Chapter 1. Recent pension reforms
1.5. Remaining challenges
Cuanto acabamos de referir en el capítulo anterior, podrá quizá parecer a alguno una manera piadosa y amena de contar algo, que sí, puede tener cierto encanto —el encanto que experimentaríamos al encontrar un lirio en una tierra pedregosa—, pero nada más. En cierto modo es natural pensar así.
Muchas veces, de una infancia piadosa, con aspiraciones y deseos vagos de darse a Dios, no ha quedado nada. Es verdad, aunque esto no quiere decir que estas llamadas de Dios no sean verdaderas.
Pero en el caso de Maravillas Pidal no fue así. El voto de virginidad que hizo a los cinco años y que ella misma refirió a algunas monjas de su intimidad, tal y como lo hemos contado aquí, fue el punto de partida de una línea de conducta que siguió con fidelidad hasta la muerte.
En una carta escrita a su confesor el año 1939, en la que le da cuenta de toda su vida, escribe: «La (gracia) de la vocación la recibí al mismo tiempo que el uso de la razón, y con tanta claridad sentía el llamamiento del Señor, que tan decidida estaba entonces a ser monja como ahora y sin la más pequeña sombra de duda en toda mi vida».
Así fue en efecto. Desde aquel día Dios ocupó el primer lugar en su corazón. La gracia no destruye la naturaleza, y no cambió su manera de ser ni impidió las inocentes travesuras propias de sus años y de su natural vivo y alegre.
Allí, en la capilla de Carrascalejo, está el Señor y Maravillas iba a menudo a visitarle. No dejaban de tener mérito estas visitas, pues para ir a la capilla había que atravesar muchos salones y un gran patio, y a Maravillas le daba miedo.
Todos hemos tenido miedo, mucho miedo, cuando de niños nos quedábamos solos de noche, o nos mandaban a buscar algo a un sitio apartado o a oscuras. Miedo... a no sé qué, a algún misterioso ladrón que podía estar escondido debajo de la cama o detrás de las cortinas, o... no se sabe a qué, sencillamente miedo. Pero Maravillas, a los seis o siete años
tenía miedo al demonio. Había oído decir a su abuela que éste huía de la cruz, y por eso iba corriendo y haciendo cruces con el índice y el pulgar de sus dos manos, por delante, por detrás, por los hombros, para que el demonio no pudiera cogerla por ninguna parte.
Dios ha dado permiso algunas veces al príncipe de las tinieblas para importunar a los santos. Así que no tendría nada de particular que por los inmensos corredores de Carrascalejo quisiera atemorizar a aquella niña que en el futuro se iba a oponer continuamente a sus planes. Y Maravillas, con un gesto muy semejante a aquel con que Santa Teresa «daba higas»12 pero en este caso mejor aplicado, no le dejaba aproximarse a ella.
En efecto, ninguno de los enemigos del alma lograron entrar por ninguna parte en la de esta niña angelical.
Maravillas no fue nunca al colegio. Si después de su Primera Comunión siguió frecuentando el de la Asunción, era más bien para asistir a algunas clases aisladas de inglés y de religión, pero colegiala propiamente dicho no fue nunca. Hizo todos sus estudios en casa con profesoras e institutrices francesas e inglesas con las que aprendió tan perfectamente estos dos idiomas, que después de muchos años sin haberlos practicado los hablaba y escribía con gran facilidad.
Nada turbaba la paz de aquel hogar cristiano donde los señores rezaban diariamente el Rosario con las personas que tenían a su servicio, asistían a la Misa en la capilla de la casa y recibían todos la Sagrada Comunión. Todos menos Maravillas que había cumplido ya diez años y esperaba con ansia el momento de recibir al Señor.
Mucho tiempo antes de que la Iglesia hubiese elevado al honor de los altares al Papa Pío X, sentía hacia él un gran amor y veneración. Le parecía que sólo de un santo pudo salir la idea delicadísima de dar a Dios abrigo en el corazón de un niño inocente.
¿Dónde podría encontrarse más a gusto Aquel que se apacienta entre azucenas?... Maravillas que desde los cinco años estaba preparada y que lo deseaba con toda su alma, no tuvo la suerte de comulgar tan pronto y se le hizo muy larga la espera. Pero procuró aprovecharla para prepararse más y mejor.
12 Cf. Santa Teresa de Jesús. Gesto de desprecio que Santa Teresa tuvo que hacer
alguna vez. por mandato de sus confesores, cuando tenía alguna visión. Libro de la
En sus estancias en Carrascalejo llamaba la atención de todos el recogimiento y fervor con que estaba en la capilla que contrastaba con su natural alegría y viveza. Nunca tenía prisa por salir de allí.
Josefa García era una joven del pueblo de Bullas, que ayudaba en los trabajos de la casa (moza de sala, dice ella) en las temporadas que pasaban allí los Marqueses. En su relación dice textualmente: «A todo el servicio nos maravillaba que, siendo una niña, con el recogimiento que estaba en la capilla, y, sin embargo, al salir con su amiga Nieves, siempre corrían y ve- nían tarde de tanto jugar por el campo.»
Maravillas según el sentir de todos era un encanto. Nieves dice de ella que «siempre estaba riendo y perdonando...». Cuando Josefa fregaba los grandes corredores semejantes a los claustros de un convento, se acercaba y le decía:
—Pobre Pepa, tendrás las manos heladas, ¡cuánto lo siento!
Otras veces paseaba con su devocionario leyendo o rezando y se llegaba hasta el lavadero. Nunca faltaba la palabra llena de caridad y cariño:
—Pobre Pepa, ¡qué frío estarás pasando!
La relación añade: «No se cansaba de infundirme ánimos para que mi trabajo resultara más llevadero».
Se mortificaba en la comida, dando todo lo mejor a Nieves con el pretexto de que no podía comer tanto y rogándole que no lo dijera a su madre para que no se preocupase.
Se acercaba el 7 de mayo, fecha designada para su Primera Comunión. Ya en Madrid, para prepararse al gran acontecimiento la llevaron un mes antes al Colegio de la Asunción (Santa Isabel). ¡Maravillas estaba tan contenta de estar en la casa de Dios! Todo allí le hablaba de El. Le tenía en la capilla donde podía ir a visitarlo cuando quisiera, y podía también desahogarse con aquellas buenas Madres que le ayudaban a prepararse para recibir al Señor.
Quedan sólo algunos detalles de su vida en esos días, pero conociendo el espíritu que reinaba entre aquellas religiosas y el candor y delicadeza del alma de Maravillas, podríamos asegurar que no faltaba en ella ningún detalle la víspera del gran día.
Es decir, sí. Faltaba la obra que Dios hace en el alma de sus escogidos y que, aunque parece increíble, empezó muy pronto en aquella alma privilegiada: la prueba. En esta fragua se purifica el alma como el oro
en el crisol, dice San Juan de la Cruz, y así le sucedió a Maravillas. Ella misma lo contó treinta y seis años después, en una cuenta de conciencia:
«Yo, al confesarme, quería siempre explicar más, y el confesor no me dejaba y cuando le preguntaba si bastaba lo que decía, me contestaba que sí. La víspera de mi Primera Comunión, después de la confesión, pensé todo esto, que estaba reprobada, que mis compañeras agradarían tanto a Dios y yo haría una mala Comunión, etc., y sufrí mucho. El día de la Primera Comunión se me olvidó todo esto, fui felicísima. Sólo traté con el Señor de mis ansias porque llegara el día de poder ser toda suya en la vida religiosa, y siempre es para mí una fecha dulcísima y memorable».
Ni el vestido, ni los regalos, ni el desayuno, ni las amigas, ni nada de cuanto la rodeaba, hizo la menor ilusión a aquella niña de diez años13. Sólo soñaba con el momento de poder consagrarse al Señor, de ser suya para siempre... Desde entonces comulgaba siempre que podía y como ha
13 Otras niñas hicieron la Primera Comunión con ella. Doña Pilar Guillamas,
Marquesa de Campo Fértil, hija de una de ellas, dice que oyó decir muchas veces a su madre que Maravillas era ya entonces una niña no corriente y que impresionaba su recogimiento. El día de la Primera Comunión repartió, sin hacerlo notar, los regalos que le habían hecho.
ocurrido a todos los Santos, el Santísimo Sacramento fue siempre el centro de sus amores.
Quedó desde entonces muy unida a aquella casa de Dios que como ya se ha dicho continuó frecuentando.
Su gran corazón se llenó de gratitud y afecto santo hacia una de aquellas religiosas, Mère Elisabeth, que con tanto espíritu la había preparado para comulgar por primera vez. De rodillas y con la cabeza apoyada en el brazo de su butaca, Maravillas volcaba su alma.
Cada vez le importaban menos las cosas de la tierra, sólo gozaba oyendo hablar de Dios y esperaba con infantil ilusión aquellos ratos de cielo.
Cierto día que estaba en la capilla esperando a la Madre, oyó de pronto abrirse la puerta y volvió la cabeza llena de alegría. Pero inmediatamente sintió en su corazón como un reproche que la llenó de pena y confusión:
«¿Cómo? Allí estaba Jesucristo en el Sagrario sólo para ella y ella prefería la conversación de una criatura...»
Desde aquel día su cariño hacia Mère Elisabeth se sobrenaturalizó totalmente y jamás ninguna criatura volvió a interponerse entre su alma y Dios.
Desde entonces prolonga sus visitas a la capilla sin echar de menos la compañía ni los juegos de las demás niñas. Estos ratos ante el Sagrario a los diez o doce años nos traen al pensamiento los que Teresa del Niño Jesús pasaba en aquella tribuna de la Abadía benedictina de Lisieux... La -Florecita» no podía echar raíces en la tierra y volvía su corola hacia el cielo...
A lo que se puede juzgar, ni en el carácter ni en el temperamento la Madre Maravillas se parecía en nada a Santa Teresita. Sin embargo, esa corriente misteriosa que fluye a veces entre las almas santas, las unió siempre de una manera entrañable. La Madre acudía a la Santa en sus necesidades y ella la favoreció muchas veces con su lluvia de rosas. Quizá fue por esto por lo que al referir la Madre esta época de su vida no en- contraba palabras más adecuadas que las de la Santa de Lisieux. Mil veces se las han oído repetir, por eso ahora no nos ha sorprendido encontrarlas en una carta en la que confía a su confesor sus más íntimos sentimientos. Con ellas resume las misericordias de Dios con su alma.
«Vuestro amor me ha prevenido desde la infancia, ha crecido conmigo y ahora es un abismo que ya no puedo sondear...»14.
14 «Resultado de estas cosas fue un amor al Señor que me parecía poder decir de
veras con Santa Teresita: Votre amour m’a prevenu des mon enfance. il a grandi avec
moi, et maintenant c’est un abîme dont le ne puis sonder la profondeur» (Madre
Maravillas, carta al Padre Florencio del Niño Jesús, OCD, 11 de marzo de 1938, en Batuecas).