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1989 1999 2009 2012 Top down reforms

Policy Framework

1989 1999 2009 2012 Top down reforms

Estábamos en Gamarra, en el piso ocho de una de las nuevas galerías de esa zona comercial. Como el evento que habíamos organizado casi en la azotea de esta galería demoraba en iniciar, tuve tiempo de quedarme en una baranda contemplando este barrio empresarial. Recordé mi primer recorrido a fondo por sus calles. Era 1995 y se me había ocurrido proponerle a mis compañeros de estudios en la Escuela de Administración de Negocios para Graduados (ESAN) hacer nuestra tesis sobre las características de los empresarios exito- sos de Gamarra. Al comienzo, me miraron con cara de extraviado y me dijeron que era mejor hacer una tesis sobre la mejora del proceso en alguna empresa grande.

—Sí, es más fácil lo otro, pero eso haría más difícil el examen —les dije casi sin pensar—. En cambio, si nos metemos a Gamarra, les aseguro que nosotros conoceremos más que cualquier profesor. Seremos los especialistas y, por eso, nos irá bien en la sustentación.

Mi discurso los convenció de que aceptaran rápidamente. El único problema fue que luego ellos quisieron que yo hiciera los contactos para hacer las investigaciones. Pero en eso también tuve suerte. Juan Infante, compañero de la universidad, había tenido la audacia de sacar una revista en Gamarra y le había ido bien. Por ese motivo, se me ocurrió buscarlo.

Recuerdo mi asombro cuando recorrí con ojos ya no de cliente, sino de investigador, todo el largo de la avenida Bausate y Meza. Allí, entre cables enredados como lianas de una selva de hormigón, aparecieron por primera vez ante mis ojos asombrados las innume- rables galerías de siete, ocho y nueve pisos.

—¿Y quién construye todo esto? —le pregunté aún boquiabierto. —La gente de aquí, toditos provincianos: se juntan en algunos casos y otras veces son los empresarios más grandes que empezaron vendiendo aquí con una carreta —dijo Juan, trepando por las es- caleras de un edificio en construcción. Cuando llegamos al último piso, me comentó—: Mira, hacia allá está el Mercado Central, La Parada, que dieron origen a esto.

Con un dedo, Juan me mostraba la avenida Bausate y Meza, las calles Sebastián Barranca, Gamarra, Hipólito Unanue, Humboldt, Prolongación Huánuco, todas llenas de galerías, avisos, sonidos y

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

anticipación, habríamos usado estos días para tomar un descanso, para remodelar algunos puestos, pero así, de pronto, vamos a tener muchas pérdidas económicas. Nunca nos avisan porque creen que somos la última rueda del tren. No se han dado cuenta esos inútiles de que somos los que pagamos y hacemos marchar el tren —ahora su voz era firme—. Fíjate, Nano. Nosotros comenzamos, es cierto, comerciando en la calle, pero era porque no teníamos trabajo, por- que el Estado jamás se ha ocupado de nosotros. Por eso vinimos desde nuestras tierras pobres y abandonadas, donde uno se muere de una simple apendicitis. ¿Acaso decidimos volvernos delincuen- tes, pedirles trabajo a los gobiernos? ¿Acaso nos volvimos terroristas? No, decidimos trabajar muy duro, con nuestros niños cargados a la espalda y escapándonos de la Policía, de los municipales que se que- daban con nuestra pobre mercadería. Luego decidimos organizar- nos y salir de la calle, nos asociamos, juntamos dinero entre todos y compramos un terreno que felizmente estaba vacío. Lo arreglamos, le pusimos servicios higiénicos, piso, seguridad, estacionamientos. Invertimos nuestro dinero mientras todos los días nos cobraban el impuesto a los ambulantes, un sol diario, sin entregarnos un boleto, que ha servido siempre de caja chica para todos los alcaldes. Y aun así salimos adelante. Ahora tenemos bolsas para nuestros clientes, estamos siguiendo capacitaciones y tenemos un proyecto de am- pliación que costará varios millones de dólares, que pagaremos a los bancos, que ahora sí nos ofrecen sus créditos... ¿Por qué solo cuando hay elecciones municipales nos visitan y luego, si pueden, nos sacan, mientras apoyan a los grandes centros comerciales?

—Bueno, creo que está claro, emprendedores —dije—. ¿Hasta cuándo los que generamos la riqueza aceptaremos que nos arrincone la burocracia?

Esa tarde casi no pude hacer siquiera la mención de los aus- piciadores, porque se sucedieron llamadas de todo el Perú soli- darizándose con los comerciantes de Polvos Rosados y contando casos similares en Chimbote, en Trujillo, en Tacna, en Arequipa, en Ayacucho.

La seguridad como enemigo

Estábamos en Gamarra, en el piso ocho de una de las nuevas galerías de esa zona comercial. Como el evento que habíamos organizado casi en la azotea de esta galería demoraba en iniciar, tuve tiempo de quedarme en una baranda contemplando este barrio empresarial. Recordé mi primer recorrido a fondo por sus calles. Era 1995 y se me había ocurrido proponerle a mis compañeros de estudios en la Escuela de Administración de Negocios para Graduados (ESAN) hacer nuestra tesis sobre las características de los empresarios exito- sos de Gamarra. Al comienzo, me miraron con cara de extraviado y me dijeron que era mejor hacer una tesis sobre la mejora del proceso en alguna empresa grande.

—Sí, es más fácil lo otro, pero eso haría más difícil el examen —les dije casi sin pensar—. En cambio, si nos metemos a Gamarra, les aseguro que nosotros conoceremos más que cualquier profesor. Seremos los especialistas y, por eso, nos irá bien en la sustentación.

Mi discurso los convenció de que aceptaran rápidamente. El único problema fue que luego ellos quisieron que yo hiciera los contactos para hacer las investigaciones. Pero en eso también tuve suerte. Juan Infante, compañero de la universidad, había tenido la audacia de sacar una revista en Gamarra y le había ido bien. Por ese motivo, se me ocurrió buscarlo.

Recuerdo mi asombro cuando recorrí con ojos ya no de cliente, sino de investigador, todo el largo de la avenida Bausate y Meza. Allí, entre cables enredados como lianas de una selva de hormigón, aparecieron por primera vez ante mis ojos asombrados las innume- rables galerías de siete, ocho y nueve pisos.

—¿Y quién construye todo esto? —le pregunté aún boquiabierto. —La gente de aquí, toditos provincianos: se juntan en algunos casos y otras veces son los empresarios más grandes que empezaron vendiendo aquí con una carreta —dijo Juan, trepando por las es- caleras de un edificio en construcción. Cuando llegamos al último piso, me comentó—: Mira, hacia allá está el Mercado Central, La Parada, que dieron origen a esto.

Con un dedo, Juan me mostraba la avenida Bausate y Meza, las calles Sebastián Barranca, Gamarra, Hipólito Unanue, Humboldt, Prolongación Huánuco, todas llenas de galerías, avisos, sonidos y

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

miles de personas como hormigas apuradas, entrando y saliendo con mercadería.

—Y aquí el Estado no ha puesto un sol —concluyó, de pie sobre unos sacos de cemento y con los brazos en jarro, como si fuese Peter Pan burlándose ante el capitán Hook.

Ese fue mi primer contacto con Gamarra.

Nos tomó meses hacer las investigaciones. Así, mientras nues- tros amigos de la maestría comentaban sobre la reforma de una empresa de gaseosas extranjera o sobre el rediseño del layout de una fábrica de colchones, nosotros nos desesperábamos buscando a los empresarios al interior de sus talleres, que usualmente que- daban en los últimos pisos de las galerías, acordando nuevas citas porque nos dejaban plantados ante cualquier contingencia de sus negocios.

—¿Por qué se han metido en un tema tan raro y tan difícil..., hasta peligroso? —nos preguntó una compañera economista, que hacía su tesis sobre la empresa de su enamorado.

—Porque tenemos unas novias en Gamarra —le respondió Bo- ris, compañero del grupo que trabajaba en la IBM y que, para mi sorpresa, estaba fascinado con lo que íbamos averiguando en nues- tra investigación.

Así descubrimos varias constantes, que luego, con el pasar de los años, fui constatando en mis reportajes, visitas, entrevistas a cientos de mercados, galerías comerciales y zonas empresariales, que tengo la suerte de recorrer por nuestro extraordinario país. Por ejemplo, el ahorro por cuenta propia, ya que la mayoría de las entidades ban- carias no llega hasta este sector. Y, si lo hacen, es con intereses de- masiado altos y con un perfil altamente lucrativo, salvo proyectos excepcionales y aún poco conocidos.

Cuando hicimos la tesis había un solo banco en la zona. El aprendizaje rápido e intensivo ocurrió allí debido precisamen- te a la fuerte competencia, y la llegada más rápida de tecnología se debió a que los proveedores de esta se iban a zonas como Gamarra porque sabían que allí habría clientes.

Por supuesto, casi todos los comerciantes habían tenido un ori- gen informal, más que por una decisión de estar al margen de la ley, por no tener conocimiento legal al iniciar su negocio, por en- carecimiento y dificultad de los trámites, y por una percepción de

injusticia frente a pagar impuestos a un Estado que nada hizo por ayudarlos a surgir.

También fue para nosotros sorprendente encontrar que la ma- yoría de los empresarios que entrevistamos planificaban sus finanzas obteniendo crédito de proveedores y haciendo cobranzas muy efec- tivas. También encontramos algo que se repite en todas las áreas co- merciales: se tenía un gran ahorro en publicidad —porque el cliente acude solo— y existía un apoyo familiar y de amigos cercanos en el negocio. Por último, vimos que casi todos planificaban de manera correcta su producción, evitando mermas y exceso, y se encontraban bastante organizados en la disposición de su producción y actualiza- dos en las necesidades tecnológicas de sus productos. Es decir, nada informales en este aspecto.

Mientras miraba la garúa cayendo lentamente sobre los techos de los establecimientos que se dibujaban varios metros abajo, recor- dé que, al terminar la tesis de maestría, los tres amigos que la hici- mos cambiamos para siempre. Nuestra mirada nunca fue la misma hacia lo que otros llamaban informalidad: una especie de respeto y admiración por el esfuerzo de los peruanos y un sentimiento de orgullo nos llenó el pecho. Estoy seguro de que nos dio una ener- gía enorme para sustentarla. Recuerdo que Marco sugirió poner un video con música chicha frente al jurado y que Pepe se afanó por ir a grabarlo, ante la sorpresa de nuestras familias, que ya empezaban a sospechar que era cierto lo de las novias de Gamarra, rumor que había empezado a circular como leyenda entre los compañeros de la promoción.

Para suerte nuestra, en ese entonces un joven profesor de ESAN había regresado de hacer su doctorado en Canadá. Como ningún profesor se sintió en confianza para dirigir nuestra tesis, alguien nos dijo que lo buscáramos. Era Rolando Arellano, hoy quizá el peruano más destacado a nivel mundial en marketing, y en ese entonces uno de los pocos que había estudiado la informalidad y la economía emergente desde el management, el marketing y la psicología, su pro- fesión de base. Gracias a su rigurosidad y a su reflexión, pudimos sacar adelante una de las tesis con el nombre más extraño de la historia de ESAN: Estilos gerenciales y factores de éxito en empresarios

emergentes del sector confecciones de Gamarra, y nos graduamos con

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

miles de personas como hormigas apuradas, entrando y saliendo con mercadería.

—Y aquí el Estado no ha puesto un sol —concluyó, de pie sobre unos sacos de cemento y con los brazos en jarro, como si fuese Peter Pan burlándose ante el capitán Hook.

Ese fue mi primer contacto con Gamarra.

Nos tomó meses hacer las investigaciones. Así, mientras nues- tros amigos de la maestría comentaban sobre la reforma de una empresa de gaseosas extranjera o sobre el rediseño del layout de una fábrica de colchones, nosotros nos desesperábamos buscando a los empresarios al interior de sus talleres, que usualmente que- daban en los últimos pisos de las galerías, acordando nuevas citas porque nos dejaban plantados ante cualquier contingencia de sus negocios.

—¿Por qué se han metido en un tema tan raro y tan difícil..., hasta peligroso? —nos preguntó una compañera economista, que hacía su tesis sobre la empresa de su enamorado.

—Porque tenemos unas novias en Gamarra —le respondió Bo- ris, compañero del grupo que trabajaba en la IBM y que, para mi sorpresa, estaba fascinado con lo que íbamos averiguando en nues- tra investigación.

Así descubrimos varias constantes, que luego, con el pasar de los años, fui constatando en mis reportajes, visitas, entrevistas a cientos de mercados, galerías comerciales y zonas empresariales, que tengo la suerte de recorrer por nuestro extraordinario país. Por ejemplo, el ahorro por cuenta propia, ya que la mayoría de las entidades ban- carias no llega hasta este sector. Y, si lo hacen, es con intereses de- masiado altos y con un perfil altamente lucrativo, salvo proyectos excepcionales y aún poco conocidos.

Cuando hicimos la tesis había un solo banco en la zona. El aprendizaje rápido e intensivo ocurrió allí debido precisamen- te a la fuerte competencia, y la llegada más rápida de tecnología se debió a que los proveedores de esta se iban a zonas como Gamarra porque sabían que allí habría clientes.

Por supuesto, casi todos los comerciantes habían tenido un ori- gen informal, más que por una decisión de estar al margen de la ley, por no tener conocimiento legal al iniciar su negocio, por en- carecimiento y dificultad de los trámites, y por una percepción de

injusticia frente a pagar impuestos a un Estado que nada hizo por ayudarlos a surgir.

También fue para nosotros sorprendente encontrar que la ma- yoría de los empresarios que entrevistamos planificaban sus finanzas obteniendo crédito de proveedores y haciendo cobranzas muy efec- tivas. También encontramos algo que se repite en todas las áreas co- merciales: se tenía un gran ahorro en publicidad —porque el cliente acude solo— y existía un apoyo familiar y de amigos cercanos en el negocio. Por último, vimos que casi todos planificaban de manera correcta su producción, evitando mermas y exceso, y se encontraban bastante organizados en la disposición de su producción y actualiza- dos en las necesidades tecnológicas de sus productos. Es decir, nada informales en este aspecto.

Mientras miraba la garúa cayendo lentamente sobre los techos de los establecimientos que se dibujaban varios metros abajo, recor- dé que, al terminar la tesis de maestría, los tres amigos que la hici- mos cambiamos para siempre. Nuestra mirada nunca fue la misma hacia lo que otros llamaban informalidad: una especie de respeto y admiración por el esfuerzo de los peruanos y un sentimiento de orgullo nos llenó el pecho. Estoy seguro de que nos dio una ener- gía enorme para sustentarla. Recuerdo que Marco sugirió poner un video con música chicha frente al jurado y que Pepe se afanó por ir a grabarlo, ante la sorpresa de nuestras familias, que ya empezaban a sospechar que era cierto lo de las novias de Gamarra, rumor que había empezado a circular como leyenda entre los compañeros de la promoción.

Para suerte nuestra, en ese entonces un joven profesor de ESAN había regresado de hacer su doctorado en Canadá. Como ningún profesor se sintió en confianza para dirigir nuestra tesis, alguien nos dijo que lo buscáramos. Era Rolando Arellano, hoy quizá el peruano más destacado a nivel mundial en marketing, y en ese entonces uno de los pocos que había estudiado la informalidad y la economía emergente desde el management, el marketing y la psicología, su pro- fesión de base. Gracias a su rigurosidad y a su reflexión, pudimos sacar adelante una de las tesis con el nombre más extraño de la historia de ESAN: Estilos gerenciales y factores de éxito en empresarios

emergentes del sector confecciones de Gamarra, y nos graduamos con

Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?

—Nano, en cinco minutos arrancamos el evento —me trajo de nuevo a la realidad la voz de Miriam.

Al cabo de unos segundos, sonó nuestra música característica para iniciar el evento. Encendí mi micro y salí al estrado. Las luces del reflector te dan en la cara, debes concentrarte en cada paso para no caerte y, lo que es clave, debes salir con una gran energía, para que te crean. Esa vez la energía me la dio el recuerdo de la tesis, del contacto con esos empresarios que cambiaron mi vida para siempre y que hicieron que hoy me dedicara a esto: a predicar que la opción es tu propio emprendimiento.

—El objetivo de un emprendedor no es ganar dinero, como quieren algunos difundir y así encasillarnos para atacarnos y atacar a la empresa —decía en una de las partes de la presentación, en la que explicamos con terquedad y constancia a qué se dedican las empre- sas—. Encasillarnos en ser los que nos dedicamos solo a enriquecer- nos, solo al dinero, es ponernos una etiqueta para luego acusarnos de explotadores, de materialistas, cuando en realidad somos creado- res y hacemos más mejoras a la vida de la gente de lo que hacen mu- chas instituciones, de lo que dice hacer el gobierno. Emprendedor, debes sentirte orgulloso de lo que haces. Primero, porque no eres un abusador, sino un creador de valor. Segundo, porque lo has hecho solo, sin apoyo de otros y sin robar, sin asociarte al negocio fácil desde el hampa o desde el Estado, como lo hacen muchos. Tercero, porque sin ti el mundo se detendría, porque somos los generadores de la riqueza en cualquier sociedad..., y por eso...

—Por eso —me interrumpió alguien—, hay que acabar con el Estado tributarista y hay que iniciar de una vez el gran paro nacional de los emprendedores. Porque desde el Estado, desde los gobiernos, nos han dirigido los saqueadores, los que jamás han creado valor. Ellos nos exprimen, ellos son los verdaderos explotadores y nosotros seremos sus cómplices si no nos levantamos. ¡Basta ya de abusos!...

Se trataba de un muchacho bastante joven, con el pelo muy cor- to, casi al ras, y tenía una inmensa bandera colgando de un asta de caña, también enorme. No se detuvo cuando le cortaron el volumen de su micrófono inalámbrico, que, al parecer, había sacado de nues- tros equipos o conectado de alguna manera. Alguna gente empezó a aplaudir y un grupo menor le pidió que se callara. La mayoría, entre los que me incluía yo, nos quedamos en silencio unos segundos.

Entonces sentí el estallido. Inicialmente pensé que era el equi- po de sonido; luego un globo que se había reventado; pero al final me di cuenta de que un fogonazo había aparecido casi a un metro delante de mí. Sentí un pito en los tímpanos y todo se llenó de humo.

—Nano, Nano... —escuché luego de un tiempo que me pare- ció muy largo. Yo seguía de pie en el mismo sitio y la gente corría echando abajo las sillas de plástico. Unos querían bajar por las esca-

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