7.8 GHG Disclosure Measurement Instrument
7.8.4 Reliability and Validity of Coding Process and Disclosure Index
De todos esos centros, París, favorecida por el creciente prestigio de la dinastía de los Capetos, es el más brillante. Profesores y estudiantes se reúnen en la Cité y en su escuela catedral o bien, cada vez más numerosos, en la orilla izquierda donde gozan de mayor independencia. Alrededor de San Julián el Pobre, entre la calle de la Boucherie y la calle de Garlande, y más al este alrededor de la escuela de los canónigos de Saint- Víctor; al sur escalando la Montaña que corona, con su otra gran escuela, el
monasterio de Santa Genoveva. Junto con profesores regulares del capítulo de Nuestra Señora y junto con canónigos de Saint-Victor y de Santa Genoveva, unos maestros más independientes, los profesores agregados que recibieron del obispo la licentia docendi, el
permiso de enseñar, atraen alumnos y estudiantes en número cada vez mayor a sus casas particulares o a los claustros de Saint-Victor o de Santa Genoveva que le son accesibles. París debe su renombre ante todo al brillo de la enseñanza teológica que se sitúa en la cúspide de las disciplinas escolares, pero poco después a esa otra rama de la filosofía que, utilizando en su plenitud la contribución aristotélica y recurriendo
al razonamiento, hace triunfar los trámites racionales del espíritu: la dialéctica.
De manera que París, tanto en la realidad como simbólicamente, es para unos la ciudad faro, la fuente de todo gocé intelectual, y para otros, el antro del diablo en el que se mezclan la perversidad de los espíritus entregados a la depravación filosófica y las torpezas de una vida licenciosa de juego, vino, mujeres. La gran ciudad es el lugar de perdición, París es la Babilonia moderna. San Bernardo clama a los maestros y a los estudiantes de París:
"Huid del centro de Babilonia, huid y salvad vuestras almas. Id juntos
a esas ciudades de refugio donde podréis arrepentiros del pasado, vivir en la gracia durante el presente y esperar con confianza el porvenir (es decir, en los monasterios). Encontrarás mucho más en los bosques que en los libros. Los bosques y las piedras te enseñarán más que cualquier maestro.
"
Y otro cisterciense, Pedro de Selles, exclama:
"¡Oh París, cómo sabes hechizar y engañar a las almas! En ti las redes de los vicios, las trampas de los males, las flechas del infierno pierden a los corazones inocentes. Bendita escuela en cambio aquella escuela en la que es Cristo quien enseña a nuestros
corazones la palabra de su sabiduría, en la que sin trabajo ni cursos nos enseña el método de la vida eterna. Allí no se compran libros, no se pagan profesores de escritura; allí no hay ningún embrollo de las disputas ni ninguna urdimbre de sofismas; la solución de todos los problemas es allí simple y se aprenden las razones de todo. "
De esa manera el partido de la santa ignorancia opone la escuela de la soledad a la escuela del ruido, la escuela del claustro a la escuela de la ciudad, la escuela de Cristo a la escuela de Aristóteles y de Hipócrates.
La oposición fundamental entre los nuevos clérigos de las ciudades y los
medios monásticos, cuya renovación en el siglo XII vuelve a encontrar (más allá de la evolución del movimiento benedictino occidental) las tendencias extremas del monaquisino primitivo, estalla en esta exclamación del cisterciense Guillermo de Saint-Thierry, amigo íntimo de san Bernardo:
"¡Ah los hermanos del Mont-Dieu! Ellos aportan a las tinieblas del Occidente la luz del Oriente y a la frialdad de la Galia el fervor religioso del antiguo Egipto, esto es, la vida solitaria, espejo del género de vida del cielo."
Así, en virtud de una curiosa paradoja, en el momento en que los intelectuales urbanos absorben en la
cultura grecoárabe el fermento del espíritu y de los métodos de pensamiento que habrán de caracterizar al Occidente y asegurar su fuerza intelectual (la claridad del razonamiento, la preocupación por la exactitud científica, la fe y la inteligencia, apoyadas la una en la otra), el espiritualismo monástico reclama, en el seno mismo del Occidente, el retorno al misticismo del Oriente. Este es un momento capital: los intelectuales de las ciudades van a apartar al Occidente de los espejismos de otra Asia y de otra África, los espejismos del bosque y del desierto místicos.
Pero el mismo movimiento de retiro de los monjes despeja el camino
para el desarrollo de las escuelas nuevas. El concilio de Reims de 1131 prohíbe a los monjes el ejercicio de la medicina fuera de los conventos: Hipócrates tiene el campo libre.
Los clérigos parisienses no escucharon la exhortación de san Bernardo. En 1164 Juan de Salisbury escribe a Thomas de Becket:
"Me he dado una vuelta por París. Cuando vi la abundancia de víveres, la alegría de las gentes, la consideración de que gozan los clérigos, la majestad y la gloria de toda la Iglesia, las diversas actividades de los filósofos, me pareció ver, lleno de admiración, la escala de Jacob cuyo extremo superior llegaba al cielo y que era recorrida por
ángeles que subían y bajaban por ella. Entusiasmado por esta feliz peregrinación tuve que confesarme: el Señor está aquí y yo no lo sabía; entonces recordé aquellas palabras del poeta: Feliz exilio el de aquél que tiene por morada este lugar."
Y el abad Felipe de Harvengt, consciente del enriquecimiento que aporta la enseñanza urbana, escribe a un joven discípulo:
"Empujado por el amor a la ciencia has venido a París y has encontrado a esa Jerusalén que tantos desean. Esa es la morada de David… del sabio Salomón. Hay una concurrencia tal, una muchedumbre tal de clérigos que éstos están a punto de
sobrepasar a la numerosa población de los laicos. ¡Feliz ciudad en la que los santos libros se leen con tanto celo, en la que sus complicados misterios son resueltos gracias a los dones del Espíritu Santo, en la que hay tantos profesores eminentes, en la que hay una ciencia teológica tal que bien se podría llamar a París la ciudad de las bellas letras!"