Acabamos de escuchar en el evangelio como se lamenta Jesús. Es necesario, sin embargo, que prestemos atención cuidadosa al episodio y a las palabras de Jesús.
1 – La reacción de los nazaretanos
En el relato vimos la reacción que los paisanos de Jesús, los nazaretanos, tuvieron ante la actividad de Cristo. En el evangelio de Marcos, de donde está sacado el párrafo que hemos leído, antes de este episodio se narra esa actividad de Jesús: primero se narra su predicación (Mc 4,1-34) y luego se refieren cuatro grandes milagros obrados por Cristo: la tempestad calmada, el exorcismo del endemoniado de Gerasa, la curación de una hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo (4,35-5,43). Estos cuatro milagros muestran el poder de Cristo sobre todos los órdenes de la naturaleza: el cosmos, el demonio, la enfermedad y la muerte. Inmediatamente después de esto se cuenta la reacción de los nazaretanos que acabamos de oír. De hecho, los mismos nazaretanos se sorprenden de lo que ven en Cristo: ¿De dónde le viene esto? ¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y estos
milagros hechos por sus manos? Pero la reacción es de desprecio por su condición humilde.
“Deberían honrar y admirar a Jesús justamente por este hecho: que, a pesar de parecer de origen humilde, enseña esa doctrina. Es bien evidente de este modo que su sabiduría no deriva del estudio, sino de la gracia divina. Y por el contrario, lo desprecian por aquello por lo cual deberían admirarlo... lo que es extraordinario, sorprendente y capaz de atraerlos a Jesús, esto justamente los escandaliza” (san Juan Crisóstomo, in Matth. 48). También Orígenes: “aquellos que hablaban de este modo, llenos de tal duda y asombro, lejos de creer, se escandalizaban por Él” (in Matth. 10).
2 – El Profeta
¿Cómo reacciona Cristo ante esto? Él no se lamenta por Él, no dice, por ejemplo, “a mí no me escuchan, no me prestan atención”. Él dice un profeta es despreciado... El lamento, en realidad es por los mismos nazaretanos que no escuchan un profeta. Y, de esta manera delicada, con sus palabras Jesús revela su condición de Profeta. No conviene hacerlo de manera muy explícita como tampoco convino que hiciera muchos milagros para que no creciera la culpa de los nazaretanos: “Si Jesús tenía la posibilidad de suscitar admiración ¿por qué motivo no obraba milagros? Está el hecho de que Él no buscaba su propia gloria, sino el bien de ellos. Sin embargo, porque este bien no se realizaba, Cristo dejó de lado su propia manifestación para no aumentar el castigo de sus paisanos... Admirad la moderación del Maestro: Él no acusa con violencia, sino que declara con mucha mansedumbre un
profeta no es despreciado sino en su patria” (san Juan Crisóstomo).
De todos modos, este es el punto central de la enseñanza del evangelio de hoy. Jesús es Profeta. ¿Qué era un profeta? Nuestra palabra profeta viene del griego profetés, que significa “aquel que habla en nombre de otro”. En el AT, durante la historia del pueblo judío, los profetas constituyeron un grupo muy especial de hombres, elegidos por Dios para ir guiando a su pueblo: “El ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado exterior. Era necesaria la educación de la fe, la conversión del corazón. Esta fue la misión de los profetas, antes y después del destierro” (2581). Los profetas referían simplemente lo que Dios les mandaba; por eso frecuentemente en sus escritos encontramos la expresión oráculo del Señor, es decir, “palabra de Dios”, como hemos escuchado en la primera lectura. A tal punto Dios obraba de esa manera que dice el profeta Amós: No hace nada el Señor Yahvéh sin revelar el secreto a sus siervos los profetas. Ruge el
león ¿quién no temerá? Habla el Señor Yahvéh ¿quién no profetizará? (3,7-8).
La misión de los profetas no era para nada fácil, como oímos en la primer lectura: Ez 2,3-5. Tan dura era la misión que hubo casos donde pretendieron huir, como Jonás, o que, cuando eran increpados, ellos recordaban que eran enviados por Dios: Yo no soy profeta ni
hijo de profeta... pero Yahvéh me tomó de detrás del rebaño y me dijo Ve y profetiza a mi pueblo Israel
(Am 7,14-15). Era necesaria una relación muy estrecha con Dios para cumplir con lo que Dios le pedía: “en el cara a cara con Dios, los profetas extraen luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios; es, a veces, un debatirse o una queja, y siempre, una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia” (2584).
Es lo que se indica en la primera lectura cuando dice Ezequiel Un espíritu entró en mí y me
hizo permanecer de pie. Se trata del Espíritu de Dios que, entrando en el profeta, lo llena de la
fuerza divina, gracias a la cual él puede ponerse de pie y permanecer delante de Dios. Se trata de la presencia y de la fuerza de Yahvéh. En todo el AT esta presencia especial de Dios que ayuda a algunos hombres elegidos para una misión particular se indica con la intervención del Espíritu (Jue 6,34 Gedeón para combatir contra los madianitas; 11,29 Jefté para combatir contra los amonitas; 14,6 Sansón para defenderse del león; 1Sam 10,6 Saúl para profetizar; Mi 3,8).
Entre todos los profetas, descuella la figura de Elías: “Elías es el padre de los profetas, de la raza de los que buscan a Dios, los que van tras su rostro”. Este profeta fue el modelo, el tipo, de Juan Bautista, el último de los profetas que debía preparar al pueblo judío para la venida del Mesías. Fueron también los profetas quienes fueron brindando distintos elementos que servirían para reconocer al Mesías: Isaías predijo que nacería de una virgen y que sobre él reposaría el Espíritu del Señor; Miqueas que habría de nacer en Belén; Jeremías que instauraría una nueva alianza; Daniel anuncia su condición celestial y humana; Ezequiel dijo que sería el Pastor de su pueblo y el que había de purificar y dar un corazón nuevo, etc.
el Profeta por excelencia, el que “habla en nombre de Dios” por antonomasia. Por eso dice Jesús en otra parte: los ninivitas se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán;
porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay algo más que Jonás (Mt 12,41). La
condición de Jesús de ser Cristo, es decir, ungido, indica también esta condición de Profeta: “en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas... El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote y también como profeta” (436).
Igualmente, la condición de Profeta no era una cosa visible a primera vista, por lo cual se debía ofrecer alguna prueba y más en el caso de Cristo. Este es el sentido precisamente de la enseñanza y de los milagros de Cristo. La admirable sabiduría que resplandece en la enseñanza de Cristo, no atribuible a causa humana alguna, es ya signo bastante elocuente de su condición de enviado divino. Y los milagros también lo hacen de manera más elocuente si cabe: “Jesús acompaña sus palabras con numerosos milagros, prodigios y signos que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado. Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús... testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser
ocasión de escándalo” (547-548). Son signos mesiánicos que buscan manifestar la liberación
que trae Jesús: si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino
de Dios (549-550).
3 – El cristiano es profeta
De esta condición profética de Cristo participa todo cristiano en razón de su bautismo: “El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo. Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe... cuando se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre y profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo” (785). La unción que se recibe en el bautismo, hecha con el santo crisma, manifiesta que se ha recibido la Santa Unción, es decir, el Espíritu Santo, que es el que constituyó a los profetas, como lo recordamos en el Credo, y que se manifestó en el Bautismo de Cristo justamente para indicar su condición de Ungido.
4 – Conclusión
Es importante que recojamos la enseñanza de los profetas y sobre todo de Cristo Profeta. Demos testimonio de lo enseñado por Cristo en este mundo, sin desanimarnos. Busquemos la fuerza, como lo hicieron los profetas, en la oración a Dios y en los sacramentos que nos dejó Cristo. Hoy en día es más que nunca necesario dar testimonio de la enseñanza de Jesús, en este mundo que prefiere todo lo que favorece la destrucción: el divorcio, el aborto, la violencia, etc.
CatIC 874-879.1297-1301 B-15 Mc 6,7-13 / Am 7,12-15 / Sal 85 / Ef 1,3-14