Pressures on the process
3.8 REMAINING ELEMENTS IN THE STANDARD APPROACH FOR TRAINING DESIGN
El hombre, hijo de la naturaleza, debe seguir a su madre en sus deseos y en sus leyes. Entre los elementos, ninguno es absolutamente revoltoso. Se desbordan los ríos, se sedimentan, se hunden, se secan y después Dios resucita en ellos, el agua de la vida para que canten a su oído el canto de la eterna evolución: entre el amor v la desesperación, entre la perplejidad y la decisión, entre la esperanza y la desilusión.
Así sucede en las almas humanas y sobre todo en aquellas que están llenas del sublime deseo, llegan con su progreso y esfuerzo a un punto del que no pueden traspasar. Allí se agitan, se precipitan, se hunden. Pero Dios les manda nuevamente el apóstol vigor, aquella energía que no mide el infinito con las medidas de los hombres. Impele al alma a continuar vigorosamente el camino después del cansancio.
Cuando las desgracias se aglomeran, se eliminan unas a otras. Los sucesores alivian a los antecesores, así como una ola elimina a otra que le precedió. María, cuando tuvo su primera desgracia, la muerte de Juan, quiso suicidarse, pero después de sufrir otras, como su viaje a Damasco, su salida del burdel, su parto y por fin la muerte de su hijo, cada una de ellas le hacía olvidar los dolores anteriores y llegó a sentir que todo es relativo en la vida.
María era una de aquellas mujeres orientales en cuya alma reina la dulzura y en cuyas venas arde el fuego babilónico que los antiguos sabían atizar en sus templos. Habiendo vivido María en aquellos tiempos, tiempos de los Dioses, de la poesía y la hermosura, habría sido una de las diosas del templo, templo del amor. Pero el tiempo destruyó el templo y conservó a la mujer. ¿La haría el tiempo esclava de la herencia hoy, mientras que antes fue la esclava de la corrupción?
La religión contesta con otra pregunta: ¿Acaso el abrojo produce higos? Pero la ciencia dice: Si el abrojo no produce higos, puede gradualmente por medio del injerto, dar frutos más exquisitos que los higos.
Así sucedió con María, después de padecer mucho y sufrir amargamente.
Le bastaron pocos meses, en compañía de Adonay, para dar pasos gigantescos, hacia la perfección y para recuperar aquella, hermosura de antaño. Ello fue el abrojo de la sociedad, pero su práctica y sus vicisitudes hicieron de ella una fruta más exquisita que el higo, porque los errores enseñan la verdad y la práctica corrige.
Adonay cumplió su promesa: ayudó a ocultar su paradero y le dio el título de "su prima viuda".
Pero Adonay sufría, y gozaba al lado de aquel ángel. Sufría porque veía en ella la fruta más exquisita y prohibida para él: porque sabía que él estaba por el momento al borde de un abismo, le bastaba un ligero movimiento para precipitarse en él, y porque no quería que ella sufriera al creer que eso era el reclamo de una recompensa por su obra.
Y gozaba, porque cuando regresaba cansado de sus tareas del día, encontraba en aquel nido a una mujer cariñosa y solicita como una madre, una hermana o una esposa. Y por añadidura bella como un ensueño o la realización de un ideal.
Día tras día, se tornaba silencioso y perdía el entusiasmo. Comparaba a María con Eva y Ashtaruth. Ella reunía en su persona las dos. Pero también veía con el ojo interno que estaba más lejos de él que cualquiera de las otras dos.
A su lado diariamente se repetían aquellos dolores que había sentido al lado de Ashtaruth. Una mañana le dijo la joven:
—Adonay, tú estás enfermo. —¿Por qué crees esto, María?
—No se trata de creer o suponer. Te estoy viendo. Tu rostro revela sufrimiento y tus ojos emanan tristeza. Y se acercó a él. Le tomó la mano y la colocó en su rostro en demostración de cariño. En esta pose, Adonay percibió el olor de su cabello y sintió un trastorno general en su ser. Cerró los ojos y meditó.
—¿No quieres hablarme hoy?
Adonay abrió los ojos. Se movieron sus labios como si quisieran besar los de ella. Pero se contuvo para decir.
—Quisiera tener la enfermedad en este cuerpo. Tal vez así no se rebele contra mí.
María le miró admirada de aquella contestación que encerraba cansancio y desecho. Aquellos labios que nunca habían pronunciado una frase de desaliento, con las palabras que acababan de hablar, obligaron a María a preguntar:
—Adonay, ¿soy yo la causa?
El la miró con severidad y le respondió:
—María, te prohíbo terminantemente pensar en lo que has dicho ahora, ni por broma. Sábelo que en estos momentos, eres mi único alivio y el único remedio para mis males.
María se asustó. Pero tranquilizada luego, dijo:
—Si son necesarias mi sangre y mi vida, ya sabes Adonay...
—No, María. No necesito ni tu sangre, ni tu vida. Lo que necesito es tu espíritu, tu alma y tu a... tu cariño. María rió para decirle en seguida:
—Palabra, chico, me has dado un buen susto. ¿Cuándo te he negado yo uno de los tres? ¿No ves que estoy viviendo por ti y para ti? ¿No sabes que eres tú mi aliento de vida? ¿Acaso puedo tener algo mío propio que no sea tuyo? ¡Qué desgracia para el corazón sensible que quiere demostrar su cariño y no puede!... Créeme, Adonay, que es uno de los mayores tormentos que ahora tengo. Busco la manera de corresponderte y no la hallo. Por eso sufro.
—No te preocupes, María, ni vayas a creer que soy un Dios que lo da todo sin pedir nada. Algún día he de pedirte algo más valioso de lo que te he dado.
—¿Por qué esperas hasta aquel día? ¿Por qué no me lo pides ahora? —¿Así lo quieres?
—Sí, ahora mismo.
—Pues bien-... Cásate conmigo.
María se rió a gusto de esta petición. Dijo luego:
—Adonay, eres un Dios y quieres aparecer como un humano. No te bastó libertarme sino que quieres cargar con mi pasado... Pues estás equivocado conmigo esta vez.
El giro que María dio a la conversación, inquietó a Adonay, quien dijo: —¿No quieres casarte conmigo?
—No, Adonay.
Y ante el silencio de él, las palabras de ella continuaron: —¿No me preguntas por qué?
—No es necesario.
—Entonces, es necesario que aclare mi negativa: ya te dije anteriormente que yo te he dado mi espíritu, mi alma y mi cariño. Ahora, contéstame, ¿qué puede darte el matrimonio? ¿Mi cuerpo? Ya no vale la pena para presentártelo. Es un estuche muy sucio y muy gastado. Pero si tú encuentras en él algún provecho, es tuyo también. Te lo hubiera ofrecido como lo anterior si estuviera como ellos, limpio y sin mancha... Pero en el estado en que se halla, para nada sirve, menos aún para ofrecértelo como regalo... Ya te digo, mi cuerpo será tuyo pero con una condición...
—¿Cuál? —preguntó Adonay, ávido y contento.
—Te lo daré... Te lo daré como un instrumento mas no como una carga. —¿María, qué dices?
—Lo que me oyes. —Tú estás blasfemando.
—No. Tú eres el blasfemo... ¡Yo blasfemar contra ti, contra mi Dios! ¡Yo que te adoro, voy a manchar tu frente con mi deshonra!
—¿María, estás loca?
—No, no estoy loca. Estoy muy cuerda, y en este estado te ofrezco mi cuerpo como amante, mas nunca como esposa.
—Pues, de esta manera no te lo acepto.
—Ni yo puedo ofrecerte, ni darte, más de lo que poseo.
—No, por cierto, y te lo digo con toda la sinceridad de mi alma. ¿Sabes por qué? Tú eres, según creo un Dios, y dudo que puedas encontrar una Diosa que pueda acompañarte en tu vuelo de águila. Las mujeres de nuestro tiempo, Adonay, y yo por lo tanto, somos gallinas con alas, sí, pero no podemos volar: de pocos huevos y muchos cacareos.
—Con el tiempo sabré dominarte, María... Y algún día serás mi esposa.
—Óyeme, tú me dijiste una vez que el mago puede cambiar la forma del oro mas no la sustancia del metal... ¿No es así?
—Sí, te dije esto y te dije también que ni el mismo Dios puede cometer absurdos.
—Pues bien, tú puedes hacer de mí tu concubina, madre de muchos hijos, sirviente, compañera, pero nunca esposa; pues mi sustancia espiritual es el defenderte de mí misma, de mi deshonra, para dejarte libre y puro ante los hombres y la sociedad.
—¿Qué me importa a mí la sociedad? —Mucho. Porque vives en la sociedad.
—No, María, porque quiero llegar a superhombre.
—Lo eres. Pero aún así, siempre tienes que vivir entre los hombres. —¡Entonces, tú no me quieres!
—¿Qué no te quiero? Que Dios te perdone, porque no sabes lo que dices. Te quiero tanto, hasta preferir el suicidio a convertirme en esposa tuya.
—Pero María, ¿cómo puedo consentir que vuelvas al abismo del que quise librarte? —Mi abismo a tu lado y por tu causa es mi cielo y mi dicha.
—¿Qué son para ti dos palabras pronunciadas por un sacerdote?
—Y a ti, ¿qué falta te hacen, y qué pueden darte a más de lo que te ofrezco? -—Yo quiero una esposa, no una mujer.
—El mundo está lleno de ellas. Puedes escoger una, que yo no merezco ser tu esposa. Adonay, levantándose bruscamente de su asiento, dijo:
—Es la tercera vez que oigo esta fatídica frase. —¿Qué frase es esa, Adonay? No te entiendo.
Adonay continuó como si estuviera hablando consigo mismo:
—Eva lo dijo, y se casó. Ashtaruth la repitió y murió... Y ahora la dice también María. ¿Qué le sucederá? No. Esta vez debe obrar mi voluntad... ¿Por qué me persigue esta fatalidad con las personas a quienes amo?
—Si te refieres a mí, Adonay, te aseguro que no me amas. Tú quieres sacrificarte por mí. En lo que se refiere a esa Eva y Ashtaruth, no sé quienes son.
—¿Tú me amas. María?
—Ya te dije que no te amo. sino que te adoro. Te adoro como a Dios y no quiero que mi amor haga de tí un humano despreciado.
—Si me amas hará? lo que te digo. —Haré todo menos casarme contigo.
—Tampoco yo puedo devolverte con mis propias manos a la deshonra.
—¡La deshonra! ¿Y cuándo la deshonra se separó de mí? Esta es la única mancha que no puede lavarse en la mujer de nuestro país y creo también en el mundo del alma. Mi deshonra mancharía tu frente y tu porvenir. Te amo más que a mí misma y por eso te protejo de mí misma.
—¿Y no piensas casarte nunca? María lo miró asustada.
—¿Te has vuelto loco, Adonay, para preguntarme esto? ¿Casarme yo? ¿Con quién? ¿Si contigo, el ser más noble que quiere olvidar mi pasado, que me da su mano para elevarme a su nivel, no me caso, cómo puedo casarme con otro hombre, más indigno que yo, para que a cada momento me eche una mirada de compasión como el falso filántropo que da su dinero para que su nombre y su retrato aparezcan en la prensa? Todavía no me conoces, Adonay. Quiero decirte una vez por todas quién soy yo... Ven, siéntate a mi lado. Dame tu mano, déjame besarla... Oye, yo me reconozco que soy deshonrada, y por dos razones sé que soy una mujer incansable: la primera porque el noventa y nueve por ciento de la humanidad, son más indignos que yo; no pueden llegar a mi nivel ni yo puedo rebajarme al nivel de ellos. Y el uno que resta, es más digno que yo; ni yo puedo llegar a su nivel, ni consiento que él baje al mío.
—Pero María, ¿no ves que el mismo Jesús no condenó a la Magdalena?
—Por eso tú no me condenas, porque eres otro Jesús y quieres sacrificarte por mí. Déjame amarte como María a Jesús.
—Yo nunca puedo llegar a tanta altura, María.
—Para mí, tú estás en la cúspide y poco importa lo que digan los noventa y nueve. Adonay calló. Pero confiaba vencer con el tiempo la resistencia de María.
—Bueno. Basta por hoy. Debo ir a mi trabajo —finalizó. —Vete, con Dios, amor mío.
Pasaron meses. La conversación de todos los días circundaba el mismo tema.
Adonay la amaba más cada día. Los momentos desocupados los pasaba junto a ella. Era feliz y desgraciado. Ni razones ni manifestaciones hacían cambiar a María su parecer. Una noche, estando ella sentada a los pies de Adonay —su postura preferida— miró asustada al joven y gritó:
—¿Qué dices?
—Adonay, ¿qué te pasa? ¿Qué es esto? Y comenzó a restregarse los ojos, y al abrirlos, nuevamente se incorporó. Se levantó y alejándose algunos pasos, gritó:
—¡Adonay! ¡Todo tu cuerpo arde!
Se levantó pensativo. Y acercándose a ella le dijo:
—Ven, no te asustes. Es una ilusión tuya que pronto desaparecerá.
Ella se arrodilló a sus pies y comenzó a besarle los zapatos. Adonay dejo partir una lágrima de cada ojo. ¿Alegría? Dolor?... Y se retiró a su cuarto.
Aquella noche, ni él durmió ni María tampoco. Ella creyó que se hallaba ante un nuevo Jesús. Adonay se vio ante la realidad...
Dos días después, el Emir Faisal le decía:
—Tú tienes que ir a Beirut. La misión Americana está allí... Debes influir en el ánimo de los libaneses para que pidan la independencia absoluta. No necesitamos el yugo extranjero sobre nuestra cerviz.