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Reflections on Experiences

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Chapter 5 Reflections on Experiences

Melanie Klein, psicoanalista austríaca instalada en Inglaterra en el tiempo de entreguerras, partió de los conceptos esenciales de Freud acerca de la estructuración del aparato psíquico y realizó un aporte importante para algunos desarrollos posteriores de la teoría psicoanalítica: La vida nutrida y temprana del bebé como escenario de experiencias y procesos de estructuración del self y relaciones objetales tempranas que definen de manera profunda la personalidad del sujeto. Para esta autora, la conformación del self (yo+ello), los procesos de formación de fantasía inconsciente, el uso de los mecanismos de defensa, la instauración del Edipo, la consolidación del superyó, ocurren de manera más temprana y precoz que para Freud, situándolos en el primer año de vida del bebé y en dos fases llamadas las posiciones esquizo-paranoide y depresiva, que cuentan con sus propias

características de funcionamiento psíquico en el infante. A continuación se presentarán los planteamientos de Klein con relación a la dimensión estructural.

Para Melanie Klein, la fantasía inconsciente se encuentra desde el mismo momento en que se nace, producida por un yo precoz, con el que ella considera que venimos dotados a la vida. Este yo precoz empieza desde el nacimiento a lidiar con ansiedades tempranas que surgen de la dinámica de las pulsiones de vida y muerte (Klein, 1946), las pulsiones que el ello ansía satisfacer, llevando a que sean representadas en la fantasía inconsciente.

“Crear fantasía es una función del yo. La concepción de la fantasía como expresión mental de los instintos por mediación del yo supone mayor grado de organización yoica del que postula Freud. Supone que desde el nacimiento el yo es capaz de establecer – de hecho los instintos y la ansiedad lo impulsan a establecer – relaciones objetales primitivas en la fantasía y en la realidad”. (Segal, 1971, Pág. 20).

El self es, entonces, la unión del yo precoz y el ello desde el momento del nacimiento, en una dinámica de tensión que va a marcar la interacción con los objetos externos desde los primeros momentos de la vida.

El bebé establece desde el principio relaciones objetales con la madre, que se van desarrollando a lo largo de ese primer año de vida en dos posiciones. La primera, posición esquizo-paranoide, se da aproximadamente entre el nacimiento y los 3 o 4 meses de edad y está caracterizada por una vivencia parcial del objeto materno. Es así como el bebé diferencia el pecho bueno, que desea poseer porque satisface sus necesidades y le procura bienestar y alivio, del pecho malo frustrador, que es atacado en la fantasía y se vuelve atacador.

A medida que el bebé experimenta la presencia del pecho bueno introyecta esta vivencia del objeto a su propio yo, y como parte del superyó, también temprano, se hace más fuerte e integrado, en el proceso de desarrollo del sí mismo y por efecto de la integración del objeto también. En el interior de lo psíquico empieza a establecerse una relación entre el yo y el objeto bueno introyectado que le da fuerza, seguridad y confianza, y le permite calmar sus ansiedades tempranas. El yo comienza a tomar las características del objeto bueno que ha ido introyectando, manteniendo al margen la vivencia del objeto malo, de las ansiedades que acompañan el malestar de la frustración, cuando todavía no hay

integración del yo ni una síntesis de los objetos. En el momento en que el objeto bueno y malo hacen parte de la madre como totalidad, el sí mismo también se integra.

Cuando el objeto no aparece para satisfacer las necesidades del bebé, frustrándose, se le llamó pecho malo, son momentos en que el bebé siente que no se le otorga lo que necesita y ataca en su fantasía a un objeto malo en el que proyecta su propio malestar. Este objeto malo se arma de las proyecciones hacia el exterior de los impulsos agresivos del ello, en un intento por conservar a salvo el objeto bueno que se ha introyectado. La escisión del objeto implica, en este sentido, una escisión del self mismo, en las vivencias de bienestar y malestar, en las fantasías de introyección del objeto bueno y de proyección del objeto malo. Esta dinámica permite la estructuración y fortalecimiento del self si prevalecen las vivencias de objeto bueno introyectado.

Melanie Klein (1934) lo explica de la siguiente manera:

“La evolución del niño pequeño está gobernada por los mecanismos de introyección y proyección. Desde el comienzo el yo introyecta objetos "buenos" y "malos", siendo el pecho de la madre el prototipo de ambos: de los objetos buenos cuando el niño lo consigue, y de los malos cuando le es negado. Esto se debe a que el bebé proyecta su propia agresión sobre estos objetos que siente que son malos, y no sólo porque frustran sus deseos: el niño los concibe como realmente peligrosos, como perseguidores que teme lo devoren, vacíen el interior de su cuerpo, lo corten en pedazos, lo envenenen, que, en resumen, maquinen su destrucción por todos los medios que el sadismo pueda imaginar. Estas imagos, que son un cuadro fantásticamente distorsionado de los objetos reales sobre los cuales se basan, las instala el bebé no sólo en el mundo exterior, sino, por el proceso de incorporación,

también dentro del yo.” (Klein, 1934, Pág. 1)

Cuando el bebé avanza en su desarrollo, la integración tanto del self como del objeto se incrementa por vivencias de introyección ligadas con el objeto bueno, y sus experiencias de bienestar que fortalecen al yo y le permiten comenzar a tolerar la cercanía de las imágenes y vivencias de objeto bueno y objeto malo como parte del mismo objeto. El pecho bueno y malo empiezan a aparecer ante el niño como dos vivencias de un mismo objeto, siendo posible que si se ataca al pecho malo se pierda al objeto y con ello a las vivencias del pecho bueno. Con la mayor integración del yo, alrededor de los 6 meses, el bebé inicia la posición depresiva, que se caracteriza no solo por la vivencia del objeto como totalidad, sino por ansiedades de otro orden: depresivo. Este cambio en su relación con el objeto, se produce por una mayor integración del self que va tolerando la vivencia de sus

deseos agresivos de ataque al objeto pero a la vez reconoce el temor a dañarlo porque eso lo llevaría a perder a la madre con sus lados buenos y malos.

Es así como durante el primer año de vida, el bebé nace con un yo precoz que unido al ello constituye el self. En interacción con el objeto externo, va teniendo vivencia de bienestar, pecho bueno y de frustración, pecho malo. De partida estas vivencias están escindidas y el self también, lidiando entre sus gratificaciones y sus fantasías de ataque. Una vez se va integrando el objeto, va integrándose la vivencia del self, comprendiéndose que el mismo objeto que gratifica puede frustrar y evita el ataque por no hacer daño al objeto. El self será ese mezcla del yo más ello. El objeto interno será vivido como una totalidad con características buenas y malas; entre más predominen las características buenas del objeto, mayor fortaleza encontrará el yo en su interior para enfrentar la realidad y sus frustraciones. El superyó estará conformado por las primeras introyecciones del objeto que hace el self en sus vivencias tempranas de gratificación y frustración con los objetos primarios. En el superyó se encuentran los objetos protectores, acompañantes, benévolos y consoladores pero también los objetos controladores, persecutorios, destructivos y hasta sádicos. El yo tendrá que enfrentarse a estos últimos, lo cual será posible si los primeros tienen presencia, si no fuera así, el yo quedaría destruido por los objetos atacantes. Para Klein:

“[…] los primeros objetos incorporados forman la base del superyó e influyen en su estructura. La cuestión no es, sin duda alguna, simplemente teórica. Cuando estudiamos las relaciones del temprano yo infantil con sus objetos internalizados y con el ello y llegamos a comprender los cambios graduales que sufren estas relaciones, logramos una visión más profunda de las situaciones específicas de ansiedad por las que pasa el yo y los mecanismos específicos de defensa que

desarrolla a medida que se va organizando más y mejor.” (Klein, 1934, Pág. 7)