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3. Smart Grid Challenges

3.4 Regulation Challenges

“Únicamente entonces comenzaba el noviciado llamado prepa-

ración (paraskeié) que duraba al menos dos años y podía prolon- garse hasta cinco. Los novicios u oyentes (akusikoi) se sometían durante las lecturas que recibían, a la regla absoluta del silencio. No tenían el derecho de hacer una objeción a sus maestros, ni de discutir sus enseñanzas. Debían recibirlas con respeto y meditar sobre ellas ampliamente. Para imprimir esta regla en el espíritu del nuevo oyente, se le mostraba una estatua de mujer envuelta

54 Obsérvese que el concepto de ciencia usado aquí por Schure engloba a la religión como un saber más que hace a la integridad del ser humano. La ciencia sagrada, la religión y sus pormenores, era parte indiscernible aún del mundo del conocimiento. Véase Guénon, René Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, EUDEBA, 1988.

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en amplio velo, un dedo sobre sus labios: la Musa del silencio.”

Como Pitágoras estaba íntimamente convencido de que la juventud no era capaz de comprender el origen y el fin de las cosas, pensaba que ejercitándo� la en la dialéctica y en el razonamiento, antes de haberle hecho comprender el verdadero sentido de la verdad, sólo formaba cabezas huecas y sofistas pretenciosos. Su plan consistía en desarrollar, ante todo, la facultad primor� dial y superior del hombre: la intuición, ese elemento del conocimiento que la tradición considera innegable e insuperable al momento de enfrentar al ser humano con los símbolos que el mundo manifiesta y que permanecen ocultos a los simples ojos profanos. Para ello, no enseñaba cosas misteriosas o difíciles. Partía de los sentimientos naturales, de los primeros deberes del hombre a su entrada en la vida y mostraba su relación con las leyes univer� sales.

“Al inculcar a los jóvenes el amor a sus padres, agrandaba aquel sentimiento asimilando la idea de padre a la de Dios, el gran creador del universo55. ‘Nada más venerable, decía, que la cua-

lidad del padre. Homero ha llamado a Zeus el rey de los Dioses; más para mostrar toda su grandeza le llama padre de los Dioses y de los hombres’”.

De acuerdo con la tradición, Pitágoras comparaba a la madre con la na� turaleza generosa y bienhechora; como la Cibeles celeste produce los astros, como Deméter genera los frutos y las flores de la tierra, así la madre alimenta al hijo con todas las alegrías. El hijo debía, pues, honrar a su padre y a su madre como efigies presentes en la tierra de aquellas grandes divinidades. Mostraba también que el amor que se tiene por la patria procede del amor que se ha sentido en la infancia por la madre.

“Los padres nos son dados, no por casualidad, como el vulgo cree, sino por un orden antecedente y superior llamado fortuna o necesidad. Es preciso honrarles, pero en cuanto a los amigos, es necesario escoger. Se aconsejaba a los novicios que se agrupasen dos a dos, según sus afinidades. El más joven debía buscar en el de mayor edad las virtudes que buscaba y los dos compañeros debían excitarse a la vida mejor.”56

55 El concepto de creación del universo por una divinidad no deja de ser in� novador para la mentalidad griega de la época. La teoría clásica sostenía que la tierra era eterna.

56 Toda la paideia griega se construye sobre la base de un intercambio estrecho entre un hombre maduro y su discípulo joven. Recomendamos a este fin la

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“El amigo es un otro yo. Es preciso honrarle como a un Dios”, decía Pitágoras.

Aunque la regla pitagórica le imponía al novicio oyente una absoluta sumi� sión a los maestros, le devolvía su plena libertad con el premio de la amistad; de ésta hacía el alimento estimulante de todas las virtudes, la poesía de la vida, el camino del ideal.

Con ella se despertaban las energías individuales, la moral se volvía un hecho vivo y de raíz poética, la regla aceptada con amor cesaba de ser una violencia y se volvía la afirmación de una personalidad. Pitágoras entendía que la obediencia sólo se lograba con asentimiento del otro. Por otra parte, la enseñanza moral era el camino preparatorio para la enseñanza filosófi� ca. Porque las relaciones que se establecían entre los deberes sociales y las armonías del Cosmos hacían presentir la ley de las analogías y de las con� cordancias universales. En esta ley reside el principio de los Misterios, de la doctrina oculta y de toda filosofía. El espíritu del discípulo se habituaba a encontrar la huella de un orden invisible en la realidad visible. Las máximas generales, las prescripciones exactas, abrían perspectivas sobre aquel mundo superior para el que quería preparar Pitágoras a sus discípulos.

“Mañana y tarde los versos dorados sonaban al oído del discí- pulo con los acentos de la lira:

‘Da a los inmortales Dioses el culto consagrado, guarda firme tu fe.’”

En el comentario que se hacía de esta máxima Pitágoras enseñaba que los Dioses, múltiples en apariencia, eran en el fondo los mismos en todos los pueblos, ya que correspondían a las mismas fuerzas intelectuales y anímicas, activas en todo el universo. Tal esoterismo unificador implicaba un riesgoso trato con la religión griega que, aunque no debidamente institucionalizada, encontraba en la comunidad civil mucho de su sustento real. Quitar ese sustento a los dioses helenos era, de alguna manera, atacar a las polis que encontraban en ellos el sentido mismo de su razón de ser.57 Sólo el sabio

podía, entonces, honrar a los Dioses de su patria, aunque formándose de su esencia una idea diferente del vulgo. Con ello nacía un concepto de toleran� cia hacia todos los cultos que auspiciaba la unidad de todos los pueblos de la humanidad. La unidad de las religiones en la ciencia esotérica borraría las diferencias exteriores que las religiones aparentaban tener; estas ideas nuevas

lectura de Merrou ya citada en otro capítulo.

57 Cfr. Domínguez Monedero, A. J. La polis y la expansión colonial griega. Siglos VIII – VI, Madrid, Síntesis, 2001, sobre todo el capítulo 3 “La configuración

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se iban imprimiendo sutilmente en el espíritu del novicio, como si los dioses grandiosos del Olimpo griego comenzaran a entreverse paulatinamente para terminar fundiéndose en una luz común más profunda que ellos mismos.

“Y la lira de oro continuaba sus graves enseñanzas:

‘Venera la memoria

de los héroes bienhechores, espirituales semidivinos.’

Tras estos versos, el novicio veía relucir, como a través de un velo, la divina Psiquis, el alma humana. La ruta celeste brillaba como un reguero de luz. Porque en el culto de los héroes y de los semidioses, el iniciado contemplaba la doctrina de la vida futura y el misterio de la evolución universal. No se revelaba al novicio este gran secreto, pero se le preparaba a comprenderlo, hablándole de una jerarquía de seres superiores a la humanidad, llamados héroes y semidioses, que son sus guías y sus protectores. Se agregaba que ellos servían de intermediarios entre el hombre y la divinidad, que por ellos podía llegar a aproximársele practicando las virtudes heroicas y divinas. ‘¿Pero de qué modo comunicar con esos invisi- bles genios? ¿De dónde viene el alma? ¿A dónde va? ¿Por qué ese sombrío misterio de la muerte?’”.

Mientras el novicio recibía estas enseñanzas crecía en él la necesidad de mayores certezas; la búsqueda de una sabiduría firme que le permitiera basar su fe en hechos concretos. Pero sus maestros, como única respuesta, le mos� traban luchadores en la tierra, estatuas en los templos y almas glorificadas en el cielo, “en la ciudadela ígnea de los dioses”, adonde Hércules había llegado. Como los héroes, los discípulos pitagóricos debían trabajar sus propias for� talezas y debilidades hasta el grado de lo admirable.

“En el fondo de los misterios antiguos se relacionaban los dioses todos con el Dios único y supremo. Esta revelación, enseñada con todas sus consecuencias, venía a ser la clave del cosmos. Por esto la reservaban por completo a la iniciación propiamente dicha. El novicio no sabía nada.

Únicamente le dejaban entrever esta verdad a través de lo que le decían de las potencias de la música y del número. Porque los números, enseñaba el maestro, contienen el secreto de las cosas, y Dios es la armonía universal. Las siete modalidades sagradas, constituidas sobre las siete notas del heptacordio, corresponden a los siete colores de la luz, a los siete planetas y a los siete modos de existencia que se reproducen en todas las esferas de la vida material

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y espiritual, desde la más pequeña a la más grande. Las melodías de estas modalidades, sabiamente fundidas, debían equilibrar el alma y volverla suficientemente armoniosa para vibrar de un modo preciso al soplo de la verdad.”

La armonía del Universo se halla reflejada en la cosmogonía pitagórica en el microcosmos que integramos. La correspondencia entre ambos mundos es una necesidad casi matemática del orden sagrado. Por ello, a la purifica� ción del alma correspondía necesariamente la del cuerpo, que se obtenía por la higiene y la disciplina severa de las costumbres. Vencer las pasiones que dominan la mente y el corazón del hombre era el primer deber de la iniciación. El que en su propio ser no ha formado armonía, no puede reflejar la armonía divina. Sin embargo, el ideal de la vida pitagórica nada tenía de la vida ascética, puesto que el matrimonio era considerado como santo. No obstante, se recomendaba la castidad a los novicios y la moderación a los iniciados, como una fuerza y una perfección.

“’No cedas a la voluptuosidad más que cuando consientas en ser inferior a ti mismo’, decía el maestro. Añadía que la volup- tuosidad no existe por sí misma y la comparaba ‘al canto de las Sirenas, que al aproximarse a ellas se desvanecen, no dejando en el sitio que ocupaban más que huesos rotos y carnes sangrientas sobre un escollo roído por las olas, mientras que el verdadero goce es semejante al concierto de las Musas, que dejan en el alma una celeste armonía’. Pitágoras creía en las virtudes de la mujer inicia- da, pero desconfiaba mucho de la mujer natural. A un discípulo que le preguntaba cuándo se le permitiría acercarse a una mujer, le respondió irónicamente: ‘Cuando estés cansado de tu reposo’”.

Siendo como era una comunidad religioso�política, la fraternidad pitagó� rica tenía organizada su jornada del siguiente modo: En cuanto el sol salía e iluminaba las columnas del templo de las Musas, sobre la morada de los iniciados, los jóvenes pitagóricos cantaban un himno a Apolo, ejecutando una danza dórica de un carácter viril y sagrado. Después de las abluciones de rigor, daban un paseo al templo guardando el silencio, observancia que es nota resaltable en toda comunidad que se precie de una vida mística. El des� pertar consistía en una resurrección que debía ser vivida como un momento de inocencia. El alma debía recogerse al comienzo del día y estar virgen para la lección de la mañana. En el bosque sagrado se agrupaban alrededor del maestro o de sus intérpretes, y la lección se prolongaba bajo la frescura de los grandes árboles o a la sombra de los pórticos. A mediodía se dirigía una

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plegaría a los héroes, a los genios benévolos. La tradición esotérica suponía que los buenos espíritus prefieren aproximarse a la tierra con la radiación so� lar, mientras que los malos espíritus frecuentan la sombra y se difunden en la atmósfera con la noche.58 La comida de mediodía, por demás frugal y hecha

en comunidad, se componía generalmente de pan, de miel y de aceitunas.

“La tarde se consagraba a los ejercicios gimnásticos, luego al es- tudio, a la meditación y a un trabajo mental sobre la lección de la mañana. Después de la puesta del sol, se oraba en común, se can- taba un himno a los dioses cosmogónicos, a Zeus celeste, a Atenea providente, a Artemisa protectora de los muertos. Durante aquel tiempo, el incienso ardía sobre el altar al aire libre, y el himno mezclado con el perfume subía dulcemente en el crepúsculo, mien- tras las primeras estrellas perforaban el pálido azul. El día termi- naba con la comida de la noche, después de la cual el más joven daba lectura a un libro, comentándolo el de más edad.”

Así transcurría el día en la comunidad pitagórica, sin sobresaltos. En cuan� to al año, el tiempo estaba en consonancia con las grandes fiestas astronó� micas. El regreso de Apolo hiperbóreo y la celebración de los misterios de Ceres, reunían a los novicios e iniciados de todos los grados, hombres y mujeres. Se veían jóvenes vestidos de púrpura y azafrán, ejecutando coros acompañados de cánticos, con los movimientos armoniosos de la estrofa y de la antistrofa que imitó más tarde la tragedia.59 En medio de aquellas

grandes fiestas, en que la divinidad parecía presente en la gracia de las for� mas y de los movimientos, en la melodía apolínea de los coros, el novicio tenía como un presentimiento de las fuerzas ocultas, de las todopoderosas leyes del universo animado, del cielo profundo y transparente. Del mismo modo, las celebraciones de matrimonios, así como los ritos fúnebres tenían un carácter más íntimo, pero no menos solemne. Una ceremonia original daba sustento al trabajo de la imaginación. Cuando un novicio salía volun� tariamente del instituto comunitario para continuar su vida seglar, o cuando un discípulo había traicionado un secreto de la doctrina �lo que sólo ocurrió una vez� , los iniciados le elevaban una tumba en el recinto consagrado, como si hubiera muerto.

58 Teorías posteriores desarrolladas por Aristóteles en su Física condensan estos principios. Cada elemento busca su lugar natural en el universo.

59 El peán trágico tiene sus raíces en los cantos apolíneos, cuando no en los rituales dionisíacos. Observemos, por otra parte, que el color azafrán quizás sea un aporte que el lejano budismo traspasara al pitagorismo.

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“El maestro decía: ‘Está más muerto que los muertos, puesto que

ha vuelto a la mala vida; su cuerpo se pasea entre los hombres, pero su alma ha muerto: llorémosla’. - Y aquella tumba elevada a un vivo le perseguía como su propio fantasma y como un siniestro augurio.”60

Segundo grado: Purificación (Katharsis)

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