formación Profesional.
Desde ese momento, nada más se supo de ella.
Después de una larga noche de espera, Ángel Ruiz inició la búsqueda de su hija. Buscó a los chicos de Coslada, pero éstos se habían marchado a una carrera de motos en Paracuellos del Jarama y no regresaron hasta bien entrada la tarde. Al enterarse de la desaparición, se mostraron muy confundidos, y nadie atinaba a dar una explicación lógica al suceso. ¿Dónde estaba Susana?
Se procedió a rastrear el descampado, e incluso el padre lo recorrió con sus perros.
Al día siguiente, el lunes, el instituto en pleno volvió a dar otra batida por la zona sin obtener resultado alguno, y posteriormente se realizó otro ojeo destinado a ser grabado por las cámaras del programa. En ninguna de estas operaciones se logró encontrar ningún rastro, ninguna pista.
Tomás Arribas, un instalador de aire acondicionado que cursó estudios en el Instituto de F. P. de Las Musas, amigo de la familia y que conocía a Susana desde los cuatro años, la vio el lunes día 11 por la mañana en el barrio de Simancas, le hizo un gesto con la mano desde lejos y ella le devolvió el saludo con un movimiento de cabeza.
La aportación de este dato daba un giro de ciento ochenta grados a la búsqueda. Susana estaba viva, y si se tenía en cuenta el relato del testigo, se trataba de una fuga voluntaria. Se emitió el reportaje de su primera búsqueda el miércoles siguiente, y desde el restaurante El Rincón de la Paella, muy cerca de San Blas, comunicaron haberla visto acompañada de unos chicos y chicas. Los camareros que estaban viendo en ese momento el programa se percataron de que la cara de la foto que en esos instantes estaba mostrando la televisión era la de una persona que se encontraba en la puerta del local intentando hacer una llamada de teléfono.
Comenzaron a señalarla y mirarla, y el grupo de jóvenes, al percibir esta actitud, salió corriendo y se subió a una furgoneta Ford Transit de color rojo con matrícula de Soria. Desde entonces no hubo ni una sola pista más de la presencia de Susana.
Desde que ocurrieron los hechos, Ángel Ruiz, el padre de la chica, no paró ni un momento de buscar a su hija. Cada rato que tenía libre se marchaba a comprobar cualquier pista que le llegara, por muy improbable que fuera. Cogía sus perros y, acompañado unas veces de su cuñado y otras de su mujer y sus otros hijos, recorría una y otra vez el descampado de Coslada en busca de un rastro o de algo que demostrara la presencia de su hija en aquel lugar.
Los días pasaban y la angustia crecía. Nosotros emitíamos la foto cada semana en busca de alguna pista. Los locales y portales de toda la zona mostraban una foto de Susana en la que se indicaban los datos identificativos de la chica. Pero nadie sabía nada y nadie había visto nada.
Los compañeros de la fiesta y el testigo que la vio estaban herméticamente aislados y protegidos por la Policía para que no accedieran a los medios de comunicación, cosa bastante inusual en un caso de desaparición. Esto demostraba que las investigaciones sobre el caso se llevaban con sigilo. ¿Dónde estaba Susana? ¿Quién sabía algo de lo ocurrido? Otro caso más de una persona que parecía haber sido tragada por la tierra.
¿QUÉ FUE DE AQUELLA CHICA?
Ángel no cejaba en su afán de encontrar a su hija. No daba su brazo a torcer y seguía buscando. Cualquier llamada que recibía, cualquier sospecha de que había sido vista, por muy poco de fiar que fuera, era comprobada inmediatamente por este hombre que no perdía la esperanza de encontrarla con vida.
El camino que por lógica debía haber recorrido Susana desde la vieja casa abandonada hasta su casa de Las Musas era una línea recta que sólo era cortada por el muro insalvable de la M-40. Ángel estaba obsesionado con el descampado. No era posible que en un lugar despoblado, donde no se encuentra un sólo árbol entre los viejos caminos de la Mesta rodeados de escombros y cascotes depositados de manera ilegal, se pudiera perder nadie. Y menos cuando se podía percibir que aquellos depósitos de materiales de derribo eran antiguos. Ángel revisaba una y otra vez los vericuetos de los caminos y las veredas que accedían a las minas o iban a desembocar a la casa abandonada donde se hizo la fiesta.
Observaba si había tierra removida. No quería, no debía dejar nada sin mirar a conciencia.
Los compañeros de fiesta se reafirmaban en sus declaraciones. Mantenían que Susana se marchó campo a través al filo de las tres de la madrugada. La Policía, con la prudente cautela que se tiene cuando sólo hay sospechas y no aparece el
cuerpo del delito, vigilaba de cerca a los componentes del grupo de ocupas que aquella noche, por motivos económicos, decidieron montar una fiesta en la casa abandonada.
JUEVES TRÁGICO
Las minas de sepiolita, mineral también conocido como espuma de mar, se encuentran situadas entre Coslada, San Blas y Vallecas. Este silicato de magnesio tiene la propiedad de absorber los olores, y por eso su máxima aplicación es la de la tierra que se pone en cajas para que los animales domésticos hagan sus necesidades dentro del hogar. Estas minas son unas de las más grandes del mundo, y entre ellas se mueven enormes camiones de más de setenta toneladas de carga que se dedican a trasladar tierra de un lado para otro. Para evitar rodeos, el encargado de la obra había decidido limpiar un viejo camino en desuso con un tractor oruga. Cuando éste se encontraba en un cruce de caminos, hubo de orillarse para dejar paso a un camión. Con su pala tocó una viga que se desprendió y dejó al descubierto una de las botas militares de Susana.
Por estos descampados suelen merodear gentes de diferentes clases: ancianos que gustan de ver cómo trabaja la maquinaria de las minas, andarines, corredores, buscadores de chatarra, todo un tropel de ciudadanos hartos del cemento y el asfalto que buscan en los espacios abiertos la libertad que la ciudad-dormitorio les roba. Uno de ellos fue el que descubrió el cuerpo. Se lo dijo al conductor de la máquina y éste bajó y comprobó que se trataba de un cadáver.
Desde la oficina de la mina se dio aviso a la Policía, que no tardó en llegar al lugar. Debajo de un panel de muro de cemento, cubierto con un plástico negro y una columna triangular de metro y medio de larga, estaba el cuerpo sin vida de la joven de Las Musas.
A estas alturas aún no se conoce el paradero del merodeador, a pesar de haber sido buscado por la Policía.
Nadie encontraba una explicación lógica para justificar que después de tantas batidas por el lugar no se hubiera localizado antes el cuerpo inerte de Susana. Un misterio se estaba cerniendo en torno al hallazgo.
La autopsia fue muy lenta e incompleta. Al escribirse estas líneas, una segunda operación forense con un extenso análisis de las vísceras no ha terminado de hacerse.
Ningún signo que delatara violencia se encontró en el cuerpo de la joven, que a pesar de tener los pantalones y las bragas bajadas no había sido violentada sexualmente. ¿Qué le provocó la muerte? Como ocurre siempre en estos casos, a la falta de información se le echa un cuarto de imaginación.
Las hipótesis escuchadas por uno u otro sitio se daban por ciertas, y desde la asfixia mecánica hasta la muerte natural, se contemplaba todo un abanico de causas posibles.
LOS OCUPAS
En el programa se apostó por una Susana que aparecería viva. Por este motivo, cuando se recibió en el contestador la llamada de una chica que afirmaba ser Susana y encontrarse bien, se decidió pasársela a los padres para que procedieran a identificar la voz. Las comprobaciones que se hicieron e incluso los familiares indicaron, aun con ciertas reservas, que podría ser su auténtica voz. De nuevo, como ocurrió en el caso de Alcásser, las adolescentes utilizaban los contestadores automáticos para dar rienda suelta a unas malsanas fantasías sin calibrar el daño que podían hacer.
Tomás, el testigo y vecino de la familia, que conocía a Susana desde que ésta tenía cuatro años, se acercó de nuevo al instituto para ratificar su declaración al padre de Susana: “Ángel, yo me reafirmo en lo que te dije. A Susana la vi en Simancas tres días después de su desaparición, la saludé con la mano y ella me respondió con un movimiento de cabeza.”
Hasta ese momento, nosotros no habíamos entrevistado a ningún testigo. El retraso se debía al hermetismo de la Policía y a la reticencia que mostraban los padres de la chica a que accediéramos a ellos.
Filtrando el censo de vecinos de Coslada tratábamos de encontrar al alguien que cumpliera años el día 9 de enero, y así encontramos a Cecilio, que celebró su veintiún cumpleaños ese día. Por medio de él nos comunicamos con sus amigos, los hermanos José y Raúl, y supimos que César y su novia también eran vecinos de Coslada y que Fernando, el último invitado, vivía en el barrio de San Blas. Cuando me encontraba frente al portal de la vivienda de los hermanos Raúl y José, esperando a que llegara la hora de la cita, un motorista se paró delante de mí. Llevaba un casco rojo que había rematado con un penacho, que no era otro cosa que el mocho de un cepillo de barrer de plástico. Mi instinto me dijo que era uno de ellos, y efectivamente se trataba de Raúl. Subí con él a su casa, donde ya estaba su hermano.
José es un chico fuerte que trabaja de pocero. Habla un idioma mitad cheli, mitad castizo, aunque se expresa fluidamente. Se quejaba de lo publicado en torno al caso.
“Yo nunca he sido novio de Susana, ni siquiera he tenido rollo con ella. Nos conocíamos de ir los domingos al Rastro y de vernos en San Blas, pero de ahí a afirmar lo que se ha escrito hay mucho trecho.”
Todos ellos contaron la misma versión de los hechos. Habían ido a la casa porque les gustaba, tenían previsto “ocuparla”, arreglarla un poco y vivir allí. La mala conciencia que se aprecia en las gentes que ocultan algo no asomaba en
estos muchachos. Sólo se lamentaban de haber estado demasiado borrachos para acompañar a la chica a su casa.
Dos días antes de que mantuviéramos la entrevista la Policía los había tenido durante nueve horas reconstruyendo en la casa abandonada lo que habían hecho aquella noche. Se prestaron a ello resignadamente, pero, a pesar de las muchas molestias que les estaban causando y que iban a tener que seguir soportando, les daba lo mismo, porque tenían la conciencia tranquila.
Tomás fue más difícil de localizar. Este joven, que decía haber visto a Susana con vida el lunes posterior a su desaparición, era un testigo a quien la Policía tenía en cuenta. Su testimonio daba al caso un giro que lo cubría de misterio. Si Tomás estaba en lo cierto y realmente vio a Susana tres días después ¿cómo apareció el cadáver allí?
En un mesón cercano a su casa celebramos la entrevista. Acababa de llegar de Oviedo, donde le había salido un trabajo. Se reafirmaba en sus declaraciones y así lo dijo ante la cámara.
SE PREPARA UN MISTERIO
La gran nevada caída por esos días en el norte de España dejó inaccesibles los caminos que conducían a Palacios de la Sierra. Por expreso deseo de sus padres, los restos mortales de Susana descansarían para siempre en este pueblo burgalés de la comarca de los Pinares.
Ángel Ruiz, entre la rabia y el dolor, asistía atónito a todo cuanto se estaba publicando sobre la muerte de su hija. No entendía que se dijera que había fallecido por causas naturales, y le indignaba que se dijera que se insinuara que había sido por fumar porros y beber vino con Coca-Cola. Aquello era más un disparate que otra cosa. Además, el cadáver apareció semienterrado, y una persona que se detiene para hacer sus necesidades no queda cubierta por plásticos, tierra y una viga. Si las cosas hubieran sucedido tal y cómo se estaban exponiendo, él podría haberlo descubierto días atrás en cualquiera de las muchas batidas que realizó por la zona con los perros.
La Policía revisó una y otra vez el material que habíamos grabado en las batidas. Trataban de encontrar alguna diferencia entre los escombros ilegales grabados el lunes 14 de enero y las imágenes tomadas el día de la aparición de cadáver de la joven. Nada había variado en el lugar, y curiosamente en los planos en que se veía a los compañeros del instituto de Las Musas buscando al Susana, aquéllos caminaban y miraban por el lugar donde apareció la chica.
Todos los indicios apuntaban a que Susana murió en otro lugar y alguien la depositó allí posteriormente.
UNA ZONA POCO TRANQUILA
El hecho de que hubiera un intenso tráfico de camiones moviendo tierra de un lado a otro de las minas, la presencia de corredores aficionados, mirones y merodeadores, y, sobre todo, la existencia de una chabola a menos de cincuenta metros del punto donde apareció el cuerpo de Susana, cuyos habitantes poseen varios perros que bien pudieron barruntar la agonía de una persona aquella noche, daban unos tintes más misteriosos aún a este suceso.
Todo indica que la chica no estuvo enterrada allí desde un principio. Así lo cree su padre, que espera la autopsia y una aclaración de la muerte de su hija, y así lo creemos todos los que hemos estado ligados a la investigación del caso.
Los compañeros de la fiesta creen que alguien les quiere cargar el muerto, y dicen sin pudor que si ellos lo hubieran hecho, conociendo tan bien la zona como la conocían, no la habrían dejado allí. La hubieran enterrado en cualquier derramadero de la mina, donde se vierten diariamente cientos de toneladas de tierra. Por eso, mantienen la creencia de que nadie que conociera el terreno fue autor de este hecho. Teniendo en cuenta la publicidad que se dio al escenario de los hechos, alguien pudo llevar el cadáver allí con la idea de que la muerte se les achacara a los asistentes a la fiesta.
La hipótesis de que la muchacha sufriera un desvanecimiento y posteriormente un camión depositara sobre ella escombros ilegales no es muy creíble, considerando la ausencia de rotura de huesos en el cadáver, y magulladuras que sin duda se hubieran producido como consecuencia de los cascotes y materiales vertidos.
Se espera que los análisis de las vísceras arrojen alguna luz sobre este suceso. También sería importante determinar con precisión la hora en que Susana falleció. Mientras las piezas de este complicado rompecabezas no encajen, la muerte de Susana seguirá siendo un misterio.
A la sepiolita, que absorbe los olores, se la culpa de no haberse detectado el cadáver en descomposición, pero esta deducción no se ajusta a la verdad. La última tarde que estuvimos grabando en la zona había una oveja muerta que despedía un tremendo olor, y se encontraba más cerca de la mina de lo que estuvo el cuerpo de Susana.
La familia y sus amigos, a pesar de que el cadáver no mostró signos visibles de violencia, no creen en la posibilidad de una muerte natural. El padre, desde la justa indignación de un hombre que no ha parado de buscar a su hija, clama