La Vida Mística
Creo, como ley inmutable
de la que nadie puede sustraerse ni apartarse, que existe en nosotros algo capaz de atraer todo cuanto necesitamos y merecemos.
Si alguna vez no sabemos qué camino tomar, nuestra es la culpa; y si la culpa es nuestra, también el corregir esa antinatural condición dependerá de nosotros. No tenemos por qué encontrarnos en tal estado si nos mantenemos despiertos a la luz y a las fuerzas que moran en nuestro interior; y puesto que la luz brilla siempre, lo único de lo que debemos cuidar con diligencia es de que nada ni nadie se interponga entre nosotros y esa luz. «Porque en ti está la fuente de la vida; en tu luz veremos la luz» (Salmos 36:9).
Oigamos las palabras de uno de los hombres más ilu- minados que he conocido, y que como consecuencia, llega- do el momento, jamás se encontró en la incertidumbre de qué hacer y de cómo hacerlo: «Siempre que dudéis sobre qué camino seguir, después de haber recurrido a todos los medios de guía externos, dejad que el ojo interior vea, que el oído interior oiga, y permitid que este sencillo, natural y hermoso proceso siga su curso sin obstaculizarlo con pre- guntas y dudas… En los momentos de oscuridad, cuando una extraña perplejidad se apodere de nosotros, debemos tomar un solo camino, que encontraremos —como todos los caminos que necesitemos encontrar— en el conocido evangelio, que muchos leen pero, ¡son tan pocos los que saben interpretar!: “Entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre (…)” (Mateo 6:6). ¿Significa esto
La voz del yo superior
que literalmente debemos retirarnos a nuestro aposento y cerrar la puerta con llave? Si así fuera, el mandamiento jamás podría cumplirse al aire libre, ni en tierra ni en la mar; y es sabido que Cristo prefería con mucho los lagos y los bosques a las estrechas estancias de las casas urbanas. La realidad es que sus consejos, debido a su sabiduría in- trínseca, tienen tal amplitud de sentido que no hay rincón de la tierra ni circunstancia imaginable en que no puedan ser nuestra guía.
»Un hombre extraordinariamente intuitivo que cono- cí trabajaba en una oficina donde había de continuo otros caballeros reunidos, haciendo negocios y hablando en voz alta. Sin dejar que los numerosos sonidos circundantes afectaran su ánimo, en los momentos de bullicio este hom- bre, de profunda fe y serenidad, corría las invisibles cortinas de la privacidad a su alrededor y parecía hallarse de este modo recluido en su propia aura, tan alejado de todas las distracciones como si hubiera estado solo en medio de un bosque en el principio de los tiempos. En su silencio mís- tico, formulaba entonces su problema a modo de pregunta directa, a la que esperaba encontrar respuesta certera, per- maneciendo en pasividad absoluta hasta que la respuesta llegaba; y ni una sola vez en sus muchos años de experien- cia se vio defraudado ni inducido a error. Las percepciones intuitivas de la verdad son el pan de cada día que satisface nuestra profunda hambre cotidiana; llegan como el maná del desierto, día a día, y cada día trae lo necesario para satisfacer solamente las necesidades de esa jornada. Pero las intuiciones de la verdad han de seguirse de inmediato,
La Vida Mística
porque si demoramos la acción, la claridad de la percepción se perderá.
»Una sola condición ineludible nos impone la ley uni- versal, y es dejar de lado todo anhelo menos uno: el de descubrir la verdad, acompañándolo de la firme determi- nación de obedecer al instante la verdad que claramente se nos revele, y no permitiendo que ningún otro afán compar- ta el campo en el que palpita ese arrebatador amor a ella por lo que es en sí misma. Obedeced esta única vía, sin olvidar jamás que la esperanza y el anhelo son marido y esposa inseparables hasta el fin, y pronto veréis que vuestro cami- no, hasta ahora oscuro, se ilumina con celestial resplandor; pues el cielo interior atrae incesantemente la colaboración de todos los cielos externos». Podríamos llamar a esto “en- trar en el silencio”; en ese silencio en que percibimos, y nos guía, la luz que alumbra a cada ser humano que llega a este mundo; en que escuchamos, y nos guía, la voz de nuestra alma, la voz de nuestro Yo superior.
El alma es divina, y cuando le permitimos hacerse diá- fana, en ella se trasluce el Espíritu Infinito que nos revelará todas las cosas. Al apartarnos de esa Luz Divina, todo se nos oculta, pero en realidad nada hay oculto por sí mismo. Cuando el sentido espiritual está vuelto hacia la Luz y lo receptivo, trasciende todas las limitaciones de los sentidos físicos y del intelecto; por eso, en la medida en que sepa- mos traspasar los límites a los que ellos están sujetos, y nos demos cuenta de que la vida real es una con la Vida Infinita, alcanzaremos el lugar donde su voz nos hablará siempre, sin fallarnos jamás con tal de que la escuchemos, y de ese modo recibiremos a cada instante iluminación y