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Félix Novales (el antiguo miembro del GRAPO arrepentido, con quien me carteé fugazmente hace algunos años) escribió una vez (cito de memoria) que, si no hubiera Dios, algo quedará definitivamente irresuelto. Para nosotros, creyentes, esa solución definitiva que brota de Dios es la que debe expresarse en mil gestos personales y sociales, en vez de ser estos gestos un anhelo inútil de esa solución definitiva. Por ejemplo: una corriente de la teología católica ha defendido desde antiguo que el fruto del sacramento de la penitencia no era la reconciliación con Dios (que Él ofrece como el padre del pródigo, sin condiciones), sino la reconciliación con la comunidad, con la Iglesia (la llamada «pax cum ecclesia»). Esto puede tener cierta vigencia y cierta importancia precisamente cuando los demás hombres no perdonan, pues ese perdón de la comunidad capacita para tragarse el amargo sabor de la culpa5.

Eso puede explicar también la abrumadora presencia del tema del perdón en las fuentes cristianas, de que hablábamos al principio. Precisamente porque creemos que Dios es perdón incondicional que, si desea nuestro cambio, es solo por el bien nuestro y no por satisfacer un prurito suyo de autoridad, por eso mismo la Iglesia debería ser maestra en este campo. Y por eso el evangelio ha conservado la exhortación de Jesús a amar a los enemigos «para que seáis hijos del mismo Padre y para que, viendo vuestras buenas obras, los hombres alaben a Dios».... Amar a los enemigos no tiene nada que ver con entibiarse con los amigos o esconderlos. Cuando los cristianos nos definimos como «perdonados», si esto es algo más que un acto vacío de falsa humildad, significa que sabemos que la experiencia del perdón de Dios nos capacita para perdonar. Y cuando,

ante la petición de un político de acercar los presos de ETA al País Vasco para no crear demasiados problemas a las familias que han de visitarlos, un ministro del Interior que se profesa cristiano acusa a ese político de «estar por los verdugos y contra las víctimas», uno se escandaliza de la poca sensibilidad cristiana de esa acusación. Podrá tener otras razones más o menos válidas, más o menos publicables...; no lo sé: a fin de cuentas, la política es complicada. Pero ese latiguillo electoralista no hace más que poner de relieve la necesidad de rehacer relaciones a todos los niveles posibles.

6. Conclusión

Concluiremos retomando algo formulado ya al comienzo de estas reflexiones, pero que quedó sin aclarar. Dada nuestra condición de seres «separados» y limitados, hay ya una primera necesidad de perdón que debemos ejercer en toda nuestra existencia cotidiana. Es lo que yo llamaría perdón de la alteridad: todos hemos de perdonar al «otro» por el mero hecho de ser otro. Aceptarle en su alteridad sin querer ni apropiarnos de ella ni hacerla desaparecer. Pues, si se me permite parafrasear al Segismundo de La vida es

sueño, todo ser humano parece llevar dentro la pregunta «¿qué pecado cometí contra los otros naciendo?»...

Hoy temo que estemos deteriorándonos en este punto, pese a la buena voluntad de años anteriores. Rebrotes racistas, nacionalistas, clasistas, a los que asistimos cotidianamente, teñidos todos de un diáfano color excluyente, creo que ponen de relieve cuánta falta, no ya de perdón, sino de aceptación, hay en nuestras relaciones humanas actuales. Comenzando por ese primer paso sencillo de la aceptación, más difícil de lo que parece.

Esto implicaría una especie de inmersión (de «bautizo») para cambiar nuestra actitud instintiva ante los demás: los seres humanos, como tantas veces se ha dicho, somos capaces de lo mejor y de lo peor; todos tenemos rasgos encomiables y rasgos abominables. Pero tendemos a creer que a nosotros nos define lo bueno que tenemos y que nuestros defectos son meras excepciones (que incluso «confirman la regla» de nuestro valor). Mientras que, en cuanto tenemos el primer choque con el otro, comenzamos a pensar y argumentar que lo que define verdaderamente a ese otro son sus defectos, y si alguna virtud tiene, será algo secundario.

Pongo dos ejemplos vividos últimamente. Ante la triste conducta de la UE en el problema griego, he oído en algunas izquierdas las acusaciones tópicas del «nazismo alemán», la búsqueda del «cuarto Reich»... No puedo dejar de reconocer que la actitud del ministro Schaüble ha sido cruel y prepotente, como si deseara vengar en Grecia todas las humillaciones sufridas por Alemania en la paz de Versalles, o tras la Segunda Guerra Mundial..., o las suyas personales. Pero, concedido esto, y concedido que hoy muchos

alemanes (no todos) aplauden esta política y desautorizan a quienes la critican, con la misma pasión con que en tiempos de Hitler aplaudían y vituperaban a los partidarios o enemigos del gobierno nazi, la verdadera pregunta no es esa, sino esta otra: ¿por qué esos alemanes han de ser más definidores de «lo alemán», de lo que son otras grandes figuras germanas como el canciller H. Schmidt, K. Adenauer, K. Rahner o D. Bonhoeffer; o como H. Flassbeck y J. Habermas (que han criticado expresamente la política de Merkel sobre Grecia); así como Gertrud von Le Fort y tantísimos otros? Si somos honestos, la respuesta será: «porque, de ese modo, nuestro inconsciente puede sentirse superior»...

Y pongo un ejemplo lejano para poder pasar después a otro más nuestro: creo que, en estos momentos, las relaciones entre Catalunya y Madrid están envenenadas por el mismo falso punto de partida: se podrá ser independentista o no, por supuesto: en política todo es tan legítimo como relativo. Pero argumentarlo con que «Madrid» es el mal absoluto, y nosotros casi el bien absoluto (y viceversa, por el otro lado) es profundamente injusto y olvida una serie de riquezas que están en el otro lado y que no deberíamos perder. En el fondo, «todos somos iguales», son falsas todas las pretensiones de superioridad, y hay que volver otra vez a lo que decía san Pablo tratando de reconciliar a judíos y gentiles: «todos son pecadores y necesitan la gloria de Dios».

Las relaciones humanas son uno de los mayores ámbitos de la utopía. Si no damos una seria vigencia a eso que «no tiene lugar», quizá lo lamentemos algún día. Y como el tema de Grecia me ha resultado tan particularmente doloroso, me permito añadir a este capítulo dos apéndices sobre esa cuestión6.

* * *

APÉNDICES 1. Perdona nuestras deudas...

Cada vez parece más seguro que el Padrenuestro no reza «perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido»: ¡como si nosotros fuéramos a darle a Dios lecciones de perdón! En arameo, la misma palabra significa a la vez «culpa» y «deuda monetaria». Jesús vivió en un mundo agobiado por las deudas y, probablemente, quiso decir: «perdona nuestros pecados, que también nosotros vamos a perdonar a nuestros deudores económicos». Así lo mantiene la traducción catalana: «perdoneu les nostres culpes així com nosaltres perdonem els nostres deutors».

Refuerza esa opinión otra parábola que narra Mateo: un deudor a quien se perdona una deuda inmensa (símbolo de nuestra culpa ante Dios) es luego incapaz de perdonar a quien le debe solo unos pocos dineros: sugiriendo que nuestros créditos económicos son una nonada ante lo que nosotros debemos a Dios.

Si las cosas son así, podemos mirar nuestra historia de manera más cristiana. En 1953, Alemania, derrotada en la guerra, se hallaba en grave crisis, con una deuda que no podía pagar (38.000 millones de marcos de la época) y amenazada de bancarrota. Los principales acreedores (USA, Reino Unido, Francia, Grecia, España e Italia...), en vez de proclamar «que cada cual pague lo que debe», firmaron el Acuerdo de Londres, que concedía una quita del 62% de la deuda y un calendario de pagos para el resto. Gracias a eso y al plan Marshall, Alemania se rehizo y consiguió el «milagro alemán» (que era también milagro de sus acreedores). Cuesta comprender que hoy el gobierno alemán olvide aquella historia aún reciente. La vida da muchas vueltas: ¿qué pasaría si un día (Dios no lo quiera) Alemania volviera a encontrarse en la situación de la última posguerra?

Porque, además, el problema griego no se resuelve con que «cada cual pague sus deudas» (o «pacta sunt servanda», en el latín jurídico). Cualquier jurista sabe que ese principio tiene mil matices que olvidan quienes apelan a él: deudas odiosas, deudas ilegítimas, contraídas contra el interés de la población... En todo caso, ese principio valdrá cuando el «cada cual» sea un individuo concreto. Pero cuando es un colectivo o un ente abstracto, no puede aplicarse indiscriminadamente. No vale gritar que quien debe pague, si antes no establecemos que pague quien de veras debe.

Más aún: Grecia pertenece a la ONU. Según el artículo 55 de la Carta de Naciones Unidas, cada Estado tiene el deber de fomentar el pleno empleo, el aumento del nivel de vida y el desarrollo económico y social. Según el artículo 103 de esa Carta Magna, en caso de conflicto entre las obligaciones de los miembros de la ONU y las obligaciones contraídas por otros acuerdos internacionales, deben primar las primeras. ¿En qué manos estamos, pues? Si nuestros gobernantes incumplen así sus obligaciones internacionales primarias, ¿cómo se atreven a exigir que las cumplan los demás con respecto a ellos? Luego nos acusan de «no tener sentido europeo»... Quizá quienes no lo tienen son esos que acusan. Porque, a lo mejor, lo que tiene la gente es un gran sentido europeo, y por eso abomina de esta Europa tan lejana de lo mejor de ella misma.

En Grecia, España, Portugal... han pagado la deuda los que menos debían personalmente y se han escapado de ella los que más debían y más tenían. Grecia tiene sus pecados, sin duda: no tan graves como los de Alemania que llevaron a la Segunda Guerra Mundial. Como tiene su pecado Goldman Sachs, entidad consejera de Grecia (y cuyo delegado para Europa era el señor Guindos), y no sabemos que tal entidad haya debido pagar nada por enseñar a estafar.

Los pueblos (y los seres humanos) somos capaces de lo mejor y de lo peor. Nuestras historias tienen páginas admirables y páginas vergonzosas. La pasión del dinero suele sacar lo peor de nosotros. Bueno sería que Alemania recordara su pasado reciente y no volviera a sacar lo peor de sí; porque, si saca lo mejor y todo lo bueno que tiene, tendremos muchas cosas que admirar y agradecerle.

Lo mejor de Alemania es, por ejemplo, que haya sido precisamente una fundación alemana (Hans Böckler) la que ha dado a conocer los siguientes datos sobre Grecia: entre 2008 y 2012, los ingresos brutos cayeron un 22,6%; los salarios, un 27,4% (34,6% los más bajos, y solo 4,8% en el 1% más alto). El decil de hogares más pobres perdió en 5 años el 86,4 de sus ingresos; y el decil más rico, solo el 17%... Que pague quien debe, pues.

Quienes no somos alemanes y parece que tenemos esas ganas de «¡que paguen ellos, que también tuvimos que pagar nosotros!», o deseamos dar lecciones y sentirnos superiores, deberíamos preguntarnos si nos parecemos a un personaje de otra parábola de Jesús: el hermano del hijo pródigo, tan cumplidor él, siempre obediente a su padre, a quien recrimina porque «viene este hijo tuyo, que ha dilapidado tu fortuna con prostitutas, y matas un ternero para celebrarlo; a mí nunca me has hecho un regalo así»...

El padre podría haberle dicho: «Es verdad, hijo; pero, a lo que se ve, todas esas buenas obras tuyas no te han servido para tener un corazón bueno, sino un corazón duro. ¿Y para qué quiero yo corazones duros?»

Se lo podría haber dicho, pero, como también era hijo suyo, no se lo dijo. Y con ello le regaló aún más que si hubiera matado un ternero cebado.

2. La Antieuropa

«Europa no habla griego, que habla gringo». Este viejo verso de J. Bergamín viene hoy como anillo al dedo. «Gringo» es la palabra que sirvió para designar lo peor de EE.UU. cuando se corrompió el primitivo e ilusionante «sueño americano», convirtiéndose en sueño imperialista.

Que Europa renunciara a explicitar sus «raíces cristianas» podría ser comprensible, por respeto a la pluralidad. Lo terrible es que, con esa renuncia aparentemente laica, Europa ha abandonado sus raíces europeas. La «libertad-igualdad-fraternidad» se ha convertido en otra troika llena de «pes»: «Propiedad-Prisas-Pensamiento único».

La única libertad es la que da el dinero. Ese enriquecimiento buscado cuanto antes y a toda velocidad, es lógico que aniquile toda igualdad. Y para defender esa doble meta, un pensamiento único económico que amordaza todas las diversidades, asesinando cualquier atisbo de fraternidad. El mejor ejemplo de ello es la conducta de Europa con

Grecia, que economistas de la talla de Vicenç Navarro califican de «terrorismo financiero». La Antieuropa.

Grandes economistas del momento (Krugman, Stiglitz, Piketty o, en España, V. Navarro y Torres-López) sostienen que el problema de Grecia es más político que económico. Algo de eso sugiere este dato poco publicado: entre tantos recortes impuestos a Grecia, nunca se le pidió una reducción del gasto militar (excesivo, además, en aquel país). ¡Parecía elemental! Pero resulta que Alemania y Francia son los mayores vendedores de armas a Grecia. ¡Qué curioso...!

El problema es político, no económico. Y creo que se reduce a este dilema: por un lado, Europa no quiere que Grecia salga del euro: no por razones de solidaridad, sino porque eso daría la razón a quienes criticaron, como precipitada y economicista, la creación de la moneda única antes de tiempo. Por otro lado, Europa no puede tolerar que posturas contrarias a esa política de «austeridad para los más pobres», y sin poder devaluar la propia moneda, acaben triunfando y dejen en evidencia todos estos años de dictadura financiera, donde otros gobiernos dóciles revestían su cobardía de obediencia (como en las peleas de niños en los colegios)...

Este es el problema europeo: político, más que económico. Syriza no puede triunfar de ningún modo, porque eso sacaría los colores a ocho años de neoliberalismo cruel. Por tanto, es necesario desacreditarlo y humillarlo, negando incluso voz y espacio a tantos que piensan como ellos y sustituyendo toda argumentación por esos calificativos de «ligereza», «irresponsabilidad»..., tan bien sonantes como mal aplicados. Por otro lado, si Grecia sale del euro, habrá de parecer que es puramente una absurda decisión suya, contraria a la voluntad europea. De ahí la bajeza moral del señor Juncker proclamando que el referendum convocado por Syriza era para salir o quedarse en el euro. ¡Por favor...!

Sin llegar a tanto, se objeta que los griegos no son capaces de decidir sobre algo tan complicado. ¡El mismo argumento que dieron los gobiernos europeos para que la constitución (o el tratado de Lisboa) no fuese votada por los pueblos, sino por los parlamentos! El mismo argumento que, a comienzos del pasado siglo, se esgrimía para oponerse al sufragio popular y al voto de la mujer: «en democracia solo pueden votar los que están capacitados». Y daba la casualidad de que esos «capacitados» eran solo los poderes económicos. Aunque luego esos tan entendidos se sorprendan al saber que EE.UU. les estaba espiando, y llamen a sus embajadores y todo. Sorpresa, ¿por qué? Se trata de algo que era una evidencia para cualquiera que sepa lo que son los actuales EE.UU., que ya no conocen socios ni amigos, sino solo lacayos de sus intereses imperialistas.

Añadamos que lo expuesto es la visión de los moderados. Otros más radicales o inclinados a ver conspiraciones en todas partes sostienen (en la línea de Naomi Klein)

que, una vez que Grecia esté fuera del euro, los especuladores financieros comenzarán a crear problemas parecidos en Portugal, en Italia, en España... hasta que vayan saliendo del euro todos los «cerdos» (PIGS: Portugal, Italy, Greece, Spain...) y quede por fin un «euro ario» para todos los que son superiores por naturaleza. No sé si es así, pero así corre. Y «se non è vero, è ben trovato».

Europa ha sabido siempre que la deuda de Grecia era impagable; más imposible resultaba entonces la imposición de pagar la deuda y, a la vez, reactivar la economía. Europa sabe también que la mayor parte de las «ayudas» dadas a Grecia no se quedaban allí, sino que eran para pagar a los bancos europeos, alemanes sobre todo. Era evidente que así nunca se resolvería el problema griego, ni aunque la economía despuntara. Quizá por eso no se permitió hacer una auditoría de la deuda, que en buena parte es ilegítima e injusta, y situarla en sus justos límites, como supo hacer Ecuador (ganándose las iras de todas las voces oficiales). Había que evitar que cundiera el ejemplo de Ecuador.

Estas líneas no buscan disculpar a Grecia, que tiene también sus culpas, ya suficientemente expiadas por quienes menos culpables eran (niños, ancianos, enfermos...). Tampoco tratan de justificar todas las decisiones de Tsipras en una partida de ajedrez tan difícil y contra enemigos más fuertes. Solo intento expresar mi vergüenza por la reacción de Europa ante esa Grecia culpable, muy distinta de cuando Alemania y Francia se saltaron el techo de déficit sin que pasara nada ni se apelara a eso de que «los compromisos hay que cumplirlos».

Miguel Delibes terminó su discurso de entrada en la Academia, citando una canción: «Paren la Tierra: quiero apearme». Yo quisiera decir: Paren esta Europa, que quiero bajarme.

P.S. Se ve así la dificultad del próximo referendum: Grecia se parece a la mujer que solo tiene dos salidas: rendirse y entregarse, aceptando ser abusada, o negarse al abuso, abocándose a morir torturada. Conociendo la pasta humana, lo normal es que triunfe la primera hipótesis, por triste que sea.

[*]. El origen de este capítulo es una charla pronunciada en Burgos ante los miembros del «Instituto Mounier» de toda España.

1. Esta sensación me llevó a redactar el Cuaderno 174 de CiJ, Contemplativos en la relación, del que, paradójicamente, yo no quedé demasiado satisfecho, pero es uno de los textos míos que más resonancia han tenido. Lo cual permite adivinar que no se debe a mérito del autor, sino a necesidad del lector.

2. Desarrollé esto un poco más en el capítulo 7 («El cristiano ante un mundo dividido») del libro de Varios Autores: Mundo dividido, mundo globalizado, del Centro CiJ, Barcelona 2007.

3. Ver la cita completa en Proyecto de hermano: visión creyente del hombre, p. 387.

4. Ya hace años, me parecieron admirables las palabras del entonces lehendakari Ardanza pidiendo perdón «como vasco», tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Como lo son también las del testamento de Bartolomé de Las Casas cuando pide perdón «como español» por todas las injusticias infligidas por los españoles a los indios del Nuevo Mundo.

5. No puedo comentarla aquí, pero me gustaría remitir al lector a la novela del mexicano Javier Sicilia El reflejo

de lo oscuro, ambientando con el detalle de que, si no estoy mal informado, el autor es padre de un hijo asesinado. Y aunque la novela transcurre fuera de México, creo que en ella se han procesado muchas vivencias personales.

6. El primero de ellos fue publicado en La Vanguardia, y el segundo fue enviado directamente al blog de «Religión Digital» el viernes antes del referéndum griego.

10.

¿Violencia «de género»

o violencia de sexo?

«¿Vas con mujeres? No olvides el látigo». – F. Nietzsche,

Así habló Zaratrusta, 109.

«Un varón que tenga profundidad... no puede pensar nunca sobre la mujer más que de manera oriental: tiene que concebir a la mujer como posesión, como propiedad encerrable bajo llave, como algo predestinado a servir y que alcanza su perfección en la servidumbre». – F. Nietzsche,

Más allá del bien y del mal, 238.

E

l número de mujeres asesinadas a lo bestia por sus parejas (a las que, encima,

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