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Remuneration mix (actual) CY

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Hasta ahora no había tocado el tema de la moral, ni del engaño, ni de los terceros involucrados a la hora de decidir tener sexo en la oficina, sin embargo, el poder que nos puede dar el sexo, ya sea intencional o colateral- mente al tener relaciones con alguien de la oficina siempre se veránublado o alterado si una de las dos partes tiene algún compromiso sentimental en su vida diaria.

Aquella noche llegué a casa con un sentimiento de culpa que casi me volvía loca, y no pude más que confesarle a mi novio lo que había sucedido. Por supuesto, al principio se calentó con la historia, pero poco a poco, y con toda razón, le fue entrando un celo insoportable. Me costó un par de horas cal- marlo y, por más que le decía que había tenido que ceder por conveniencia de ambos, su coraje no lo dejó ver ni un solo punto bueno de aquel asunto.

Al día siguiente mi jefa fue muy amable con- migo, sorprendentemente ya me había conseguido

oficina para mi solita y me tenía una lista inter- minable de prestaciones extraordinarias, mismas que se fueron por el caño en el instante en que me senté a platicar largo y tendido con ella, explicán- dole, entre muchas otras cosas, que mi conciencia no me permitía engañar a mi novio. Como era de esperarse, al día siguiente me transfirieron y luego de un par de semanas, renuncié.

Aún cuando la calentura nos gane y dejemos a un lado momentáneamente nuestra vida en pareja con alguien más, tenemos que tener muy claro que, en algún punto, relacionarnos con alguien tan cercano a nosotros y con quien convivimos tantas horas al día, siempre traerá consecuen- cias. Es por todo lo anterior que lo más recomen- dable para satisfacer cualquier necesidad sexual es el sexo ocasional con desconocidos, con el que no se generan lazos afectivos de ninguna especie y con quien no tendrán que lidiar nunca más en su vida, dejándolos totalmente tranquilos en su cons- ciencia de no haberle dado ni el tiempo, ni el cariño ni la atención que únicamente su pareja merece, a alguien más que, en un ataque emocional, podría incluso meterlos en problemas serios con quien comparten su vida.

Yo experimenté de primera mano que el sexo como tal puede dejarte un gran sabor de boca pero en el momento en el que cualquiera de las dos per- sonas comienza a confundirse y a clavarse con el

otro, ahí se acaba el encanto. Cuando recién llegué al centro de meditación en India, durante el curso de inducción me interesó casi de inmediato un hindú de carácter tímido pero cuerpo candente. Sus brazos fuertes captaron totalmente mi atención y su personalidad apocada, tímida y enigmática me cau- tivó por completo. Para mi sorpresa, cuando llegué a conocer a la persona en su interior, mi interés en él se hizo aún más grande. Era un hombre de 30 años que emocionalmente actuaba como un niño. Era culturalmente de clase media, venía de una familia de joyeros, profesión muy respetable en la India, y aunque con un hijo ya, contaba con “cero” experiencia emocional y sexual.

En pleno siglo XXI y por instrucciones de su padre, se casó en matrimonio arreglado con una mujer que conoció ocho meses antes de su boda. La primera vez que la vio fue en la cena familiar donde los presentaron y la volvió a ver hasta el día de la ceremonia. Como era el hermano menor, le tocaba vivir bajo el auspicio y administración de la familia de su hermano, así que, obviamente, ni siquiera se había desarrollado en él el sentido de la responsa- bilidad familiar.

Era claramente un alma atormentada por la represión cultural en la que le tocó nacer y vivir, por lo que, aprovechando la faena del velorio de su abuelo que mantuvo ocupada a toda su familia por días, salió huyendo de su entorno hacia aquel centro,

arriesgando a su mujer a ser relegada y enviada a un centro de mujeres dejadas o divorciadas.

Terminando la inducción, nos pusieron a trabajar juntos en el centro de actividades y mi primer encuentro sexual en ese centro fue con el susodicho. Había algo en su inocencia que me enloquecía. Me enternecía su forma de hablarme. A mí era a la única persona a la que le hablaba en inglés y su timidez le impedía comunicarse más que con sus compatriotas, por lo que lo des- tinaron a realizar labores de intendencia, arre- glar los salones para las terapias, en fin, todo lo que implicara tener en orden y limpio el centro. Al final del día, cuando nos quedábamos solos, solía hablarme como si me recitara en verso cada acción o cada idea que quería compartirme y eso ¡me encantaba!

Su fortaleza natural y su pureza lograron que el sexo tuviera un significado mucho más puro para mí, sin tabús ni complejos, solo dos personas disfrutando y experimentando sus sentidos al máximo. Ahí, entre sus piernas, supe que el sexo no se aprende, se intuye, se disfruta, se vive inten- samente. Su habitación era una delicia, se encon- traba en una isla en medio de la alberca, rodeada de vegetación y con un jacuzzi en la parte lateral. En realidad era una habitación para tres personas, pero aún no llegaban sus roomates, así que noso- tros la gozamos intensamente por semanas.

Cogíamos al despertar, cachondeábamos luego de cada comida y casi todas las noches nos veíamos antes de dormir. Me encantaba su carita de asombro cada vez que le contaba que en occidente el sexo no estaba tan reprimido como en la India y supongo que cuando él me contaba sus historias surrealistas mi cara se veía igual de admirada que la suya, así que intercambiamos culturalmente miles de anécdotas y aprendimos innumerables cosas el uno del otro.

Sin embargo, él comenzó a confundir aquella relación puramente sexual con algo más senti- mental y ahí fue cuando yo decidí cortar todo de tajo. Yo comprendí que al estar trabajando juntos en el centro, no había forma alguna de que él y yo entabláramos una relación y menos aún siendo él casado con un hijo y con fecha límite para regresar a su hogar.

Deja en claro el estatus de

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