6. Concluding, discussing, reflecting
6.3 Reflections
Los primeros hospitales eran elementales, levantados con paredes de adobe o cañas y con techumbre de palma para proteger del sol. Muchos de ellos habían sido construidos ante la apremiante necesidad de atender a las víctimas de las epidemias que sufrieron las poblaciones nativas que no habían desarrollado aún anticuerpos contra las enfermedades de Europa como la viruela. Pese a que los indios fueron los principales beneficiarios de estos centros, en ellos se acogía también a españoles, mulatos y negros.
Con el tiempo se fueron adoptando soluciones arquitectónicas como las de España, y algunos hospitales llegaron a convertirse en verdaderas joyas de la arquitectura. Se trataba con frecuencia de edificios de una o dos plantas, con uno o más claustros en el interior, rodeados de jardines y fuentes. Aunque su tamaño variaba, contaban con enfermerías para hombres y para mujeres, y en los más grandes estancias separadas para los distintos grupos étnicos. Como obras de piedad cristianas que eran, no importaba su tamaño, función o antigüedad, todos los hospitales eran nombrados en honor a un santo o misterio de la Fe católica. En este sentido, no deja de resultar llamativo que la proporción más significativa de estos centros de salud fueron dedicados a la Purísima Concepción, y sólo en la Audiencia de México, de 317 hospitales 141 habían sido así llamados.
Para su funcionamiento, los hospitales tenían asignadas una serie de rentas que permitieran sostener su actividad y cubrir todos sus gastos. El fundador dejaba por lo general nombrado un patronato o grupo de personas determinadas que se encargaran de administrar los recursos económicos del hospital. Estos podían llegar a ser abundantes. Aquellos que habían sido fundados por cabildos seculares, aunque estuvieran administrados por órdenes religiosas o hermandades, funcionaban con las rentas signadas por el Patronato Regio. En general, los hospitales obtenían ingresos, aparte de a través de donaciones, rentas reales o de las órdenes y hermandades, mediante distintas iniciativas de negocio. Así, el Hospital de San Pedro, en Puebla de los Ángeles, vendía su propia lotería; el Hospital Real de los Naturales de México era el dueño de un corral de comedias en la ciudad y el Hospital de Nuestra Señora de Atocha en Lima, privilegio de impresores.
Sólo en el caso concreto de algunas órdenes, especialmente los betlemitas, el sostenimiento del hospital era distinto. En los hospitales adscritos a la Orden de nuestra Señora de Bethlehem, se asignaba un protector para cada día del año. En ese día el protector debía correr con todos los gastos del hospital y aún atender en lo que fuera
necesario sus servicios. El primer día del mes solía tomarlo bajo su responsabilidad el obispo de la diócesis donde estuviera ubicado el hospital, como empezó haciendo el arzobispo Payo Enríquez en México. Luego seguía toda una serie de personajes ilustres y ricos, como el virrey conde de Paredes, quien también en México tomaba el hospital 10 días a su cargo.
No obstante, tampoco los hospitales se vieron libres de casos de mala administración y dispendio, y entre sus administradores hubo quien acabara disipando las rentas asignadas, originando que en alguno se llegaran a vivir tiempos de carestía. Y aunque situaciones como éstas son inevitables en todas las empresas humanas, también hubo quienes reaccionaron a ella de forma pronta y comprometida. Cuando el Hospital de San Hipólito sufrió un colapso debido a la falta de alimentos que su mala gestión llegó a organizar, cuentan que el mismísimo virrey, enterado de esto proveyó al hospital y ”…con sus
propias manos servía la vianda a los enfermos, besando el pan antes de dárselos, y si el enfermo era sacerdote, hincando también la rodilla y besándole la mano. “ (Guerra,
1994:58).
Los hospitales dispensaban a sus enfermos un cuidado y una atención muy completa que nada tenían que envidiar a los hospitales de Europa. Hospitales como el de Naturales de México o el de indios de Cuzco disponían de servicios de baño, iglesia, claustro, jardines, plantilla de médicos, cirujanos, enfermero, capellanes bilingües, y cocineros que preparaban los alimentos a la manera de los nativos, adaptándose hasta en esto a sus hábitos. Todo ello les valió ser clasificados ya en los primeros tiempos como “una de las
obras más insignes de piedad que ay en todo el Reino”, pues los naturales eran
cuidados con todo regalo y esmero. Con razón llegó a escribir D. Francisco Cervantes, Rector de la Real Universidad de México sobre el Hospital de la Concepción que …los
ricos no son mejor tratados en sus casas que los pobres en este hospital”. (Guerra,
1994:55).
Cuando el enfermo llegaba al hospital, se le proporcionaba albergue, y el enfermero de guardia le destinaba a la sala de medicina, cirugía o de contagiosos, según la dolencia. La siguiente intervención entonces, no era la del médico, sino la del capellán. Para el indio el concepto de enfermedad iba unido al de pecado, por lo que la asistencia del capellán y la presencia de imágenes religiosas eran signo de encontrarse en la dirección correcta para alcanzar la salud de nuevo. El religioso Fray Jerónimo de Mendieta escribió que en los primeros tiempos, entre los indios “era tenido por principal medicina, echar el pecado
de su ánima para la salud del cuerpo”. Por ello, mientras que no todos los hospitales
contaron con un médico graduado, todos tenían un capellán, y algunos, como el Real de los Naturales en México, tenía 4 que por turnos prestaban atención a los enfermos durante las 24 horas. Y por supuesto, para los capellanes era fundamental conocer el náhuatl, el otomí, el tarasco, el maya, el quechua o el guaraní entre otras lenguas indígenas.
Si la enfermedad no era grave, el convaleciente era reconocido por el médico o el cirujano durante la visita general de la mañana, para proceder a su tratamiento. Mientras
tanto, el enfermo era bañado, vestido con ropa limpia e instalado en una cama. Durante toda su estancia era alimentado con tal cuidado, que muchos de su tiempo, incluso en la propia Europa, hubieran enviado su dieta. Tomando de nuevo el Real de los Naturales, podemos encontrar un magnífico ejemplo de las comidas que en un hospital se servían:
· Desayuno a las 8:00, consistente en champurrado (hecho a base de masa de maíz, cacao y vainilla), chocolate o atole de harina de maíz.
· Comida a las 11:30, que consistía en un caldo de gallina o cordero -la vaca se consideraba demasiado fuerte para los enfermos-, con garbanzos, seguido de un guisado, arroz con pollo, frijoles y tortilla de maíz o pan.
· Cena: hecha a base de arroz con guisado o asado y atole (Guerra, 1994:58).
En el caso particular de este hospital, destacan por supuesto los ingredientes propios de las dietas prehispánicas, y éstos fueron sólo uno de los detalles que en los hospitales se tenía con los naturales, como la incorporación de saunas y baños, respetando la costumbre que los indios tenían de lavarse con frecuencia. De esta manera, el enfermo indígena podía recuperar la salud, en un entorno cuidado en el que además de atención médica se le alimentaba, se le vestía, se le lavaba, se le proporcionaba asistencia religiosa y en caso de muerte, si el hospital era llevado por una cofradía, se le enterraba. Por tanto, en una época en que no existía la Seguridad Social ni el concepto de derecho a la salud, la Iglesia, a través de religiosos y fieles, proporcionó un servicio de gran calidad a aquellos que estando enfermos, no hubieran podido recibir atención médica y curación de otra manera.