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Con la muerte de don Franco Molinari, profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad Católica, nuestro oficio pierde a uno de sus lectores más convencidos, a menudo entusiastas. Su aprobación era valiosa por tratarse de un especialista, autor de una cuarentena de libros y más de doscientas publicaciones científicas. Aquel juicio positivo era para mí la reconfortante confirmación de haber sabido librarme sin demasiados apuros de las emboscadas de los problemas históricos, con frecuencia muy complejos.

Con ocasión de su sesenta aniversario, nos dedicamos con «don Franco» (quien lo apreciaba siempre le llamaba sólo de este modo, a pesar de sus muchos títulos académicos y eclesiásticos) a una especie de recuento de su actividad exploradora por archivos y bibliotecas. De ahí surgió una larga entrevista que, publicada primero en

Jesús, Molinari quiso poner como prefacio en uno de sus pequeños best seller, Mille e una ragione per credere (Mil y una razones para creer), publicado por Edizioni San

Paolo.

«Cuanto más estudio la Historia de la Iglesia —me decía entonces— más me convenzo de la verdad del cristianismo. Al cabo de treinta años de investigación y reflexión podría afirmar, con un chascarrillo, que ya no me hace falta la fe para creer en Jesús como Cristo: lo veo operando a lo largo de las vicisitudes de los siglos».

Y eso que también le parecía claro que Dios «juega» con los hombres (o «sonríe», para citar el salmo). Juega porque «parece querer dar luz con lámparas quemadas», y porque parece divertirse desbaratando nuestros esquemas, trastocando nuestros planes, conduciendo a resultados inesperados e incluso opuestos a los que proponía.

Don Franco poseía un rico muestrario de anécdotas sobre esta misteriosa paradoja de la Historia.

Uno de los casos que le gustaba citar era el de Rodrigo Borgia, el catalán que llegó a Papa con el nombre de Alejandro VI, proverbial por lo disoluto de sus costumbres y, para muchos, símbolo de la perdición de una Iglesia que parecía más enamorada de los artistas que de los santos, y de los dioses paganos antes que del profeta de Nazaret.

Y sin embargo —ésta sería la misteriosa «broma» de la Providencia—, precisamente de los escandalosos amores de aquel Papa nació el germen de la Reforma católica. En efecto, ya en sus tiempos de cardenal, Rodrigo Borgia tenía como amante favorita a una Farnesio, Julia, denominada «la bella» por antonomasia. Julia aprovechó su relación con el ya poderoso prelado para favorecer la carrera de su hermano Alejandro que, en efecto, recibió la protección de Borgia. Éste, en cuanto fue elegido Papa (comprando las elecciones con maniobras simoníacas) lo nombró cardenal.

Como hombre de su tiempo, Alejandro tampoco era inmune a las costumbres del momento, ya que —aun revestido de aquella dignidad eclesiástica— tuvo cuatro hijos de su relación con una dama romana. Será necesario especificar (no tanto para excusar cuanto para comprender) que entonces el cardenalato no siempre estaba ligado a la consagración sacerdotal: era un cargo honorífico con el que se investía a laicos poderosos, incluso desde niños. La púrpura y la «castidad consagrada» no estaban, pues, necesariamente ligadas.

En lo que respecta a Alejandro Farnesio, en cierto momento al cardenalato se le unió el sacerdocio, y luego la consagración obispal. Y a partir de entonces se produjo en él un cambio rotundo a una seriedad siempre creciente. Cuando en 1534 fue elegido Papa con el nombre de Pablo III persiguió, a pesar de sus enormes dificultades, una sola meta durante quince años: convocar un concilio general que reformara la Iglesia y diera la respuesta más eficaz posible a la revuelta protestante.

Después de varios intentos fallidos, por fin el 15 de diciembre de 1545 se inauguró en Trento —una pequeña ciudad de los Alpes escogida por encontrarse en la frontera entre latinidad y germanismo—, el concilio que se revelaría como el punto decisivo para la Iglesia católica.

Comentaba a propósito de ello don Molinari: «Pablo III, antes Alejandro Farnesio, era el hombre justo en el momento justo, el Papa que la cristiandad necesitaba desesperadamente. Y sin embargo, no habríamos tenido este pontificado si la hermana de Alejandro no se hubiera ganado al Borgia frecuentando su alcoba. ¿Cómo no vislumbrar aquí la mano misteriosa e irónica de un Dios que “juega”?».

Pero toda la historia de la Iglesia, proseguía el historiador, está plagada de estas «bromas». Así, personajes cuya actividad pública resultó benéfica para los asuntos religiosos eran en privado hombres terribles.

Sirvan dos ejemplos por todos los restantes. El emperador Constantino, que hizo de la Iglesia la nueva protagonista de la Historia, también se distinguió por una sed de poder que lo impulsó a asesinar incluso a sus familiares. Y otro emperador, Carlomagno, cuyas acciones tuvieron buenos y duraderos efectos sobre los asuntos eclesiásticos también ordenó a sangre fría masacrar a miles de prisioneros sajones.

Seguía diciendo don Franco: «Es un Dios que “sonríe” mientras va acumulando nuevos problemas y dificultades para Su Iglesia, pero proporcionando al mismo tiempo el remedio adecuado para cada ocasión. Así, tras los siglos de hierro de un feudalismo que parecía paralizar el cristianismo, surge un san Francisco, un Domingo, para suscitar movimientos que llaman a la Iglesia a regresar a sus deberes de pobreza, de humildad y reflexión teológica. Luego, el siglo XVI, que vio

desgarrarse la cristiandad, fue el que, junto a los Lutero y los Calvino, dio lugar, primero a la aparición del movimiento de la Observancia y luego a aquel florecimiento de nuevas familias religiosas que dieron la réplica a los dramáticos signos de los tiempos con una fórmula de vida religiosa inédita. Los “clérigos regulares” (es decir, la regla monástica unida a la actividad pastoral), que va desde los

jesuitas a los teatinos, los barnabitas, los camilistas, los Fatebenefratelli, y muchos otros eficacísimos instrumentos de reforma y reconquista. Y el siglo XIX caracterizado

por la dispersión violenta de las comunidades religiosas ¿no es también el siglo que tan sólo en Italia ve la aparición de algo así como 183 nuevas congregaciones femeninas, cada una de las cuales es una respuesta concreta a una necesidad concreta?».

Para don Franco, el misterio que iba descubriendo en los recovecos de la Historia (y que cada vez lo reafirmaba más en su fe) también se hallaba en la capacidad siempre renovada de la Iglesia de reaccionar frente a los problemas que iban saliendo al paso, «encendiendo las defensas internas, incrementando la producción de anticuerpos, sacando de improviso a la palestra a hombres y mujeres con la habilidad necesaria para reaccionar con eficacia ante los peligros y proponer simultáneamente ejemplos personales de un cristianismo acorde con los tiempos».

Una reacción que veía obrar también en la actualidad en lo que calificaba de «explosión primaveral de los nuevos movimientos posconciliares».

Ni siquiera bajo esta luz —aun lejos de todo triunfalismo y, es más, dedicando gran atención al diálogo con los creyentes—, este historiador vacilaba en subrayar la diferencia entre el destino de la Iglesia y del «mundo». Según algunas lecturas históricas, la peripecia del cristianismo, sobre todo el católico, no sería más que una continua decadencia, una caída irrefrenable del gran idealismo de los orígenes. La realidad de los últimos siglos es, en cambio, distinta: «Precisamente a partir de Trento en adelante —observa don Franco— la historia del papado es una continua ascensión. Considero dignos de figurar entre los santos a, por ejemplo, todos los pontífices de nuestro siglo. La caída, si acaso, la veo en la cultura, que se ha distanciado de la Iglesia: una cultura que empezó en el siglo XVIII y en el XIX con grandes promesas y

esperanzas y que acabó con guerras homicidas, en masacres, en ideologías inhumanas y al final en drogas y en una crisis radical de valores y planteamientos».

VITTORIO MESSORI. Periodista y escritor italiano, nacido en Sassuolo cerca de Módena (1941). Es considerado como el escritor de temas católicos más traducido del mundo. Si bien fue bautizado al nacer, Messori fue criado en el seno de una familia anticlerical y el propio Vittorio se negaba a tener relación alguna con la iglesia. «Nací en plena Guerra Mundial en la región quizá más anticlerical de Europa: en la Emilia, zona del antiguo Estado pontificio, la del don Camilo y Peppone (el cura de pueblo y el alcalde comunista) de Guareschi. Mis padres no estaban precisamente de parte de don Camilo y, aunque vivían de verdad unos valores — apertura, acogida, generosidad, etc—, desde pequeño me inculcaron la aversión, no al Evangelio o al cristianismo, sino al clero, a la Iglesia institucional. Me bautizaron como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, pero después no tuve ningún contacto con la Iglesia. Acabada la Guerra, mis padres se trasladaron a Turín, la mayor ciudad industrial italiana, cuna del marxismo italiano —de Gramsci, Togliatti y otros dirigentes comunistas—, en la que los católicos hace tiempo que son minoría. Asistí allí a un colegio público, donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio teórico hacia ella. Obligada por el Concordato había, sí, una clase semanal de enseñanza religiosa, pero casi ninguno la tomaba en serio y yo, en concreto, eludía la asistencia con las más variadas excusas. O sea, que si por mi familia estaba imbuido de anticlericalismo pasional, la escuela llovió sobre mojado al enseñarme la cultura del iluminismo, del liberal-marxismo».

carrera universitaria la de Ciencias Políticas en la que se doctoró con una tesis sobre el Risorgimento del siglo XIX. Pertenecía a la famosa generación del 68 y convirtió la

política en su pasión.

«Decía el teólogo protestante Karl Barth que “cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos”. Para mí el cielo estaba vacío, y uno de los ídolos que llenaba la tierra era precisamente la política. Era para mí una auténtica pasión. Estaba muy comprometido con los partidos de izquierda».

Se da cuenta con el tiempo de que la política no podía proporcionarle las respuestas sobre el sentido de la vida.

«Sin embargo, aun consciente de esas carencias de la política, a la vez estaba convencido de que no podría encontrar respuestas fuera de ella, precisamente porque formaba parte de los que rechazaban el cristianismo sin tomarse la molestia de conocerlo. Pensaba que cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo pasado, al que un joven moderno como yo no podía tomar en serio. (…) El Evangelio era para mí un objeto desconocido: nunca lo había abierto, pese a tenerlo en mi biblioteca, porque pensaba sin más que formaba parte del folclore oriental, del mito, de la leyenda. Pero un día sucedió… Llegamos a un punto en que me es difícil hablar… por pudor. André Frossard, colega y amigo mío, entró un día en una iglesia católica en Francia y de la misma salió convertido. Mi proceso no es tan clamoroso. Pero un tipo semejante de experiencia mística, no tan inmediata sino diluida en el arco de dos meses, también la he vivido yo. Mi hallazgo de la fe fue muy protestante. Fue un encuentro directo con la misteriosa figura de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces, ni oí cantos de ángeles. Pero la lectura de aquel texto, hecha probablemente en un momento psicológico particular, fue algo que todavía hoy me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio, al que valía la pena dedicar la vida. La situación que se creó fue todo un drama para mí. De inmediato me vino un gran consuelo, una gran alegría, pero a la vez un miedo terrible, por varios motivos. Por una parte, me di cuenta de que mi vida debía cambiar, sobre todo en la orientación intelectual. (…) Me hacía sufrir especialmente el que, si mi familia se enteraba de lo que me sucedía, me echasen de casa. De hecho, cuando mi madre supo que asistía a Misa a escondidas, telefoneó al médico y le dijo: “Venga, doctor. Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa”. “¿Qué síntomas tiene?”, preguntó el médico. Y mi madre le contestó: “Un síntoma gravísimo: he descubierto que va a Misa”. Esto da idea del clima que se vivía en mi familia y de lo mucho que podía afectarme. Otro ingrediente del drama era una especie de choque entre dos posturas que yo entendía como contrapuestas. Por un lado, algo me hacía ver que en el Evangelio estaba aquella

verdad que había buscado. Se trataba de una experiencia del Evangelio como “encuentro”, no sólo como palabra, valor, moral o ética. Para mí, el Evangelio no es un libro, sino una Persona. Era la experiencia de un encuentro fulgurante, consolador y, a la vez, inquietante. Inquietante también porque entonces yo me sentí como aquejado por una especie de “esquizofrenia”. Se trataba de la disociación entre la intuición que me había hecho entender que allí, en el Evangelio, estaba la verdad, y mi razón, que me decía: “No, es imposible, te equivocas”. Desde entonces, todo lo que he hecho y los muchos miles de páginas que he escrito, en el fondo no obedecen más que al intento de vencer esa esquizofrenia, procurando dar respuesta a esta pregunta: ¿Se puede creer, se puede tomar en serio la fe, puede un hombre de hoy apostar por el Evangelio? Todo ha girado en torno a la fe, a la posibilidad misma de creer.

»Ha sido una aventura solitaria —siempre he sido un individualista—, en la que me guió Pascal: un hombre de hace 300 años, también laico convertido, que razonaba como yo, que no quería renunciar a la razón y que, antes de rendirse a la fe, deseaba agotar todas las posibilidades. Él me ayudó a descubrir esa nueva Atlántida personal. He hablado de aventura solitaria y de mi individualismo, pero también digo siempre que no soy un “católico del disenso”. Al contrario, soy un “católico del consenso”. Y es que, en la lógica de la Encarnación, no sólo juzgo legítimo al Vaticano, a la Iglesia institucional, sino que la considero necesaria, indispensable. »¿Cuándo decidí aceptar la Iglesia? Cuando, al reflexionar sobre el Evangelio para intentar conocer mejor el mensaje de Jesús, me di cuenta de que el Dios de Jesús es un Dios que quiso necesitar a los hombres, que no quiso hacerlo todo solo, sino que quiso confiar su mensaje y los signos de su gracia —los sacramentos— a una comunidad humana. Es decir, si uno reflexiona bien, acepta la Iglesia no porque la ame, sino porque forma parte del proyecto de Dios. Me ha costado muchos años, pero ahora estoy convencido de que sin la mediación de un grupo humano, en el fondo no tomaríamos en serio la mediación de Jesús.

»Mi aventura también ha sido solitaria porque era uno de los pocos que andaba contracorriente. Entraba en la Iglesia cuando tantos clericales salían de ella gritando: “¡Qué maravilla, finalmente la tierra prometida! ¡Hemos descubierto la cultura laicista!”. Yo, asombrado, intentaba pararlos: “¿Qué hacéis? ¡La verdadera cultura está aquí dentro, en la Iglesia!”. Por eso, algunos me han acusado de ser un reaccionario, un nostálgico. Es absurdo. Yo no he conocido la Iglesia preconciliar, no he escuchado jamás una Misa en latín, porque antes del Concilio nunca había asistido a Misa, y cuando comencé a ir, era ya en italiano. De ahí que no pueda ser un nostálgico. ¿De qué? No he tenido ni una infancia ni una juventud católica. Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y luego, un encuentro misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo; y, después, con la

Iglesia».

En sus principios Messori fue editor y luego líder de la oficina de prensa de una gran casa editorial. Durante años desempeñó el puesto de cronista de la Stampa Sera, posteriormente pasó a ser redactor del diario La Stampa y el semanario Tuttolibri. En el diario Avvenire publicó dos veces por semana la columna «Vivaio» (Vivero) — de la que proviene buena parte del material de este libro— y cada mes en la revista

Jesús, «El caso Cristo», un estudio sobre la historicidad de los evangelios.

Es un profundo investigador del cristianismo y especialmente del catolicismo. Sus obras más influyentes fueron: Hipótesis sobre Jesús (1977), Opus Dei (1996), El

informe Ratzinger (1987). Fue el primer periodista en realizar una larga entrevista al

Papa Juan Pablo II, que se publicó en un libro titulado Cruzando el Umbral de la

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