La mayor parte de la guerrera biografía de Rodrigo Díaz de Vivar está ausente del Cantar del Cid, que la da como sabida y muy conocida, así como su juvenil intervención en la batalla de Graus; su gallarda mocedad como alférez de Castilla; su victoria sobre Jimeno Garcés, que le valió el dictado de Campidoctor, o «campeador»; su campaña contra Zaragoza; sus batallas en pro de Sancho de Castilla contra Alfonso de León en Llantada y Golpejera; su participación en el cerco de Zamora, y su tan destacada intervención en la jura de Santa Gadea, episodios que no aparecen en nuestro cantar porque, sin duda alguna, ya existían otras gestas, como cierto Cantar del cerco de Zamora, en las que el Cid desempeñaba un papel decisivo. Pero no tan sólo se supone que ello ya se conoce, sino que el Cantar del Cid ni siquiera alude a estos hechos -luego tan repetidos en el Romancero-, con lo que la nuestra se aparta de lo que es tan corriente en las gestas, tan dadas a enumerar otras victorias y otras hazañas del protagonista.
El Cantar del Cid33 ha tomado una parte de la biografía de este personaje
correspondiente al final de su vida, o sea acontecimientos ocurridos entre 1081 y 1094, y los ha convertido en gesta. El Cid no entra en escena en momentos de triunfo y de victoria, sino cuando sobre él han caído la desgracia y la miseria: en el destierro injusto impuesto por el rey don Alfonso, aquel contra el cual el mismo Cid había luchado años atrás y al que ahora se proponía servir lealmente. El dramatismo del principio del Cantar del Cid lo advierte en toda su intensidad el que sabe, como el auditorio castellano de antaño, que el desterrado Rodrigo Díaz de Vivar cuenta con un historial lleno de hazañas y de victorias, y que años atrás venció a aquel mismo rey Alfonso que ahora lo expulsa de los límites de sus reinos. El Cid, con un puñado de fieles, tiene que «ganarse el pan» luchando contra
33 El guerrero castellano Rodrigo Diaz de Vivar, llamado el Cid, es enviado por el
rey Alfonso a cobrar los tributos que los moros de Andalucia pagaban a Castilla, y mientras realiza esta misión se le opone el conde castellano Garcia Ordóñez, que se había establecido entre los moros, y el Cid lo hace prisionero y lo encierra en e1 castillo de Cabra. Cuando regresa a Castilla, cortesanos envidiosos de su gloria acusan al Cid de haberse reservado para sí grandes riquezas procedentes de los tributos, y el rey Alfonso hace caso a estas calumnias y lo desuero de sus reinos. El Cid abandona, pues, Castilla con un grupo de fíeles, parientes y vasallos, entre los que se destaca Álvar Fáñez. De Vivar van al monasterio de Cardoña donde están refugiadas doña Ximena, esposa del Cid, y sus hijas doña Elvira y doña Sol, de las que se despide tiernamente.
El Cid y los suyos se ven obligados a sustentarse a base de lo único que saber hacer, que es guerrear. Conquistan Castejón, en la Alcarria. y Alcocer, a orillas del Jalón, y luego venden a los moros las ganancias conseguido en tales acciones. Se internan más en tierras moras y hacen tributaria suya una amplia zona entre Teruel y Zaragoza. Para congraciarse con el rey Alfonso, el Cid envía a Castilla a Álvar Fáñez con presentes para el monarca mientras él prosigue el avance por las montañas de Morella y otras tierras que se encontraban bajo la protección del conde de Barcelona. Lucha contra éste, lo hace prisionero, y tres días después lo deja en libertad.
El Cid conquista una zona costera del Mediterráneo, entre Castellón y Murviedro, y efectúa expediciones a Denia, hasta que se apodera de la gran ciudad de Valencia. Lo ataca el rey moro de Sevilla, pero es derrotado, y el Cid dispone que el botin ganado en esta acción sea llevado por Alvar Fáñez al rey Alfonso, y que le ruegue que permita que doña Ximena y las dos hijas puedan trasladarse a vivir con él en Valencia, ciudad que ha cristianizado y de la que ha nombrado obispo a don Jerónimo. El rey accede, y Álvar Fáñez regresa a Valencia con doña Ximena y las hilas, que son recibidas con gran alegría. El rey de Marruecos Yúçef ataca nuevamente a Valencia, pero es vencido por el Cid, y el rico botin ganado en esta batalla es también llevado al rey de Castilla por Alvar Fáñez. La corte castellana está sorprendida por tan valiosos regalos enviados por el Cid, que suscitan la envidia del conde García Ordóñez, el que fue encarcelado en Cabra, y la codicia de unos parientes suyos, llamados los infantes de Carrión, que ven la gran ocasión de enriquecerse casándose con las hijas del Cid. El rey, creído que proceden de buena fe, y considerando que estas bodas con jóvenes tan ilustres aumentará el honor del Cid, accede a ellas, y se las propone a Alvar Fáñez. En vista de ello, el rey Alfonso tiene una entrevista con el Cid a orillas del Tajo; lo perdona, y se concierta la boda
moros y contra cristianos; pero, como es un héroe épico, su desdicha se trueca en triunfo y su miseria en poderío, lo que culmina con la conquista de Valencia, que pone a castellanos, por vez primera, frente al Mediterráneo. En plena gloria militar, y ya apaciguadas las relaciones con su rey, la desgracia cae de nuevo sobre el Cid en lo más íntimo y más amado: la deshonra de sus hijas por parte de los infantes de Carrión. El cantar ha matizado antes, con acierto, la ternura familiar del Cid, su amor a su mujer y a sus hijas -nota algo discordante en la epopeya románica primitiva-, a fin de que se pueda medir mejor la nueva desgracia del guerrero, herido en lo que más vale, el honor, y en lo que más quiere, sus hijas. Al final, su actitud en las cortes de Toledo y la victoria en combate singular que Dios otorga a su causa, porque es justa, dan el necesario y cumplido final feliz al cantar, que acaba resaltando de modo intencionado que las hijas del Cid, antes denostadas por los infantes castellanos, ahora son «señoras de Navarra y de Aragón», y hoy, cuando el juglar recita, «los reyes d'España vos parientes son».
El Cantar del Cid narra las campañas de Rodrigo Díaz de Vivar más allá de las fronteras de Castilla, hacia el este de la península, y su mayor empeño se manifiesta en la conquista de Valencia, que queda como corte del guerrero. Parte de la trama se centra alrededor de las bodas de las dos hijas, menospreciadas y envilecidas primero por los infantes castellanos, honradas y encumbradas después cuando son pedidas «por seer reinas de Navarra e de Aragón». Y adviértase que de sus hijas con los infantes de Carrión. Y el Cid regresa a Valencia con los infantes y allí se celebran las bodas.
Los infantes hacen patente su cobardía en acciones de guerra contra el rey Búcar de Marruecos, que es vencido y muerto por el Cid. Ha alcanzado éste el momento más elevado de su gloria; es rico y poderoso, y planea someter el reino de Marruecos. Pero su gente se burla de la cobardía de los infantes de Carrión, los cuales, deseosos de abandonar un ambiente que les es hostil y de vengarse de su suegro, obtienen de éste licencia para trasladarse con sus esposas a Castilla. El Cid los despide llenándolos de riquezas, y bendice a sus hijas en medio de malos agüeros y tristes presentimientos. Cuando las dos parejas han entrado en tierras de Castilla, en el robledo de Corpes los infantes azotan vilmente a sus esposas y las dejan abandonadas. El Cid, al enterarse de ello, envía a Alvar Fáñez a recoger a sus hijas, y a Muño Gústioz a pedir justicia al rey, pues ya que él concertó las bodas, sobre él también recae la deshonra. Al saberlo, el rey convoca cortes en Toledo, a las que acuden los infantes de Camón, confiados en el poder de su bando, encabezado por García Ordóñez, el gran enemigo del Cid. Éste se presenta en las cortes: expone sus agravios y exige que los infantes le devuelvan las espadas llamadas Colada y Tizón, que les había regalado, así como la dote que dio a sus hijas, y que se repare la deshonra mediante un combate de juicio de Dios. La sesión se hace muy violenta con las fanfarronadas de los infantes, que consideran a las hijas del Cid indignas de su alta categoría, mientras que los parientes del Cid los recrimininan por su cobardía. Cuando los ánimos están más exaltados llegan a las cortes mensajeros de los reyes de Navarra y de Aragón, con la petición de las hijas del Cid como esposas para los hijos de aquellos monarcas, que serán reyes. Alfonso de Castilla accede, y ordena luego que la batalla judicial se haga en las vegas del Carrión. Allí los infantes son vencidos en batalla singular y declarados públicamente traidores. Doña Elvira y doña Sol se casan por segunda vez, y hoy día reyes de España son parientes del Cid
estas segundas bodas a quien honran es al Cid, pues un juglar medieval no podía ni imaginar que reyes fueran honrados al emparentar con un caballero que no lo fuera, aunque se trate de un héroe.
Todo el cantar se inclina hacia el este de España, cosa nada de extrañar si intervino en su composición un juglar de Medinaceli, punto disputado por Castilla y por Aragón, y al que otorgó fuero el rey aragonés Alfonso el Batallador. Y ello nada tiene de particular si recordamos que dos obras literarias latinas en honor del Cid, antes citadas, como son el Carmen Campidoctoris y las Gesta Roderici, se escribieron en Cataluña, la primera, y en Navarra, Aragón o Cataluña, la segunda. Existía, pues, en esta zona un viejo culto erudito de la figura del Cid, que forzosamente supone un culto popular.