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Relevant Statistical Techniques and Methodologies

35

Becker miró a Rocío, asombrado. —¿Que vendió el anillo?

La mujer asintió y su sedoso cabello rojo se agitó sobre sus hombros. El rezó para que no fuera verdad.

—Pero...

Ella se encogió de hombros. —A una chica, cerca del parque.

Becker sintió que sus piernas flaqueaban. ¡No puede ser! Rocío sonrió con frialdad y señaló al alemán.

—El quería que lo guardara. Le dije que no. Llevo sangre gitana en las venas. Algunas gitanas, además de tener el pelo rojo, somos muy supersticiosas. Un anillo ofrecido por un moribundo no es una buena señal.

—¿Conocía a la chica? —preguntó Becker. Rocío arqueó las cejas.

—Vaya. En serio quiere el anillo, ¿verdad? El asintió con gravedad.

—¿A quién se lo vendió?

El enorme alemán estaba sentado en la cama, perplejo. Su velada romántica se había estropeado, y por lo visto ignoraba por qué.

—Was passiert? —preguntó nervioso. « ¿Qué pasa?» Becker no le hizo caso.

—De hecho, no lo vendí —explicó Rocío—. Lo intenté, pero era una cría y no llevaba dinero. Al final, se lo regalé. Si hubiera sabido su generosa oferta, se lo habría reservado.

—¿Por qué se fue del parque? —preguntó él—. Alguien había muerto. ¿Por qué no esperó a la policía para entregarles el anillo?

—Yo quiero muchas cosas, señor Becker, pero problemas no. Además, daba la impresión de que aquel hombre tenía la situación controlada.

—¿El canadiense?

—Sí, llamó a la ambulancia. Decidimos marcharnos. No vi motivos para que mi cliente o yo nos topáramos con la policía. Becker asintió con aire ausente. Aún estaba intentando aceptar aquel cruel giro del destino. ¡Mira que regalar el maldito

anillo!

—Intenté ayudar al moribundo —explicó Rocío—, pero no parecía querer ayuda. Se empeñó en pasarnos el anillo por la cara. Tenía tres dedos deformes. Era como si quisiera que nos quedáramos con el anillo. Yo no quería, pero mi amigo aquí presente finalmente se quedó con él. Después el tipo murió.

—¿Probó la resucitación cardiorrespiratoria?

—No. No le tocamos. Mi amigo se asustó. Es grande, pero un pelele. —Sonrió de manera seductora a Becker—. No se preocupe. No sabe una palabra de español.

Becker frunció el ceño. Se estaba preguntando de nuevo por las contusiones en el pecho de Tankado. —¿Los de la ambulancia le hicieron el masaje cardiorrespiratorio?

—No tengo ni idea. Como ya le he dicho, nos fuimos antes de que llegaran. —Quiere decir después de que usted robara el anillo —rectificó Becker. Rocío le fulminó con la mirada.

—Nosotros no robamos el anillo. El hombre estaba agonizando. Sus intenciones eran claras. Cumplimos su último deseo. Becker se tranquilizó. Rocío tenía razón. Probablemente, él habría hecho lo mismo.

—¿Y después regaló el anillo a una chica?

—Ya se lo he dicho. Ese anillo me ponía nerviosa. La chica llevaba montones de joyas. Pensé que le gustaría. —¿Y esa muchacha no pensó que era muy raro que le regalara un anillo?

—No. Le dije que lo había encontrado en el parque. Pensé que querría comprarlo, pero no lo hizo. Me dio igual. Quería librarme de él.

—¿Cuándo se lo dio?

Rocío se encogió de hombros.

—Esta tarde. Más o menos una hora después de obtenerlo.

Becker consultó su reloj. Las doce menos doce minutos. La pista tenía ocho horas de antigüedad. ¿Qué estoy haciendo

aquí? Debería estar en las Smoky. Suspiró y formuló la única pregunta que se le ocurrió.

—¿Qué aspecto tenía la chica? —Era una punki —contestó Rocío. Becker la miró perplejo.

—¿Una punki?

—Sí, una punki —dijo en inglés, y cambió enseguida al español—. Muchas joyas. Un pendiente extraño en una oreja. Creo que era una calavera.

—¿Hay punkis en Sevilla? Rocío sonrió.

—Todo bajo el sol.

Era el lema de la Oficina de Turismo de Sevilla. —¿Le dijo su nombre?

—No.

—¿Dijo adonde iba?

—No. No hablaba muy bien el español. —¿No era española? —preguntó Becker.

—No. Creo que era inglesa. Tenía el pelo de colores. Rojo, blanco y azul. Becker se encogió de horror.

—Quizás era norteamericana —aventuró.

—No lo creo —contestó Rocío—. Llevaba una camiseta que parecía una bandera inglesa. Becker asintió en silencio.

—De acuerdo. Pelo rojo, blanco y azul, una camiseta con la bandera inglesa, un pendiente como una calavera en una oreja. ¿Qué más?

—Nada. Una punki como tantas otras.

¿Una punki como tantas otras? Becker procedía de un mundo de sudaderas con el nombre de la universidad y cortes de

pelo conservador. Ni siquiera podía imaginarse a la mujer que le estaban describiendo. —¿Se le ocurre algo más? —insistió.

Rocío pensó un momento. —No. Eso es todo.

Entonces la cama crujió. El cliente de Rocío había cambiado de postura. Becker se volvió hacia él y habló en alemán. —Noch etwas? ¿Algo más? ¿Algo que me ayude a encontrar a la punki del anillo?

Siguió un largo silencio. Era como si el gigante quisiera decir algo, pero no estuviera seguro de cómo expresarlo. Su labio inferior tembló un momento, siguió una pausa y luego habló. Las cuatro palabras eran en inglés, pero apenas inteligibles debido el pronunciado acento alemán.

—Fock off und die.

Becker lanzó una exclamación de asombro. —¿Perdón?

—Fock off und die —repitió el hombre, y dio una palmada con la mano izquierda sobre su carnoso antebrazo derecho, un grosero intento de imitar el gesto italiano universal.

Becker estaba demasiado cansado para ofenderse. Fuck off and die? ¿Y ahora qué mosca le ha picado al pobre diablo? Se volvió hacia Rocío y habló en español.

—Parece que he prolongado demasiado mi visita.

—No se preocupe por él —rió la mujer—. Está un poco frustrado. Obtendrá lo que desea. Agitó el pelo y guiñó un ojo.

—¿Algo más? —preguntó Becker—. ¿Se le ocurre algo que pueda ayudarme? Ella meneó la cabeza.

—Eso es todo. Nunca la encontrará. Sevilla es una ciudad grande. Puede resultar muy engañosa. —Haré lo que pueda.

Es un asunto de seguridad nacional...

—Si no tiene suerte —dijo Rocío, al tiempo que echaba un vistazo al voluminoso sobre que llevaba Becker en el bolsillo—, vuelva por aquí. Mi amigo estará durmiendo, sin duda. Llame con discreción. Conseguiré otra habitación. Conocerá una faceta de España que nunca olvidará.

Hizo un mohín lascivo. Becker forzó una sonrisa educada. —Debo irme.

Pidió disculpas al alemán por interrumpir su velada. El gigante sonrió con timidez. —Keine Ursache.

36

—¿Aborto manual?

Susan contempló estupefacta la pantalla.

Sabía que no había tecleado ninguna orden de aborto manual, al menos de manera intencionada. Se preguntó si habría pulsado una secuencia de teclas errónea.

—Imposible —murmuró.

Según la información que había recopilado, la orden de abortar había sido enviada menos de veinte minutos antes. Susan sabía que lo único que había tecleado durante los últimos veinte minutos era su código personal, cuando había salido a hablar con el comandante. Era absurdo pensar que el código hubiera sido interpretado como una orden de abortar.

A sabiendas de que era una pérdida de tiempo, activó el programa ScreenLock y luego introdujo su código personal cuidando de hacerlo correctamente.

—¿Qué habrá provocado un aborto manual? —se preguntó irritada.

Frunció el ceño y cerró la ventana de ScreenLock. En la fracción de segundo que tardó en cerrarse la ventana, algo llamó su atención. Volvió a abrir la ventana y estudió los datos. Era absurdo. Había la correspondiente entrada de «cerrar» cuando había salido de Nodo 3, pero el momento de la siguiente entrada de «abrir» parecía raro. Menos de un minuto separaba ambas entradas. Susan estaba segura de que había estado fuera con el comandante más de un minuto.

Susan examinó la página. Lo que vio la dejó estupefacta. Tres minutos después, un segundo bloque de entradas cerrar- abrir apareció. Según el registro, alguien había desbloqueado la terminal durante su ausencia.

—¡No es posible! —exclamó.

El único candidato era Greg Hale, y ella estaba muy segura de que nunca había dado a Hale su código personal. Siguiendo el procedimiento criptográfico correcto, Susan había elegido su código al azar y nunca lo había anotado. Era imposible que Hale hubiera adivinado la combinación alfanumérica de cinco caracteres, pues suponía más de sesenta millones de posibilidades.

Pero las entradas de ScreenLock eran tan claras como la luz del día. Las miró asombrada. De alguna manera, Hale había entrado en su terminal cuando estaba fuera. Había enviado una orden de aborto manual a su rastreador.

Las preguntas acerca del cómo dieron paso enseguida a las preguntas sobre por qué. Hale carecía de motivos para entrar en su terminal. Ni siquiera sabía que Susan estaba utilizando un rastreador. Y aunque lo supiera, pensó, ¿por qué iba a impedir que siguiera el rastro de un tipo llamado Dakota del Norte?

Tuvo la impresión de que las preguntas sin respuesta se multiplicaban en su cabeza.

—Lo primero es lo primero —dijo en voz alta. Se encargaría de Hale en su momento. Se concentró en el problema más importante, volvió a cargar el rastreador y pulsó el botón de ENTRAR. Su terminal emitió un pitido.

RASTREADOR ENVIADO

Sabía que el rastreador tardaría horas en volver. Maldijo a Hale, mientras se preguntaba cómo demonios había averiguado su código personal y qué interés tenía en el rastreador.

Se levantó y se encaminó a la terminal de Hale. La pantalla estaba en negro, pero observó que no estaba bloqueada, pues se veía un tenue brillo en los bordes del monitor. Los criptógrafos bloqueaban muy pocas veces sus monitores, excepto cuando se marchaban de Nodo 3 hasta el día siguiente. Se limitaban a disminuir el brillo de sus monitores, una indicación universal, como un código de honor, de que nadie debía manipular la terminal.

—A la mierda el código de honor —dijo Susan—. ¿Qué estás tramando?

Echó un rápido vistazo a la planta desierta de Criptografía y aumentó el brillo del monitor. La pantalla estaba vacía. Susan frunció el ceño. Sin saber muy bien qué hacer, tecleó:

BUSCAR: «RASTREADOR»

Era un tiro a ciegas, pero si había alguna referencia al rastreador de Susan en el computador de Hale, la búsqueda la encontraría. Tal vez arrojaría algo de luz sobre el motivo por el que el criptógrafo hubiera abortado el programa. Segundos después la pantalla informó.

NO SE ENCONTRÓ EL TÉRMINO BUSCADO

Susan leyó un momento la frase, sin saber siquiera lo que estaba buscando. Probó de nuevo.

BUSCAR: «SCREENLOCK»

En la pantalla apareció un puñado de referencias inocuas, ninguna indicación de que Hale guardara copias del código personal de Susan en su computador.

Suspiró en voz alta. ¿Qué programas ha estado utilizando hoy? Fue al menú de «Aplicaciones recientes» para encontrar el último programa usado. Era su servidor de correo electrónico. Susan registró el disco duro, y al final encontró la carpeta de correo electrónico oculta con discreción dentro de otros directorios. Abrió la carpeta y aparecieron más carpetas. Por lo visto, Hale poseía numerosas identidades y cuentas de correo electrónico. Una de ellas, observó Susan sin sorprenderse, era una cuenta anónima. Abrió la carpeta y luego un antiguo mensaje recibido y lo leyó.

Se quedó sin respiración al instante. El mensaje decía:

PARA: [email protected] DE: [email protected]

¡GRANDES PROGRESOS! FORTALEZA DIGITAL ESTÁ CASI TERMINADA. ¡ESTO RETRASARÁ DÉCADAS A LA NSA!

Como en un sueño, Susan leyó el mensaje una y otra vez. Después, temblorosa, abrió otro.

PARA: [email protected] DE: [email protected]

¡TEXTO LLANO ROTATORIO FUNCIONA! ¡TRUCO RESIDE EN CADENAS MUTANTES!

Era impensable, pero lo tenía ante los ojos. Correo electrónico de Ensei Tankado. Había estado escribiendo a Greg Hale. Estaban trabajando en equipo.

Susan se quedó paralizada cuando se enfrentó a la imposible verdad ante la terminal.

¿Greg Hale es NDAKOTA?.

Su mirada quedó clavada en la pantalla. Buscó con desesperación alguna otra explicación, pero no había ninguna. Era la prueba, súbita e inexorable: Tankado había utilizado cadenas mutantes para crear una función de texto llano rotatorio y Hale había conspirado con él para acabar con la NSA.

—No es... —masculló Susan—. No es... posible.

Como para mostrar su desacuerdo, la voz de Hale resonó desde el pasado: Tankado me escribió algunas veces...

Strathmore corrió un riesgo al contratarme... Algún día me iré de aquí.

Aun así, Susan no podía aceptar lo que estaba viendo. Sí, Greg Hale era detestable y arrogante, pero no era un traidor. Sabía las consecuencias de fortaleza digital para la NSA. ¡Era imposible que participara en una conspiración para difundirla!

Y no obstante, comprendió, no había nada que pudiera detenerle, excepto el honor y la decencia. Pensó en el algoritmo de Skipjack. Greg Hale ya había frustrado los planes de la NSA en una ocasión. ¿Qué le impediría intentarlo de nuevo?

—Pero Tankado...

¿Por qué alguien tan paranoico como Tankado confiaría en alguien tan poco fiable como Hale?.

Sabía que nada de eso importaba ahora. Lo único que cabía hacer era hablar con Strathmore. Por un irónico giro del destino, tenían al socio de Tankado ante sus propias narices. Se preguntó si Hale sabía ya que Ensei Tankado había muerto. Empezó a cerrar con rapidez los archivos de correo electrónico para dejar la terminal tal como la había encontrado. Hale no podría sospechar nada... Aún no. Cayó en la cuenta, asombrada, de que la clave de acceso de fortaleza digital debía estar escondida en aquel mismo computador.

Pero justo cuando Susan cerraba el último archivo, una sombra pasó ante la ventana de Nodo 3. Alzó la vista y vio que Greg Hale se acercaba. Sintió una descarga de adrenalina. Casi había llegado a la puerta.

—¡Maldición! —masculló, al tiempo que calculaba la distancia que la separaba de su asiento. Sabía que no lo lograría. Se volvió con desesperación, buscando alternativas en Nodo 3. Las puertas que tenía detrás emitieron un chasquido. Susan reaccionó de manera instintiva. Hundió los pies en los zapatos y corrió hacia la despensa con grandes zancadas. Cuando las puertas se abrieron con un siseo, Susan paró ante la nevera y abrió la puerta. Una jarra de cristal que había en el estante de arriba osciló precariamente y luego se detuvo.

—¿Tienes hambre? —preguntó Hale mientras entraba en Nodo 3 y caminaba hacia ella. Su voz era serena y seductora—. ¿Quieres compartir un poco de tofu?

Susan exhaló aire y se volvió hacia él. —No, gracias —dijo—. Creo que... Las palabras se le atragantaron. Palideció. Hale la miró de una forma extraña.

—¿Qué pasa?

Susan se mordió el labio y le miró a los ojos.

—Nada —consiguió articular. Pero era mentira. Al otro lado de la sala, la terminal de Hale brillaba. Había olvidado oscurecerla.

37

En la planta baja del Alfonso XIII, Becker se dirigió, cansado, al bar Un camarero con pinta de enano dejó una servilleta delante de él.

—¿Qué le pongo?

—Nada, gracias —contestó—. Quisiera saber si hay locales de punkis en la ciudad. El camarero le miró con un gesto de extrañeza.

—¿Locales de punkis?

—Sí. ¿Se reúnen en algún lugar de la ciudad?

—No lo sé, señor. ¡Pero aquí no, desde luego! —Sonrió—. ¿Le apetece beber algo? —insistió. Becker tuvo ganas de sacudir al individuo. Nada salía como había pensado.

—¿Quiere algo? —repitió el camarero—. ¿Fino? ¿Jerez?

De la planta de arriba le llegaron notas de música clásica. Los conciertos de Brandenburgo, pensó Becker. El número

cuatro. Susan y él habían escuchado a la Academy of St. Martín in the Fields interpretando la obra de Johann Sebastian

Bach en la universidad el año pasado. De repente, sintió deseos de tenerla a su lado. La brisa del aire acondicionado le recordó lo que le esperaba fuera. Se imaginó recorriendo las bochornosas calles de Triana, entre drogadictos, mientras buscaba a una punki con una camiseta adornada con la bandera inglesa. Pensó en Susan de nuevo.

—Zumo de arándano —se oyó decir. El camarero se quedó sorprendido. —¿Solo?

El zumo de arándano era una bebida popular en España, pero siempre acompañada de algo más. —Sí —dijo Becker—. Solo.

—¿Le echo un poco de Smirnoff? —insistió el camarero. —No, gracias.

—Gratis —dijo el camarero—. Invita la casa.

La cabeza le dolía y Becker imaginó las sucias calles de Triana, el calor sofocante y la larga noche que le aguardaba. Qué

demonios. Asintió.

—Sí, écheme un poco de vodka.

El camarero pareció aliviado y fue a buscar la bebida.

Becker miró a su alrededor y se preguntó si estaba soñando. Cualquier cosa parecería más lógica que la verdad. Soy un

profesor universitario, pensó, en una misión secreta.

El camarero regresó con la bebida.

—Aquí tiene, señor. Arándano con un chorrito de vodka.

38

Hale se detuvo a mitad de camino de la despensa y miró a Susan. —¿Qué pasa, Sue? Tienes un aspecto fatal.

Ella reprimió su miedo creciente. A tres metros de distancia, el monitor de Hale brillaba. —Estoy... estoy bien —logró articular, pero el corazón le latía desbocado.

El la miró con perplejidad. —¿Quieres un poco de agua?

Susan no pudo contestar. Se maldijo. ¿Cómo he podido olvidarme de oscurecer el maldito monitor? Sabía que en cuanto Hale sospechara que había fisgoneado en su terminal, imaginaría que conocía su verdadera identidad, Dakota del Norte. Temía que Hale haría cualquier cosa para impedir que la información saliera de Nodo 3.

Se preguntó si debía correr hacia la puerta, pero no tuvo la oportunidad. Alguien estaba golpeando la pared de cristal. Tanto Hale como Susan dieron un bote. Era Chartrukian. Estaba golpeando de nuevo el cristal con sus puños sudorosos. Daba la impresión de que hubiera sido testigo del apocalipsis.

Hale miró con el ceño fruncido al enloquecido miembro de Sys-Sec y luego se volvió hacia Susan. —Vuelvo enseguida. Bebe algo. Estás pálida.

Dio media vuelta y salió.

Susan se serenó y actuó con rapidez. Se plantó frente a la terminal de Hale y ajustó los controles de brillo. El monitor se oscureció.

Se volvió y contempló la conversación que tenía lugar en la planta de Criptografía. Al parecer, Chartrukian no se había ido a casa. El joven era preso del pánico, y estaba contando algo a Greg Hale. Susan sabía que no importaba. Hale ya sabía todo cuanto había que saber.

39

Habitación 301. Rocío Eva Granada estaba desnuda ante el espejo del cuarto de baño. Era el momento que había estado temiendo todo el día. El alemán la estaba esperando en la cama. Era el hombre más gordo con el que había estado.

Levantó de mala gana un cubito de hielo de la cubitera y se lo pasó por los pezones. Se endurecieron al instante. Era su don: conseguir que los hombres se sintieran deseados. Por eso volvían. Recorrió con las manos su cuerpo flexible y

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