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7 Discussions and Conclusions

7.1 Reflections on the research study

agradable y confortablemente como persona muy acomodada. Concedía a los animales un papel oculto y gustaba rodearse de ellos porque los asociaba a sus prodigios. Por aquellos tiempos -1528- de rancia nobleza, de variados títulos notabilísimos y sangre azul, Fausto, en la corte de Praga realizaba extraordinarios prodigios.

Telendo, cierto gentil hombre que moraba dichoso en una resplandeciente mansión, en buenahora llamada «El Ancora», en la calle del castillo, en Erfurt (lugar donde frecuentemente se hospedaba el Doctor Fausto encantador y mago), celebró una gran fiesta. Mas sucedió que los señores del convite, ante la dorada mesa, reclamaron a Fausto a grito pelado. El anfitrión de la regia morada les declaró que Fausto, el hombre de la maravillosa ciencia, estaba en Praga. Empero, alegres del vino, no por eso el estrepitoso capul dejaba de llamar a Fausto con insólita vehemencia, suplicándole que acudiera al festín. En aquellos instantes alguien golpea en la puerta del espléndido alcázar. El doméstico vio a través del lucernario del primer piso que Fausto estaba al lado de su caballo, ante la puerta, como si acabara de apearse, y hacía signo de que le abrieran.

El fámulo corrió a avisar al amo, que se rió estrepitosamente declarando que eso era imposible puesto que el Doctor Fausto estaba en Praga. Repite Fausto su llamado ante el umbral de la rica mansión. El señor de la morada miró a su vez: ¡Era él! Con ese imperativo categórico que caracterizaba a los señores feudales, ordenó abrir y brindarle magnífico recibimiento.

El Doctor Juan Fausto ocupó su lugar en la mesa del festín ante el asombro general de los convidados. El espléndido señor de aquella morada, maravillado en gran manera, ciertamente no pudo resistirse al deseo de preguntar a Fausto como había podido venir tan rápido desde Praga…

«Se lo debo a mi caballo, (respondió); como los señores, vuestros huéspedes, deseaban verme tan vivamente y me llamaban, he querido rendirme a sus deseos y aparecer en medio de ellos, aunque no pueda quedarme mucho tiempo porque es preciso que mañana al amanecer esté de vuelta en Praga».

El regio banquete fue muy alegre, el Doctor ejecutó con gran éxito sus habituales prodigios y hasta hubo derroche de vino y sortilegios... No está de más en estas cuartillas recordar el coro de las alegres liras, las copas labradas, el vino negro, los hirvientes vasos cuyos bordes brillan con iris temblorosos y cambiantes cual collar de prismas...

El vino negro que a la sangre enciende y pone el corazón alegre, fruto fermentado de la vid que tanto inspira a los bardos melenudos... En medio del bullicio y de la fiesta, clamó con gran voz Juan Fausto, proponiendo que se gustaran también los vinos extranjeros…

Y dicen los que lo vieron, que de entre un exótico recipiente improvisado manaron entonces caldos de distintas cosechas, milagro faustino muy similar al de las bodas de caná en Galilea. Mas de pronto, en forma inusitada, el hijo del anfitrión penetró en la estancia con el rostro visiblemente contrariado: «¡Señor Doctor! -dijo-, su caballo está comiendo a rabiar...

Preferiría dar de comer, pienso a diez o veinte caballos que sólo al suyo. Ya me ha devorado más de dos celemines de avena que tenía preparados, pero sigue esperando frente al pesebre y mira a su alrededor a ver si viene otro».

Los convidados rieron todos, no con la sonrisa sutil de Sócrates sino con la carcajada estruendosa de Aristófanes. El joven, inmutable, prosiguió diciendo: «Quiero mantener mi

palabra y lo hartaré aunque para ello arriesgue varias medidas de avena.» Fausto respondió

que era inútil, que su caballo había comido bastante, pero que se tragaría toda la avena de la tierra sin sentirse harto.

Incuestionablemente, aquel brioso corcel era, fuera de toda duda, el mismo Lucifer nahua, el extraordinario Mefistófeles metamorfoseado en bestia alada. Mefistófeles-Xolotl-Lucifer, convertido a veces por obra de magia en caballo volador, cual el pegaso de los poetas coronados, transportaba a Fausto rápidamente por entre la Cuarta Dimensión cuando era necesario.

La orgía continuó tremenda hasta la media noche. Entonces el caballo relinchó. «-Es preciso

que me marche ahora-». exclamó el sabio. Empero, los del convite, desbordantes de risa y de

contento, le retuvieron suplicantes y de inmediato no pudo marcharse.

Por segunda vez, y luego por una tercera, relincho espantosamente el caballo. El Doctor Juan Fausto en modo alguno debía desobedecer; se despidió, pues, de sus amigos, hizo que le trajesen su brioso corcel, lo montó con presteza y luego subió por la calle del Castillo. Cuentan

por ahí, dice la leyenda de los siglos, que cuando hubo pasado tres o cuatro casas, el caballo se lanzó por los aires y se perdió de vista el Caballero sobre su diabólica montura.

Indubitablemente, el Doctor Juan Fausto, encantador y mago, estuvo de vuelta en Praga antes de que amaneciera. El Doctor Fausto, al decir de la crónica de Erfurt, dejó ciertamente un vivo recuerdo. Todavía existe la famosa casa «El Ancora», así como un callejón que lleva el nombre del mencionado sabio.

Al concluir este capítulo me viene a la memoria el caso insólito de los sesenta hechiceros de Moctezuma viajando con el poder de Lucifer por entre la cuarta vertical, hacia la tierra de sus mayores la Mansión imperecedera.

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