3.5 RESEARCH METHODS
3.5.3 Methods of data collection and analysis
3.5.3.1 Data collection
3.5.3.1.3 Reflective notes
com o significante al significante com o letra. Hemos visto coin cid ir los
efectos de sentido
con los cuales Poe con stru ía su fic ción, con el análisis lacaniano de la letra com o origen de esos efectos. ¿Pero qué de la L ey? Pensemos en el papel p rivilegia do de la R eina en el origen de la historia, en la co n stitu ció n de la m aqueta, ¿pero no seguirá induciendo una ap reciación errón ea de la teo ría? ¿Q ué relación m edia, en re la ció n a la teoría -a h o r a s í-, entre Freud y Poe? ¿Poees
D u p in ? ¿Lacan coincide punto a punto con D upin? Tam bién es obvio: Dupin no es Poe ni L acan podría coin cid ir con él. E s que D up in se parece más a un analista kleiniano que a Freud: quiere hacer pasar por constituyente un Edipo que sólo es con stitu id o por el Edipo que no obtura la ley. No queríam os dejar de cita r el párrafo donde Lacan se pregunta por Dupin: “¿Se m ostrará él superior, revelándonos al m ism o tiem po las intenciones del a u to r ? ”. Y no es solam ente que D upin no puede h acer llegar la carta al R ey, ya que dada la ceguera que define el lugar que ocupa, no podría leerla. D upin tom a el p artid o de la p olítica y dentro de la política el partido de la R eina, al m ism o tiem po que p ro yecta sobre el M in istro una cie rta o b tu ració n de la ley, esto es, el rechazo de los “principios” que tal partido y toda política com portan.La imagen de alto vuelo donde la invención del poeta y el rigor del matemático se conjugaban con la impasibilidad del dandy y la elegancia del tramposo, devienen de pronto para aquel mismo que nos la ha hecho gustar, el verdadero
monstrum ho-
rrendum
, estas son sus palabras, “un hombre de genio sin prin cipios”. Aquí se sella{signe)
el origen de este horror, y aqueldel significante (“La Suture”). Véanse asimismo las reflexiones de Leclaire que siguen a la exposición de Miller y la crítica de Alain Badiou “Manque et man que: á propos du Zéro”.
que lo experimenta no tiene ninguna necesidad de declararse de la manera más inesperada “partidario de la dama” para re velárnoslo: se sabe que las damas detestan que se cuestionen los principios, puesto que sus atractivos deben mucho al misterio del significante. (LV, p. 40)
D eberíam os corregirn os aún más. Las exigencias del tipo de exposición elegida no solam ente nos obligaron a sim plificar las ideas, sino tam bién a gestar palabras, cuasiconceptos o seu- donociones. E l con cep to de la exposición, el orden de ap ari ción de las razones, el cam po de aplicación de cada concepto, el encadenam iento de esos campos, no son ajenos al trabajo de construcción de los conceptos ni al cuidado en el empleo de las palabras. O bien, y lo que es lo mismo: com o los conceptos no son ajenos a las palabras, el m anipuleo de las palabras no deja de incidir sobre los conceptos.
U n escrito es el lu gar re tó rico d onde la v erd ad de las ideas expuestas no perm anece exterior a la capacidad persua siva del discurso. Se com prenderá que no hablam os aquí de convencer al lector, sino de introducir al lector -q u e de cu al quier m odo está a h í - en el in terio r del discurso co m o
lugar
estru ctu ran te de la articulación del pensam iento. Fuera de su relació n al sujeto que las em ite y al sujeto que las descifra, y a las otras palabras, ni palabras ni conceptos son nada. Pero desde el p rólog o a
La caza del Snark
las p alab ras son “v a li jas” . L as palab ras no están vacías, están llenas de p alab ras; no solam en te h a y que vaciarlas para dejar que se llen en al instan te siguiente, sino que ocupan un lugar m aterial -p a r ael caso la e s c ritu ra - en el espacio, no solam ente im ag in ario al m odo de M aurice B lan ch ot, del texto.
Si las palabras son letras, y ello antes o después de ser letra escrita, es porque no son inofensivas. L a cuestión es el signi ficante: basta que uno olvide por un instante a este ser crista loide para verlo insistir y reaparecer en el instante siguiente y co n v ertir al discurso en veh ícu lo del e rro r ahí donde este se proponía com o exhibición de la verdad.
Ni aun la distancia física, m aterial, que m edia entre pala bra y palabra en la hoja de papel, escapa a ese poder dem iúrgico impersonal que hace brotar la significación, en el lím ite, de la cercanía aleatoria de las ideas. L o que obliga a pensar que en un texto nada es aleatorio y que las ideas no carecen de cu e r po. Un texto es lo que el cuerpo en la histeria. O bien: las ideas tal vez no son ni concretas ni abstractas, pero el significante es m aterial. Inversam ente, el régim en del erro r no carece de relaciones con el régim en de la verdad, y co m o en “L a carta robada” no es im probable que uno se estructure sobre el otro. E ra lo que nos enseñaba Gastón Bachelard cuando enlazaba la historia de la ciencia con la historia de la im aginación seudo- científica. U n ejem plo lím ite (pero no p or ello m enos cu rio so, en el sentido que obliga a reflexionar sobre algunas cosas): cuando se lee hoy el trabajo donde Freud describía el m odo de defensa (
Verleugnung)1
de la estructura perversa no se puede de jar de percibir una conexión significativa entre el ejemplo que abre la reflexión y ese m odo de defensa. E n efecto, ¿cuál es la conexión entre ese tipo especial de m irada, esa m irada furtiva de la frase inglesa2 del ejemplo, y la articulación del m odo de1 Es interesante notar que traducido por “deni” o “désaveu” el término es