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REFLECTION ON USE OF CLINICS TO CAPTURE THE DEVELOPMENT OF PROFESSIONAL RESPONSIBILITY

No se aprende a ser ciudadano activo solo leyendo prospectos, por muy valiosos que sean, ni siquiera conociendo cómo llegaron a elaborarse los productos que figuran en ellos. Ni es de recibo educar emociones y sentimientos, sin aducir con luz y taquígrafos las razones por las que se considera que ciertos valores y conductas son superiores a otros. Educar en la autonomía, en la ciudadanía activa, supone pertrechar a niños y jóvenes también de razones y ayudarles a ponderar cuáles son más poderosas, de forma que puedan ir decidiendo por su cuenta (Cortina, 2010, p. 99).

Como leemos en el texto, se pone de manifiesto que la ciudadanía activa pasa por educar en la autonomía a la infancia desde la escuela, con la finalidad de conseguir personas que puedan formarse con una base crítica independiente. Además, de una educación en las aulas, la autora hace hincapié que el trabajo educativo debe llevarse a cabo desde toda la sociedad. Desde los padres y los maestros hasta los políticos y los medios de comunicación, tienen la tarea de forjar una ciudadanía activa. En este sentido, alude a un cambio de mentalidad de los padres y los maestros, en cuanto a que deben entender la educación como un juego de suma positiva; o dicho de otro modo, un juego en el que se deje de lado el interés estratégico en el cual para que unos ganen otros tengan que perder, y apostar en otro en el que o todos ganen o todos pierdan. Ante esta propuesta, es importante destacar la tesis de García- Marzá cuando afirma que se debe ampliar el concepto de democracia hasta lograr introducirlo de nuevo en el contexto del mundo de la vida (García-Marzá, 2015, p. 94).

En cuanto a la vida política, Cortina advierte del peligro de la partidización de la vida pública. A su juicio, «Es letal para una sociedad que los desacuerdos morales se resuelvan en enfrentamientos partidistas, que cada partido capitalice una posición moral y la convierta en parte de su acervo» (Cortina, 2006). Por tanto, la vida moral se convierte en una lucha electoral por conseguir y mantener el poder, que deriva, entre otras cosas, en una ciudadanía pasiva. Digamos al respecto, que para una gran mayoría de la sociedad no pasan desapercibidos los cambios educativos que acontecen cuando hay un cambio de partido político en el gobierno. Juan Antonio Aunión en el periódico El País, recoge que en treinta y cinco años de democracia se han implantado siete leyes educativas en España (Aunión, 2013). Evidentemente, esta noticia corrobora la opinión de Cortina sobre el riesgo que supone la partidización de la vida pública en la educación para una ciudadanía activa.

Hace hincapié la autora, en que una cultura se caracteriza por su estimativa, que no es otra cosa que la forma en que se priorizan los valores; es decir, la manera de poner algunos valores en primer lugar, y otros en último término. La autora habla de que hay valores reactivos o reaccionarios, que están presentes en exceso; y valores proactivos, siendo estos últimos aquellos que se deberían priorizar, incrementar y cultivar. Ante una época en la cual se antepone la mentalidad del corto plazo, la toma de decisiones rápidas amparadas bajo el beneficio rápido, tanto a nivel profesional como familiar o particular, Cortina aboga por el medio y largo plazo en la toma de decisiones como premisa ineludible para la forja del carácter. A su juicio, el meso y largoplacismo «permite a las personas apropiarse de sí mismas, en vez de expropiarse» por el contrario «la decisión improvisada, la maximización del beneficio en el momento presente en detrimento del futuro» desapropia de la capacidad humana la anticipación del futuro, «de valorar opciones contando con él, de crear nuevas posibilidades ganándole la mano al futuro» (Cortina, 2010, p. 104).

La libertad se puede decir de múltiples maneras; es por ello que, según la autora, debemos considerar que no hay individuos aislados, que anden por su cuenta. A su juicio, el personalismo de la libertad positiva –libertad como participación en comunidad– debe superar el individualismo que conlleva la libertad negativa –libertad como independencia–, en la cual el individuo deja a la comunidad en un segundo plano y nadie está legitimado a interferir en sus asuntos. Por ello, continúa, la libertad como participación de los antiguos, la libertad de no interferencia de los modernos, y la libertad como autonomía ilustrada son tres formas de libertad «que realmente empoderan a las personas, las que llevan a enfrentar el futuro creativamente, a estar en su pleno quicio y eficacia vital» (Cortina, 2010, p. 105). En cuanto al valor proactivo de la ciudadanía del consumidor, se debe tener en cuenta que si bien la ciudadanía es en un principio política, no se debe dejar de lado en lo económico si se busca una ciudadanía auténtica.

Cortina considera que no se debe exigir ningún derecho si no se está dispuesto a exigirlo para todos; ya que la responsabilidad es una premisa ineludible de todo aquel que pretenda que sus derechos sean respetados. A su vez, hace hincapié en la necesidad de recuperar nuestra interioridad; es decir, la autorreflexión sobre qué esperamos de nuestra vida y si en verdad somos felices con la vida que llevamos; o lo que es más importante si cabe, preguntarnos si estamos llevando la vida que deseamos nosotros mismos o seguimos los dictámenes de otras personas. A su juicio «Sin esa autorreflexión mal podemos apropiarnos

de nosotros mismos y de nuestras mejores posibilidades, estamos en continuo estado de expropiación» (Cortina, 2010, p. 106).

Tomando como referente a Rawls, la autora afirma que la autoestima es un gran valor; es decir, es uno de los bienes básicos y deseable para que cualquier persona lleva su vida adelante. La falta de autoestima, continúa, nos debilita frente a los retos vitales. La autoestima se convierte en un valor que cualquier sociedad justa debe facilitar a sus ciudadanos. Por su parte, afirma, la sociabilidad debe imperar en toda sociedad, y a través de la palabra se debe fomentar la deliberación conjunta sobre aquello que es justo y lo que no lo es, sobre lo que está bien o lo que está mal. En este sentido, se deben reforzar los lazos familiares como pilar fundamental del ser humano y «sobre todo para los jóvenes y los mayores, que son los grupos más débiles y vulnerables. La familia responsable sigue siendo una auténtica red de protección» (Cortina, 2010, p. 107). Por último, Cortina hace referencia al valor proactivo de reforzar el vínculo que nos une; ya que es imprescindible en nuestras sociedades abandonar el individualismo y apostar por el reconocimiento recíproco entre las personas, la intersubjetividad. Porque «Aprender a degustar los vínculos que nos unen, es entrar en el camino de una ciudadanía realista y proactiva, capaz de construir su autonomía en solidaridad con los que son sus iguales» (Cortina, 2010, p. 107).

Evidentemente, se ha podido constatar a lo largo del apartado que la educación cívica es una virtud previa democrática necesaria para capacitar a la ciudadanía en valores universalizables, sobre todo, reseñar la figura del diálogo como medio de entendimiento y consenso entre todos los implicados. A su vez, activar la ciudadanía no se produce de una manera natural o espontánea sino que, por el contrario, hace falta asimilar una serie de conocimientos desde la familia hasta las instituciones con el fin adquirir una formación autónoma, crítica e independiente. En este sentido, digamos que es difícil ser un ciudadano activo si no hay un esfuerzo previo para educarse en valores cívicos, en los cuales el diálogo en condiciones de simetría se erige como un valor fundamental para sumar criterios o argumentos compartidos por todos los implicados en un proceso deliberativo y democrático.

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