2.3 Data and Descriptive Statistics
2.4.2 Regression analysis
En los acantilados rocosos del Caribe colombiano se realiza una extracción artesanal de recursos, como el caracol Cittarium pica, conocido vernacularmente como “burgao” en el área de Santa Marta y “cigua” en el Urabá chocoano, las langostas (Panulirus spp.), peces (pargos, meros, chernas), pulpos y en menor medida quitones (Chiton spp.). En algunos sitios en donde la presión sobre estos recursos ha sido constante y elevada, como en la región de Santa Marta, las islas de la plataforma continental, el Urabá chocoano y la isla de San Andrés, las poblaciones han disminuido sensiblemente, y algunas especies se encuentran catalogadas en algún grado de amenaza (ver Bermúdez et al., 2002; Gracia y Díaz, 2002).
Para el caso del burgao o cigua, estudios recientes con base en encuestas a pescadores, sugieren que las poblaciones de este recurso se han reducido de moderada a drásticamente en relación con épocas anteriores (ca. del 86% de los encuestados). Se identificaron 70 sectores del Caribe en donde suele capturarse, incluyendo áreas protegidas como los Parques Nacionales Naturales Tayrona y Corales del Rosario y San Bernardo, resultando Isla Fuerte, la región de Santa Marta, Cartagena y las islas del Rosario, las áreas con menor abundancia. En la Guajira se encontraron las densidades más altas así como las mayores tallas (49.3 mm-113.3 mm).
Los pobladores de la costa Pacífica colombiana utilizan algunos recursos de los litorales rocosos principalmente ostras, otros moluscos como caracoles littorinidos y muricidos. En zonas rocosas sumergidas explotan langostas, algunos peces como pargos, meros y chernas. Algunos habitantes costeros destruyen masas no despreciables de acantilados utilizando picas o barras agrícolas en busca de individuos de Upogebia spinifera (el camarón fantasma), que aparentemente es una excelente carnada para la pesca, principalmente de corvinas y pargos.
Efectos de la destrucción de acantilados a corto plazo
Los habitantes del Pacifico han desarrollado hábitos de vida que los asocian intensamente con zonas bajas y por esta razón son pocos, generalmente colonos de otras partes del país, los que construyen sus viviendas en lo alto de los acantilados. Son principalmente fincas de vacaciones o proyectos de desarrollo turístico los que han utilizado estas formaciones no inundables para las construcciones. Sin embargo, la mayor parte de los poblados cercanos a estas formaciones (Juanchaco, Ladrilleros, La Plata, bahía de Málaga) tienen sus viviendas en la base de los acantilados y a veces se ven obligados a moverlas por las modificaciones costeras que ocurren debido a su destrucción. La zona de hoteles de Juanchaco (una de los principales balnearios localizados en la costa Pacífica colombiana) se encuentra en peligro de ser absorbida por la erosión de los acantilados. Allí, la incidencia del impacto de las olas genera dos tipos de fenómenos: el primero son los deslizamientos del frente del acantilado por socavamiento del nivel inferior del escarpe por la bioerosión y el oleaje, y el segundo el colapso, hundimiento o desplome del borde superior como consecuencia de la ampliación y profundización de la caverna por la participación de los organismos en las partes bajas.
La alta pluviosidad reinante en la zona y las aguas utilizadas por los pobladores y turistas de los servicios de los hoteles que se percolan hacia la zona de los acantilados, principalmente en la zona de Ladrilleros, contribuyen a la degradación de las formaciones rocosas. Estas aguas penetran a lo largo de zonas de debilidad estructural, tales como fracturas y fallas, arrastrando material y produciendo un acelerado movimiento en masa que se suma a la bioerosión y al oleaje.
Es importante indicar también que aunque la energía de las olas es mucho mayor en la parte externa de la bahía, también se presentan problemas ambientales ligados a la bioerosión de los acantilados de zonas interiores y protegidas. En Isla Alba (interior de la bahía de Buenaventura) se construyó un muro de cemento y una pared de concreto alrededor del acantilado con el fin de evitar su destrucción acelerada, pero en los últimos años, los moluscos litófagos que perforan las rocas duras han sido capaces de perforar tanto los pilotes del muelle como el muro, disminuyendo la resistencia y poniendo en peligro la estabilidad de la construcción.
Con el fin de evitar desastres, se hace necesario por parte de los gobiernos locales y comités de desastres, trabajar en la planificación y el ordenamiento de futuros asentamientos humanos que se proyecten realizar en los acantilados o en las zonas bajas adyacentes a ellos. La ubicación de viviendas o desarrollos hoteleros sobre terrenos en los bordes de los acantilados genera, además de contaminación y degradación ecológica, un riesgo ecológico y geológico para los habitantes de esas viviendas.
Efectos a largo plazo sobre la línea costera
Con el incremento en la temperatura del planeta y consecuentemente el calentamiento progresivo de las masa de agua de mar, tiende a aumentar el efecto abrasivo sobre la línea costera. Al elevarse el nivel del mar, las zonas alcanzadas por las mareas, que son las que permiten el asentamiento de las larvas de los organismos tanto abrasionadores como perforadores, van a ser mucho mayores aumentando su área de incidencia. Muchas zonas protegidas por salientes rocosas que actúan como rompeolas, haciendo disminuir la energía de las olas, van a tender a desaparecer, puesto que la conjunción de factores abióticos con la instalación y sobrevivencia de los perforadores implicará mayor destrucción. Durante la anomalía térmica del 1997-98, que hizo pensar en la repetición de un Fenómeno del Niño, se pudo constatar que la tasa de bioerosión de los acantilados que se estudiaron aumentó significativamente.
Los resultados obtenidos en ese trabajo permiten predecir que si la altura del nivel del mar continua aumentando en los próximos años, como consecuencia del cambio climático global (Global Change), el proceso de bioerosión va a aumentar su efecto sobre la línea costera, afectando no sólo a los acantilados y a su biodiversidad, todavía poco conocida, sino también a toda la geomorfología costera y también directamente a algunas comunidades humanas y a proyectos de desarrollo, y obligará al hombre a tenerla en cuenta durante la planificación de construcciones sobre las tierras altas que tienen contacto con el borde marino, o en las zonas cercanas a ellas.