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The Religious Divide 88

In document Jihadist suicide : a moral ideal (Page 104-134)

PART II : THE AGE OF EXTREMES 60

Chapter 4 The Religious Divide 88

El reconocimiento de pueblo como ente orgánico dotado de sensibilidad anímica, resultó del pensamiento romántico decimonónico. Uno de sus célebres impulsores sería el historiador francés Jules Michelet, con su Histoire de la Révolution

française, cuya escritura le ocupó desde 1833 a 1867. En ella coexistían

argumentalmente la veracidad documental y la fantasía apasionada propia del romanticismo, elevando a la categoría de mito la revolución, y reivindicando el protagonismo de los movimientos sociales que promovieron y emprendieron las acciones revolucionarias, para romper definitivamente las ataduras hirientes de una sociedad dominada por el poder omnímodo del Antiguo Régimen y por la oscuridad de la ignorancia impuesta83. Géricault ya había inmortalizado el sufrimiento colectivo de unos seres humanos, náufragos intencionalmente anónimos, en su cuadro La balsa de la

Medusa (1819)84, a través de la angustia del hacinamiento por los reducidos límites del espacio permitido, y la impotencia frente a un piélago inmenso y embravecido, justo en el momento en que avistan el posible barco del rescate, agitando sus brazos hacía el resplandeciente e iluminado horizonte de la salvación, y Delacroix había consagrado la imagen del pueblo revolucionariamente libre (liberal), llevándolo a la máxima expresión redentora en su celebérrima obra El 28 de julio: la libertad guiando al pueblo, cuadro que pintaba para celebrar el éxito (fracasado) de la revolución de 1830, y que fue comprado por el Estado francés de 1831, pero no expuesto públicamente, por considerarla una obra provocadora, hasta 1848, tras el nuevo proceso revolucionario que acabaría implantando la II República francesa85. Pero no menos representativa del ideal revolucionario romántico sería la obra de Goya, y entre sus numerosos ejemplos, el de

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Jules Michelet (1798-1874) había escrito la Historia de Francia, pero dedicó la mayor parte de su trabajo a escribir la historia de la Revolución francesa, documentándose en los archivos nacionales y en al jefatura de policía de Paris.

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Théodore Géricault (1791-1824) recogía en este cuadro un hecho real, el naufragio del barco del gobierno francés Medusa, en julio de 1816, en la costas africanas, a causa de una tempestad, del que sobrevivieron 149 náufragos a bordo de una balsa durante doce días y sin víveres. El barco Argus, que acudió en su ayuda, sólo logró rescatar doce supervivientes. Géricault se entrevistó con algunos de ellos, dos de los cuales publicaron la historia del naufragio en 1817, y posaron para el cuadro. Hugh HONOUR,

El romanticismo, Madrid, Alianza Forma, 1981, pp. 42 y ss.

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Eugène Delacroix (1798-1863) pintaba por primera vez en Francia una combinación entre la alegoría y el realismo, la pintura histórica y el reportaje, que no fue muy bien acogida en su primera exposición, en el Salón de 1831, aunque fue adquirida por el Estado, no estuvo expuesta hasta la revolución de 1848, y en 1855, pero sólo por unas semanas. No estuvo expuesta al público con carácter permanente hasta 1861. Ibidem, pp. 242 y ss.

Los fusilamientos del 3 de mayo, cuadro pintado inmediatamente después de la restauración borbónica de 1814, para conmemorar el inicio de la guerra de la independencia española. En él, el sacrificio de los fusilados daba sentido a la guerra, justificándola a través de la entrega y el valor de los patriotas anónimos, pero también subrayaba la revolución liberal española de 1808.

Frente a esta idealización burguesa de la revolución, el proyecto revolucionario de cambio social que Marx y Engels proponían en el Manifiesto del Partido Comunista era, quizá, menos apasionado y más cabal pero resultaría no menos idílico. Siguiendo el encargo de la Liga de los Comunistas en 1847, aunque algo alejados de las condiciones que sus representantes les imponían, Marx y Engels proponían para Alemania, en el momento políticamente propicio que esperaban para 1849, una revolución burguesa, que no debía ser otra que la revolución de la burguesía, como paso previo a la

revolución proletaria86

. El texto se volvía profético cuando al mismo tiempo que acababa de imprimirse, la revolución se producía, aunque no en el lugar y fecha, ni de la naturaleza, esperados, sino en París, en 1848, y con el triunfo republicano de la democracia y el proletariado87, extendiéndose la oleada revolucionaria liberal a otras ciudades europeas como Berlín, Viena, Praga, Budapest o Roma, en lo que se conoció como “la primavera de las naciones”, y a la que se sumaron algunas insurrecciones españolas en las ciudades de Madrid, Valencia, Sevilla y Cataluña, todas ellas aplacadas contundentemente por el ejército y las fuerzas del orden correspondientes.

No obstante, la sociedad que presentaban Marx y Engels en el Manifiesto no era la propiamente decimonónica que presenciaban y testimoniaban, sino la que estaba por venir88, en la que, con arreglo al proyecto comunista, era necesario el desarrollo de la burguesía para que se produjera paralelamente el desarrollo de un proletariado –que se iría incrementando cualitativa y cuantitativamente, hasta ser muy superior en número-, unido en asociación, e ideológicamente capacitado para sustituirla en todas las dimensiones, según sus propias valoraciones:

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La Liga de los Justos pasó a denominarse Liga de los Comunistas en su primer Congreso de 1847, contando con la presencia de Engels. A Marx y Engels, que habían fundado en 1846, en Bruselas, el Comité de Correspondencia Comunista, la Liga encargó la elaboración de un proyecto de declaración de principios para el Partido Comunista, si bien, los resultados fueron mucho más profundos, y su recalado filosófico y sus repercusiones sociales mucho más grandes; en Juan José CARRERAS, “El

Manifiesto Comunista: historia de un malentendido”, en Razón de Historia. Estudios de historiografía, ob.cit., pp. 203-213.

87Ibidem

, p. 205.

88Ibidem

La condición esencial de la existencia y de la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y el acrecentamiento del capital. La condición del capital, a su vez, es el trabajo asalariado. Éste descansa exclusivamente sobre la competencia de los obreros entre sí. El progreso de la industria, del que la burguesía, incapaz de oponérsele, es agente involuntario, sustituye al aislamiento de los obreros, resultante de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Así, el desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta produce y se apropia de lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables.89

De esta forma se cambiaba el concepto burgués de pueblo por el socialista de

proletariado, como se afirmaba en el llamamiento final del propio Manifiesto: “Proletarios de todos los países, uníos”, sustituyendo a la invocación del abrazo fraterno universal de los revolucionarios ilustrados, y con ello también se intentaba iniciar un proceso de concienciación obrera y campesina, respecto a la lucha de clases y la división social entre explotadores y explotados.

La progresiva generalización de la protesta obrera en el mundo occidental decimonónico dejará también para la disciplina histórica, y la pujante sociología encabezada por Durkheim, el nuevo concepto de movimiento social, que se identificará desde el principio con el movimiento obrero, y así se mantendrá hasta la segunda mitad del siglo XX90, coincidiendo con los avances del capitalismo y las sociedades industrializadas, y sus aparentes logros económicos y éxitos sociales del Estado del bienestar, y la caducidad del movimiento revolucionario liberal, de entre cuyas últimas

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Karl MARX y Friedrich ENGELS, Manifiesto del partido Comunista, Madrid, Utopías, 1998, p. 73. Según exponían, el desarrollo de la burguesía había creado las propias armas para abatirla, y a los “hombres” que habrían de empuñarlas: “los obreros modernos, los proletarios”. “En la misma medida en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, se desarrolla también el proletariado, la clase de obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y que lo encuentran sólo mientras su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detalle, son una mercancía como cualquier otro artículo del comercio, sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las influencias del mercado” (p. 64), como subrayaba Carreras, “Marx era poco decimonónico”, el mundo que describía en el Manifiesto, “como resultado del dominio ubicuo de la burguesía, se parece más al nuestro que al Europa del siglo XIX”, Juan José CARRERAS, “El Manifiesto Comunista: historia de un malentendido”, ob. cit., p. 208.

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Como señala Manuel Pérez Ledesma, es el siglo XIX cuando aparece por primera vez en el lenguaje del estudio de las sociedades, la expresión movimiento social, aunque en realidad se trataba de un eufemismo, para evitar problemas con la censura en los estudios sobre corrientes ideológicas socialistas y comunistas, como ocurrió con las autoridades prusianas y la obra de Lorenz Von Stein,

Historia del movimiento social en Francia, desde 1789 hasta nuestros días (1851), Manuel PÉREZ LEDESMA, “Cuando lleguen los días de cólera (Movimientos sociales, teoría e historia)”, p. 59, ob.cit.

manifestaciones habían resultado un victorioso, desde el punto de vista político,

Risorgimento italiano (1861) o el fracasado Sexenio revolucionario español (1868- 1874), y extendiéndose también en la desmitificación de los movimientos obreros y socialistas, surgidos desde la Revolución rusa de 1917, con la guerra fría y el comienzo de la desestalinización.

La conflictividad bélica mundial y sus repercusiones internacionales, incluido el incremento de las demandas de independencia de las naciones colonizadas por países europeos y Estados Unidos, cuyo proceso de descolonización se generalizará en los años 60’-70’, contribuyeron decididamente a todo ello, pero también dieron lugar a la emergencia de protestas sociales cuyos actores y objetivos eran distintos de los de aquellos movimientos obreros, aunque en sus actividades formales se mostraban similares, e incluso compartidas con ellos en determinados momentos.

Las protestas sociales de los años 60’ ponían su acento en otros valores, un poco más allá de los materiales y económicos que habían caracterizado la época anterior. En 1957, el cineasta norteamericano Stanley Kubrick estrenaba su cuarta película: Paths of

glory (Senderos de gloria), era una clara apuesta antibelicista, en la que denunciaba tanto la crueldad de la guerra, desde el mismo interior del ejército, como las obsesiones militaristas por el ejercicio del poder y la jerarquización91, y en 1960 estrenaba

Spartacus, un alegato contra la esclavitud, o la falta de libertad, simbolizado también en un hecho real, en esta ocasión ambientado en la antigua Roma y en una de las revueltas de los esclavos, concretamente la dirigida por los gladiadores con Espartaco al frente, apuntando, además, la cuestión de la libertad sexual92. Es en estas fechas cuando empiezan a vislumbrarse los objetivos que encauzarán los nuevos movimientos sociales: desde los movimientos por los derechos civiles al antimilitarismo con tendencias pacifistas –en el debate sobre la intervención norteamericana en Vietnam-, el

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La película, basada en una novela homónima de un autor poco prolífico, Hamphrey Cobb, argumenta un hecho real sucedido en la primera guerra mundial, en 1916, cuando el ejército francés trata de llevar a cabo un ataque suicida contra las posiciones alemanas en Agnoc, un punto estratégico para el desarrollo de la guerra. Los soldados se niegan a continuar y el general manda abrir fuego contra su propio ejército para obligarles a entrar en combate, a pesar de lo cual, la acción fracasa rotundamente. Como escarmiento a las tropas con un castigo ejemplar, el mando oficial convoca un consejo de guerra inmediatamente para el que son elegidos al azar tres soldados, a los que se acusa de cobardía ante el enemigo y deben enfrentarse a la pena de muerte.

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La obra de Stanley Kubrick (1928-1999) constituye uno de los mejores legados del cine a la historia de la humanidad, especialmente por su extraordinaria capacidad para visualizar externa y descriptivamente el acontecimiento y sus raíces más profundas en el interior del ser humano. Lolita (1962); Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb (1963 -¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú-, 2001: A Space Odyssey (1968 -2001: Una odisea en el espacio); A clockwork

orange (1971 -La naranja mecánica-); o Full metal jacket (1987 -La chaqueta metálica-) son algunos de los títulos imprescindibles del autor.

ecologismo político, el nuevo impulso de las reivindicaciones feministas, y la progresiva generalización del movimiento estudiantil93. Los nuevos referentes simbólicos revolucionarios serán ahora la revolución húngara de octubre de 1956, la revolución cubana de 1959 o la revolución cultural china de 1966, y entre sus principales mitos: Che Guevara y Mao94.

Las oleadas de protesta, generalizadas en Europa y Norteamérica, tendrán su punto culminante en el ’68, con las revueltas estudiantiles y los movimientos obreros, y la emergencia de nuevos planteamientos sobre las cuestiones citadas, como el imperialismo, los límites del poder y de la autoridad, el racismo, la discriminación y la libertad sexual, o los problemas ecológicos. Objetivos que se irán perfilando, y dando lugar a la creación de grupos de protesta autónomos, entre los que destacaron, en un primer momento, los movimientos pacifistas, feministas y ecologistas, por la fuerte intensificación de sus actividades, la trascendencia de sus reivindicaciones, su coincidencia en prácticamente todo el marco geopolítico occidental, el número de participantes, y el grado de permanencia en el tiempo, a los que no tardarán en sumarse los movimientos urbanos alternativos.

La magnitud de las nuevas formas de acción colectiva impulsó, en los mismos años 50’-60’, el estudio de toda forma de protesta social por parte de los historiadores, politólogos y sociólogos. Los historiadores empezaron a volver la vista hacia los siglos precedentes más inmediatos, poniendo ahora el interés especialmente en las formas no institucionalizadas de acción colectiva, y de su estudio salieron trabajos como los de George Rudé, Edward P. Thompson, Eric Hobsbawm, o Charles Tilly95, por ejemplo, o el citado Maurice Agulhon, con su análisis sobre la sociabilidad.

Mientras, la sociología y la ciencia política empezaron a elaborar teorías sobre los movimientos sociales que les eran contemporáneos, de los que eran igualmente partícipes, bien como protagonistas o bien como testigos privilegiados96 -Alain Touraine, Alberto Melucci, Talcott Parsons, Claus Offe, o Joseph Gusfield, por

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Jorge RIECHMANN y Francisco FERNÁNDEZ BUEY, Redes que dan libertad. Introducción

a los nuevos movimientos sociales, Barcelona, Paidós, 1995, pp. 180-181.

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Según Riechmann y Fernández Buey, coincidiendo con la mayoría de los científicos sociales, una de las características de los movimientos sociales es el “alto nivel de integración simbólica”. Los integrantes de un determinado movimiento podrán distinguirse “por su vestimenta, formas de trato personal, símbolos políticos, rasgos lingüísticos. Una parte esencial del movimiento estriba en la creación de esa identidad colectiva, algunos de cuyos elementos se difundirán después a grupos sociales más amplios, ésta es una importante dimensión cognitiva del cambio social”, Ibidem, p. 49.

95

Manuel PÉREZ LEDESMA, “Cuando lleguen los días de cólera (Movimientos sociales, teoría e historia)”, ob.cit., pp. 53-55.

96Ibidem

ejemplo-, de las que han resultado una multiplicidad de posturas y corrientes, tanto en el plano conceptual, con definiciones complejas y contradictorias, como a nivel teórico, en el que se confrontan las teorías macrosociológicas con las de la estructura, las de

privación relativa con las de la identidad, las de movilización de recursos, las

culturalistas con las economicistas, etc.97.

Propuestas sobre el conocimiento social cuya diversificación teórica se constata a partir de los años 70’ del siglo XX, para confluir en la coyuntura de entresiglos en el desafío teórico que va de los movimientos sociales a la acción colectiva, cuyo arranque se precisa en los procesos de democratización generalizados en Europa y América Latina, que dieron lugar a una transformación y discusión del espacio público, del papel de la sociedad civil y de la ciudadanía. Establecimiento de un sistema político democrático que no sólo debía asegurar el procedimiento electoral –la participación ciudadana legítima-, sino las condiciones de bienestar y de igualdad de oportunidades básicas, y que pasaría en sus momentos de consolidación por el desencanto hacia la política98, en tanto no retomaba un lugar preeminente la respuesta social a lo político.

Así pues, en ese contexto de participación política, la acción colectiva llega a entenderse como toda acción conjunta que persigue unos intereses comunes y para conseguirlos desarrolla unas prácticas de movilización concretas. No obstante, para obtener dicha consideración deberá reunir cuatro elementos básicos: intereses, organización, movilización y estructura de oportunidad política, que se van a dar en tres niveles elementales: micro (individual), meso (grupal) y macro (sistémico), desde los que se puede estudiar las referidas formas participativas. En ese argumento teórico, las asociaciones y los movimientos sociales se definirán como respuestas racionales, en sentido amplio, a determinadas tensiones, conflictos o problemas individuales o colectivos99.

Como se ha dicho, las tendencias en el pensamiento de lo social se diversifican a partir de los años 70’, coincidiendo, según afirma Enrique Gil, con una fragmentación de la realidad, que las ciencias sociales habrían de afrontar100.

97

Josep PONT VIDAL “La investigación de los movimientos sociales desde la sociología y la ciencia política. Una propuesta de aproximación teórica”, p. 263, en Papers, 56, pp. 257-272.

98

Antonella ATTILI CARDAMONE, “Ciudadanía, sociedad civil y la redefinición de los espacios públicos”, ob.cit., pp. 132 y 134.

99

Mª Jesús FUNES y Ramón ADELL, Movimientos sociales: cambio social y participación, Madrid, UNED, 2003 (capítulo 1).

100

Enrique GIL CALVO, “Las ciencias sociales se enfrentan a una realidad fragmentada”, en www.insumisos.com/lecturasinsumisas.

Hasta ese momento habían destacado dos posturas diferentes que, de una u otra forma, incidían en el análisis de los movimientos sociales: por un lado, la sociología estructural-funcionalista –escorada hacia la derecha-, en la que destacaban autores como Ralf G. Dahrendorf, y por otro lado, el marxismo estructural de Louis Althusser y la sociología crítica de Habermas, entre otros, –más inclinadas hacia la izquierda-. Ambas corrientes coincidían en el determinismo económico, justificado históricamente por la estabilización de la estructura de clases, frente al que respondían colectivamente también los intereses económicos.

Con la crisis de la sociedad industrial se produce una huida del determinismo, visible en la renuncia a las teorías keynesianas, dando por supuesta la muerte de Marx, y el retorno al modelo weberiano, como se apuntaba en el capítulo anterior, provocando una fragmentación teórica múltiple, de la que saldrían posturas como el marxismo analítico de Jon Elster, el neoinstitucionalismo de Mancur Olson, o la sociología histórica de Theda Skocpol y Charles Tilly, que reasumieron el protagonismo del Estado, o el del nacionalismo, analizado por Ernst Geller. Un contexto teórico en el que se retomarán los movimientos sociales como acción colectiva, y desde la dimensión política, especialmente desarrollados tanto por Tilly como por Sydney Tarrow101.

En esa primacía de lo política surgen otras cuestiones importantes: la crítica del corporatismo keynesiano, que inician autores como Schmitter, desarrollada en España por Salvador Giner o Víctor Pérez Díaz, entre otros, como se veía anteriormente, dando lugar al debate sobre la crisis del Estado del Bienestar, y que tratan desde otros ángulos Albert O. Hirschmann, Amartya K. Sen y Mancur Olson, por ejemplo; y la crítica de la democracia de partidos, denunciando el déficit de representación que reclama la profundización de la democracia para hacerla más participativa, a partir de autores como Chantal Mouffe y Bernard Manin, que destacan como sujetos políticos emergentes los nuevos movimientos sociales (feminismo, ecologismo, pacifismo, etc.)102. Movimientos que obedecen a valores y demandas “postadquisitivas”, fundamentados en un posmaterialismo desinteresado y altruista, según Ronald Inglehart103, que dinamizan y diversifican las alternativas radicales de la sociedad civil.

101

Véase, Mª Luisa RAMOS ROLLÓN, “La dimensión política de los movimientos sociales:

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