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Regression Results: Base Model + Skilled Immigrants

ESSAY 3: INCREASING CANADA’S INTERNATIONAL COMPETITIVENESS: IS THERE A LINK

3.5 MODEL

3.7.2 Regression Results: Base Model + Skilled Immigrants

El 2 de octubre de 1998, con una gigantesca, emotiva manifestación, culmina la fiesta que conmemoró el duelo. Agotan los líderes del 68 sus renovados quince minutos de fama, y Gustavo Díaz Ordaz refrenda su lugar indiscutible de villano de la Historia. Pero no es un "adiós al 68" sino más bien lo contrario. Cierto, el tema se agota periodísticamente, las entrevistas innúmeras va a dar a la mar que es la evocación confusa, el monto de los recuerdos individuales nos ha cen saber que en 1968 la ciudad de México ya tenía 22 millones de habitantes, todos los declarantes fueron atlantes de la democracia en ciernes y demás anécdotas, pero el resultado es el opuesto a la despedida, y sería más bien: "Bienvenido el 68 al recinto de Grandes Instituciones del siglo XX".

Antes de este año, el 68 era la matanza del 2 de octubre, la memoria compartida de días agitados y tensos (divertidísimos y trágicos), el cinismo de los funcionarios, la vileza de los priístas que aplaudían los gestos de Díaz Ordaz, la demanda de la buena fe: "¡Que se abran los archivos!" (como si allí dentro estuvieran los cadáveres de los desaparecidos), la lectura en la adole scencia de La noche de Tlatelolco, la película Rojo amanecer, contemplada casi siempre sin contextos esclarecedores, y la pregunta inevitable de cada nueva oleada estudiantil: "Y bien a bien, ¿qué pasó en 68?" Ya en el 2 de octubre de 1998, el 68 es un orgullo generacional y nacional.

Hay certezas adyacentes o complementarias: la hazaña militar y popular de nuestro siglo XX es la Revolución Mexicana; la Expropiación Petrolera es la movilización afirmativa de la soberanía. Y ahora el Movimiento del 68 resulta la gesta civil y estudiantil de la segunda mitad de nuestro siglo. No se trata de comparaciones, y sin duda la Revolución Mexicana es, en cuanto a personajes, transformación nacional del país, inhumaciones y resonancias, el acontecimiento de la centur ia, pero en las décadas últimas, ¿qué otro hecho se equipara en profundidad simbólica y producción de imágenes al Movimiento del 68?

¿Cuántos símbolos se requieren para eclipsar un monumento?

Durante tres meses, el Movimiento mantuvo en vilo a la ciudad de México (no a toda ella desde luego, pero sí a sus puntos neurálgicos y sacralizados). Treinta años más tarde, lo semisepultado resurge con vigor extraordinario, no político en primera instancia, sino cultural y simbólico.

En 1998 se libra una batalla muy desigual por definir los contenidos del 68. Cuauhtémoc Cárdenas, jefe del gobierno de la ciudad de México, declara el 2 de octubre "día de luto" y pone la bandera a media asta. Por su parte, el PRI rechaza la mínima autocrítica. En la Cámara de Diputados, el líder Arturo Núñez, junto a su bancada, se niega declarar el 2 de octubre día de luto. Y la argumentación priísta es la de siempre: "Nos oponemos a todo lo que divida a los mexicanos". El 2 de octubre, en la Asamblea de Representantes, en la ceremonia donde se develan las letras de oro dedicadas a los Mártires de Tlatelolco, el asambleísta del PRI Óscar Levín se sumerge en una alegoría transhistórica (pudo referirse a efemérides de 1568 ó 1868), y llama reiteradamente a "restañar heridas".

Levín fue representante de Economía de la UNAM en el Consejo Nacional de Huelga, y eso lo obligaba a ser un tanto más específico: ¿qué heridas se restañan de un lado y cuáles del otro? ¿Quiénes sostienen con mínima seriedad que no fueron los provocadores de un sector gubernamental, sino los estudiantes los que le dispararon al ejército? ¿Por qué, según Levín, son "bilaterales" las heridas a restañar, y por qué se refugia en la niebla del "país dividido"? ¿Y por qué los diputados priístas consideran que el 2 de octubre no es un día de luto nacional? ¿Tan sólo porque son priístas los responsables de la matanza?

Una vez más, de acuerdo con el PRI, se impone la sentencia anticlimática: los únicos culpables son las víctimas. Con una salvedad: en esta ocasión los priístas ya no defienden los crímenes de uno de sus regímenes limitándose a rechazar su condena. Si las acciones en 1968 de Díaz Ordaz, Echeverría, Corona del Rosal, et al, son indefendibles, ¿por qué los priístas lanzan sus prestigios, los que tengan, como escudos resplandecientes que sostienen la versión díazordacista de los hechos? La respuesta es evidente: porque si conceden una vez, concederán en todas las demás.

Reflexión priísta: "Si nos maltratan los símbolos, nos enmiendan fatalmente los rasgos"

No hay heridas a restañar, sino batallas simbólicas y culturales, y éstas las ha ganado el vastísimo sector integrado en 1998 por la izquierda social, el PRD, los medios informativos, la UNAM, parcialmente el IPN, las universidades regionales, los comités estudiantiles, las ONGs, sectores de las iglesias... De la otra parte no hay nadie, a menos de considerar "alguien" a un puñado de articulistas resentidos y a los últimos protectores de la imagen priísta en 1968. Hay pleitos y diferencias por interpretacio nes del Movimiento, pero no, en modo alguno, discrepancias severas en lo tocante a la generosidad e intrepidez estudiantil, al horror desatado el 2 de octubre.

Ya en la historia social, preámbulo de los libros de Texto Gratuito, son mayoría aplastante los que consideran un fenómeno muy positivo al Movimiento, no un festival en

modo alguno, sino la toma de conciencia, muy alegre o muy triste a momentos, valerosa siempre, generada por la resistencia a la opresión y la decisión de no dejarse.

Ganada con creces la batalla simbólica y cultural, el 68 se incorpora a la historia reconocida de México, en la dimensión histórica y en la mítica, en el orgullo capitalino y nacional y en la decisión cívica. 2 de octubre no se olvida es un lema de reverberaciones incesantes, que se inscribe en el desfile de consignas históricas, no con la profundidad devastadora pero sí con la resonancia de "Tierra y libertad", "Sufragio efectivo, no reelección", y no muchas más. Un movimiento crítico, de izquierda, de consecuencias democráticas, consigue treinta años después lo inesperado: la victoria moral sobre la impunidad y el autoritarismo.

En 1968, el Sistema (así llamado con énfasis pomposo y excluyente) califica a los estudiantes en huelga de "subversivos". El juicio es inapelable: desde el gobierno se controlan las vías de acceso a la Historia, y se decide qué temas ingresarán a la posteridad, y cuáles irán a la irrelevancia y el descrédito. Hasta ese momento, la historia ha sido posesión de los vencedores, que vigilan a la Revolución Mexicana, "propiedad exclusiva", y desdeñan cualquier marginalidad. De la misma manera, el Movimiento Estudiantil se consideraba, para usar la expresión compulsiva, un "parteaguas", pero de la Historia alternativa, de la visión de los vencidos. Y de golpe la unanimidad se precipita y no hay quien cuestione el valor y la calidad moral del Movimiento, y se habla del 68 como "propiedad de la nación", en el sentido de la hazaña colectiva, de la aportación única.

En la ampliación de la historia mexicana del siglo XX, el criterio oficial es hecho a un lado por el juicio social de la opinión pública y, tan imprecisa como resulte, de la sociedad civil. En el resumen forzoso de lo acontecido de 1910 a 1999 (la Centuria Mexi- cana, según el canon), es irrefutable el 68. La historia la escriben también los vencidos, o los vencedores de hoy se enorgullecen también de las marchas, a las que tal vez no asistieron pero que añoran como si las hubiesen vivido para siempre. Y lo que se dice de las manifestaciones puede aplicarse a los mítines, las brigadas, las asambleas, las reuniones, esa apoteosis de lo gregario, ya parte substancial de la historia. Y no tardará mucho sin que se dé lo jus tamente reclamado por Gilberto Guevara Niebla: la incorporación del Movimiento a los libros de texto.

Todo apunta a la normalización del 68, y su inclusión definitiva entre los legados fundamentales en este siglo. Se apagan sus ceptibilidades, resentimientos y defensas pasionales. Es irreversible la penalización moral al gobierno diazordacista, al PRI del 68, a los diputados, senadores, jueces, periodistas vena les, etcétera. Por eso mismo, la venganza carece de todo sentido, pero la sociedad reclama el esclarecimiento de lo sucedido en Tlatelolco, y el examen de cómo fue posible tanto abuso de poder, tanta represión, tanta impunidad.

Post-scriptum